domingo, 30 de noviembre de 2025

Las flores de la casa de Isabel




Hay tres clases de flores en la casa de Isabel.

Las primeras son las silvestres. Nadie las cuida pero están ahí. Fuertes por la mañana, gracias a la quietud y la humedad de la noche. El sol fuerte de la primavera avanzada suele estresarlas durante el día, pero no dejan de hermosear la colina. Sus colores son de lo más variados: blanco, naranja, amarillo, violeta, fucsia, rojo...

El segundo tipo está compuesto por extranjeras, plantadas por la mano de la dueña: varias aromáticas como romero, salvia, lavanda...  Suelen alegrar más de una mesa (sobre todo el romero).

El tercer grupo es simbólico y me animo a decir que el más entrañable. A este ramillete lo formamos todas las personas que, con más o menos frecuencia, visitamos la casa de los Nicholson-Mendizabal y gozamos de su generosidad. Es de admirar cómo los dueños de casa abren sus puertas para que su mesa sea nuestra mesa. A esta altura, nuestras vidas forman parte de las suyas y viceversa. Creo que ellos no dimensionan el bien que nos hacen. Así, nos siguen recibiendo año a año para el reencuentro de tonadas, las caminatas, la comida y la bebida hasta el hartazgo, la fiesta, las risas, los llantos, la misa, la vida…

Creo que, incluso faltando las silvestres y las foráneas, la casa seguiría siendo hermosa, poblada de tantos corazones que van creciendo juntos, compartiendo los caminos personales y también los comunitarios. Nuestras sonrisas, nuestras vidas ganándole a nuestras muertes, son el mejor adorno de esa casa, reflejo del corazón de quienes permiten que allí nos reencontremos.

Gracias, gracias, gracias!


LNV


 

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