viernes, 23 de octubre de 2026

Una lápida en el exilio: la “cuestión Storni” a más de 20 años

 

 

En agradecimiento con quienes se animaron a hablar.

En solidaridad con las víctimas de Edgardo Storni.

 

 

Esta sea, tal vez, la página más difícil de las que me he propuesto escribir. Nadie externo a mi conciencia me pidió que lo haga. Pero tengo algunos motivos de los cuales no puedo escapar y me persiguen hasta capturarme, como el pez que tragó a Jonás.

 

Una lápida en el exilio

En junio de este año, volviendo junto a un amigo de Los Algarrobos, la casa que el Seminario de Santa Fe tiene en Calamuchita, Córdoba, decidimos pasar por el cementerio de La Floresta, donde está enterrado Monseñor Storni. La visita surgió como una posibilidad luego de que hayamos hablado mucho sobre él y su influencia en nuestra vida diocesana, especialmente en el Seminario, el cual compartimos con mi amigo durante varios años. Algunas lecturas del fin de semana e interminables charlas nos habían movilizado tanto que, al surgir la pregunta de “¿Querés que pasemos? Yo ya estuve una vez”, algo dentro mío me movió (aunque no sin dudas) a aceptar la invitación.

Al poner pie en el cementerio, el tiempo pareció detenerse. El aire se densificó. Todo lo hicimos en silencio. Llegar a esa lápida fue muy fuerte. Descubrir que no había ningún rastro de su ser eclesiástico fue un condimento especial. Ni “Excelencia”, ni “Monseñor”, ni nada. Solo el nombre: Edgardo Gabriel Storni. Y las fechas de nacimiento y muerte: 4-6-1936, 20-2-2012. Dentro de la misma lápida pero más a la izquierda, vestigios de una cruz que en otro momento debió tener pegada. Mi mirada fue de esa marca, al nombre, a las fechas, al horizonte, muy poco a los ojos de mi amigo, y así muchas veces. Todo en silencio. Clima que duró un buen rato incluso después de habernos ido.

Antes de retirarnos le saqué una foto a la lápida, foto que luego de algunas horas, sin tener muy clara la motivación, compartí en mi estado de WhatsApp. No recuerdo haber publicado algo que haya recibido más reacciones de mis contactos. Las respuestas fueron de lo más variadas. Algunos se sorprendieron, otros me preguntaron dónde estaba, otros lo insultaron… Todo esto no hizo más que confirmar mi convicción de que Edgardo Storni es una persona de la cual hay que hablar por más de un motivo, que me propongo explicar a continuación. Y mostrar esa foto actual fue el inicio de un proceso. Fue un decir “no se olviden de que existió esta persona”, que aunque no la nombremos por comodidad, conveniencia, dolor o miedo existió. Y lo que aconteció durante más de veinte años y terminó explotando públicamente en 2002 nos sigue afectando hasta el día de hoy.

 

El innombrable

Quisiera, antes de explicitar cuáles creo que son las razones por las que es necesario hablar de Storni hoy, describir cómo fue mi relación con su figura a lo largo de los años, aportando además el dato cronológico para aquellos que no están tan empapados en el asunto.

En mi parroquia de origen Monseñor Storni era valorado positivamente, principalmente por su énfasis en la liturgia. Lo único que escuché como crítica negativa en esos años era que tenía “mal carácter”. Supe con el tiempo que era capaz de frenar una celebración e intempestivamente callar al coro porque un canto “no correspondía” al momento de la misa, por ejemplo. Entonces, las comunidades parroquiales lo recibían más con temor que con alegría. Pero no guardo más recuerdos que estos de aquellos años.

Claramente, de las denuncias por abusos sexuales no se hablaba en mi parroquia, conducida por uno de los pocos sacerdotes que ensalzan y defienden hasta el día de hoy a Storni. Pero no tardé en conocer al menos el juicio generalizado que la sociedad santafesina tenía del exiliado arzobispo. Ya en esa época, en la previa de mi ingreso al Seminario, notaba una doble cara del asunto. Extra eclesialmente no había dudas y se lo consideraba un abusador. Pero dentro de las instituciones católicas que yo frecuentaba del tema no se hablaba, a excepción de las valoraciones mencionadas en el párrafo anterior.

En 2015 entré al Seminario de Nuestra Señora, Seminario fundado y forjado por Monseñor Storni, del cual fue su primer rector y al que le dedicó mucho de su trabajo pastoral como arzobispo luego. En la casa de formación sacerdotal tampoco se hablaba de lo que había pasado con él. Teníamos Historia de la Arquidiócesis como asignatura en el primer año, en la cual, de no haber sido por la inquietud de esos jóvenes de 18 y 19 años que éramos, el tema no se habría hablado. Y la única vez que lo tratamos, fue de manera bastante superficial. El tiempo siguió corriendo y la dinámica fue parecida a la vivida en mi parroquia. De Storni solo se explicitaba su mal carácter y su énfasis en la liturgia.

