viernes, 15 de mayo de 2026
Asterión no era como me dijeron
jueves, 30 de abril de 2026
Parábola de los primeros pasos (que alguien tiene que dar)
No intuía
Hermione al “dar cuerda” al giratiempo de qué modo les tocaba participar en
aquella historia. El objetivo era claro: salvar la vida de un inocente, o
quizás de dos. Pero, ¿cómo?
Siguió las
indicaciones del director. No tenían que ser vistos y debían volver antes de la
última campanada. Envolvió con la cadena del dispositivo que colgaba de su
cuello a Harry y juntos volvieron sobre sus pasos. A su amigo le costó entender
qué estaba sucediendo hasta que se encontró como espectador de una escena que
él mismo había protagonizado junto a Ron y Hermione horas antes, cuando esta
enfrentó a Draco Malfoy. ¡Habían vuelto en el tiempo! “Se llama giratiempo”,
explicó ella, “lo uso desde el año pasado para poder asistir a las clases que
se superponen”. Harry no salía de su asombro. Pero la amiga lo apuró, ya que
tenían que seguirse a ellos mismos, a sus versiones de la tarde. Así se vieron
entrar a la cabaña de Hagrid.
En el jardín,
Buckbeak, el hipogrifo, esperaba la ejecución que acabaría con su vida de manos
de un verdugo que no tardaría en llegar. Harry y Hermione aguardaron a la
distancia, escondidos en el límite del Bosque Prohibido. Se veían a ellos con
Hagrid dentro de la cabaña. No tardaron en aparecer otros personajes en la
escena: desde el colegio se acercaban caminando Dumbledore, Cornelius Fudge,
Ministro de Magia, y el verdugo preparado para la ejecución de Buckbeak, con
una hoz en las manos. Hermione empezó a inquietarse porque no le parecía bueno
que los que estaban llegando se encontraran con ella y sus dos amigos en el
interior de la cabaña. Pero le extrañó que ninguno activara la retirada. Unos
pocos segundos le bastaron para caer en la cuenta de que había llegado el
momento de intervenir. Tomó una piedrita y la tiró con fuerza al interior de la
vivienda. Así rompió un jarrón, primer paso para dinamizar el momento. Acto
seguido, arrojó otra piedra y le pegó a Harry en la nuca, hecho definitivo para
que pasen de hablar con Hagrid a iniciar la partida, saliendo por la puerta
trasera, mientras el dueño de casa recibía a sus visitantes por el frente. Esta
fue la primera de una seguidilla de intervenciones gracias a la cuales lograron
salvar no una ni dos, sino tres vidas.
El número de
los salvados, a esta altura, es casi lo de menos. Lo que más me interpela es
cómo esto se convierte en una parábola. Porque tantas veces no somos
conscientes de la importancia de los pasos dados, de las palabras dichas a
tiempo, de las manos dadas o de los silencios concienzudos que están salvando
una vida. El instante en que Hermione cae en la cuenta de que es ella quien
debe intervenir, quien debe abrir el camino, me hace recordar tantos momentos
en que me tocó hacer lo mismo. Y más aún, me ayuda a reflexionar, a pensar que
muchas veces esperamos que los cambios vengan de afuera, del resto, porque
“corresponde” o porque es más cómodo, más fácil. Pero, quizás, en algunas ocasiones
seremos nosotros quienes tengamos que dar ese primer paso, paso tal vez pequeño
como la piedrita arrojada por Hermione, pero capaz de iniciar un proceso que
salve más de una vida antes de que el reloj dé la última campanada del día.
LNV
jueves, 9 de abril de 2026
¿Dónde comienza una guerra?
¿Dónde comienza una guerra? ¿Dónde
un cambio social? ¿Dónde cada una de las pequeñas violencias que, cual bola
gigante de nieve, nos sacuden cotidianamente, sean propias o ajenas?
Me molesta escuchar, día a día,
cómo nos escandalizamos ante “las guerras”, ante tal o cual crimen, ante este o
aquel disturbio. Todos indignados. Pero nadie haciéndose cargo de lo que le
toca.
“La gente está mal”, “la gente
está loca”, decimos. Como si “la gente” fuese alguien concreto y nosotros no
fuésemos parte de ese mismo grupo. “La gente”, como tal, es una abstracción.
Somos cada una de las personas que conformamos la sociedad en la que vivimos
las que estamos bien o mal, o violentas o haciendo algo para que esa violencia
no nos devore.
Creemos que la violencia se
combate con más violencia. Entonces lo único que hacemos es tirarle kerosene al
fuego, porque, como decía Gandhi, “ojo por ojo y el mundo quedará ciego”. Pero
no. Queremos que la policía sea más fuerte, que los criminales sean capturados,
encerrados, torturados y así solucionar el problema mayor. ¡Como si el último
eslabón se autogenerara! No, el crimen, el haber apretado el gatillo, el haber
insultado, el haber golpeado, sea cual sea la acción por la cual termine
alguien convirtiéndose en “criminal”, no se autogenera, es el resultado de
muchas acciones previas concatenadas. Acciones todas que nacen de un corazón
concreto, en situaciones concretas, en las que intervienen la voluntad, la
conciencia y la libertad.
“Para hacer guerra a la guerra,
se forma un ejército de paz”, decía Lanza. Y la paz es artesanal. Nace de
corazones concretos. Porque el corazón es el verdadero campo de batalla, el
lugar definitivo. Pero es más simple mirar afuera, y si es mediado por una pantalla,
mejor. La culpa siempre es de los otros, nunca nuestra. Entonces nadie vuelve
sobre sí. Entonces no volvemos a ver cómo están nuestros corazones, para ver
qué violencia necesitamos erradicar, para ver que no sigan creciendo y nos
asfixien, para ver que no sea demasiado tarde.
Pero esto no satisface, claro. Me
preguntan por el mientras tanto. ¿Qué hacemos mientras tanto? Y me brota de las
tripas el grito de: ¡no existe el mientras tanto! Esto es lo definitivo, es
ahora donde tenemos que volver al corazón, porque es lo que tenemos al alcance,
porque es lo único, porque es lo mejor.
LNV
lunes, 6 de abril de 2026
Hombre superior
¿Cuántos
recuerdos se necesitan para valorar a alguien?
Si tuviera que
elegir un solo momento de los compartidos con José María Arancedo, escogería el
de esa tarde de lunes en que llegó a nuestra merienda del Seminario algo
inquieto, algo acelerado, con una carpeta en la mano.
