martes, 26 de septiembre de 2023

Somos finitos

 


Me siento como frente al mar, en la playa de Buzios, donde estuve con mi familia hace algunos años. Esto podría significar, al menos, dos cosas. Una, que estoy en éxtasis, admirado, deslumbrado, encantado, ya que es la playa más hermosa que conocí. Otra, que me encuentro ante un abismo, con vértigo, haciendo equilibrio para no caer. En esta ocasión mi sentimiento tiene más que ver con lo segundo.

Ante un abismo, sí. Con miedo de caer. Un poco asfixiado por ciertas barreras. ¿Quién no se encuentra con límites, con algún muro que le quita el aire? Una de las grandes ambiciones del hombre pareciera ser conquistar la libertad. O mantenerla, para aquel que cree que con ella nace. Por ejemplo, Rousseau decía que el hombre nace libre, pero “en todos lados está encadenado”. Coincido con la segunda parte de esta afirmación, y considero que muchas de las cadenas que nos asfixian son elegidas, a veces con bastante lucidez, otras con un poco menos. Pero también hay ataduras que nos sobrepasan, con las que nacemos y de las cuales difícilmente podamos liberarnos.

Hablo del tiempo, de cuánto pueda llegar a durar nuestra vida y de cuánto de lo que queremos hacer en una semana o un día realmente podamos. No somos infinitos, no lo podemos todo. Para decirlo por vía positiva: somos finitos. Y eso no está ni bien ni mal -¿por qué esa maldita necesidad de moralizar todo?-. Simplemente es así, es parte de nuestra humanidad. Supongo que debemos aprender a convivir con este aspecto de nuestra existencia, sin caer, dentro de lo posible, en constantes depresiones.

Lo pienso ahora por un montón de motivos, desde no poder visitar día por medio a mis abuelos, hasta frecuentar sin tanta estructura a mis amigos, limpiar la casa, hacer jardinería o leer cuanto libro tenga ganas, sin pensar que en media hora “tengo que” ponerme a hacer otra cosa. La barrera del tiempo…

Otra barrera es la de los cuerpos. A veces me desvela la idea de que nunca podré dar todos los abrazos que quisiera a las personas que amo. Incluso abrazando mucho, permaneciendo en el silencio del bombeo de los corazones, me quedo corto. Sí, también ahí se manifiesta que somos finitos, que nuestra sed no es tan fácil de saciar.

Incluso las palabras son limitadas, ya que, como dijo Cortázar, “las palabras no alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”. Lo experimento cabalmente, tanto cuando me quedo a mitad de camino por miedo al qué dirán si digo todo lo que pienso, y también cuando digo todo lo que quiero decir, y me quedo con el sentimiento de no haberme podido expresar como quisiera. Las palabras no alcanzan…

Me encantaría poder mirarle el lado positivo a todo esto -porque lo tiene- y creer que está buena la insatisfacción ya que puede ser el puntapié inicial para seguir buscando, para no quedarme quieto, para no caer en la mediocridad. Sin embargo, debo admitir que hoy me quedo con la pequeña angustia existencial de reconocerme limitado y no poder con todo lo que anhelo. La otra cara de esta moneda es satisfactoria, ya que me ayuda a reconciliarme conmigo mismo. Como mencioné antes, no está ni bien ni mal que seamos limitados por todos los frentes por los que se nos miren. Lo que sí no está bueno es andar por la vida sin asumir nuestra fragilidad, creyendo que somos omnipotentes y nuestras capacidades infinitas. Podemos un montón y somos capaces de mucho. Pero no de todo. Somos finitos.




