lunes, 6 de abril de 2026

Hombre superior

 


¿Cuántos recuerdos se necesitan para valorar a alguien?

Si tuviera que elegir un solo momento de los compartidos con José María Arancedo, escogería el de esa tarde de lunes en que llegó a nuestra merienda del Seminario algo inquieto, algo acelerado, con una carpeta en la mano.

Armando, el rector, entró al comedor por la puerta de la galería antecediéndolo, diciendo que vayamos a llamar a los que faltaban, porque “Monseñor tenía algo que decirnos”. En seguida llegó Arancedo. Se sentó cerca de la mesa que ocupaban los ingresantes (propedeutas), donde se pusieron las tazas del matecocido y las tortas fritas porque llovía. Impulsado por su habitual ansiedad, no esperó a que estemos todos para empezar con aquello que lo traía.

Hasta ese día, el Seminario Arquidiocesano de Santa Fe se llamaba “de Nuestra Señora”. El obispo quería devolverle a la Casa de formación su título original, quería que vuelva a ser el Seminario Nuestra Señora de Guadalupe. En su carpeta guardaba el decreto por el cual Monseñor Zazpe (1920-1984) disponía que se “reabra el Seminario de Santa Fe”. Eso fue en 1978, algunos años después de que se cerrara definitivamente a principios de la misma década en su emplazamiento original a pocos metros de la Basílica de Guadalupe.

A Arancedo le importaba mucho la comunión, de la cual afirmaba que es el “primer signo de la Iglesia”, la cual no es “una estrategia, sino fidelidad a Jesucristo”[1]. De hecho, su lema episcopal es “ut omnes unum sint”, que todos sean uno. Tanto como esto le importaba colaborar en que se pueda dar una continuidad, la continuidad propia que brota de la fe que se trasmite de cristiano a cristiano, de generación en generación. Por esto me animo a pensar, sin tenerlo confirmado por él mismo, que esta decisión de cambiar el nombre del seminario formaba parte de esa misión que sintió se le encomendó al ser asignado como nuestro arzobispo.

Quizás convenga aclarar que, si bien en la actualidad el Seminario tiene el mismo nombre que en la fundación que data de 1907, en 1978 se reabrió con otro nombre intencionalmente, porque en ese momento se quería cortar con lo anterior. Este es un tema para un texto (o varios) aparte. Arancedo, conocedor de las crisis internas de nuestra arquidiócesis, sabía de esa intención de iniciar una nueva etapa a fines de los 70. Pero quería que nos concibamos parte de una misma historia, con sus luces y sus sombras.

Uno de los argumentos que esgrimió para devolverle al Seminario su nombre original fue ponderarlo haciendo mención de algunos sacerdotes a quien él valoraba mucho y se habían formado en nuestra casa diocesana. Entre ellos se encontraba Manuel Marengo (1906-1988), quien, ordenado sacerdote de nuestra iglesia local, y habiendo sido rector del Seminario, sirvió también como obispo auxiliar de Santa Fe y luego como obispo titular de Azul, en la provincia de Buenos Aires. Dijo Arancedo esa tarde: Fui muchas veces al Cottolengo de Claypole, en Buenos Aires, y ahí conocí a Monseñor Marengo, ¡hombre superior! Él podría haber terminado sus días en cualquier otro lugar, pero eligió el Cottolengo, y ahí confesaba, celebraba la misa, compartía con los enfermos y con los curas de don Orione… ¿Y dónde se formó Marengo? ¡En Santa Fe!

Ahora, que ya pasaron varios años, vuelve a mí su descripción de Marengo para ponderarlo, esta vez, a él mismo. José María Arancedo, ¡hombre superior! Él, de familia bien posicionada, primo de Alfonsín, Arzobispo de Santa Fe, dos veces presidente de la Conferencia Episcopal… Podría haber elegido cualquier lugar, pero, luego de pasar un tiempo en la Casa del Clero y la Basílica San Nicolás de Bari en Buenos Aires, decidió terminar sus días en el Cottolengo de Claypole, confesando, celebrando misa, compartiendo con los enfermos y con los curas de don Orione…

Para culminar, y volviendo a la pregunta inicial, creo que podría elegir otros recuerdos, ya que fueron varios años viviendo cerca suyo. Pero me quedo con este. Porque en la vida de todos hay luces y sombras. Y a él siempre lo criticábamos más que elogiarlo. Y siento que esta opción final, premeditada, en libertad y amor, desnuda su corazón, lo muestra, no solo “químicamente cura” (como le gustaba decir a él de algunos de nuestros curas viejos), sino químicamente cristiano. Ojalá su testimonio me sirva a mí para volver a decirle sí a Jesús, en los vericuetos actuales de mi propia vida.


LNV


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