Me siento como
frente al mar, en la playa de Buzios, donde estuve con mi familia hace algunos
años. Esto podría significar, al menos, dos cosas. Una, que estoy en éxtasis,
admirado, deslumbrado, encantado, ya que es la playa más hermosa que conocí.
Otra, que me encuentro ante un abismo, con vértigo, haciendo equilibrio para no
caer. En esta ocasión mi sentimiento tiene más que ver con lo segundo.
Ante un
abismo, sí. Con miedo de caer. Un poco asfixiado por ciertas barreras. ¿Quién
no se encuentra con límites, con algún muro que le quita el aire? Una de las
grandes ambiciones del hombre pareciera ser conquistar la libertad. O
mantenerla, para aquel que cree que con ella nace. Por ejemplo, Rousseau decía
que el hombre nace libre, pero “en todos lados está encadenado”. Coincido con la
segunda parte de esta afirmación, y considero que muchas de las cadenas que nos
asfixian son elegidas, a veces con bastante lucidez, otras con un poco menos.
Pero también hay ataduras que nos sobrepasan, con las que nacemos y de las
cuales difícilmente podamos liberarnos.
Hablo del
tiempo, de cuánto pueda llegar a durar nuestra vida y de cuánto de lo que
queremos hacer en una semana o un día realmente podamos. No somos infinitos, no
lo podemos todo. Para decirlo por vía positiva: somos finitos. Y eso no está ni
bien ni mal -¿por qué esa maldita necesidad de moralizar todo?-. Simplemente es
así, es parte de nuestra humanidad. Supongo que debemos aprender a convivir con
este aspecto de nuestra existencia, sin caer, dentro de lo posible, en
constantes depresiones.
Lo pienso
ahora por un montón de motivos, desde no poder visitar día por medio a mis
abuelos, hasta frecuentar sin tanta estructura a mis amigos, limpiar la casa,
hacer jardinería o leer cuanto libro tenga ganas, sin pensar que en media hora
“tengo que” ponerme a hacer otra cosa. La barrera del tiempo…
Otra barrera
es la de los cuerpos. A veces me desvela la idea de que nunca podré dar todos
los abrazos que quisiera a las personas que amo. Incluso abrazando mucho,
permaneciendo en el silencio del bombeo de los corazones, me quedo corto. Sí,
también ahí se manifiesta que somos finitos, que nuestra sed no es tan fácil de
saciar.
Incluso las
palabras son limitadas, ya que, como dijo Cortázar, “las palabras no alcanzan
cuando lo que hay que decir desborda el alma”. Lo experimento cabalmente, tanto
cuando me quedo a mitad de camino por miedo al qué dirán si digo todo lo que
pienso, y también cuando digo todo lo que quiero decir, y me quedo con el
sentimiento de no haberme podido expresar como quisiera. Las palabras no
alcanzan…
Me encantaría poder mirarle el lado positivo a todo esto -porque lo tiene- y creer que está buena la insatisfacción ya que puede ser el puntapié inicial para seguir buscando, para no quedarme quieto, para no caer en la mediocridad. Sin embargo, debo admitir que hoy me quedo con la pequeña angustia existencial de reconocerme limitado y no poder con todo lo que anhelo. La otra cara de esta moneda es satisfactoria, ya que me ayuda a reconciliarme conmigo mismo. Como mencioné antes, no está ni bien ni mal que seamos limitados por todos los frentes por los que se nos miren. Lo que sí no está bueno es andar por la vida sin asumir nuestra fragilidad, creyendo que somos omnipotentes y nuestras capacidades infinitas. Podemos un montón y somos capaces de mucho. Pero no de todo. Somos finitos.
Lautaro Nicolás Valli