Armando, el
rector, entró al comedor por la puerta de la galería antecediéndolo, diciendo
que vayamos a llamar a los que faltaban, porque “Monseñor tenía algo que
decirnos”. En seguida llegó Arancedo. Se sentó cerca de la mesa que ocupaban
los ingresantes (propedeutas), donde se pusieron las tazas del matecocido y las
tortas fritas porque llovía. Impulsado por su habitual ansiedad, no esperó a
que estemos todos para empezar con aquello que lo traía.
Hasta ese día,
el Seminario Arquidiocesano de Santa Fe se llamaba “de Nuestra Señora”. El
obispo quería devolverle a la Casa de formación su título original, quería que
vuelva a ser el Seminario Nuestra Señora de Guadalupe. En su carpeta guardaba
el decreto por el cual Monseñor Zazpe (1920-1984) disponía que se “reabra el
Seminario de Santa Fe”. Eso fue en 1978, algunos años después de que se cerrara
definitivamente a principios de la misma década en su emplazamiento original a
pocos metros de la Basílica de Guadalupe.
A Arancedo le
importaba mucho la comunión, de la cual afirmaba que es el “primer signo de la
Iglesia”, la cual no es “una estrategia, sino fidelidad a Jesucristo”[1].
De hecho, su lema episcopal es “ut omnes unum sint”, que todos sean uno. Tanto
como esto le importaba colaborar en que se pueda dar una continuidad, la
continuidad propia que brota de la fe que se trasmite de cristiano a cristiano,
de generación en generación. Por esto me animo a pensar, sin tenerlo confirmado
por él mismo, que esta decisión de cambiar el nombre del seminario formaba
parte de esa misión que sintió se le encomendó al ser asignado como nuestro
arzobispo.
Quizás
convenga aclarar que, si bien en la actualidad el Seminario tiene el mismo
nombre que en la fundación que data de 1907, en 1978 se reabrió con otro nombre
intencionalmente, porque en ese momento se quería cortar con lo anterior. Este
es un tema para un texto (o varios) aparte. Arancedo, conocedor de las crisis
internas de nuestra arquidiócesis, sabía de esa intención de iniciar una nueva
etapa a fines de los 70. Pero quería que nos concibamos parte de una misma
historia, con sus luces y sus sombras.
Uno de los argumentos
que esgrimió para devolverle al Seminario su nombre original fue ponderarlo
haciendo mención de algunos sacerdotes a quien él valoraba mucho y se habían
formado en nuestra casa diocesana. Entre ellos se encontraba Manuel Marengo
(1906-1988), quien, ordenado sacerdote de nuestra iglesia local, y habiendo
sido rector del Seminario, sirvió también como obispo auxiliar de Santa Fe y
luego como obispo titular de Azul, en la provincia de Buenos Aires. Dijo
Arancedo esa tarde: Fui muchas veces al
Cottolengo de Claypole, en Buenos Aires, y ahí conocí a Monseñor Marengo,
¡hombre superior! Él podría haber terminado sus días en cualquier otro lugar,
pero eligió el Cottolengo, y ahí confesaba, celebraba la misa, compartía con
los enfermos y con los curas de don Orione… ¿Y dónde se formó Marengo? ¡En
Santa Fe!
Ahora, que ya
pasaron varios años, vuelve a mí su descripción de Marengo para ponderarlo, esta
vez, a él mismo. José María Arancedo, ¡hombre superior! Él, de familia bien
posicionada, primo de Alfonsín, Arzobispo de Santa Fe, dos veces presidente de
la Conferencia Episcopal… Podría haber elegido cualquier lugar, pero, luego de
pasar un tiempo en la Casa del Clero y la Basílica San Nicolás de Bari en
Buenos Aires, decidió terminar sus días en el Cottolengo de Claypole,
confesando, celebrando misa, compartiendo con los enfermos y con los curas de
don Orione…
Para culminar,
y volviendo a la pregunta inicial, creo que podría elegir otros recuerdos, ya
que fueron varios años viviendo cerca suyo. Pero me quedo con este. Porque en
la vida de todos hay luces y sombras. Y a él siempre lo criticábamos más que
elogiarlo. Y siento que esta opción final, premeditada, en libertad y amor,
desnuda su corazón, lo muestra, no solo “químicamente cura” (como le gustaba
decir a él de algunos de nuestros curas viejos), sino químicamente cristiano.
Ojalá su testimonio me sirva a mí para volver a decirle sí a Jesús, en los
vericuetos actuales de mi propia vida.
LNV
viernes, 30 de enero de 2026
Una semana en el Arca de La Flayssière
Lanza,
su fundador, la definía (al Arca) pictórica y topográficamente como una 'mancha
verde' de frescor y de alivio en medio de un desierto. De ahí que tenga por
vela una viña.
JOSÉ
RAMÓN MORÁN
Hace poco más
de un año, los primeros días de enero del 2025, escribí en mi cuaderno la
moción de viajar a Francia para conocer alguna comunidad del Arca. Ahora estoy
experimentando el "no puedo creer que ya pasó". Un poco por la
velocidad con la cual corrió (¿se escapó?) el tiempo desde esos días hasta
ahora. Otro poco por cómo pude concretarlo y cómo volaron mis días ahí. Cuando
empecé a considerar la posibilidad de viajar para conocer alguna de las
comunidades que actualmente viven la propuesta de Lanza, el discípulo
occidental de Gandhi, también anoté otros puntos posibles para el itinerario:
Taizé, Roma, Asís y Sevilla. Menos en el último, que lo cambié por Barcelona,
pude estar en todos. Confié en que el corazón iba a aguantar y me salió bien. Pero
no solo aguantó, sino que acumuló vivencias significativas para el momento y
para los días, meses y (quizás) años posteriores.
Pero volvamos
al Arca, causa motora del itinerario.
En 2020 conocí
por redes sociales a Lanza del Vasto, italiano discípulo de Gandhi, que fundó
en pleno siglo XX una comunidad para vivir la propuesta del indio. Tomando el
símbolo bíblico la nombró "Comunidad del Arca, No-Violencia y
Espiritualidad". Su reiterada insistencia en ir a las causas de la
violencia y no a sus efectos me atrapó. Principalmente porque afirma que esas
causas no son la punta del fusil y del tanque de guerra, sino que las mismas
están arraigadas en lo profundo de los corazones de cada uno de nosotros.
Gandhiano hasta el tuétano, propuso el trabajo interior como lo más importante,
ya que es del corazón de los hombres de donde nacen todas las violencias.
