¿Cuántos
recuerdos se necesitan para valorar a alguien?
Si tuviera que
elegir un solo momento de los compartidos con José María Arancedo, escogería el
de esa tarde de lunes en que llegó a nuestra merienda del Seminario algo
inquieto, algo acelerado, con una carpeta en la mano.
Armando, el
rector, entró al comedor por la puerta de la galería antecediéndolo, diciendo
que vayamos a llamar a los que faltaban, porque “Monseñor tenía algo que
decirnos”. En seguida llegó Arancedo. Se sentó cerca de la mesa que ocupaban
los ingresantes (propedeutas), donde se pusieron las tazas del matecocido y las
tortas fritas porque llovía. Impulsado por su habitual ansiedad, no esperó a
que estemos todos para empezar con aquello que lo traía.
Hasta ese día,
el Seminario Arquidiocesano de Santa Fe se llamaba “de Nuestra Señora”. El
obispo quería devolverle a la Casa de formación su título original, quería que
vuelva a ser el Seminario Nuestra Señora de Guadalupe. En su carpeta guardaba
el decreto por el cual Monseñor Zazpe (1920-1984) disponía que se “reabra el
Seminario de Santa Fe”. Eso fue en 1978, algunos años después de que se cerrara
definitivamente a principios de la misma década en su emplazamiento original a
pocos metros de la Basílica de Guadalupe.
A Arancedo le
importaba mucho la comunión, de la cual afirmaba que es el “primer signo de la
Iglesia”, la cual no es “una estrategia, sino fidelidad a Jesucristo”[1].
De hecho, su lema episcopal es “ut omnes unum sint”, que todos sean uno. Tanto
como esto le importaba colaborar en que se pueda dar una continuidad, la
continuidad propia que brota de la fe que se trasmite de cristiano a cristiano,
de generación en generación. Por esto me animo a pensar, sin tenerlo confirmado
por él mismo, que esta decisión de cambiar el nombre del seminario formaba
parte de esa misión que sintió se le encomendó al ser asignado como nuestro
arzobispo.
Quizás
convenga aclarar que, si bien en la actualidad el Seminario tiene el mismo
nombre que en la fundación que data de 1907, en 1978 se reabrió con otro nombre
intencionalmente, porque en ese momento se quería cortar con lo anterior. Este
es un tema para un texto (o varios) aparte. Arancedo, conocedor de las crisis
internas de nuestra arquidiócesis, sabía de esa intención de iniciar una nueva
etapa a fines de los 70. Pero quería que nos concibamos parte de una misma
historia, con sus luces y sus sombras.
Uno de los argumentos
que esgrimió para devolverle al Seminario su nombre original fue ponderarlo
haciendo mención de algunos sacerdotes a quien él valoraba mucho y se habían
formado en nuestra casa diocesana. Entre ellos se encontraba Manuel Marengo
(1906-1988), quien, ordenado sacerdote de nuestra iglesia local, y habiendo
sido rector del Seminario, sirvió también como obispo auxiliar de Santa Fe y
luego como obispo titular de Azul, en la provincia de Buenos Aires. Dijo
Arancedo esa tarde: Fui muchas veces al
Cottolengo de Claypole, en Buenos Aires, y ahí conocí a Monseñor Marengo,
¡hombre superior! Él podría haber terminado sus días en cualquier otro lugar,
pero eligió el Cottolengo, y ahí confesaba, celebraba la misa, compartía con
los enfermos y con los curas de don Orione… ¿Y dónde se formó Marengo? ¡En
Santa Fe!
Ahora, que ya
pasaron varios años, vuelve a mí su descripción de Marengo para ponderarlo, esta
vez, a él mismo. José María Arancedo, ¡hombre superior! Él, de familia bien
posicionada, primo de Alfonsín, Arzobispo de Santa Fe, dos veces presidente de
la Conferencia Episcopal… Podría haber elegido cualquier lugar, pero, luego de
pasar un tiempo en la Casa del Clero y la Basílica San Nicolás de Bari en
Buenos Aires, decidió terminar sus días en el Cottolengo de Claypole,
confesando, celebrando misa, compartiendo con los enfermos y con los curas de
don Orione…
Para culminar,
y volviendo a la pregunta inicial, creo que podría elegir otros recuerdos, ya
que fueron varios años viviendo cerca suyo. Pero me quedo con este. Porque en
la vida de todos hay luces y sombras. Y a él siempre lo criticábamos más que
elogiarlo. Y siento que esta opción final, premeditada, en libertad y amor,
desnuda su corazón, lo muestra, no solo “químicamente cura” (como le gustaba
decir a él de algunos de nuestros curas viejos), sino químicamente cristiano.
Ojalá su testimonio me sirva a mí para volver a decirle sí a Jesús, en los
vericuetos actuales de mi propia vida.
LNV
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