Al conocer gradualmente la historia de nuestro Seminario, la imagen que tenía de Storni se fue ampliando. Esto se debe a que la estructura de la cual formábamos parte tenía en él a su Alma Mater, quien le imprimió sus formas, según sus criterios. El Seminario de Santa Fe, emplazado a unas cuadras de la Basílica de Guadalupe, se había cerrado definitivamente en 1971. En 1978 Monseñor Zazpe decidió reabrirlo pero esta vez en el casco histórico al sur de la ciudad, cerca de la Catedral y el Arzobispado. Confió la conducción de ese período a Storni, su Obispo Auxiliar. Este, que mantenía grandes diferencias con quienes habían “conducido a la ruina” al antiguo Seminario, sostenía que no debía haber continuidad, sino que lo mejor era realizar un corte con toda esa parte de la historia, en un lugar nuevo y con personas nuevas. Zazpe falleció en enero de 1984, siendo elegido como administrador diocesano por sus propios pares el presbítero Edgardo Trucco, párroco de la Basílica de Guadalupe, mientras se esperaba que desde Roma se designara a un nuevo arzobispo. Finalmente, en agosto del 84 fue nombrado Storni para el cargo. En paralelo siguió siendo el rector del Seminario, situación que cambió recién en 1989 en que eligió a otro sacerdote para tal ministerio.

Con los años fui conociendo lo que ni en mi parroquia ni en el Seminario se hablaba. Gracias a lo compartido con personas que vivieron en esa época y a lecturas que fui realizando se fue ampliando (siempre parcial, siempre punzante) el rompecabezas de la “cuestión Storni”, que gradualmente se me va clarificando más. A continuación dejo los que considero son los hitos más relevantes. Al menos lo que está relacionado con las denuncias de abuso sexual en su contra, que motivaron su renuncia y posterior condena en la justicia civil.

 

Cronología[1]

1961: Ordenación sacerdotal de Edgardo Storni.

1976: Nombramiento como Obispo Auxiliar de Santa Fe.

1977: Ordenación episcopal.

1978: Nombramiento como rector del Seminario “Nuestra Señora”.

24/01/1984: Fallecimiento de Vicente Zazpe, Arzobispo de Santa Fe.

Agosto de 1984: Nombramiento de Storni como Arzobispo de Santa Fe.

1989: Designación del presbítero Jorge Montini como rector del Seminario[2].

Jorge Montini recibe declaraciones de seminaristas que denuncian a Storni. Recopila pruebas y las comunica al entonces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Cardenal Primatesta. También, por recomendación de este, Montini informa en 1990 de la situación al Nuncio Apostólico, Ubaldo Calabresi, quien rechaza las pruebas que acusan a Storni.

1991-1993: Edgardo Trucco advierte a Primatesta y luego a la Congregación para los Obispos de la gravedad de los actos atribuidos al Arzobispo de Santa Fe.

1994: La Santa Sede ordena una investigación a cargo de José María Arancibia, entonces Arzobispo de Mendoza, quien se instala en Paraná y recibe declaraciones de quienes acusaban a Storni. Esta investigación no prospera, o al menos no se genera externamente ningún cambio. Storni sigue siendo el Arzobispo de Santa Fe.

2002:

I. El presbítero José Guntern, a raíz del testimonio recibido por parte de un seminarista, escribe a Storni instándolo a “cambiar su comportamiento”[3].

II. Olga Wornat publica el libro “Nuestra Santa Madre: historia pública y privada de la Iglesia Católica argentina”, cuyo capítulo “El príncipe y el Pastor” aborda la cuestión de Storni. En agosto la autora presenta su obra en la feria del libro de Santa Fe, tomando así el asunto relevancia pública, la cual influyó en impulsar los procedimientos penales posteriores.

III. En septiembre Storni, desde Roma, presenta su renuncia a la conducción de la Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz. A su regreso se muda a La Falda, donde vive como Arzobispo Emérito hasta su muerte.

2009: Storni, declarado culpable de abuso sexual agravado por la Justicia santafesina, es condenado a ocho años de prisión e inhabilitación por el mismo período.

2011: La condena es anulada por ser considerada “insuficiente” su fundamentación. Se dispone que la causa regrese a primera instancia para una nueva sentencia. La misma no prescribe ni Storni es declarado inocente, sino que el proceso penal queda abierto.

Febrero de 2012: Storni fallece en La Falda.

 

Mis razones para hablar hoy

Como mencioné en los apartados anteriores existe en mí una doble motivación para hoy, octubre de 2026, a más de veinte años de que Storni haya renunciado al Arzobispado de Santa Fe en medio de un escándalo enorme, hablar sobre él.

Mi primera razón son las personas víctimas de sus abusos. Porque sus únicas víctimas no son las que se animaron a hablar, en privado algunas, en la justicia otras. Sus víctimas son más. Y muchas de ellas no han podido elaborar ni sanar lo que les sucedió en el Seminario hace tantos años. Porque sigue habiendo personas que no pueden decir lo que les pasó, que no pueden compartir su sufrimiento, es necesario hablar hoy.

En segundo lugar, y aunque no sea fácil, es necesario hablar de este tema porque si prolongamos el silencio sostenemos dinámicas que favorecen el abuso. Pero no solo el abuso sexual, sino también el abuso de poder, de autoridad, de conciencia, espiritual.

Es importante conocer cómo fue nuestra historia para entender qué hay en la génesis de dichas dinámicas dañinas, abusivas. Por eso mi empeño en presentar la cronología del “caso Storni”. Pero estas líneas buscan llegar más allá de él, a quien ya no se puede interpelar ni juzgar civil ni eclesiásticamente. A quien, por otro lado, muchos recuerdan con gratitud por sus aportes a nuestra vida diocesana. 

