jueves, 30 de abril de 2026

Parábola de los primeros pasos (que alguien tiene que dar)

 



No intuía Hermione al “dar cuerda” al giratiempo de qué modo les tocaba participar en aquella historia. El objetivo era claro: salvar la vida de un inocente, o quizás de dos. Pero, ¿cómo?

Siguió las indicaciones del director. No tenían que ser vistos y debían volver antes de la última campanada. Envolvió con la cadena del dispositivo que colgaba de su cuello a Harry y juntos volvieron sobre sus pasos. A su amigo le costó entender qué estaba sucediendo hasta que se encontró como espectador de una escena que él mismo había protagonizado junto a Ron y Hermione horas antes, cuando esta enfrentó a Draco Malfoy. ¡Habían vuelto en el tiempo! “Se llama giratiempo”, explicó ella, “lo uso desde el año pasado para poder asistir a las clases que se superponen”. Harry no salía de su asombro. Pero la amiga lo apuró, ya que tenían que seguirse a ellos mismos, a sus versiones de la tarde. Así se vieron entrar a la cabaña de Hagrid.

En el jardín, Buckbeak, el hipogrifo, esperaba la ejecución que acabaría con su vida de manos de un verdugo que no tardaría en llegar. Harry y Hermione aguardaron a la distancia, escondidos en el límite del Bosque Prohibido. Se veían a ellos con Hagrid dentro de la cabaña. No tardaron en aparecer otros personajes en la escena: desde el colegio se acercaban caminando Dumbledore, Cornelius Fudge, Ministro de Magia, y el verdugo preparado para la ejecución de Buckbeak, con una hoz en las manos. Hermione empezó a inquietarse porque no le parecía bueno que los que estaban llegando se encontraran con ella y sus dos amigos en el interior de la cabaña. Pero le extrañó que ninguno activara la retirada. Unos pocos segundos le bastaron para caer en la cuenta de que había llegado el momento de intervenir. Tomó una piedrita y la tiró con fuerza al interior de la vivienda. Así rompió un jarrón, primer paso para dinamizar el momento. Acto seguido, arrojó otra piedra y le pegó a Harry en la nuca, hecho definitivo para que pasen de hablar con Hagrid a iniciar la partida, saliendo por la puerta trasera, mientras el dueño de casa recibía a sus visitantes por el frente. Esta fue la primera de una seguidilla de intervenciones gracias a la cuales lograron salvar no una ni dos, sino tres vidas.

El número de los salvados, a esta altura, es casi lo de menos. Lo que más me interpela es cómo esto se convierte en una parábola. Porque tantas veces no somos conscientes de la importancia de los pasos dados, de las palabras dichas a tiempo, de las manos dadas o de los silencios concienzudos que están salvando una vida. El instante en que Hermione cae en la cuenta de que es ella quien debe intervenir, quien debe abrir el camino, me hace recordar tantos momentos en que me tocó hacer lo mismo. Y más aún, me ayuda a reflexionar, a pensar que muchas veces esperamos que los cambios vengan de afuera, del resto, porque “corresponde” o porque es más cómodo, más fácil. Pero, quizás, en algunas ocasiones seremos nosotros quienes tengamos que dar ese primer paso, paso tal vez pequeño como la piedrita arrojada por Hermione, pero capaz de iniciar un proceso que salve más de una vida antes de que el reloj dé la última campanada del día.


LNV


jueves, 9 de abril de 2026

¿Dónde comienza una guerra?

 


¿Dónde comienza una guerra? ¿Dónde un cambio social? ¿Dónde cada una de las pequeñas violencias que, cual bola gigante de nieve, nos sacuden cotidianamente, sean propias o ajenas?

Me molesta escuchar, día a día, cómo nos escandalizamos ante “las guerras”, ante tal o cual crimen, ante este o aquel disturbio. Todos indignados. Pero nadie haciéndose cargo de lo que le toca.

“La gente está mal”, “la gente está loca”, decimos. Como si “la gente” fuese alguien concreto y nosotros no fuésemos parte de ese mismo grupo. “La gente”, como tal, es una abstracción. Somos cada una de las personas que conformamos la sociedad en la que vivimos las que estamos bien o mal, o violentas o haciendo algo para que esa violencia no nos devore.

Creemos que la violencia se combate con más violencia. Entonces lo único que hacemos es tirarle kerosene al fuego, porque, como decía Gandhi, “ojo por ojo y el mundo quedará ciego”. Pero no. Queremos que la policía sea más fuerte, que los criminales sean capturados, encerrados, torturados y así solucionar el problema mayor. ¡Como si el último eslabón se autogenerara! No, el crimen, el haber apretado el gatillo, el haber insultado, el haber golpeado, sea cual sea la acción por la cual termine alguien convirtiéndose en “criminal”, no se autogenera, es el resultado de muchas acciones previas concatenadas. Acciones todas que nacen de un corazón concreto, en situaciones concretas, en las que intervienen la voluntad, la conciencia y la libertad.

“Para hacer guerra a la guerra, se forma un ejército de paz”, decía Lanza. Y la paz es artesanal. Nace de corazones concretos. Porque el corazón es el verdadero campo de batalla, el lugar definitivo. Pero es más simple mirar afuera, y si es mediado por una pantalla, mejor. La culpa siempre es de los otros, nunca nuestra. Entonces nadie vuelve sobre sí. Entonces no volvemos a ver cómo están nuestros corazones, para ver qué violencia necesitamos erradicar, para ver que no sigan creciendo y nos asfixien, para ver que no sea demasiado tarde.

