Solo existen corazones
viernes, 15 de mayo de 2026
Asterión no era como me dijeron
jueves, 30 de abril de 2026
Parábola de los primeros pasos (que alguien tiene que dar)
No intuía
Hermione al “dar cuerda” al giratiempo de qué modo les tocaba participar en
aquella historia. El objetivo era claro: salvar la vida de un inocente, o
quizás de dos. Pero, ¿cómo?
Siguió las
indicaciones del director. No tenían que ser vistos y debían volver antes de la
última campanada. Envolvió con la cadena del dispositivo que colgaba de su
cuello a Harry y juntos volvieron sobre sus pasos. A su amigo le costó entender
qué estaba sucediendo hasta que se encontró como espectador de una escena que
él mismo había protagonizado junto a Ron y Hermione horas antes, cuando esta
enfrentó a Draco Malfoy. ¡Habían vuelto en el tiempo! “Se llama giratiempo”,
explicó ella, “lo uso desde el año pasado para poder asistir a las clases que
se superponen”. Harry no salía de su asombro. Pero la amiga lo apuró, ya que
tenían que seguirse a ellos mismos, a sus versiones de la tarde. Así se vieron
entrar a la cabaña de Hagrid.
En el jardín,
Buckbeak, el hipogrifo, esperaba la ejecución que acabaría con su vida de manos
de un verdugo que no tardaría en llegar. Harry y Hermione aguardaron a la
distancia, escondidos en el límite del Bosque Prohibido. Se veían a ellos con
Hagrid dentro de la cabaña. No tardaron en aparecer otros personajes en la
escena: desde el colegio se acercaban caminando Dumbledore, Cornelius Fudge,
Ministro de Magia, y el verdugo preparado para la ejecución de Buckbeak, con
una hoz en las manos. Hermione empezó a inquietarse porque no le parecía bueno
que los que estaban llegando se encontraran con ella y sus dos amigos en el
interior de la cabaña. Pero le extrañó que ninguno activara la retirada. Unos
pocos segundos le bastaron para caer en la cuenta de que había llegado el
momento de intervenir. Tomó una piedrita y la tiró con fuerza al interior de la
vivienda. Así rompió un jarrón, primer paso para dinamizar el momento. Acto
seguido, arrojó otra piedra y le pegó a Harry en la nuca, hecho definitivo para
que pasen de hablar con Hagrid a iniciar la partida, saliendo por la puerta
trasera, mientras el dueño de casa recibía a sus visitantes por el frente. Esta
fue la primera de una seguidilla de intervenciones gracias a la cuales lograron
salvar no una ni dos, sino tres vidas.
El número de
los salvados, a esta altura, es casi lo de menos. Lo que más me interpela es
cómo esto se convierte en una parábola. Porque tantas veces no somos
conscientes de la importancia de los pasos dados, de las palabras dichas a
tiempo, de las manos dadas o de los silencios concienzudos que están salvando
una vida. El instante en que Hermione cae en la cuenta de que es ella quien
debe intervenir, quien debe abrir el camino, me hace recordar tantos momentos
en que me tocó hacer lo mismo. Y más aún, me ayuda a reflexionar, a pensar que
muchas veces esperamos que los cambios vengan de afuera, del resto, porque
“corresponde” o porque es más cómodo, más fácil. Pero, quizás, en algunas ocasiones
seremos nosotros quienes tengamos que dar ese primer paso, paso tal vez pequeño
como la piedrita arrojada por Hermione, pero capaz de iniciar un proceso que
salve más de una vida antes de que el reloj dé la última campanada del día.
LNV
jueves, 9 de abril de 2026
¿Dónde comienza una guerra?
¿Dónde comienza una guerra? ¿Dónde
un cambio social? ¿Dónde cada una de las pequeñas violencias que, cual bola
gigante de nieve, nos sacuden cotidianamente, sean propias o ajenas?
Me molesta escuchar, día a día,
cómo nos escandalizamos ante “las guerras”, ante tal o cual crimen, ante este o
aquel disturbio. Todos indignados. Pero nadie haciéndose cargo de lo que le
toca.
“La gente está mal”, “la gente
está loca”, decimos. Como si “la gente” fuese alguien concreto y nosotros no
fuésemos parte de ese mismo grupo. “La gente”, como tal, es una abstracción.