Gandhiano con ecos de cristiano, ¿no? Así, decidí visitar La Flayssière, punto
semi perdido (al menos para el que mira el mapa desde el otro lado del mundo
sin conocer demasiado) en el sur de Francia. En medio de mi preparación tuve la
gracia de encontrarme con Margarete y Fernando, quienes viven desde hace muchos
años ahí. Eso fue en Buenos Aires, en marzo del 2025. Entonces el anhelo se iba
materializando. El Arca ya no era algo abstracto, sino que eran personas concretas
viviendo en lugares concretos, haciendo cosas concretas. Corrieron los meses y
mientras algunas ventanas se fueron cerrando otras se fueron abriendo. Esta, la
del Arca, permaneció abierta voluntariamente. Así fui preparando el viaje con
la ayuda de Gaspar, especialista en viajes.
El 24 de diciembre
mis padres y hermana me acompañaron a tomar el avión hacia Europa. Luego de
pasar por Roma, Asís, Florencia, Lyon, Taizé y Beziers el lunes 5 de enero puse
pie en La Flayssière, vieja granja restaurada por la Comunidad para cumplir el
sueño del fundador. La cotidianeidad me hizo sentir, de algún modo, en Los
Algarrobos nuevamente, donde pasaba mis veranos en mis épocas de seminarista.
Trabajo, oración, momentos de soledad y otros de compartida comunitaria. De las
15 personas que éramos en esos días poco más de la mitad viven permanentemente
allí y el resto éramos pasajeros, haciendo experiencias algunos más cortas,
otros más largas. De lunes a viernes se realiza la oración comunitaria a
primera hora, donde se intercalan plegarias, canciones y lecturas relacionadas
con alguna tradición religiosa distinta cada jornada (cristianismo, judaísmo,
budismo, islam…). Luego, también comunitariamente, se organiza el trabajo del
día. Nadie manda ni impone nada. Entre todos deciden. Quien oficia de
“responsable” de la comunidad solo vela por que se lleve a cabo lo acordado
colectivamente. Después de esta breve reunión cotidiana se procesan los
vegetales que servirán para preparar el almuerzo. Todos los días cocina alguien
distinto. También alguien distinto lava la vajilla. Estos roles se definen en
comunidad, ofreciéndose voluntariamente. Los trabajos son bien diversos: la
huerta, el cuidado y ordeñe de las vacas, el cuidado de las gallinas ponedoras,
la recolección y el cortado de la leña, la alfarería, la quesería y demás
derivados de la leche… Yo trabajé principalmente en la huerta y en la leña.
Algún día colaboré en la cocina. El frío fue duro, por lo que tuve que
acostumbrarme a alimentar la estufa de mi pieza todas las tardes para poder
aprovechar el tiempo fuera del trabajo y la compartida grupal. De la semana que
estuve, un día nevó mientras estaba en la huerta y, como mínimo, tres días
llovió. El domingo salió el sol, gracias a lo cual pude salir a caminar sin
embarrarme tanto ni morir de frío. Fui un poco montaña arriba, a la zona de La
Borie Noble, comunidad hermana, también del Arca, a unos pocos kilómetros. En
tierras de La Borie está el cementerio comunitario, donde están enterrados Lanza
del Vasto, el fundador, y su esposa Chanterelle. Pasé por ahí en mi caminata.
Durante los
días en el Arca brotó internamente una certeza: no fui a La Flayssière a
comprender, sino a conocer. Podría haberme amargado por no lograr una
conversación profunda con casi ningún miembro de la comunidad, ya que eran muy
pocos (cuatro tal vez) los que entendían o hablaban español. Pero siento que,
más allá de eso, me interpelaron de muchos modos: por cómo se vinculaban entre
ellos, con el trabajo y también conmigo. Como mencioné unos párrafos arriba, y
también dije a Margarete y Fernando antes de irme de allí, lo que significará
esta experiencia para mi vida es algo que podré ir vislumbrando con el tiempo,
ya que proceso lento y se trata de una vivencia que está enmarcada en una mayor,
que es todo el viaje. Con todo, puedo afirmar que no vuelvo igual. Conocer a
personas que hoy viven juntas siguiendo la propuesta de un discípulo de Gandhi
me interpeló fuertemente. Me ayuda a recordar que no es imposible andar tras
las huellas de la no-violencia para un cambio real y distinto en el lugar que cada
uno habita.
LNV
30 de enero de 2026
Aniversario n° 78 del martirio de Gandhi
Foto: Sala común de La Borie Noble
domingo, 30 de noviembre de 2025
Las flores de la casa de Isabel
Hay tres clases de flores en la
casa de Isabel.
Las primeras son las silvestres.
Nadie las cuida pero están ahí. Fuertes por la mañana, gracias a la quietud y
la humedad de la noche. El sol fuerte de la primavera avanzada suele
estresarlas durante el día, pero no dejan de hermosear la colina. Sus colores
son de lo más variados: blanco, naranja, amarillo, violeta, fucsia, rojo...
El segundo tipo está compuesto
por extranjeras, plantadas por la mano de la dueña: varias aromáticas como
romero, salvia, lavanda... Suelen
alegrar más de una mesa (sobre todo el romero).
El tercer grupo es simbólico y me
animo a decir que el más entrañable. A este ramillete lo formamos todas las
personas que, con más o menos frecuencia, visitamos la casa de los
Nicholson-Mendizabal y gozamos de su generosidad. Es de admirar cómo los dueños
de casa abren sus puertas para que su mesa sea nuestra mesa. A esta altura,
nuestras vidas forman parte de las suyas y viceversa. Creo que ellos no
dimensionan el bien que nos hacen. Así, nos siguen recibiendo año a año para el
reencuentro de tonadas, las caminatas, la comida y la bebida hasta el hartazgo,
la fiesta, las risas, los llantos, la misa, la vida…
Creo que, incluso faltando las
silvestres y las foráneas, la casa seguiría siendo hermosa, poblada de tantos
corazones que van creciendo juntos, compartiendo los caminos personales y
también los comunitarios. Nuestras sonrisas, nuestras vidas ganándole a
nuestras muertes, son el mejor adorno de esa casa, reflejo del corazón de quienes
permiten que allí nos reencontremos.
Gracias, gracias, gracias!
LNV
jueves, 13 de noviembre de 2025
Te pido perdón por la Misa
La Eucaristía
que no es mesa
acaba siendo
pura blasfemia.
PEDRO CASALDÁLIGA
Te pido perdón, Jesús, por la Misa.
Por repetir domingo a domingo, día a día, una rutina tan antituya.
Te pido perdón por no acercarme a tu mesa, por buscar siempre el lugar que menos me involucre, con vos y con mis hermanos.
Te pido perdón por ser un simple espectador, por no tomar la posta, por preferir que a todo lo haga siempre el resto, tan cómodo es.
Te pido perdón por mirar la ropa y el estado de vida del resto, categorizando, armando jerarquías que nada tienen que ver con tu Evangelio, para "alejarlos" más de Vos (como si alguna acción humana externa pudiese alejarnos de Tu presencia).