Pero esto no satisface, claro. Me preguntan por el mientras tanto. ¿Qué hacemos mientras tanto? Y me brota de las tripas el grito de: ¡no existe el mientras tanto! Esto es lo definitivo, es ahora donde tenemos que volver al corazón, porque es lo que tenemos al alcance, porque es lo único, porque es lo mejor.


LNV


lunes, 6 de abril de 2026

Hombre superior

 


¿Cuántos recuerdos se necesitan para valorar a alguien?

Si tuviera que elegir un solo momento de los compartidos con José María Arancedo, escogería el de esa tarde de lunes en que llegó a nuestra merienda del Seminario algo inquieto, algo acelerado, con una carpeta en la mano.

Armando, el rector, entró al comedor por la puerta de la galería antecediéndolo, diciendo que vayamos a llamar a los que faltaban, porque “Monseñor tenía algo que decirnos”. En seguida llegó Arancedo. Se sentó cerca de la mesa que ocupaban los ingresantes (propedeutas), donde se pusieron las tazas del matecocido y las tortas fritas porque llovía. Impulsado por su habitual ansiedad, no esperó a que estemos todos para empezar con aquello que lo traía.

Hasta ese día, el Seminario Arquidiocesano de Santa Fe se llamaba “de Nuestra Señora”. El obispo quería devolverle a la Casa de formación su título original, quería que vuelva a ser el Seminario Nuestra Señora de Guadalupe. En su carpeta guardaba el decreto por el cual Monseñor Zazpe (1920-1984) disponía que se “reabra el Seminario de Santa Fe”. Eso fue en 1978, algunos años después de que se cerrara definitivamente a principios de la misma década en su emplazamiento original a pocos metros de la Basílica de Guadalupe.

A Arancedo le importaba mucho la comunión, de la cual afirmaba que es el “primer signo de la Iglesia”, la cual no es “una estrategia, sino fidelidad a Jesucristo”[1]. De hecho, su lema episcopal es “ut omnes unum sint”, que todos sean uno. Tanto como esto le importaba colaborar en que se pueda dar una continuidad, la continuidad propia que brota de la fe que se trasmite de cristiano a cristiano, de generación en generación. Por esto me animo a pensar, sin tenerlo confirmado por él mismo, que esta decisión de cambiar el nombre del seminario formaba parte de esa misión que sintió se le encomendó al ser asignado como nuestro arzobispo.

Quizás convenga aclarar que, si bien en la actualidad el Seminario tiene el mismo nombre que en la fundación que data de 1907, en 1978 se reabrió con otro nombre intencionalmente, porque en ese momento se quería cortar con lo anterior. Este es un tema para un texto (o varios) aparte. Arancedo, conocedor de las crisis internas de nuestra arquidiócesis, sabía de esa intención de iniciar una nueva etapa a fines de los 70. Pero quería que nos concibamos parte de una misma historia, con sus luces y sus sombras.

Uno de los argumentos que esgrimió para devolverle al Seminario su nombre original fue ponderarlo haciendo mención de algunos sacerdotes a quien él valoraba mucho y se habían formado en nuestra casa diocesana. Entre ellos se encontraba Manuel Marengo (1906-1988), quien, ordenado sacerdote de nuestra iglesia local, y habiendo sido rector del Seminario, sirvió también como obispo auxiliar de Santa Fe y luego como obispo titular de Azul, en la provincia de Buenos Aires. Dijo Arancedo esa tarde: Fui muchas veces al Cottolengo de Claypole, en Buenos Aires, y ahí conocí a Monseñor Marengo, ¡hombre superior! Él podría haber terminado sus días en cualquier otro lugar, pero eligió el Cottolengo, y ahí confesaba, celebraba la misa, compartía con los enfermos y con los curas de don Orione… ¿Y dónde se formó Marengo? ¡En Santa Fe!

Ahora, que ya pasaron varios años, vuelve a mí su descripción de Marengo para ponderarlo, esta vez, a él mismo. José María Arancedo, ¡hombre superior! Él, de familia bien posicionada, primo de Alfonsín, Arzobispo de Santa Fe, dos veces presidente de la Conferencia Episcopal… Podría haber elegido cualquier lugar, pero, luego de pasar un tiempo en la Casa del Clero y la Basílica San Nicolás de Bari en Buenos Aires, decidió terminar sus días en el Cottolengo de Claypole, confesando, celebrando misa, compartiendo con los enfermos y con los curas de don Orione…

Para culminar, y volviendo a la pregunta inicial, creo que podría elegir otros recuerdos, ya que fueron varios años viviendo cerca suyo. Pero me quedo con este. Porque en la vida de todos hay luces y sombras. Y a él siempre lo criticábamos más que elogiarlo. Y siento que esta opción final, premeditada, en libertad y amor, desnuda su corazón, lo muestra, no solo “químicamente cura” (como le gustaba decir a él de algunos de nuestros curas viejos), sino químicamente cristiano. Ojalá su testimonio me sirva a mí para volver a decirle sí a Jesús, en los vericuetos actuales de mi propia vida.


LNV