Somos cada una de las personas que conformamos la sociedad en la que vivimos
las que estamos bien o mal, o violentas o haciendo algo para que esa violencia
no nos devore.
Creemos que la violencia se
combate con más violencia. Entonces lo único que hacemos es tirarle kerosene al
fuego, porque, como decía Gandhi, “ojo por ojo y el mundo quedará ciego”. Pero
no. Queremos que la policía sea más fuerte, que los criminales sean capturados,
encerrados, torturados y así solucionar el problema mayor. ¡Como si el último
eslabón se autogenerara! No, el crimen, el haber apretado el gatillo, el haber
insultado, el haber golpeado, sea cual sea la acción por la cual termine
alguien convirtiéndose en “criminal”, no se autogenera, es el resultado de
muchas acciones previas concatenadas. Acciones todas que nacen de un corazón
concreto, en situaciones concretas, en las que intervienen la voluntad, la
conciencia y la libertad.
“Para hacer guerra a la guerra,
se forma un ejército de paz”, decía Lanza. Y la paz es artesanal. Nace de
corazones concretos. Porque el corazón es el verdadero campo de batalla, el
lugar definitivo. Pero es más simple mirar afuera, y si es mediado por una pantalla,
mejor. La culpa siempre es de los otros, nunca nuestra. Entonces nadie vuelve
sobre sí. Entonces no volvemos a ver cómo están nuestros corazones, para ver
qué violencia necesitamos erradicar, para ver que no sigan creciendo y nos
asfixien, para ver que no sea demasiado tarde.
Pero esto no satisface, claro. Me
preguntan por el mientras tanto. ¿Qué hacemos mientras tanto? Y me brota de las
tripas el grito de: ¡no existe el mientras tanto! Esto es lo definitivo, es
ahora donde tenemos que volver al corazón, porque es lo que tenemos al alcance,
porque es lo único, porque es lo mejor.
LNV
lunes, 6 de abril de 2026
Hombre superior
¿Cuántos
recuerdos se necesitan para valorar a alguien?
Si tuviera que
elegir un solo momento de los compartidos con José María Arancedo, escogería el
de esa tarde de lunes en que llegó a nuestra merienda del Seminario algo
inquieto, algo acelerado, con una carpeta en la mano.
Armando, el
rector, entró al comedor por la puerta de la galería antecediéndolo, diciendo
que vayamos a llamar a los que faltaban, porque “Monseñor tenía algo que
decirnos”. En seguida llegó Arancedo. Se sentó cerca de la mesa que ocupaban
los ingresantes (propedeutas), donde se pusieron las tazas del matecocido y las
tortas fritas porque llovía. Impulsado por su habitual ansiedad, no esperó a
que estemos todos para empezar con aquello que lo traía.
Hasta ese día,
el Seminario Arquidiocesano de Santa Fe se llamaba “de Nuestra Señora”. El
obispo quería devolverle a la Casa de formación su título original, quería que
vuelva a ser el Seminario Nuestra Señora de Guadalupe. En su carpeta guardaba
el decreto por el cual Monseñor Zazpe (1920-1984) disponía que se “reabra el
Seminario de Santa Fe”. Eso fue en 1978, algunos años después de que se cerrara
definitivamente a principios de la misma década en su emplazamiento original a
pocos metros de la Basílica de Guadalupe.
A Arancedo le
importaba mucho la comunión, de la cual afirmaba que es el “primer signo de la
Iglesia”, la cual no es “una estrategia, sino fidelidad a Jesucristo”[1].
De hecho, su lema episcopal es “ut omnes unum sint”, que todos sean uno. Tanto
como esto le importaba colaborar en que se pueda dar una continuidad, la
continuidad propia que brota de la fe que se trasmite de cristiano a cristiano,
de generación en generación. Por esto me animo a pensar, sin tenerlo confirmado
por él mismo, que esta decisión de cambiar el nombre del seminario formaba
parte de esa misión que sintió se le encomendó al ser asignado como nuestro
arzobispo.
Quizás
convenga aclarar que, si bien en la actualidad el Seminario tiene el mismo
nombre que en la fundación que data de 1907, en 1978 se reabrió con otro nombre
intencionalmente, porque en ese momento se quería cortar con lo anterior. Este
es un tema para un texto (o varios) aparte. Arancedo, conocedor de las crisis
internas de nuestra arquidiócesis, sabía de esa intención de iniciar una nueva
etapa a fines de los 70. Pero quería que nos concibamos parte de una misma
historia, con sus luces y sus sombras.
