En
un Colegio de la Mancha, de cuyo nombre prefiero no hablar, pasó hace unas
semanas esta historia que voy a contar. Resulta que un profesor de filosofía
estuvo trabajando junto a sus alumnos la “Alegoría de la Caverna”, del filósofo
griego Platón -discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles-. La dinámica de
ese día fue no solo narrar lo acontecido en la Caverna, sino también
interpretarla con todos ellos. El ejercicio les llevó casi toda la clase.
En
síntesis, y para los no muy versados en la materia, en ese relato, lo que
grafica Platón es la existencia de dos mundos, uno a plena luz, y otro de
sombras. Para él, el verdadero es en el que abunda la luz, la cual, viniendo
del sol principalmente, es la fuente primera para generar todo lo que se ve
dentro de la Caverna, el lugar donde “lo real”, son sombras y ecos. Muchas
personas viven dentro de la Caverna, no pudiendo ver otra cosa que esas sombras
-de los objetos que se encuentran afuera- y no pudiendo escuchar más que los
ecos de las voces y sonidos -que también vienen de afuera-. De los habitantes
de la Caverna, uno se libera de sus cadenas, y logra ver que afuera existe otro
mundo, y que lo que sucede adentro, es solo un reflejo, una -¿por qué no?-
copia de lo verdaderamente “real”, que está afuera. También se encuentra con el
sol, fuente primera de la que vienen la luz y el calor, y por lo tanto la vida.
Encendido por haber conocido este mundo a plena luz, vuelve a la Caverna para
compartírselo a sus compañeros, quienes no lo comprenden, e incluso lo atacan.
El relato es más elaborado, y quiere llevar –como toda metáfora- a una
enseñanza más allá de las imágenes. En este caso, tiene que ver con la
metafísica platónica, pero no me interesa hablar de eso aquí, sino de lo que le
pasó al profesor luego de haber trabajado esto en su clase.
Cuando
terminaron de representar la Caverna, uno de sus alumnos se le acercó y
preguntó con gesto profundo: “Profesor,
¿no te cansás de pensar tanto?” A lo que el docente, extrañado y divertido
respondió: “Sí, claro, por supuesto que
sí… Pero es más fuerte que yo.” Un silencio siguió a este cruce de
palabras, y el profesor intentó profundizar, para saber por qué le hacía esa
pregunta. Su alumno continuó: “Te
pregunto porque yo sí me canso… Entonces intento no hacerlo tanto, pero tengo
miedo de perder esa capacidad. Todos me dicen que debería ser más ‘realista’, y
no darle tantas vueltas a las cosas, no pensar tanto. Pero siempre me sentí
llamado a saber cómo está conformado todo lo que existe, y de dónde viene. Yo
tengo mis teorías. También anhelo poder hacer mi aporte a la humanidad,
colaborar con mejorar un poco el mundo. Pero, no sé… Todos me dicen que debería
ser más realista…” El profesor, estupefacto, se había ido encendiendo
gradualmente mientras escuchaba la confesión de su alumno, ya que se sentía muy
identificado. ¿Qué debía hacer con semejante manifestación? Era la oportunidad
de sembrar, de estimularlo, de no dejarlo asfixiar por el aparente sinsentido
circundante. Entonces, acometió. “Mirá,
no está mal que pienses tanto, todo lo contrario. Eso sí, tenés que buscar un
equilibrio, ya que podés ‘pasarte de vuelta’. Pero no dejes de cuestionarte.
Sería bueno que encuentres otros con quienes compartir tus intuiciones e ideas.
Solo es más difícil, podés cansarte, deprimirte. Aparte, caminando con otros
uno se enriquece. Con respecto a lo de perder la capacidad de pensar, no creo
que suceda. Tenés que ejercitarla para que no se duerma, pero evidentemente hay
algo natural en vos que te predispone. Y no les hagas caso a los que te dicen
que pensar mucho y preguntarte el ‘por qué’ de las cosas no es ser realista.
Todo lo contrario, sos el más realista de todos, porque te estás haciendo las
preguntas fundamentales del corazón humano.” Charlaron un poco más y dieron
vueltas sobre lo mismo. El profesor se comprometió en darle alguna lectura que
le pueda ayudar en sus planteos, y el alumno agradeció por eso, por la escucha
y por el estímulo.
¿Por
qué comparto esta hiperverídica y reciente historia? Porque muy probablemente,
este docente que siembra inquietud y magnanimidad, y este alumno que se
cuestiona y forma para contribuir a un mundo mejor, no sean tapas de revistas.
No, no lo son. En cambio, sí son noticia los álbumes del mundial -y las locuras
que se hacen por obtener la figurita de Messi-, el juicio y atentado a
Cristina, los funerales de la Reina Isabel, o cuántos baleados entraron al
Hospital Cullen anoche. Pero, ¿y esto tan grandioso, el hecho de que los jóvenes
siguen teniendo ideales, se sigan cuestionando, y sigan queriendo colaborar en
un mundo que nos quieren hacer creer que se cae a pedazos? A mí personalmente
me llena de esperanza, y no puedo dejar de compartirlo.
¿Qué
pasará con el alumno del relato y con su profesor? ¿Podrá aquél permanecer
buscador de sentido? ¿Podrá volver a la Caverna, que son sus compañeros, pero
que también es el mundo en el que vive, y contagiar a otros? Elijo mi propio
final, en el que este alumno -que salió y vio un poco de lo que hay en el
exterior, fruto de la luz del sol- retorna junto a sus compañeros y los
conmueve de tal modo al relatar lo que experimentó, que estos logran quitarse
las cadenas, arrojarlas y salir corriendo rápidamente afuera, donde el cielo es
azul, el sol pleno, los pájaros cantan, y las azaleas explotan rosa y blanco,
porque se avecina la primavera.
Imagínate,
querido lector, si esto se hiciera viral en Tik Tok o en Twitter, ¿qué docente
con dos dedos de vocación no pediría el traslado para trabajar con semejantes
alumnos en ese Colegio de la Mancha, de cuyo nombre prefiero no hablar?
Lautaro Nicolás Valli