Entonces, me resulta urgente que, entre otras cosas, podamos preguntarnos: ¿Cómo es nuestro vínculo con la autoridad? ¿Cómo se toman las decisiones en nuestras comunidades? ¿Logramos despojarnos, al menos gradualmente, del clericalismo por el cual nos vimos caracterizados históricamente? ¿Somos respetuosos con los procesos que las personas hacen a la luz de sus conciencias y ante Dios o seguimos pautándoles la vida según nuestros criterios particulares? ¿Continuamos callando nuestras miserias y errores para no “dañar la imagen de la Iglesia”?

La Iglesia es más ella misma cuando asume el dolor de los doloridos, sobre todo cuando tiene responsabilidad en ese dolor. Por lo tanto, la cercanía con las víctimas de abuso sexual por parte de eclesiásticos no es una opción sino un deber de todos sus miembros. Y uno de los modos concretos y fundamentales de estar cerca de quienes fueron abusados es hablar. No para seguir abriendo las heridas, sino para mostrar nuestra intención de acogida y acompañamiento, nuestra decisión de cambio de conducta, nuestro deseo de reparación.

Como expresa Francisco: Es fácil hoy caer en la tentación de dar vuelta la página diciendo que ya hace mucho tiempo que sucedió y que hay que mirar hacia adelante. ¡No, por Dios! Nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa[4]. Deberemos, juntos, seguir trabajando por mantener viva la memoria de nuestra comunidad diocesana, a la cual amamos con sus luces y sus sombras. Porque, también al decir del Papa argentino, al hablar de memoria no nos referimos solo a los horrores, sino también (a) el recuerdo de quienes, en medio de un contexto envenenado y corrupto fueron capaces de recuperar la dignidad y con pequeños o grandes gestos optaron por la solidaridad, el perdón, la fraternidad. Es muy sano hacer memoria del bien[5].

Ojalá que en este proceso de mantener viva la memoria, con sus idas y venidas, encuentros y desencuentros, altos y bajos, podamos dejarnos conmover por el dolor de nuestros hermanos más heridos y privilegiarlos por sobre nuestras estructuras y falsas seguridades. Como el samaritano del Evangelio a quien no le importó llegar tarde al culto por quedarse a atender a la persona que encontró tirada al borde del camino. 



Lautaro Nicolás Valli

 


[1] DUHAU, Juan Bautista, Ineficiencia estratégica y fallos en la protección de los seminarios católicos (2026): https://www.degruyterbrill.com/document/doi/10.1515/opth-2025-0079/html?srsltid=AU7gw4UckIaI2np3Vf8HZjDLeQ1bKm6JUzS1auYWwhlFyT6OSNOGT3-a

[2] Esto significa que Storni siguió siendo rector del seminario incluso 5 años después de convertirse en el arzobispo, viéndose concentrado el poder y la autoridad en una sola persona.

[3] En 1994 el presbítero Severino Silvestri había enviado una carta a Storni de las mismas características, la cual no recibió respuesta por parte del Arzobispo.

[4] FRANCISCO, Fratelli tutti, punto 249.

[5] FRANCISCO, Fratelli Tutti, punto 249.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Decir "Catena"




Por eso estoy aquí cantado,

por eso estoy aquí soñando

con el hombre feliz, el hombre nuevo,

el hombre que te debo mi país.

 

Qué triste y qué lindo

JULIÁN ZINI

 

¿Cómo empezar estas líneas de otro modo? ¿Cómo no hacerlo con los versos que un grupo de apasionados grabó a fuego en mi corazón hace unos pocos días?

Sabía que luego de la proyección del documental sobre Catena en Villa del Parque iba a escribir algo. Pero no sabía que se me iba a volver una necesidad imperiosa, una especie de deber que me brota de las entrañas, movido por la emoción y la alegría.

El marco del evento fue un ciclo de cine santafesino llevado adelante por la Organización La Brigadier. Las dos entregas anteriores fueron, primero “Rinoceronte”, y luego “Tire dié”  y “Los inundados”. Ambos encuentros fueron en la CTA, frente a Plaza España. Pero esta vez, la tercera, se realizó en conjunto con la Fundación Padre Catena en Villa del Parque, en la parroquia Cristo Obrero. Vino muy bien la inquietud de la Organización de proponer este documental, ya que en noviembre se cumplen 40 años de la muerte de Catena, el sacerdote que vivió junto a las primeras familias, cuando Villa del Parque era “el Triángulo”, estrechamente vinculado con el surgimiento de las instituciones del barrio.

Son tantas las cosas que me gustaría decir en este momento frente a la hoja en blanco… Cómo se forjó la idea de la proyección del documental, los rostros y las historias que fueron brotando en el proceso de preparación del tan esperado día, todo lo que aprendí, todo lo que confirmé, todo lo que me queda cual remolino por dentro… A pesar de la dificultad de poner en palabras lo intransferible, creo que algo aceptable puedo hacer.

I

Me animo a decir que el encuentro en el cual se proyectó el documental de Catena nació de una búsqueda. O de varias que se encontraron en un cruce de caminos. Iván, joven estudiante de historia en la UNL, fue un día a la librería Paulinas de Santa Fe, buscando material sobre Catena. El interés le venía porque, investigando por motivos académicos, dio con este hombre que era de sus pagos. Osvaldo era de San Mariano, Iván de San Vicente. Entonces, como se estaba interiorizando en los convulsionados 60 y 70 argentinos, llegó al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, y allí estaba su paisano, cura tercermundista. En Paulinas no había el día que llegó bibliografía relacionada. Pero su encargada, Marcela, le dijo que tenía un amigo con quien podía hablar al respecto, que algo sabía sobre Catena y los tercermundistas. Así entramos en contacto con Iván. Entre los primeros mensajes fue el documental “El hombre nuevo”, que es del 2007 y cuenta con detalle gran parte de la vida de Osvaldo, especialmente su período vinculado a Villa del Parque, hasta el exilio en 1974. Claro está que antes de enviar el video lo volví a ver. Y fue la ruptura de una piedra de la que empezó a brotar un manantial que no pude frenar.

