jueves, 20 de julio de 2023

La gente es buena

 



Dicen que el hombre es malo.

Te digo que no es cierto.

He dado la vuelta al mundo.

Esta es mi bolsa y lo vuelco.

 

JOSÉ PEDRONI



Severino solía divertirse preguntándoles a los chicos si los hombres éramos más buenos que malos o más malos que buenos. Habitualmente se encontraba con un rotundo “más malos que buenos” como respuesta, ante lo que se escandalizaba. Según él, si fuésemos más malos que buenos, ya hubiésemos desaparecido. Concordé con él desde un principio. Tan es así que una vez me pidieron que diga unas palabras en el acto de despedida de mi señorita Alicia Dalmasso, y, para hablar de la bondad que ella había encarnado, siendo una auténtica docente, les hice la misma pregunta a los chicos ahí presentes. Debo admitir que no recuerdo qué me respondieron. Lo que sí tengo claro es que, ante esta cuestión, la mayor parte de las personas no concuerda con Severino. Tampoco conmigo.

Muchos me dicen que soy un idealista, que ya voy a crecer y entender cómo son las cosas. Yo no entiendo de qué hablan. Más bien, entiendo pero no comparto. Me obstino en creer en la bondad de las personas. También en que, como el hombre ve de lo que hay en su corazón, quizás lo que ve desordenado afuera, habla más de lo que lleva dentro que de otra cosa. Y que si solo vemos mal es porque no estamos enfocando bien.

China Zorrilla también coincidía con nosotros, y sostenía que el bien no tiene buena prensa, porque no vende. Pero que abunda, que siempre está, en cada situación y en cada persona. Un ejemplo claro es el de la Doña Anita de José Luis, que había perdido el billete que le servía de sustento durante todo un mes. Luego de colgar un anuncio en el ascensor, para que sus vecinos lo sepan, se pasó todo el rato pensando en cada uno de ellos, y cómo seguro alguno había encontrado su plata y se la había gastado. Se llevó una gran sorpresa cuando uno a uno vinieron a darle el dinero que le había faltado, incluso luego de que ella ya lo haya encontrado dentro de un libro. Lloró de la alegría y sintió una gran amargura por haberlos juzgado injustamente.

No tengo ni los años ni la sabiduría de Pedroni, de Severino, de la China o de José Luis. Pero no me hacen falta para estar de acuerdo con ellos en este aspecto. Sin ir más lejos, entre tantos ejemplos que podría dar, elijo uno bien reciente. El domingo fui autoridad de mesa en las elecciones. Estuve en la escuela –en la otra punta de la ciudad- desde un rato antes de las 8 hasta casi la 1 de la madrugada. Cuando terminamos hacía mucho frío y ya no quedaba nadie en la calle. Salí de la escuela junto a otra chica que había estado en una mesa vecina. Yo había ido en colectivo, así que me tenía que volver en lo mismo, o en un taxi, si tenía suerte de que pasen a esa hora y por esa zona. La chica, Priscila, me dijo que ella me llevaba –al menos- hasta la avenida. Acepté el ofrecimiento, y me subí al auto de esta total desconocida, comandado por su hermana, Cecilia. Salimos a la avenida mientras atábamos cabos: no iba a conseguir colectivo a esa hora. Así que fuimos de a poco hacia el sur, para ver si encontrábamos alguna remisería. Nada. Ni siquiera llamando por teléfono conseguimos remís o taxi. Por lo que Cecilia y Priscila me terminaron llevando hasta mi casa, en la otra punta de la ciudad, a media noche y con un frío tremendo. ¿Acaso no es esta una prueba irrefutable de que las personas somos más buenas que malas?




Lautaro Nicolás Valli


miércoles, 5 de julio de 2023

Desde mi ventana

 


Todos conocemos, directa o indirectamente, a Ana Frank. Muchos hemos leído su Diario en la escuela secundaria. Incluso hay, quizás, varios afortunados que tuvieron la dicha de visitar su casa en Ámsterdam. La traigo a colación porque en estos días leí unos pequeños fragmentos de su Diario, y me hicieron mucho bien.

Me llamó la atención, por sobre otras cosas, cuán significativo fue el pequeño pedazo de cielo que pudo contemplar en sus días de escondite, escapando de la persecución Nazi. Escribió en su Diario: “Contemplar el cielo, las nubes, la luna y las estrellas me tranquiliza y me devuelve la esperanza, y esto no es, ciertamente, imaginación. La naturaleza me hace humilde y me prepara para soportar con valor todos los golpes”, y también “Mientras esto exista y yo pueda ser sensible a ello no puedo estar triste”. Qué maestra de la esperanza.

Claro que me interpela porque siempre necesito un mínimo contacto con la naturaleza, ya sea un patio verde, una plaza o una maceta donde sembrar. Pero también me hace recapitular, y pensar en todas esas pequeñas ventanas de mi vida que me permiten experimentar lo mismo que Ana con el cielo azul sobre los tejados de Ámsterdam. Hablo de todos esos pequeños momentos en la vida cotidiana que me permiten respirar, cargarme de energía, estirar el alma, renovar la esperanza: una visita a mis abuelos al retorno del médico, unos mates con un amigo en la hora libre del instituto, un desayuno imprevisto con mi hermana al cruzarnos un lunes por la mañana… Pequeños momentos que me renuevan, de los cuales están llenos nuestros días, si –como bien dijo Ana- somos sensibles a ello.

Porque, esa es la clave, estar atentos. Sé que en todas las vidas existen esos pequeños trozos de cielo azul. Y también las ventanas por las que podemos verlos. En todas las vidas y en todas las casas, incluso en la nueva en que estoy viviendo. Aquí la luz natural y el contacto con el exterior escasean, ya que las aberturas son pocas. Pero fueron necesarios unos pocos días para encontrar el lugar desde el cual poder contemplar, al menos, un pedazo de cielo. Es la pieza en la que estoy escribiendo estas líneas. Ahora, cada vez que me siento a trabajar, estudiar, escribir o videollamar, miro desde mi ventana y me acuerdo de Ana y del “pequeño ventanuco de su buhardilla”. Y respiro aliviado.




Lautaro Nicolás Valli