Hay tres clases de flores en la
casa de Isabel.
Las primeras son las silvestres.
Nadie las cuida pero están ahí. Fuertes por la mañana, gracias a la quietud y
la humedad de la noche. El sol fuerte de la primavera avanzada suele
estresarlas durante el día, pero no dejan de hermosear la colina. Sus colores
son de lo más variados: blanco, naranja, amarillo, violeta, fucsia, rojo...
El segundo tipo está compuesto
por extranjeras, plantadas por la mano de la dueña: varias aromáticas como
romero, salvia, lavanda... Suelen
alegrar más de una mesa (sobre todo el romero).
El tercer grupo es simbólico y me
animo a decir que el más entrañable. A este ramillete lo formamos todas las
personas que, con más o menos frecuencia, visitamos la casa de los
Nicholson-Mendizabal y gozamos de su generosidad. Es de admirar cómo los dueños
de casa abren sus puertas para que su mesa sea nuestra mesa. A esta altura,
nuestras vidas forman parte de las suyas y viceversa. Creo que ellos no
dimensionan el bien que nos hacen. Así, nos siguen recibiendo año a año para el
reencuentro de tonadas, las caminatas, la comida y la bebida hasta el hartazgo,
la fiesta, las risas, los llantos, la misa, la vida…
Creo que, incluso faltando las
silvestres y las foráneas, la casa seguiría siendo hermosa, poblada de tantos
corazones que van creciendo juntos, compartiendo los caminos personales y
también los comunitarios. Nuestras sonrisas, nuestras vidas ganándole a
nuestras muertes, son el mejor adorno de esa casa, reflejo del corazón de quienes
permiten que allí nos reencontremos.
Gracias, gracias, gracias!
LNV
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