II

La primera vez que vi este documental fue hace muchos años, cuando todavía estaba en el Seminario. Entonces, había dos motivos por los cuales me interpelaba su figura. El primero se debía a que gran parte de la música litúrgica que habitaba nuestros días estaba vinculada con Catena. De algunas canciones era su autor total. De muchas, compositor de la música, o adaptador en el caso de melodías tradicionales extranjeras. En otras había aportado la letra. Todo lo que tenía el sello del “Grupo Pueblo de Dios” para nosotros era suyo. También los cancioneros “Cantemos hermanos con amor” y “Gloria al Señor”. Catena vivía con nosotros.

Otro motivo por el que su figura me resultaba relevante era por los testimonios de algunas personas de las cuales fui cercano y lo habían conocido, especialmente los curas viejos. Por ejemplo, Nicolás Grenón lo recordaba con mucho amor, diciendo que a Catena le debían la cuota de libertad, de frescura, de desacartonamiento en su proceso formativo, tan enclaustrado en ese pre Concilio Vaticano II. Elvio Alberga también lo tenía muy presente. Un día le pregunté, ya que Osvaldo había sido maestro de su grupo, quién había sido mentor de Osvaldo. Y me respondió que Catena era original. Siempre me quedó esto. Y siempre, sin ahondar demasiado en su vida, lo recordé con respeto, ya que si era ponderado por alguien como Elvio, realmente debía ser valorable. Claro que este fundamento quedó chico al correr del tiempo, y hoy se suman otros motivos a mi criterio para valorar a Osvaldo. Pero en esa primera juventud esto me bastó.

III

Luego del primer intercambio de mensajes con Iván, nos conocimos personalmente y charlamos sobre Catena y su contexto, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y aquellos miembros de dicho grupo que yo había conocido, especialmente Elvio y Severino. Después de ese encuentro no quedamos en nada, aunque sí muy estimulados. Yo, por mi parte, antes de ir a verlo, había releído casi íntegra la biografía de Osvaldo, escrita colectivamente por la Fundación Padre Catena, publicada en su reedición por la UNL. Ese día le presté el libro. Poder hallar un interlocutor a quien le interesara todo este mundillo que a mí me atraviesa, me apasiona, me movilizó mucho. Seguimos en contacto y cada vez que daba con algún material afín se lo enviaba. Así, luego del receso invernal, Iván me comentó que en la Organización La Brigadier, que nuclea a estudiantes universitarios y a la cual pertenece, estaban planificando un ciclo de cine santafesino para el segundo semestre del año y él había propuesto el documental de Catena. Entonces me sumé a la preparación.

IV

En simultáneo al comienzo del vínculo con Iván se dio también la posibilidad de conocer la Fundación Padre Catena, con Bety a la cabeza. Surgió como algo más en una conversación por WhatsApp la posibilidad de proyectar el documental en el barrio. Yo le conté que estaba también en contacto con algunas personas de Benito Juárez (ciudad donde culminó su vida Catena), quienes me habían contado que allá habían declarado de interés municipal el 40 aniversario de su muerte. ¿Y acá, en su ciudad, en su barrio? Creí que no podían pasar los meses sin que se realizara algo recordándolo. Por lo que estas inquietudes, la mía y la de Bety, se encontraron con la de Iván. Así tuvimos una primera reunión nosotros tres más otro de los chicos de La Brigadier, y todo se fue encauzando, con la tarde del viernes 11 de septiembre como feliz horizonte.

La preparación del evento hizo que vaya entrando en contacto con varias personas cercanas a Catena, quienes lo habían conocido en su niñez o juventud y para los que Ovaldo era realmente importante. Esto me ayudó a seguir creciendo en conocimiento y cariño hacia él.

V

Finalmente llegó el día tan esperado. Los jóvenes éramos los menos. Quienes en otra época compartieron en distintos contextos la vida con Osvaldo Catena coparon la parroquia Cristo Obrero. Fue hermoso contemplar cómo fueron llegando, reencontrándose después de mucho. Mientras sucedía esto, se fue preparando el proyector y empezó a sonar música, una lista de reproducción hecha con las canciones del documental. A un costado, sobre un tablón, una pequeña exposición con pertenencias de la Fundación: discos de pasta de la Misa Criolla, otros litúrgicos y del coro Los Cantores de Cristo Obrero, cancioneros, recortes periodísticos y ¡hasta el maletín de Catena! También ejemplares de la biografía de Osvaldo para comprar. Sin mucho preámbulo dimos comienzo a la proyección. Fue emocionante percibir el murmullo que brotó de las personas que se reconocían en el video, o que recordaban a tal o cual vecino que ya no está. El documental termina con la canción “Qué triste y qué lindo”, cuyo estribillo fue cantado espontáneamente por la mayoría de los presentes, para sorpresa y admiración del resto, resto en el cual me incluyo. Luego del aplauso prolongado, tomó la palabra Pablo Testoni, director del film, quien compartió con nosotros lo que significó trabajar en su confección y sus resonancias  al volver a ver esta obra después de tantos años y reencontrarse con quienes participaron con su testimonio de ella. Una de las mujeres presentes nos dio la letra de la canción del Hombre Nuevo. Así que, una vez repartidas las copias, todos juntos entonamos el canto nuevamente, con especial énfasis por parte de los mayores al momento del estribillo.

