No intuía
Hermione al “dar cuerda” al giratiempo de qué modo les tocaba participar en
aquella historia. El objetivo era claro: salvar la vida de un inocente, o
quizás de dos. Pero, ¿cómo?
Siguió las
indicaciones del director. No tenían que ser vistos y debían volver antes de la
última campanada. Envolvió con la cadena del dispositivo que colgaba de su
cuello a Harry y juntos volvieron sobre sus pasos. A su amigo le costó entender
qué estaba sucediendo hasta que se encontró como espectador de una escena que
él mismo había protagonizado junto a Ron y Hermione horas antes, cuando esta
enfrentó a Draco Malfoy. ¡Habían vuelto en el tiempo! “Se llama giratiempo”,
explicó ella, “lo uso desde el año pasado para poder asistir a las clases que
se superponen”. Harry no salía de su asombro. Pero la amiga lo apuró, ya que
tenían que seguirse a ellos mismos, a sus versiones de la tarde. Así se vieron
entrar a la cabaña de Hagrid.
En el jardín,
Buckbeak, el hipogrifo, esperaba la ejecución que acabaría con su vida de manos
de un verdugo que no tardaría en llegar. Harry y Hermione aguardaron a la
distancia, escondidos en el límite del Bosque Prohibido. Se veían a ellos con
Hagrid dentro de la cabaña. No tardaron en aparecer otros personajes en la
escena: desde el colegio se acercaban caminando Dumbledore, Cornelius Fudge,
Ministro de Magia, y el verdugo preparado para la ejecución de Buckbeak, con
una hoz en las manos. Hermione empezó a inquietarse porque no le parecía bueno
que los que estaban llegando se encontraran con ella y sus dos amigos en el
interior de la cabaña. Pero le extrañó que ninguno activara la retirada. Unos
pocos segundos le bastaron para caer en la cuenta de que había llegado el
momento de intervenir. Tomó una piedrita y la tiró con fuerza al interior de la
vivienda. Así rompió un jarrón, primer paso para dinamizar el momento. Acto
seguido, arrojó otra piedra y le pegó a Harry en la nuca, hecho definitivo para
que pasen de hablar con Hagrid a iniciar la partida, saliendo por la puerta
trasera, mientras el dueño de casa recibía a sus visitantes por el frente. Esta
fue la primera de una seguidilla de intervenciones gracias a la cuales lograron
salvar no una ni dos, sino tres vidas.
El número de
los salvados, a esta altura, es casi lo de menos. Lo que más me interpela es
cómo esto se convierte en una parábola. Porque tantas veces no somos
conscientes de la importancia de los pasos dados, de las palabras dichas a
tiempo, de las manos dadas o de los silencios concienzudos que están salvando
una vida. El instante en que Hermione cae en la cuenta de que es ella quien
debe intervenir, quien debe abrir el camino, me hace recordar tantos momentos
en que me tocó hacer lo mismo. Y más aún, me ayuda a reflexionar, a pensar que
muchas veces esperamos que los cambios vengan de afuera, del resto, porque
“corresponde” o porque es más cómodo, más fácil. Pero, quizás, en algunas ocasiones
seremos nosotros quienes tengamos que dar ese primer paso, paso tal vez pequeño
como la piedrita arrojada por Hermione, pero capaz de iniciar un proceso que
salve más de una vida antes de que el reloj dé la última campanada del día.
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