Lautaro Nicolás Valli

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Las cosas siempre suceden, las más hermosas son sin querer

 



El fin de semana largo de agosto viajé a Los Algarrobos, la Casa de descanso que el Seminario de Santa Fe tiene en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba. Es un lugar muy importante para mí, en el que pasé gran parte de mis veranos mientras fui seminarista. Luego de que salí del Seminario en el 2019 solo volví una vez, hace exactamente dos años, con Gabriel, también exseminarista. Habíamos viajado de puro gusto, poniendo un poco como excusa la entrevista que le teníamos que hacer a Raúl, el casero, ya que nos encontrábamos trabajando en la reedición de Cantos Rodados, el libro en que el padre Elvio Alberga narró la historia de la tan querida Casa. Esta vez fuimos invitados por Nicolás, con quien también compartimos Seminario, que viajaba con miembros de las comunidades parroquiales de Felicia y Sarmiento.

Decidí compartir sin tanta solemnidad un fragmento de mis anotaciones mientras estuve allá. Quien las lea siéntase querido por mí, e imagínenos tomando mates mientras le abro mi corazón y comparto una porción importante de mi vida.

 

 

Primero cuento que partimos alrededor de las 7 de la mañana de Felicia. Viajamos con el Gabi y el Nico en el auto de Rubén y Alicia. Hermoso el paisaje, especialmente el llano santafesino, tan verde. Hicimos un par de paradas técnicas hasta que por fin llegamos al “Nido de solaz”, cerca de las 14 horas. El almuerzo fue a la canasta. Nos encontramos con Raúl, que no tardó en advertir a los chicos que a la pelota se juega en el parque, no adentro ni en la galería. También nos encontramos con el padre Alexis, que estaba con gente de su comunidad.

Muchas cosas me emocionaron, desde volver a ver el Sinaí o la Cueva de los Leones -antes incluso de entrar en terreno algarrobeño-, pasando por poner pie en la Casa o ver la biografía del Elvio en un mueble del comedor grande. Después de la siesta preparé el mate y me fui al “Desorden encantador”, donde me quedé un rato en silencio, contemplando. Ahí me fueron cayendo algunas fichas, una primordial: pienso en el Seminario y lo siento como una etapa feliz, cargada de sentido. Recuerdo muchos momentos alegres y divertidos. Por gracia, los recuerdos tristes o lastimosos no tienen lugar en mi memoria. Y, si lo tienen, no están ahí de modo que sigan inquietando. Lo que me queda al repasar varios de esos acontecimientos que hicieron que mis días sean plenos, es que no me los propuse, sino que todo lo que fue sucediendo, simplemente fue sucediendo. Es cierto, yo tenía objetivos claros. Pero en el camino por lograr esa meta fueron pasando el resto de las cosas…

Pensar en esto me ayuda a bajar un cambio y entender que las cosas no funcionan porque yo me proponga manipularlas y estén a mi servicio. Las cosas que han cargado de sentido mis días -al menos en líneas generales- simplemente fueron sucediendo. A veces olvido que mi etapa como seminarista fue muy intensa y duró muchos años. Cinco años en una vida de veinticinco, son muchos… Cinco años de vivir en un mismo lugar, con las mismas personas, haciendo casi siempre las mismas cosas… Es imposible que los lugares y las personas con quienes compartí ese tiempo no sean lo significativas que son hoy para mí.

La vez anterior que vine a la Casa, recé con el texto del sueño de Jacob. Recuerdo aquello de “si permites que vuelva, tú serás mi Dios”. Bueno, entonces nos hallábamos a pocos meses de haber iniciado el proyecto de Cantos Rodados. No solo que volví, sino que lo hice con un fruto de ese trabajo en mi mochila. Una prueba más de que tiene sentido darle cabida a nuestras pasiones y confiar en la Providencia.

Volver acá, donde “Dios es obvio”, es un hermoso regalo, muy oportuno en este momento de mi vida. Todo lo que fui mencionando no hace más que estimular mi deseo y convicción de autenticidad. La vida es muy corta, vale la pena entregarnos a aquello que nos mueve profundamente. Creo en Dios Creador, creo que me dio y da todo lo que necesito. Creo en mis límites y también en mis capacidades. Doy gracias por todo esto.



Lautaro Nicolás Valli