Te pido perdón por haberme acostumbrado a que tu Palabra ya no riegue mi corazón, a no ahondar en su conocimiento para recibirla mejor, a acomodarme en la crítica por prédicas vacías de sentido real y llenas de superstición.
Te pido perdón por meter la mano en el bolsillo de mis hermanos cada vez que paso una canasta, no dejando lugar para tu pedido de "que lo que haga tu mano derecha lo desconozca la izquierda".
Te pido perdón por solo mirar al de al lado en ese estrechón de manos que llamamos "paz". Por no superar el límite de la nuca del de adelante.
Te pido perdón por no lograr agradecer, por no lograr encontrarme/nos/te, por no lograr partirme con Vos, y luego darme para prolongar tu Vida.
Te pido perdón y te doy gracias, Jesús, porque, además de la amargura que siento al pronunciar cada una de estas palabras, también aflora la esperanza de que la Misa puede dejar de ser antiMisa, que podemos cambiar a cada instante, que podemos volver a oír tu voz que no se cansa de llamarnos desde lo profundo de nuestros corazones y desde las necesidades de nuestros hermanos.
LNV
sábado, 1 de noviembre de 2025
He aquí mi riqueza, he aquí mi belleza
Al final del camino me dirán: ¿Has vivido?
¿Has amado?
Y yo,
sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres.
PEDRO CASALDÁLIGA
Siempre sucede
igual. Lo que nos lleva un montón de tiempo de preparación se nos escapa como
agua entre los dedos con una velocidad vertiginosa. Pasa con muchas cosas. La
presentación de mi libro no pudo escapar a esa regla. No logré (ni intenté)
ralentar el tiempo, hacerlo más denso aún de lo que fue, prolongar el momento
para poder gustar más todavía de lo que lo hice. Creo que así pasa con todo lo
bueno de la vida.
Hoy se cumple
una semana de ese sábado 25 de octubre de 2025 que quedará grabado en mi corazón
mientras viva mi memoria. El mismo corazón que saltó de alegría con cada
persona que vio aparecer por la escalera en la planta alta de Árbol de Vida.
Algunos de ellos forman parte de mi cotidianidad, a otros veo menos y con
algunos hacía años que no nos encontrábamos. Todos tan distintos pero tan
iguales. Creo que, en definitiva, a eso hace alusión el título de mi libro… A
que podemos diferenciarnos en un montón de aspectos, incluso en algunos de los
más troncales de nuestras vidas. Pero en algo somos iguales, y es en nuestro
ser personas, con todo lo que eso implica. Todos tenemos un corazón: sentimos,
deseamos, esperamos…
Quise que ese
momento sea una celebración, pero no solo para mí, sino para todos los que, por
el cariño que me tienen, se acercaron a compartirlo conmigo. Para ser más
preciso, quise que sea una celebración de la autenticidad, porque yo soy feliz
por haberme animado a sentir, a pensar, a decir, a ser yo mismo. Y me
encantaría que todos puedan vivirlo. No desde mis criterios ni pareceres, sino
cada uno desde cada uno. Que no nos frenen ni el miedo ni el qué dirán, porque
la vida corre muy rápido.
Es tanto lo
que podría expresar… Pero, ¿por qué tener que exteriorizar todo lo que nos
pasa? Sigo y seguiré rumiando esta experiencia, que abarca no solo ese día sino
también los meses previos. Y me animo a decir que incluso varios años, ya que,
de algún modo, en el libro que hoy largo a volar estoy yo casi total, con todas
las personas y experiencias que me constituyen. Muchas de esas personas
pudieron acercarse el sábado pasado. Otras no, pero estuvieron muy presentes en
mi interior. Como mencioné al comenzar este párrafo, es mucho lo que podría
decir de cada uno de los momentos de la presentación. Pero elijo tomar un
fragmento de las palabras con las que Gaspar inició el evento:
La belleza en la vida de Lautaro son todos
ustedes hoy acá reunidos, somos todos nosotros hoy acá reunidos. La belleza es
esta jungla de relaciones, este tejido de historias, estas manos desconocidas
que se estrechan.
Yo no podría
haberlo expresado mejor. Mi belleza son las personas que, cual mosaico, me
constituyen. Cada una de ellas tiene su lugar en cada uno de los círculos
concéntricos de mi interior. Mi belleza y mi riqueza. Como cuenta esa vieja
tradición sobre el diácono Lorenzo de Roma, a quien le pidieron que entregara
las riquezas de la Iglesia, y él, juntando a todos los más pobres de la ciudad,
expresó: “He aquí la riqueza de la Iglesia”. Yo puedo decir lo mismo de todas
las personas que me quieren y a quienes quiero: He aquí mi riqueza, he aquí mi
belleza. Gracias a todos.
LNV
domingo, 9 de marzo de 2025
Bendecidores
No sé ya cuántas veces vi la película Los Coristas. Tengo muy presente su trama, por lo cual no me sorprendo cuando la vuelvo a ver. No me sorprendo pero algo se reenciende dentro mío. Y cuando esto pasa, recuerdo el porqué de mi cariño especial por ella.
Para quienes
no la vieron, Los Coristas (2004) es una película francesa, cuyo argumento se
desarrolla en el reformatorio "Fond de l'Étang" (Fondo del estanque),
donde, luego de la renuncia del anterior prefecto, arribó uno nuevo, llamado
Clément Mathieu. Este, desde el principio, mostró poseer una mirada sobre los
chicos muy distinta a la del director de la institución. Sabía que no llegaba
al Paraíso y así lo experimentó el primer tiempo con la conducta de los
internados. Pero nunca perdió la esperanza de que ellos pudieran cambiar.
Clément, que
era músico, percibió que a ellos les gustaba cantar. Y, si bien varios
desafinaban, había buenas voces. Así, tuvo la idea de formar un coro. Para eso
los probó a todos, dividiéndolos según el registro vocal de cada uno. Los
chicos se empezaron a compenetrar y su conducta fue cambiando. El vínculo que
generaron con su prefecto era muy distinto al que tenían con sus otros docentes
y con el director, ya que estos en ningún momento eran amables en el trato ni se
interesaban por relacionarse desde otro lado con ellos. Podríamos decir que el
rol de esos adultos era básicamente controlar al grupo para que no se
desordenara y castigarlos cuando así sucedía.