Uno de los argumentos
que esgrimió para devolverle al Seminario su nombre original fue ponderarlo
haciendo mención de algunos sacerdotes a quien él valoraba mucho y se habían
formado en nuestra casa diocesana. Entre ellos se encontraba Manuel Marengo
(1906-1988), quien, ordenado sacerdote de nuestra iglesia local, y habiendo
sido rector del Seminario, sirvió también como obispo auxiliar de Santa Fe y
luego como obispo titular de Azul, en la provincia de Buenos Aires. Dijo
Arancedo esa tarde: Fui muchas veces al
Cottolengo de Claypole, en Buenos Aires, y ahí conocí a Monseñor Marengo,
¡hombre superior! Él podría haber terminado sus días en cualquier otro lugar,
pero eligió el Cottolengo, y ahí confesaba, celebraba la misa, compartía con
los enfermos y con los curas de don Orione… ¿Y dónde se formó Marengo? ¡En
Santa Fe!
Ahora, que ya
pasaron varios años, vuelve a mí su descripción de Marengo para ponderarlo, esta
vez, a él mismo. José María Arancedo, ¡hombre superior! Él, de familia bien
posicionada, primo de Alfonsín, Arzobispo de Santa Fe, dos veces presidente de
la Conferencia Episcopal… Podría haber elegido cualquier lugar, pero, luego de
pasar un tiempo en la Casa del Clero y la Basílica San Nicolás de Bari en
Buenos Aires, decidió terminar sus días en el Cottolengo de Claypole,
confesando, celebrando misa, compartiendo con los enfermos y con los curas de
don Orione…
Para culminar,
y volviendo a la pregunta inicial, creo que podría elegir otros recuerdos, ya
que fueron varios años viviendo cerca suyo. Pero me quedo con este. Porque en
la vida de todos hay luces y sombras. Y a él siempre lo criticábamos más que
elogiarlo. Y siento que esta opción final, premeditada, en libertad y amor,
desnuda su corazón, lo muestra, no solo “químicamente cura” (como le gustaba
decir a él de algunos de nuestros curas viejos), sino químicamente cristiano.
Ojalá su testimonio me sirva a mí para volver a decirle sí a Jesús, en los
vericuetos actuales de mi propia vida.
LNV
viernes, 30 de enero de 2026
Una semana en el Arca de La Flayssière
Lanza,
su fundador, la definía (al Arca) pictórica y topográficamente como una 'mancha
verde' de frescor y de alivio en medio de un desierto. De ahí que tenga por
vela una viña.
JOSÉ
RAMÓN MORÁN
Hace poco más
de un año, los primeros días de enero del 2025, escribí en mi cuaderno la
moción de viajar a Francia para conocer alguna comunidad del Arca. Ahora estoy
experimentando el "no puedo creer que ya pasó". Un poco por la
velocidad con la cual corrió (¿se escapó?) el tiempo desde esos días hasta
ahora. Otro poco por cómo pude concretarlo y cómo volaron mis días ahí. Cuando
empecé a considerar la posibilidad de viajar para conocer alguna de las
comunidades que actualmente viven la propuesta de Lanza, el discípulo
occidental de Gandhi, también anoté otros puntos posibles para el itinerario:
Taizé, Roma, Asís y Sevilla. Menos en el último, que lo cambié por Barcelona,
pude estar en todos. Confié en que el corazón iba a aguantar y me salió bien. Pero
no solo aguantó, sino que acumuló vivencias significativas para el momento y
para los días, meses y (quizás) años posteriores.
Pero volvamos
al Arca, causa motora del itinerario.
En 2020 conocí
por redes sociales a Lanza del Vasto, italiano discípulo de Gandhi, que fundó
en pleno siglo XX una comunidad para vivir la propuesta del indio. Tomando el
símbolo bíblico la nombró "Comunidad del Arca, No-Violencia y
Espiritualidad". Su reiterada insistencia en ir a las causas de la
violencia y no a sus efectos me atrapó. Principalmente porque afirma que esas
causas no son la punta del fusil y del tanque de guerra, sino que las mismas
están arraigadas en lo profundo de los corazones de cada uno de nosotros.