…

Antes de concluir estas líneas me interesa mencionar dos cosas, las cuales me animo a decir que están estrechamente vinculadas entre sí.

La primera tiene que ver con que, tanto en la gestación de la proyección del pasado viernes 11/9 como el mismo día del evento, me interpeló profundamente cómo Catena es tanto o más valorado fuera de ámbitos eclesiales que dentro. Por su obra musical, en Santa Fe y el resto del país. Por su obra “social”, en Villa del Parque y barrios aledaños, por los vecinos comprometidos con el trabajo comunitario, por los militantes políticos de entonces y los de ahora, todas personas que creen profundamente en la potencia del esfuerzo compartido, de la lucha codo a codo en pos de una vida mejor, tanto en lo material como en lo espiritual, ambas dimensiones inseparables de la única vida humana que tenemos.

La segunda, que explica en cierto punto lo del párrafo anterior, es cómo en ciertos ámbitos decir “Catena” es sinónimo de comunismo, subversión, guerrilla, violencia, revolución armada. Todavía recuerdo a una mujer, exalumna del Colegio de las Hermanas Adoratrices, que para criticar al Colegio del Calvario, a las religiosas calvarianas y a Osvaldo su capellán, ponderaba a la “Madre Lagrange”, gracias a quien “el comunismo no iba a entrar en el Colegio (Adoratrices)”. Por otro lado, hasta el día de hoy existen sacerdotes que afirman que Catena incentivó a jóvenes a “involucrarse en la guerrilla” y a seminaristas “a tomar las armas”. Quizás quienes forjaron esta falsa imagen de Osvaldo Catena fueron quienes nunca aceptaron la radicalidad con que tomó la apertura y fraternidad propuesta por el Concilio Vaticano II. No pudieron, tal vez, siquiera entender que un sacerdote pueda ser, lejos de todo paternalismo, hermano de todos, y se comprometa de semejante manera con el bien integral de sus hermanos. No solo con la “salvación de sus almas”, almas desencarnadas, propias de una visión reduccionista del ser humano, tan lejana al Evangelio del Verbo Encarnado, sino con todo lo que lo constituye: salud, educación, tierra, trabajo, arte, etc. Que no se quedó encerrado en una sacristía y no hizo distinción, sino que recibió y compartió con todos: los vecinos, el coro, las alumnas del Calvario, sus hermanos sacerdotes, los militantes políticos… Creo que ilustra bien este punto lo que de él expresó Luis Amézaga en el documental: Así como a Cristo no lo condenaron por su palabra clara sino por su vida oscura, a Catena también, no lo condenaron por su palabra clara, lo condenaron por su vida oscura, o sea: come con los pecadores, acaricia a las prostitutas, es amigo de los bebedores…

Por todo esto me parece importante decir “Catena” en 2026. Porque está en las raíces de nuestra ciudad y de nuestra Iglesia diocesana. Porque lo ensuciaron y le debemos mucho. Porque quien se acerca a él no queda indiferente. Porque solo quien siembra vida puede cosechar vida incluso con el paso del tiempo. Porque no hay otra explicación… ¿Cómo puede seguir movilizando alguien que desapareció físicamente hace cuarenta años? ¿Cómo puede brotar de esas gargantas tan espontánea y enérgicamente, cual himno, cual manifiesto, la canción del Hombre Nuevo? ¿Cómo después de tanto?

Y así, Catena hoy se vuelve llama, posta que recibimos los que hemos sido alcanzados por el testimonio de los mayores que lo conocieron y para quienes sigue siendo estímulo en sus luchas cotidianas, personales, pero principalmente comunitarias. Que nos sirva también a nosotros la letra de ese himno para seguir creyendo en lo hermoso, desafiante y necesario que es volver a mirarnos a los ojos, reconocernos todos hermanos de todos, tomarnos de las manos y construir un barrio, una ciudad, un país y un mundo más humano.


Lautaro Nicolás Valli


viernes, 15 de mayo de 2026

Asterión no era como me dijeron

 




Asterión no era como me dijeron.

Me hablaron pestes de él.
Que vaya preparado para el litigio, con escudo, casco y espada.
Que no iba a poder entrar a su casa...

Hice un esfuerzo por no armarme, al menos no externamente...
Aunque debo admitir que el corazón sí avanzó acorazado.
Pero eso cambió relativamente rápido. Porque él no era como me lo pintaron.

¿Es muy precipitado de mi parte decir que nos volvimos amigos?
Tal vez lo sea... Pero... ¿Acaso no es grandeza animarse a la amistad, dejarse herir por amor?

jueves, 30 de abril de 2026

Parábola de los primeros pasos (que alguien tiene que dar)

 



No intuía Hermione al “dar cuerda” al giratiempo de qué modo les tocaba participar en aquella historia. El objetivo era claro: salvar la vida de un inocente, o quizás de dos. Pero, ¿cómo?