Creo que lo
que más me interpela y conmueve profundamente es cómo Clément miraba y
consideraba a sus alumnos. Él creía en la bondad que albergaba cada uno,
incluso los más revoltosos (especialmente los más revoltosos). Creía en su
bondad y veía cuánto potencial tenían. Su vida entre ellos fue un compromiso
por hacer que saquen de dentro todo lo que tenían para ofrecer. Fue un
verdadero educador, ya que, según una de sus etimologías, educar es “sacar de
dentro”. Ayudar a sacar de dentro todo lo que está en potencia. Ayudar a
germinar, crecer, florecer y fructificar todo lo que está en semilla en el
interior de cada uno. ¿Será, quizás, que me moviliza tanto porque yo también me
desempeño como docente y quiero ser un buen educador?
Al pensar en
la mirada benévola de Clément viene a mi corazón una canción de Eduardo Meana
que me resulta entrañable, hoja de ruta. No solo por mi vocación educadora dentro
del aula, sino porque plasma lo que, creo, estamos llamados a hacer unos con
otros. La canción se llama “Bendecidor”. Aquí un fragmento:
Te miraré, hijo del alma,
y aunque también hayas fallado
me enfocaré en el don que eres,
el don que en ti Dios nos ha dado.
Iré diciéndote lo bueno,
tu humilde y propia letanía
de sencilleces cotidianas
y de bondades y alegrías.
Queridos hijos, les diremos
todo lo bueno de sus vidas
y de su edad y de su tiempo
y de sus sueños y fatigas
y del amor que los enciende
y del valor de las heridas
y al ir diciendo el bien sabremos
que nuestra vida está bendita.
Qué poco
bendecidores que somos los unos con los otros. Estamos más acostumbrados a
señalar todo el tiempo lo negativo de las personas. ¡Qué injusto! Como si solo,
o mayoritariamente, fuésemos los aspectos negativos de nuestras vidas. Recuerdo
que en 2021 publiqué en este mismo blog un texto cuyo título rezaba: “¿Por qué
nadie dice nada malo?”. Era la narración de un acontecimiento que tenía por
protagonista a Alejandro, alumno de una escuela de Monte Vera en la que hice un
reemplazo una vez. Él se sorprendió cuando sus compañeros, siguiendo la
consigna que yo les había dado, enumeraron características suyas y ninguno
había dicho nada malo, ninguno lo había criticado negativamente. Esos jóvenes
fueron bendecidores, y me dieron entonces una lección.
Pero no solo
nos cuesta ser bendecidores con los demás, sino que también, y muchas veces
más, con nosotros mismos. Cómo nos ayuda que las personas que saben vernos con
amplitud de corazón nos recuerden nuestras bondades. No somos tan malos.
Incluso en medio de la maraña de malas hierbas que pueden haber crecido en
nosotros, algo bueno siempre se puede rescatar.
Creo que está
bueno poder preguntarnos hoy, ¿logro percibir la bondad de las personas? ¿Estoy
acostumbrado a valorar positivamente a los otros? ¿Puedo decírselo? ¿Soy
consciente del bien que puedo hacerles? Y con nosotros mismos, ¿logramos ser
benévolos a la hora de la autocrítica? ¿O solemos flagelarnos?
Por mi parte
debo admitir que habitualmente me cuesta recordar el bien de mi vida, pero
siempre, siempre, vuelve a aparecer un bendecidor, un Clément Mathieu que ve lo
bueno que hay en mí y me lo recuerda. Ojalá yo también pueda hacer lo mismo con
el resto.
Lautaro Nicolás Valli
viernes, 21 de febrero de 2025
Seremos puente
Hurgando en mis archivos, preparando otros textos, encontré estas líneas que escribí en junio del 2021 y nunca publiqué. Creo, incluso, que tampoco se las había mostrado a nadie. Brotaron cuando se estaba por cumplir el primer año de haber conocido la Comunidad Centu, a la cual amo y sin la cual no entiendo mis últimos (casi) cinco años.
Hoy decido compartir este testimonio porque me parece bastante ordenado y fiel. Además, me sirve para valorar cada paso dado. Así, me animo a parafrasear la cita de JLMD que elegí para encabezar esas líneas y expreso: ¡Qué hermoso haber elegido la labor de construir puentes! De animarme a hacerlo con mi vida, a dejarme acompañar, y hoy estar prolongándolo en mi ciudad de Santa Fe, tan necesario es...
...
Es un título (el de constructores de puentes) que me entusiasma porque no hay tarea más hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en el que tanto abundan los constructores de barreras. En un mundo de zanjas, ¿qué mejor que entregarse a la tarea de superarlas?
Razones para la alegría
JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO
Aún recuerdo el momento en que entré a aquel primitivo encuentro de Zoom, el sábado 27 de junio de 2020. Éramos muchos, pasando los 60. La mayoría varones, las menos mujeres, abundaban los jóvenes, y había algunos más grandes. Pero no quiero avanzar en estas líneas sin expresar la sensación inicial: por un lado, desconcierto, por otro lado, alivio inmenso - como nunca -, ya que a nadie debía contarle explícitamente que yo era homosexual, se suponía… Fue la primera vez en mi vida en que experimenté esto. Y si bien la orientación sexual no es la totalidad de nuestra persona, es parte importante, y cuando eso está reprimido, y por lo tanto, no se habla ni se vive con fluidez, hace mucho daño, nos quita autenticidad y poco a poco nos va atrofiando, como con cualquier dimensión de nuestras vidas que no podamos, por algún motivo, vivir sueltamente. Para entonces yo no hablaba tanto de mi orientación, un poco por prejuicios, otro poco por miedo quizás. Era solo un grupo reducido el que lo sabía.
Conocí El Centurión - al que coloquialmente llamamos Centu - porque mi amigo Alfredo me lo compartió… Digamos que él fue mi primer Centurión, el primer hacedor de un puente que ayudaría en este camino de liberación. Lo que junto a mi amigo nos sorprendía y llamaba la atención era la intención que este grupo tenía de recibir y acompañar a las personas que pertenecen a la diversidad sexual - gays, lesbianas, bisexuales, trans… - y quieren vivir su fe, pero esto es un recurrente conflicto. Y nosotros, que somos herederos de una enseñanza sexual bastante represora, fuimos unos de los primeros en anotarnos. Desde ese junio no nos hemos apartado de Centu. Ahora dejo de hablar en segunda persona del plural, y paso a la primera del singular.