Gandhiano hasta el tuétano, propuso el trabajo interior como lo más importante,
ya que es del corazón de los hombres de donde nacen todas las violencias.
Gandhiano con ecos de cristiano, ¿no? Así, decidí visitar La Flayssière, punto
semi perdido (al menos para el que mira el mapa desde el otro lado del mundo
sin conocer demasiado) en el sur de Francia. En medio de mi preparación tuve la
gracia de encontrarme con Margarete y Fernando, quienes viven desde hace muchos
años ahí. Eso fue en Buenos Aires, en marzo del 2025. Entonces el anhelo se iba
materializando. El Arca ya no era algo abstracto, sino que eran personas concretas
viviendo en lugares concretos, haciendo cosas concretas. Corrieron los meses y
mientras algunas ventanas se fueron cerrando otras se fueron abriendo. Esta, la
del Arca, permaneció abierta voluntariamente. Así fui preparando el viaje con
la ayuda de Gaspar, especialista en viajes.
El 24 de diciembre
mis padres y hermana me acompañaron a tomar el avión hacia Europa. Luego de
pasar por Roma, Asís, Florencia, Lyon, Taizé y Beziers el lunes 5 de enero puse
pie en La Flayssière, vieja granja restaurada por la Comunidad para cumplir el
sueño del fundador. La cotidianeidad me hizo sentir, de algún modo, en Los
Algarrobos nuevamente, donde pasaba mis veranos en mis épocas de seminarista.
Trabajo, oración, momentos de soledad y otros de compartida comunitaria. De las
15 personas que éramos en esos días poco más de la mitad viven permanentemente
allí y el resto éramos pasajeros, haciendo experiencias algunos más cortas,
otros más largas. De lunes a viernes se realiza la oración comunitaria a
primera hora, donde se intercalan plegarias, canciones y lecturas relacionadas
con alguna tradición religiosa distinta cada jornada (cristianismo, judaísmo,
budismo, islam…). Luego, también comunitariamente, se organiza el trabajo del
día. Nadie manda ni impone nada. Entre todos deciden. Quien oficia de
“responsable” de la comunidad solo vela por que se lleve a cabo lo acordado
colectivamente. Después de esta breve reunión cotidiana se procesan los
vegetales que servirán para preparar el almuerzo. Todos los días cocina alguien
distinto. También alguien distinto lava la vajilla. Estos roles se definen en
comunidad, ofreciéndose voluntariamente. Los trabajos son bien diversos: la
huerta, el cuidado y ordeñe de las vacas, el cuidado de las gallinas ponedoras,
la recolección y el cortado de la leña, la alfarería, la quesería y demás
derivados de la leche… Yo trabajé principalmente en la huerta y en la leña.
Algún día colaboré en la cocina. El frío fue duro, por lo que tuve que
acostumbrarme a alimentar la estufa de mi pieza todas las tardes para poder
aprovechar el tiempo fuera del trabajo y la compartida grupal. De la semana que
estuve, un día nevó mientras estaba en la huerta y, como mínimo, tres días
llovió. El domingo salió el sol, gracias a lo cual pude salir a caminar sin
embarrarme tanto ni morir de frío. Fui un poco montaña arriba, a la zona de La
Borie Noble, comunidad hermana, también del Arca, a unos pocos kilómetros. En
tierras de La Borie está el cementerio comunitario, donde están enterrados Lanza
del Vasto, el fundador, y su esposa Chanterelle. Pasé por ahí en mi caminata.
Durante los
días en el Arca brotó internamente una certeza: no fui a La Flayssière a
comprender, sino a conocer. Podría haberme amargado por no lograr una
conversación profunda con casi ningún miembro de la comunidad, ya que eran muy
pocos (cuatro tal vez) los que entendían o hablaban español. Pero siento que,
más allá de eso, me interpelaron de muchos modos: por cómo se vinculaban entre
ellos, con el trabajo y también conmigo. Como mencioné unos párrafos arriba, y
también dije a Margarete y Fernando antes de irme de allí, lo que significará
esta experiencia para mi vida es algo que podré ir vislumbrando con el tiempo,
ya que proceso lento y se trata de una vivencia que está enmarcada en una mayor,
que es todo el viaje. Con todo, puedo afirmar que no vuelvo igual. Conocer a
personas que hoy viven juntas siguiendo la propuesta de un discípulo de Gandhi
me interpeló fuertemente. Me ayuda a recordar que no es imposible andar tras
las huellas de la no-violencia para un cambio real y distinto en el lugar que cada
uno habita.