Siguió las indicaciones del director. No tenían que ser vistos y debían volver antes de la última campanada. Envolvió con la cadena del dispositivo que colgaba de su cuello a Harry y juntos volvieron sobre sus pasos. A su amigo le costó entender qué estaba sucediendo hasta que se encontró como espectador de una escena que él mismo había protagonizado junto a Ron y Hermione horas antes, cuando esta enfrentó a Draco Malfoy. ¡Habían vuelto en el tiempo! “Se llama giratiempo”, explicó ella, “lo uso desde el año pasado para poder asistir a las clases que se superponen”. Harry no salía de su asombro. Pero la amiga lo apuró, ya que tenían que seguirse a ellos mismos, a sus versiones de la tarde. Así se vieron entrar a la cabaña de Hagrid.

En el jardín, Buckbeak, el hipogrifo, esperaba la ejecución que acabaría con su vida de manos de un verdugo que no tardaría en llegar. Harry y Hermione aguardaron a la distancia, escondidos en el límite del Bosque Prohibido. Se veían a ellos con Hagrid dentro de la cabaña. No tardaron en aparecer otros personajes en la escena: desde el colegio se acercaban caminando Dumbledore, Cornelius Fudge, Ministro de Magia, y el verdugo preparado para la ejecución de Buckbeak, con una hoz en las manos. Hermione empezó a inquietarse porque no le parecía bueno que los que estaban llegando se encontraran con ella y sus dos amigos en el interior de la cabaña. Pero le extrañó que ninguno activara la retirada. Unos pocos segundos le bastaron para caer en la cuenta de que había llegado el momento de intervenir. Tomó una piedrita y la tiró con fuerza al interior de la vivienda. Así rompió un jarrón, primer paso para dinamizar el momento. Acto seguido, arrojó otra piedra y le pegó a Harry en la nuca, hecho definitivo para que pasen de hablar con Hagrid a iniciar la partida, saliendo por la puerta trasera, mientras el dueño de casa recibía a sus visitantes por el frente. Esta fue la primera de una seguidilla de intervenciones gracias a la cuales lograron salvar no una ni dos, sino tres vidas.

El número de los salvados, a esta altura, es casi lo de menos. Lo que más me interpela es cómo esto se convierte en una parábola. Porque tantas veces no somos conscientes de la importancia de los pasos dados, de las palabras dichas a tiempo, de las manos dadas o de los silencios concienzudos que están salvando una vida. El instante en que Hermione cae en la cuenta de que es ella quien debe intervenir, quien debe abrir el camino, me hace recordar tantos momentos en que me tocó hacer lo mismo. Y más aún, me ayuda a reflexionar, a pensar que muchas veces esperamos que los cambios vengan de afuera, del resto, porque “corresponde” o porque es más cómodo, más fácil. Pero, quizás, en algunas ocasiones seremos nosotros quienes tengamos que dar ese primer paso, paso tal vez pequeño como la piedrita arrojada por Hermione, pero capaz de iniciar un proceso que salve más de una vida antes de que el reloj dé la última campanada del día.


LNV


jueves, 9 de abril de 2026

¿Dónde comienza una guerra?

 


¿Dónde comienza una guerra? ¿Dónde un cambio social? ¿Dónde cada una de las pequeñas violencias que, cual bola gigante de nieve, nos sacuden cotidianamente, sean propias o ajenas?

Me molesta escuchar, día a día, cómo nos escandalizamos ante “las guerras”, ante tal o cual crimen, ante este o aquel disturbio. Todos indignados. Pero nadie haciéndose cargo de lo que le toca.

“La gente está mal”, “la gente está loca”, decimos. Como si “la gente” fuese alguien concreto y nosotros no fuésemos parte de ese mismo grupo. “La gente”, como tal, es una abstracción. Somos cada una de las personas que conformamos la sociedad en la que vivimos las que estamos bien o mal, o violentas o haciendo algo para que esa violencia no nos devore.

Creemos que la violencia se combate con más violencia. Entonces lo único que hacemos es tirarle kerosene al fuego, porque, como decía Gandhi, “ojo por ojo y el mundo quedará ciego”. Pero no. Queremos que la policía sea más fuerte, que los criminales sean capturados, encerrados, torturados y así solucionar el problema mayor. ¡Como si el último eslabón se autogenerara! No, el crimen, el haber apretado el gatillo, el haber insultado, el haber golpeado, sea cual sea la acción por la cual termine alguien convirtiéndose en “criminal”, no se autogenera, es el resultado de muchas acciones previas concatenadas. Acciones todas que nacen de un corazón concreto, en situaciones concretas, en las que intervienen la voluntad, la conciencia y la libertad.

“Para hacer guerra a la guerra, se forma un ejército de paz”, decía Lanza. Y la paz es artesanal. Nace de corazones concretos. Porque el corazón es el verdadero campo de batalla, el lugar definitivo. Pero es más simple mirar afuera, y si es mediado por una pantalla, mejor. La culpa siempre es de los otros, nunca nuestra. Entonces nadie vuelve sobre sí. Entonces no volvemos a ver cómo están nuestros corazones, para ver qué violencia necesitamos erradicar, para ver que no sigan creciendo y nos asfixien, para ver que no sea demasiado tarde.

Pero esto no satisface, claro. Me preguntan por el mientras tanto. ¿Qué hacemos mientras tanto? Y me brota de las tripas el grito de: ¡no existe el mientras tanto! Esto es lo definitivo, es ahora donde tenemos que volver al corazón, porque es lo que tenemos al alcance, porque es lo único, porque es lo mejor.


LNV


lunes, 6 de abril de 2026

Hombre superior

 


¿Cuántos recuerdos se necesitan para valorar a alguien?