En Centu no se da cátedra, se intenta disponer todo para que podamos encontrarnos, con el resto y con nosotros mismos, o mejor, en los otros, con nosotros mismos. Algunos tienen mucha claridad con respecto a su orientación sexual, otros no tanto. Algunos lo manifiestan públicamente, otros no… Pero tenemos en común que en este espacio, encontramos con quiénes compartirnos, y esto nos ayuda enormemente. Nadie le va a solucionar la vida a nadie, pero podemos ser buenos compañeros de camino. Porque es en el camino en que vamos, de a poco, creciendo en claridad, sobre la realidad de la que formamos parte…
Mis primeras conversaciones con amigos que conocían, aparentemente, el “ambiente homosexual”, eran desoladoras, porque me decían que no iba a encontrar a otros que, como a mí, les interesara la vivencia de la espiritualidad, y menos, ¡que compartan la misma fe! Y si bien Centu no es un grupo de Iglesia, tiene por objetivo ser ese puente que la une con aquellos que por cuestiones de orientación sexual, supuestamente se encuentran lejos. Entonces conocí a muchas personas con caminos parecidos al mío, y volvió a aparecer el alivio: no estaba tan solo.
Ha pasado un año, y cada encuentro - a veces mensual, a veces quincenal - es un nuevo oasis, por lo que me genera personalmente, y por cómo son tantos los que siguen acercándose y les hace tanto bien. Entonces, para culminar, expreso los dos objetivos iniciales que me hicieron redactar estas líneas:
Primero, para agradecer: GRACIAS a los pioneros que dieron inicio a Centu, a los que han venido trabajando y lo siguen haciendo. Crecemos en humanidad juntos. Gracias!
Y segundo: Siento profundamente que este espacio es un regalo del cielo, y debemos aventurarnos siendo parte. ¿Conocés a alguien que se encuentre como yo hace un año? ¿Quizás vos que me estás leyendo? Acercate, que, delicadamente, intentaremos caminar juntos, sin imposiciones, haciendo lo posible para recibirte del mejor modo, no desde púlpitos, sino desde el mismo llano por el que vas vos.
Y si bien Centu es más que ayudar a los que sienten tensión entre la dimensión espiritual de sus vidas y la orientación sexual, esto es por lo que yo me arrimé, fui cautivado, y me quedé, para sumarme a la vocación grande que tiene este grupo: la de ser Puente. Puente entre instituciones, entre grupos, entre personas, y – lo más importante - entre las partes tan agrietadas de nuestras propias vidas, que parecen irreconciliables.
Me animo a decir que, cuando damos el primer paso, los fantasmas van perdiendo fuerza, y experimentamos que, de a poquito, podemos vivir reconciliados.
Lautaro Nicolás Valli
domingo, 29 de diciembre de 2024
No había lugar para ellos
El título de
este texto me viene rondando desde hace casi un mes. La noche del sábado 30 de
noviembre tuvimos el primer taller de la Comunidad Centu en Santa Fe, en la
parroquia San Roque. Fue un evento muy importante, tanto para nosotros como
comunidad como para mí en particular. Uno de mis compañeros, Joaquín, contó por
qué quienes originaron nuestro grupo decidieron darle ese nombre. Hay un
vínculo estrecho con el Centurión del Evangelio que intercede por la salud de
su “servidor”. No es mi deseo explayarme en eso ahora, pero lo traigo a
colación porque Joaquín se valió de la pregunta “¿Por qué Centu?” para dar esa
explicación. Cuando él terminó, yo aproveché que estaba proyectada esa frase en
la pared del salón en que estábamos reunidos e intenté expresar la que, a mi
sentir, es la razón de nuestra existencia como comunidad, por qué creo que es
necesaria una comunidad como la nuestra. Posiblemente algún lector no conozca
nada de Centu, por lo que intentaré, de manera sintética, contar cómo surgió y
cómo nos encuentra el 2024 en Santa Fe.
La Comunidad
Centu (originariamente Grupo El Centurión) nació a finales de 2018 en San
Isidro, Buenos Aires, por inquietud de un grupo de jóvenes que, cansados de la
frivolidad que encontraban en ciertas aplicaciones de citas, buscaban vínculos
de otro tipo, con quienes se pudiera compartir más que meros encuentros
casuales. La dimensión espiritual era importante en sus vidas, por lo que ese
fue uno de los aglutinantes, quizás el más importante. Se encontraron con que
también había otros que pertenecían a la diversidad sexual y además eran
católicos, anhelando vivir a pleno su fe. En simultáneo fueron descubriendo que
eran muchos los que, por diversos factores, experimentaban tensión entre esas
dos dimensiones de sus propias vidas. Así, se convirtieron en un primer grupo
incipiente, que de a poco fue creciendo con el deseo de promover un espacio
seguro para todos aquellos que no hallaban en sus lugares de origen el sitio
donde poder vivir de manera integrada estas dos dimensiones de sus vidas, la
orientación sexual o identidad de género y la espiritualidad.
Centu llegó a
mi vida en 2020 por medio de Alfred, un amigo muy querido, entrerriano viviendo
en Francia en esa época. Me contó que hacía un tiempo había empezado a seguir
en Twitter a un chico llamado Santiago Mugica, que se presentaba como el “Trolo
católico” y hablaba abiertamente de su orientación sexual diversa y de su
pertenencia a la Iglesia con total naturalidad. Este chico formaba parte de
Centu y lo invitó a Alfred a sumarse a las actividades. Como estábamos en plena
reclusión por Covid, todo fue virtual ese año. Así, el 27 de junio del 2020
participamos con mi amigo del primer taller virtual de Centu. Fue en esta época
que el grupo empezó a crecer y federalizarse. Entonces, la diversidad ya no era
sexual, sino que también geográfica, y, por lo tanto, de tonadas. Entrar a ese
primer taller fue muy especial, muy fuerte. Sentí algo que nunca había
experimentado hasta el momento, la sensación de “acá no tengo que dar
explicaciones”. A muchos de los que nos sumamos esa tarde de sábado, creo que
una de las cosas que más nos interpeló fue ver a Hugo, sacerdote de San Isidro,
compartir la actividad con mucha naturalidad y decir unas palabras al terminar.
Luego de este evento, esperé con ansias cada nuevo taller virtual mensual. El
número de participantes siguió creciendo y, éramos tantos los nuevos que a un
conjunto reducido se nos propuso formar parte de un “grupo de vida”, el primero
federal. El objetivo era poder encontrarnos más asiduamente, sin tener que
esperar un mes al taller virtual. Además, al no ser más de 15 personas, la
compartida era más fluida y se hacía más fácil estrechar los vínculos y crecer
en familiaridad. Éramos de Córdoba, Entre Ríos, Tucumán, San Juan, Salta, Santa
Cruz, Mendoza, Buenos Aires y Santa Fe. Con el tiempo algunos dejaron el grupo
y otros nuevos se incorporaron. Entre los que se sumaron estaba Ivana, la
tercera santafesina, después de Ramiro y de mí.
Antes de
remarcar la razón que nos moviliza a prolongar Centu aquí, en Santa Fe, haré
una breve mención a cómo fue echando raíces de a poco en el Litoral. Como
mencioné antes, éramos tres santafesinos en el primer grupo de vida federal.
