viernes, 30 de enero de 2026

Una semana en el Arca de La Flayssière

 



Lanza, su fundador, la definía (al Arca) pictórica y topográficamente como una 'mancha verde' de frescor y de alivio en medio de un desierto. De ahí que tenga por vela una viña.

 

JOSÉ RAMÓN MORÁN

 

Hace poco más de un año, los primeros días de enero del 2025, escribí en mi cuaderno la moción de viajar a Francia para conocer alguna comunidad del Arca. Ahora estoy experimentando el "no puedo creer que ya pasó". Un poco por la velocidad con la cual corrió (¿se escapó?) el tiempo desde esos días hasta ahora. Otro poco por cómo pude concretarlo y cómo volaron mis días ahí. Cuando empecé a considerar la posibilidad de viajar para conocer alguna de las comunidades que actualmente viven la propuesta de Lanza, el discípulo occidental de Gandhi, también anoté otros puntos posibles para el itinerario: Taizé, Roma, Asís y Sevilla. Menos en el último, que lo cambié por Barcelona, pude estar en todos. Confié en que el corazón iba a aguantar y me salió bien. Pero no solo aguantó, sino que acumuló vivencias significativas para el momento y para los días, meses y (quizás) años posteriores.

Pero volvamos al Arca, causa motora del itinerario.

En 2020 conocí por redes sociales a Lanza del Vasto, italiano discípulo de Gandhi, que fundó en pleno siglo XX una comunidad para vivir la propuesta del indio. Tomando el símbolo bíblico la nombró "Comunidad del Arca, No-Violencia y Espiritualidad". Su reiterada insistencia en ir a las causas de la violencia y no a sus efectos me atrapó. Principalmente porque afirma que esas causas no son la punta del fusil y del tanque de guerra, sino que las mismas están arraigadas en lo profundo de los corazones de cada uno de nosotros. Gandhiano hasta el tuétano, propuso el trabajo interior como lo más importante, ya que es del corazón de los hombres de donde nacen todas las violencias. Gandhiano con ecos de cristiano, ¿no? Así, decidí visitar La Flayssière, punto semi perdido (al menos para el que mira el mapa desde el otro lado del mundo sin conocer demasiado) en el sur de Francia. En medio de mi preparación tuve la gracia de encontrarme con Margarete y Fernando, quienes viven desde hace muchos años ahí. Eso fue en Buenos Aires, en marzo del 2025. Entonces el anhelo se iba materializando. El Arca ya no era algo abstracto, sino que eran personas concretas viviendo en lugares concretos, haciendo cosas concretas. Corrieron los meses y mientras algunas ventanas se fueron cerrando otras se fueron abriendo. Esta, la del Arca, permaneció abierta voluntariamente. Así fui preparando el viaje con la ayuda de Gaspar, especialista en viajes.

El 24 de diciembre mis padres y hermana me acompañaron a tomar el avión hacia Europa. Luego de pasar por Roma, Asís, Florencia, Lyon, Taizé y Beziers el lunes 5 de enero puse pie en La Flayssière, vieja granja restaurada por la Comunidad para cumplir el sueño del fundador. La cotidianeidad me hizo sentir, de algún modo, en Los Algarrobos nuevamente, donde pasaba mis veranos en mis épocas de seminarista. Trabajo, oración, momentos de soledad y otros de compartida comunitaria. De las 15 personas que éramos en esos días poco más de la mitad viven permanentemente allí y el resto éramos pasajeros, haciendo experiencias algunos más cortas, otros más largas. De lunes a viernes se realiza la oración comunitaria a primera hora, donde se intercalan plegarias, canciones y lecturas relacionadas con alguna tradición religiosa distinta cada jornada (cristianismo, judaísmo, budismo, islam…). Luego, también comunitariamente, se organiza el trabajo del día. Nadie manda ni impone nada. Entre todos deciden. Quien oficia de “responsable” de la comunidad solo vela por que se lleve a cabo lo acordado colectivamente. Después de esta breve reunión cotidiana se procesan los vegetales que servirán para preparar el almuerzo. Todos los días cocina alguien distinto. También alguien distinto lava la vajilla. Estos roles se definen en comunidad, ofreciéndose voluntariamente. Los trabajos son bien diversos: la huerta, el cuidado y ordeñe de las vacas, el cuidado de las gallinas ponedoras, la recolección y el cortado de la leña, la alfarería, la quesería y demás derivados de la leche… Yo trabajé principalmente en la huerta y en la leña. Algún día colaboré en la cocina. El frío fue duro, por lo que tuve que acostumbrarme a alimentar la estufa de mi pieza todas las tardes para poder aprovechar el tiempo fuera del trabajo y la compartida grupal. De la semana que estuve, un día nevó mientras estaba en la huerta y, como mínimo, tres días llovió. El domingo salió el sol, gracias a lo cual pude salir a caminar sin embarrarme tanto ni morir de frío. Fui un poco montaña arriba, a la zona de La Borie Noble, comunidad hermana, también del Arca, a unos pocos kilómetros. En tierras de La Borie está el cementerio comunitario, donde están enterrados Lanza del Vasto, el fundador, y su esposa Chanterelle. Pasé por ahí en mi caminata.

Durante los días en el Arca brotó internamente una certeza: no fui a La Flayssière a comprender, sino a conocer. Podría haberme amargado por no lograr una conversación profunda con casi ningún miembro de la comunidad, ya que eran muy pocos (cuatro tal vez) los que entendían o hablaban español. Pero siento que, más allá de eso, me interpelaron de muchos modos: por cómo se vinculaban entre ellos, con el trabajo y también conmigo. Como mencioné unos párrafos arriba, y también dije a Margarete y Fernando antes de irme de allí, lo que significará esta experiencia para mi vida es algo que podré ir vislumbrando con el tiempo, ya que proceso lento y se trata de una vivencia que está enmarcada en una mayor, que es todo el viaje. Con todo, puedo afirmar que no vuelvo igual. Conocer a personas que hoy viven juntas siguiendo la propuesta de un discípulo de Gandhi me interpeló fuertemente. Me ayuda a recordar que no es imposible andar tras las huellas de la no-violencia para un cambio real y distinto en el lugar que cada uno habita.


LNV

30 de enero de 2026

 Aniversario n° 78 del martirio de Gandhi


Foto: Sala común de La Borie Noble

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