Si tuviera que elegir un solo momento de los compartidos con José María Arancedo, escogería el de esa tarde de lunes en que llegó a nuestra merienda del Seminario algo inquieto, algo acelerado, con una carpeta en la mano.

Armando, el rector, entró al comedor por la puerta de la galería antecediéndolo, diciendo que vayamos a llamar a los que faltaban, porque “Monseñor tenía algo que decirnos”. En seguida llegó Arancedo. Se sentó cerca de la mesa que ocupaban los ingresantes (propedeutas), donde se pusieron las tazas del matecocido y las tortas fritas porque llovía. Impulsado por su habitual ansiedad, no esperó a que estemos todos para empezar con aquello que lo traía.

Hasta ese día, el Seminario Arquidiocesano de Santa Fe se llamaba “de Nuestra Señora”. El obispo quería devolverle a la Casa de formación su título original, quería que vuelva a ser el Seminario Nuestra Señora de Guadalupe. En su carpeta guardaba el decreto por el cual Monseñor Zazpe (1920-1984) disponía que se “reabra el Seminario de Santa Fe”. Eso fue en 1978, algunos años después de que se cerrara definitivamente a principios de la misma década en su emplazamiento original a pocos metros de la Basílica de Guadalupe.

A Arancedo le importaba mucho la comunión, de la cual afirmaba que es el “primer signo de la Iglesia”, la cual no es “una estrategia, sino fidelidad a Jesucristo”[1]. De hecho, su lema episcopal es “ut omnes unum sint”, que todos sean uno. Tanto como esto le importaba colaborar en que se pueda dar una continuidad, la continuidad propia que brota de la fe que se trasmite de cristiano a cristiano, de generación en generación. Por esto me animo a pensar, sin tenerlo confirmado por él mismo, que esta decisión de cambiar el nombre del seminario formaba parte de esa misión que sintió se le encomendó al ser asignado como nuestro arzobispo.

Quizás convenga aclarar que, si bien en la actualidad el Seminario tiene el mismo nombre que en la fundación que data de 1907, en 1978 se reabrió con otro nombre intencionalmente, porque en ese momento se quería cortar con lo anterior. Este es un tema para un texto (o varios) aparte. Arancedo, conocedor de las crisis internas de nuestra arquidiócesis, sabía de esa intención de iniciar una nueva etapa a fines de los 70. Pero quería que nos concibamos parte de una misma historia, con sus luces y sus sombras.

Uno de los argumentos que esgrimió para devolverle al Seminario su nombre original fue ponderarlo haciendo mención de algunos sacerdotes a quien él valoraba mucho y se habían formado en nuestra casa diocesana. Entre ellos se encontraba Manuel Marengo (1906-1988), quien, ordenado sacerdote de nuestra iglesia local, y habiendo sido rector del Seminario, sirvió también como obispo auxiliar de Santa Fe y luego como obispo titular de Azul, en la provincia de Buenos Aires. Dijo Arancedo esa tarde: Fui muchas veces al Cottolengo de Claypole, en Buenos Aires, y ahí conocí a Monseñor Marengo, ¡hombre superior! Él podría haber terminado sus días en cualquier otro lugar, pero eligió el Cottolengo, y ahí confesaba, celebraba la misa, compartía con los enfermos y con los curas de don Orione… ¿Y dónde se formó Marengo? ¡En Santa Fe!

Ahora, que ya pasaron varios años, vuelve a mí su descripción de Marengo para ponderarlo, esta vez, a él mismo. José María Arancedo, ¡hombre superior! Él, de familia bien posicionada, primo de Alfonsín, Arzobispo de Santa Fe, dos veces presidente de la Conferencia Episcopal… Podría haber elegido cualquier lugar, pero, luego de pasar un tiempo en la Casa del Clero y la Basílica San Nicolás de Bari en Buenos Aires, decidió terminar sus días en el Cottolengo de Claypole, confesando, celebrando misa, compartiendo con los enfermos y con los curas de don Orione…

Para culminar, y volviendo a la pregunta inicial, creo que podría elegir otros recuerdos, ya que fueron varios años viviendo cerca suyo. Pero me quedo con este. Porque en la vida de todos hay luces y sombras. Y a él siempre lo criticábamos más que elogiarlo. Y siento que esta opción final, premeditada, en libertad y amor, desnuda su corazón, lo muestra, no solo “químicamente cura” (como le gustaba decir a él de algunos de nuestros curas viejos), sino químicamente cristiano. Ojalá su testimonio me sirva a mí para volver a decirle sí a Jesús, en los vericuetos actuales de mi propia vida.


LNV


viernes, 30 de enero de 2026

Una semana en el Arca de La Flayssière

 



Lanza, su fundador, la definía (al Arca) pictórica y topográficamente como una 'mancha verde' de frescor y de alivio en medio de un desierto. De ahí que tenga por vela una viña.

 

JOSÉ RAMÓN MORÁN

 

Hace poco más de un año, los primeros días de enero del 2025, escribí en mi cuaderno la moción de viajar a Francia para conocer alguna comunidad del Arca. Ahora estoy experimentando el "no puedo creer que ya pasó". Un poco por la velocidad con la cual corrió (¿se escapó?) el tiempo desde esos días hasta ahora. Otro poco por cómo pude concretarlo y cómo volaron mis días ahí. Cuando empecé a considerar la posibilidad de viajar para conocer alguna de las comunidades que actualmente viven la propuesta de Lanza, el discípulo occidental de Gandhi, también anoté otros puntos posibles para el itinerario: Taizé, Roma, Asís y Sevilla. Menos en el último, que lo cambié por Barcelona, pude estar en todos. Confié en que el corazón iba a aguantar y me salió bien. Pero no solo aguantó, sino que acumuló vivencias significativas para el momento y para los días, meses y (quizás) años posteriores.