Nos tocó empezar a estrecharnos como grupo en una época especial, en medio de
la pandemia por Covid-19, saliendo gradualmente del aislamiento pleno. Algunas
actividades se retomaron, otras no. Cuando empezamos a acostumbrarnos a la
“nueva normalidad”, con un poco más de libertades, hubo nuevos picos del virus,
por lo que el 2021 se vio marcado por los avances y retrocesos de muchas
actividades. Ese año pudimos encontrarnos por primera y única vez con Ivana y
Ramiro. Ella venía de un período muy difícil de enfermedad, recuperándose de a
poco. Conoció Centu y, en diálogo con Marilú, religiosa bonaerense
perteneciente a la congregación Misioneras Diocesanas, que formaba parte de
nuestro grupo de vida, decidió también integrarse al grupo. Creo que no me
equivoco al afirmar que compartir con nosotros le hizo mucho bien. Además,
participaba de Centurionas, grupo de Centu exclusivo para mujeres. Y, quizás,
lo que mayor paz le alcanzó fue el vínculo con Marilú, en quien encontró una
Iglesia distinta a la que estaba acostumbrada. Ivana, de profunda fe, había
sufrido mucho el no poder expresar con total libertad su orientación sexual. Y
parte de su conflicto era a causa de la tensión que existía entre esa dimensión
de su vida y su espiritualidad. A fines de 2021, cuando con el grupo de vida
federal tuvimos nuestra primera convivencia en Ascochinga, ella había
desmejorado en su salud y no pudo asistir. En agosto la habían operado de nuevo
y, lamentablemente, no se pudo recuperar luego de eso. Falleció, finalmente, el
21 de enero de 2022.
Tuvo que llegar
un mendocino, Joaquín, para que decidiéramos poner en marcha Centu en Santa Fe.
Comenzamos con una “tarde de mates” en noviembre del 2023. Este año, en abril,
los chicos de Paraná realizaron su primer taller abierto, por lo que allá
fuimos varios de Santa Fe. El resto del 2024, hasta llegar a noviembre,
seguimos reuniéndonos en formato tarde de mates en el Centro de Espiritualidad
Santa María, al sur de la ciudad. De a poquito se fueron sumando nuevas
personas, las suficientes como para conformar un grupo de vida. Como algunos de
sus miembros son de Rafaela y de Paraná, nuestros encuentros han alternado
entre la presencialidad y la virtualidad, para que la distancia no sea un
impedimento. Así, llegamos a noviembre, y con noviembre el taller.
Vuelvo, ahora
sí, a lo mencionado al principio del texto. Luego de que Joaquín terminara de
explicar qué era Centu y de dónde nos viene el nombre, yo tomé la pregunta y la
respondí desde Ivana. Desde ella, desde su historia, desde su sufrimiento. Y
quiero hacer hincapié en esto, ya que es la causa última de nuestra existencia
como comunidad: poder brindar un espacio para todas aquellas personas que por
distintos motivos han experimentado tensión entre su orientación sexual o
identidad de género y su espiritualidad. Muchos lo hemos padecido y muchos
otros lo siguen padeciendo. Ivana es parte de nuestra historia y se convierte
en símbolo, en bandera. Porque es tan descabellado como indignante saber que,
finalizando el año 2024, siga habiendo personas que tienen que reprimirse por
el qué dirán o porque los van a discriminar, tanto sus familias como sus
instituciones. Y acá entran no solo la Iglesia, sino muchos otros ámbitos como
el trabajo, el club, los amigos, etc. Así, saber que existen otras Ivanas en
Santa Fe que están sufriendo en soledad, hace que nos pongamos en marcha y sentemos
las bases para construir el puente que Centu quiere ser.
Cuando, en el
taller, expresé todo esto oralmente, me pareció que la frase “no había lugar
para ellos” graficaba bien la experiencia de las semanas anteriores a ese día,
ya que nos costó bastante encontrar un lugar donde se nos permitiera realizar
este evento. Nos vi como José y María casi por dar a luz, buscando lugar donde
hospedarse en Belén. Pero no había lugar para ellos en el albergue. Ahora,
repasando lo rumiado y escrito, prefiero jugar la carta para explicar la misión
de nuestra comunidad desde el Evangelio. Es que, en definitiva, Centu quiere
ser ese espacio disponible para recibir a todos aquellos que no encuentran un
lugar donde decir soy LGBTQ+ y creo en Dios, y no quiero seguir reprimiéndome.
Lautaro Nicolás Valli
miércoles, 13 de noviembre de 2024
Sobre el pozo escondido en el desierto
-Lo que embellece al
desierto –dijo el principito-
es que esconde un pozo
en cualquier parte.
El Principito
ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY
De noche iremos, de
noche,
que para encontrar la
fuente
solo la sed nos
alumbra,
solo la sed nos
alumbra.
[…]
Qué bien se yo la fonte
que mana y corre,
aunque es de noche…
De noche iremos
TAIZÉ[1]
Cuando falleció Luis María Tomatis, hace ya casi un año, el amigo que
me avisó me dijo algo muy lindo, que siempre me da vueltas por el corazón: “Me
sentía más tranquilo sabiendo que andaba por ahí… En algún lugar de Santa Fe.
Le hacía bien a mucha gente”. Creo que yo podría haber dicho lo mismo. Por Luis
María y por tantos otros.
Cuántas personas a las que amamos pero por cuestiones de estado de vida
o de agenda no vemos nunca. Pero saber que están en algún lugar, a la distancia
de un mensaje o un colectivo, nos da alegría. Alegría y esperanza.
Me pasa cuando después de bastante tiempo me encuentro con familiares o
con amigos de otras provincias y caigo en la cuenta de que el reencuentro era
más fácil de lo que yo creía. Pero estas líneas no buscan el lamento, sino
reconocer la alegría de nuestros corazones cada vez que recordamos el amor.
Y no solo con personas, sino que también nos puede suceder con lugares.
Precisamente este pensamiento brota mientras estoy de retiro en Manucho, en Las
Mercedes, casa salesiana. Es un lugar sagrado para mí, ya que durante cinco
años vinimos de retiro con el seminario. Fueron verdaderos kairós, tiempos de gracia en que pude estrecharme con Aquel que me
llamó a discernir si mi vocación era a la vida consagrada. Cada vez que recordé
este lugar durante los años posteriores a mi salida del seminario, el corazón
se encendió. Y vuelve a encenderse en estos días acá, días de desconexión con
el afuera para reconectarme conmigo y con el que me creó.