LNV
30 de enero de 2026
Aniversario n° 78 del martirio de Gandhi
Foto: Sala común de La Borie Noble
domingo, 30 de noviembre de 2025
Las flores de la casa de Isabel
Hay tres clases de flores en la
casa de Isabel.
Las primeras son las silvestres.
Nadie las cuida pero están ahí. Fuertes por la mañana, gracias a la quietud y
la humedad de la noche. El sol fuerte de la primavera avanzada suele
estresarlas durante el día, pero no dejan de hermosear la colina. Sus colores
son de lo más variados: blanco, naranja, amarillo, violeta, fucsia, rojo...
El segundo tipo está compuesto
por extranjeras, plantadas por la mano de la dueña: varias aromáticas como
romero, salvia, lavanda... Suelen
alegrar más de una mesa (sobre todo el romero).
El tercer grupo es simbólico y me
animo a decir que el más entrañable. A este ramillete lo formamos todas las
personas que, con más o menos frecuencia, visitamos la casa de los
Nicholson-Mendizabal y gozamos de su generosidad. Es de admirar cómo los dueños
de casa abren sus puertas para que su mesa sea nuestra mesa. A esta altura,
nuestras vidas forman parte de las suyas y viceversa. Creo que ellos no
dimensionan el bien que nos hacen. Así, nos siguen recibiendo año a año para el
reencuentro de tonadas, las caminatas, la comida y la bebida hasta el hartazgo,
la fiesta, las risas, los llantos, la misa, la vida…
Creo que, incluso faltando las
silvestres y las foráneas, la casa seguiría siendo hermosa, poblada de tantos
corazones que van creciendo juntos, compartiendo los caminos personales y
también los comunitarios. Nuestras sonrisas, nuestras vidas ganándole a
nuestras muertes, son el mejor adorno de esa casa, reflejo del corazón de quienes
permiten que allí nos reencontremos.
Gracias, gracias, gracias!
LNV
jueves, 13 de noviembre de 2025
Te pido perdón por la Misa
La Eucaristía
que no es mesa
acaba siendo
pura blasfemia.
PEDRO CASALDÁLIGA
Te pido perdón, Jesús, por la Misa.
Por repetir domingo a domingo, día a día, una rutina tan antituya.
Te pido perdón por no acercarme a tu mesa, por buscar siempre el lugar que menos me involucre, con vos y con mis hermanos.
Te pido perdón por ser un simple espectador, por no tomar la posta, por preferir que a todo lo haga siempre el resto, tan cómodo es.
Te pido perdón por mirar la ropa y el estado de vida del resto, categorizando, armando jerarquías que nada tienen que ver con tu Evangelio, para "alejarlos" más de Vos (como si alguna acción humana externa pudiese alejarnos de Tu presencia).
Te pido perdón por haberme acostumbrado a que tu Palabra ya no riegue mi corazón, a no ahondar en su conocimiento para recibirla mejor, a acomodarme en la crítica por prédicas vacías de sentido real y llenas de superstición.
Te pido perdón por meter la mano en el bolsillo de mis hermanos cada vez que paso una canasta, no dejando lugar para tu pedido de "que lo que haga tu mano derecha lo desconozca la izquierda".
Te pido perdón por solo mirar al de al lado en ese estrechón de manos que llamamos "paz". Por no superar el límite de la nuca del de adelante.
Te pido perdón por no lograr agradecer, por no lograr encontrarme/nos/te, por no lograr partirme con Vos, y luego darme para prolongar tu Vida.
Te pido perdón y te doy gracias, Jesús, porque, además de la amargura que siento al pronunciar cada una de estas palabras, también aflora la esperanza de que la Misa puede dejar de ser antiMisa, que podemos cambiar a cada instante, que podemos volver a oír tu voz que no se cansa de llamarnos desde lo profundo de nuestros corazones y desde las necesidades de nuestros hermanos.
LNV


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