En estos días me tocó reemplazar a una profesora en la materia “Construcción de la Ciudadanía e Identidad”, en un tercer año de la escuela secundaria. Sucedió algo muy lindo, lo cual me hace reafirmar que son los alumnos los que tantas veces terminan enseñándoles a sus docentes.
Reflexionando en torno a la “identidad”, y buscando definirla, yo quería llegar a formular que la identidad es aquello que nos hace ser quienes somos, y no otros. Entonces, se me ocurrió un ejercicio. Señalé a un chico de los del fondo y le pregunté el nombre. “Alejandro”, me respondió. Luego, miré al resto, y les pedí que dijeran cada uno una característica de él.
A algunos fue difícil sacarles las palabras, incluso haciéndolos mirar a su compañero, con el objetivo de que mencionaran alguna de sus cualidades físicas. Con todo, el pizarrón se fue llenando de frases como “buena onda”, “le gustan las motos”, “viene en auto a la escuela”, “habla mucho”, “usa gorra”, “tiene ojos claros”, “es castaño”, entre otras.
Mientras tanto, un poco asombrado, el que estaba siendo descripto, exclamó: “¿Por qué nadie dice nada malo?” A lo que respondí que eso era relativo, ya que lo que otros veían en él como algo positivo, él mismo podía considerarlo como negativo, y viceversa. Otra hipótesis fue que, estando él presente, quizás no se animaban a criticarlo, porque luego podrían venir las represalias, cuando el profe reemplazante se haya ido y queden, al fin, solos.
La clase prosiguió, y los que habían comenzado mudos la jornada, fueron manifestando que no eran tales, principalmente al momento de pedirme salir unos minutos antes al recreo, para ocupar los mejores bancos en el patio. A esta altura el lector se preguntará: “¿Qué fue lo ‘muy lindo que sucedió’ que hizo de motor para escribir estas líneas?” Bueno, aquí va.
Mientras, caminando, me alejaba de la escuela para tomar el colectivo, iba rumiando lo vivido, alegre y movilizado. La pregunta de Alejandro -¿por qué nadie dice nada malo?- me daba vueltas, y llegué a intuir una nueva respuesta. Estamos tan acostumbrados a la crítica destructiva constante, a señalarnos solo los “defectos”, a mirarnos de reojo y sospechando, que cuando alguien nos dice algo lindo, desconfiamos. ¡Qué poco acostumbrados estamos a “bendecirnos”, a decirnos cosas buenas, aquello magnífico del corazón de cada uno, que nos hace multiplicar la existencia! Me gusta pensar que el hombre ve de lo que hay en su corazón, y que estos jóvenes tienen aún el alma limpia, y por lo tanto los ojos. Tan limpia que no ven en su compañero más que a un joven hermoso, con quien es un gusto compartir las extensas jornadas escolares, y que siempre está dispuesto a pinchar para sacar una sonrisa.
Y cierro con mi sospecha de que no es una cuestión de edad, de que vos y
yo, que ya no tenemos quince años, podemos sentir, ver y actuar también de este
modo. Quizás es cuestión de animarse…
Lautaro Nicolás