Si tengo aprecio por este sitio, con sus mil especies de aves, que
colorean la vista y acompañan las rumias (especialmente las cotorras) y su
enorme arboleda heterogénea, mayor es mi sentimiento por Los Algarrobos, la
Casa que el Seminario tiene en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba. Allí
pasábamos un mes entero en el verano, lo que hizo que se vuelva un
constituyente esencial de mi ADN. Volví dos veces desde que salí del Seminario.
Cada retorno es un remanso, y cada recuerdo un respingo del corazón.
Otra casa que viene echando raíces en mi corazón es la que congrega a mi grupo de
vida de Centu, en Ascochinga, Córdoba. Gracias a la generosidad de Isabel, su
dueña, venimos reuniéndonos una o dos veces al año ahí desde el 2021. Los
miembros del grupo somos de distintas provincias: Buenos Aires, San Juan,
Mendoza, Tucumán, Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe. Y si bien durante el año
tenemos encuentros virtuales un par de veces al mes, y con algunos podemos ir
viéndonos individualmente, recién ahí, en lo de Isabel, nos reencontramos
grupalmente para seguir estrechando nuestros vínculos. Justo en estos días
tenemos nuestra cita anual allí.
Hablé de personas y de lugares. Pero no quiero dejar de hablar de Aquel
a quien considero el gran Autor. Desde hace un tiempo se me viene haciendo el
huidizo, como el amado del Cantar de los Cantares. Por eso la cita que evoca a
Juan de la Cruz del comienzo, porque lo único claro y esclarecedor del momento
actual es la sed. La sed me mueve, desde dentro y hacia adelante, buscando,
buscándolo.
Así, y en línea con el Principito, puedo concluir expresando que, en
parte, lo que hace tan bello el desierto de mi vida es saber que en algún lado
existen esos pozos de agua, esas personas, esos lugares y ese Dios esperándome.
Ojalá pueda, como el aviador extraviado del relato, seguir caminando y
encontrar el pozo al amanecer.
[1]
Canto en que están integrados fragmentos de los poemas "De cómo el hombre
que se pierde llega siempre a Belén", de José Luis Rosales y “La fonte” de
San Juan de la Cruz. Cf: https://padreeduardosanzdemiguel.blogspot.com/2021/10/de-noche-iremos-canto-de-taize.html
miércoles, 9 de octubre de 2024
Una tonelada de risas
Realmente el día que nos morimos nuestra humanidad se mide por lo
útiles que hemos sido para los demás, y no hay más historias. Si tenemos muchos
títulos, mucha inteligencia y muchos millones acumulados en el banco, a la hora
de la muerte no somos nada. Si hemos querido a la gente, si hemos sido útiles,
si vuestros hijos han sido felices a causa de vosotros, las mujeres han ayudado
a los maridos y los maridos a las mujeres, si hemos sido útiles a los demás, si
la gente que nos rodea nos quiere, si queremos a la gente que nos rodea, el día
que nos muramos habremos sido unas estupendas personas, habremos sido grandes
hombres.
JOSÉ LUIS MARTÍN
DESCALZO
Voy a ser
sincero. Me resulta muy complejo iniciar este texto. Empiezo, escribo unos
renglones y borro. No sé cómo mencionar con delicadeza lo que necesito expresar.
Lo voy a decir sin vueltas.
El viernes 4
de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, falleció Graciela Campoamor.
Gracielita para aquellos que la quisimos y fuimos queridos por ella. La noticia
me dejó helado, ya que no sabía que desde hacía un tiempo venía travesando un
proceso delicado de enfermedad.
Compartí con
ella muchos momentos significativos, especialmente en mis años de adolescencia
en el ámbito eclesial entrerriano, formando parte de la Familia de Emaús. Ella,
entre otros, fue una de las tantas que me adoptaron y recibieron en sus
familias como a un hijo más.
Cuando supe de
su fallecimiento, luego de salir del desconcierto inicial, decidí viajar a
Paraná para estar en su velorio. Por mi cariño a ella, claro, y por querer
abrazar a Diego, su marido, y a la Dali y al Leo, sus hijos. Así que el sábado
por la mañana me levanté temprano, preparé mi mate y partí para allá, donde
estuve durante toda la mañana.
Ahora, ¿cuál
es el motor de este texto? Creo que Graciela, con su dulzura y su risa siempre
presente y contagiosa, la “reina” de su familia, la maestra amada, encarnó
ampliamente lo que José Luis menciona en el fragmento con el que encabezo esta
página. Las personas no somos más y mejores personas por cuánto poseamos
material o académicamente hablando, sino por cuánto nos entreguemos en favor de
los demás. Y Graciela fue eso. Eso recuerdo personalmente y escucho de tantos
que compartieron más aún con ella. Podríamos decir, siguiendo al autor citado,
que Graciela, que fue útil, hizo feliz a su familia, quiso y fue querida, fue
una estupenda persona, una gran mujer.
Sumo a todo
esto una imagen que se me ocurrió en estos días, desde que supe de su
fallecimiento. Como no sabemos muy bien cómo es el instante posterior inmediato
a nuestra muerte, y en el hipotético caso de que pesen en una balanza nuestras
acciones para hacer, precisamente, un balance de nuestra vida, estoy seguro de
que en el caso de Graciela empezaron pesando las risas propias y las
contagiadas. Y la balanza se rompió de sobrepeso. Y ella, claramente, se tentó
y empezó a los gritos a reírse, haciendo que también los espectadores terminen
riéndose. Así fue y será eternamente.
Lautaro Nicolás Valli
martes, 24 de septiembre de 2024
Elogio de lo extraordinario
Iban a ser
balcones. Balcones floridos. Porque quería hablar de lo extraordinario, de eso
que nos saca del aburrimiento, la costumbre y el hábito.
Muchas veces
escribí acerca de lo contrario, de lo ordinario. Sobre todo para hacer hincapié
en la importancia de que cada uno de nosotros haga bien lo que le toca hacer
según su estado de vida.
Pero,
últimamente, he estado dándole vueltas a lo extra-ordinario, a eso que irrumpe
en nuestra rutina para recordarnos que estamos vivos, para desacartonarnos.
Y, como suelen
cautivarme las casas que tienen flores en los balcones -en parte porque me
recuerdan al Principito y su modo de mirar-, iban a ser balcones, balcones
floridos.
Pero, cuando
puse manos en la masa, me topé con las hortensias del último verano. No sabía
entonces, cuando las fotografié, que me iban a servir y tanto.
Porque, para esta ocasión, las hortensias vienen a ser lo mismo que los balcones floridos, ya que generan lo mismo en mis días cuando estos osan tornarse grises.
Lautaro Nicolás Valli


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