¿Dónde comienza una guerra? ¿Dónde
un cambio social? ¿Dónde cada una de las pequeñas violencias que, cual bola
gigante de nieve, nos sacuden cotidianamente, sean propias o ajenas?
Me molesta escuchar, día a día,
cómo nos escandalizamos ante “las guerras”, ante tal o cual crimen, ante este o
aquel disturbio. Todos indignados. Pero nadie haciéndose cargo de lo que le
toca.
“La gente está mal”, “la gente
está loca”, decimos. Como si “la gente” fuese alguien concreto y nosotros no
fuésemos parte de ese mismo grupo. “La gente”, como tal, es una abstracción.
Somos cada una de las personas que conformamos la sociedad en la que vivimos
las que estamos bien o mal, o violentas o haciendo algo para que esa violencia
no nos devore.
Creemos que la violencia se
combate con más violencia. Entonces lo único que hacemos es tirarle kerosene al
fuego, porque, como decía Gandhi, “ojo por ojo y el mundo quedará ciego”. Pero
no. Queremos que la policía sea más fuerte, que los criminales sean capturados,
encerrados, torturados y así solucionar el problema mayor. ¡Como si el último
eslabón se autogenerara! No, el crimen, el haber apretado el gatillo, el haber
insultado, el haber golpeado, sea cual sea la acción por la cual termine
alguien convirtiéndose en “criminal”, no se autogenera, es el resultado de
muchas acciones previas concatenadas. Acciones todas que nacen de un corazón
concreto, en situaciones concretas, en las que intervienen la voluntad, la
conciencia y la libertad.
“Para hacer guerra a la guerra,
se forma un ejército de paz”, decía Lanza. Y la paz es artesanal. Nace de
corazones concretos. Porque el corazón es el verdadero campo de batalla, el
lugar definitivo. Pero es más simple mirar afuera, y si es mediado por una pantalla,
mejor. La culpa siempre es de los otros, nunca nuestra. Entonces nadie vuelve
sobre sí. Entonces no volvemos a ver cómo están nuestros corazones, para ver
qué violencia necesitamos erradicar, para ver que no sigan creciendo y nos
asfixien, para ver que no sea demasiado tarde.
Pero esto no satisface, claro. Me
preguntan por el mientras tanto. ¿Qué hacemos mientras tanto? Y me brota de las
tripas el grito de: ¡no existe el mientras tanto! Esto es lo definitivo, es
ahora donde tenemos que volver al corazón, porque es lo que tenemos al alcance,
porque es lo único, porque es lo mejor.
LNV
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