Pero volvamos al Arca, causa motora del itinerario.

En 2020 conocí por redes sociales a Lanza del Vasto, italiano discípulo de Gandhi, que fundó en pleno siglo XX una comunidad para vivir la propuesta del indio. Tomando el símbolo bíblico la nombró "Comunidad del Arca, No-Violencia y Espiritualidad". Su reiterada insistencia en ir a las causas de la violencia y no a sus efectos me atrapó. Principalmente porque afirma que esas causas no son la punta del fusil y del tanque de guerra, sino que las mismas están arraigadas en lo profundo de los corazones de cada uno de nosotros. Gandhiano hasta el tuétano, propuso el trabajo interior como lo más importante, ya que es del corazón de los hombres de donde nacen todas las violencias. Gandhiano con ecos de cristiano, ¿no? Así, decidí visitar La Flayssière, punto semi perdido (al menos para el que mira el mapa desde el otro lado del mundo sin conocer demasiado) en el sur de Francia. En medio de mi preparación tuve la gracia de encontrarme con Margarete y Fernando, quienes viven desde hace muchos años ahí. Eso fue en Buenos Aires, en marzo del 2025. Entonces el anhelo se iba materializando. El Arca ya no era algo abstracto, sino que eran personas concretas viviendo en lugares concretos, haciendo cosas concretas. Corrieron los meses y mientras algunas ventanas se fueron cerrando otras se fueron abriendo. Esta, la del Arca, permaneció abierta voluntariamente. Así fui preparando el viaje con la ayuda de Gaspar, especialista en viajes.

El 24 de diciembre mis padres y hermana me acompañaron a tomar el avión hacia Europa. Luego de pasar por Roma, Asís, Florencia, Lyon, Taizé y Beziers el lunes 5 de enero puse pie en La Flayssière, vieja granja restaurada por la Comunidad para cumplir el sueño del fundador. La cotidianeidad me hizo sentir, de algún modo, en Los Algarrobos nuevamente, donde pasaba mis veranos en mis épocas de seminarista. Trabajo, oración, momentos de soledad y otros de compartida comunitaria. De las 15 personas que éramos en esos días poco más de la mitad viven permanentemente allí y el resto éramos pasajeros, haciendo experiencias algunos más cortas, otros más largas. De lunes a viernes se realiza la oración comunitaria a primera hora, donde se intercalan plegarias, canciones y lecturas relacionadas con alguna tradición religiosa distinta cada jornada (cristianismo, judaísmo, budismo, islam…). Luego, también comunitariamente, se organiza el trabajo del día. Nadie manda ni impone nada. Entre todos deciden. Quien oficia de “responsable” de la comunidad solo vela por que se lleve a cabo lo acordado colectivamente. Después de esta breve reunión cotidiana se procesan los vegetales que servirán para preparar el almuerzo. Todos los días cocina alguien distinto. También alguien distinto lava la vajilla. Estos roles se definen en comunidad, ofreciéndose voluntariamente. Los trabajos son bien diversos: la huerta, el cuidado y ordeñe de las vacas, el cuidado de las gallinas ponedoras, la recolección y el cortado de la leña, la alfarería, la quesería y demás derivados de la leche… Yo trabajé principalmente en la huerta y en la leña. Algún día colaboré en la cocina. El frío fue duro, por lo que tuve que acostumbrarme a alimentar la estufa de mi pieza todas las tardes para poder aprovechar el tiempo fuera del trabajo y la compartida grupal. De la semana que estuve, un día nevó mientras estaba en la huerta y, como mínimo, tres días llovió. El domingo salió el sol, gracias a lo cual pude salir a caminar sin embarrarme tanto ni morir de frío. Fui un poco montaña arriba, a la zona de La Borie Noble, comunidad hermana, también del Arca, a unos pocos kilómetros. En tierras de La Borie está el cementerio comunitario, donde están enterrados Lanza del Vasto, el fundador, y su esposa Chanterelle. Pasé por ahí en mi caminata.

Durante los días en el Arca brotó internamente una certeza: no fui a La Flayssière a comprender, sino a conocer. Podría haberme amargado por no lograr una conversación profunda con casi ningún miembro de la comunidad, ya que eran muy pocos (cuatro tal vez) los que entendían o hablaban español. Pero siento que, más allá de eso, me interpelaron de muchos modos: por cómo se vinculaban entre ellos, con el trabajo y también conmigo. Como mencioné unos párrafos arriba, y también dije a Margarete y Fernando antes de irme de allí, lo que significará esta experiencia para mi vida es algo que podré ir vislumbrando con el tiempo, ya que proceso lento y se trata de una vivencia que está enmarcada en una mayor, que es todo el viaje. Con todo, puedo afirmar que no vuelvo igual. Conocer a personas que hoy viven juntas siguiendo la propuesta de un discípulo de Gandhi me interpeló fuertemente. Me ayuda a recordar que no es imposible andar tras las huellas de la no-violencia para un cambio real y distinto en el lugar que cada uno habita.


LNV

30 de enero de 2026

 Aniversario n° 78 del martirio de Gandhi


Foto: Sala común de La Borie Noble