Lanza,
su fundador, la definía (al Arca) pictórica y topográficamente como una 'mancha
verde' de frescor y de alivio en medio de un desierto. De ahí que tenga por
vela una viña.
JOSÉ
RAMÓN MORÁN
Hace poco más
de un año, los primeros días de enero del 2025, escribí en mi cuaderno la
moción de viajar a Francia para conocer alguna comunidad del Arca. Ahora estoy
experimentando el "no puedo creer que ya pasó". Un poco por la
velocidad con la cual corrió (¿se escapó?) el tiempo desde esos días hasta
ahora. Otro poco por cómo pude concretarlo y cómo volaron mis días ahí. Cuando
empecé a considerar la posibilidad de viajar para conocer alguna de las
comunidades que actualmente viven la propuesta de Lanza, el discípulo
occidental de Gandhi, también anoté otros puntos posibles para el itinerario:
Taizé, Roma, Asís y Sevilla. Menos en el último, que lo cambié por Barcelona,
pude estar en todos. Confié en que el corazón iba a aguantar y me salió bien. Pero
no solo aguantó, sino que acumuló vivencias significativas para el momento y
para los días, meses y (quizás) años posteriores.
Pero volvamos
al Arca, causa motora del itinerario.
En 2020 conocí
por redes sociales a Lanza del Vasto, italiano discípulo de Gandhi, que fundó
en pleno siglo XX una comunidad para vivir la propuesta del indio. Tomando el
símbolo bíblico la nombró "Comunidad del Arca, No-Violencia y
Espiritualidad". Su reiterada insistencia en ir a las causas de la
violencia y no a sus efectos me atrapó. Principalmente porque afirma que esas
causas no son la punta del fusil y del tanque de guerra, sino que las mismas
están arraigadas en lo profundo de los corazones de cada uno de nosotros.
Gandhiano hasta el tuétano, propuso el trabajo interior como lo más importante,
ya que es del corazón de los hombres de donde nacen todas las violencias.
Gandhiano con ecos de cristiano, ¿no? Así, decidí visitar La Flayssière, punto
semi perdido (al menos para el que mira el mapa desde el otro lado del mundo
sin conocer demasiado) en el sur de Francia. En medio de mi preparación tuve la
gracia de encontrarme con Margarete y Fernando, quienes viven desde hace muchos
años ahí. Eso fue en Buenos Aires, en marzo del 2025. Entonces el anhelo se iba
materializando. El Arca ya no era algo abstracto, sino que eran personas concretas
viviendo en lugares concretos, haciendo cosas concretas. Corrieron los meses y
mientras algunas ventanas se fueron cerrando otras se fueron abriendo. Esta, la
del Arca, permaneció abierta voluntariamente. Así fui preparando el viaje con
la ayuda de Gaspar, especialista en viajes.
El 24 de diciembre
mis padres y hermana me acompañaron a tomar el avión hacia Europa. Luego de
pasar por Roma, Asís, Florencia, Lyon, Taizé y Beziers el lunes 5 de enero puse
pie en La Flayssière, vieja granja restaurada por la Comunidad para cumplir el
sueño del fundador. La cotidianeidad me hizo sentir, de algún modo, en Los
Algarrobos nuevamente, donde pasaba mis veranos en mis épocas de seminarista.
Trabajo, oración, momentos de soledad y otros de compartida comunitaria. De las
15 personas que éramos en esos días poco más de la mitad viven permanentemente
allí y el resto éramos pasajeros, haciendo experiencias algunos más cortas,
otros más largas. De lunes a viernes se realiza la oración comunitaria a
primera hora, donde se intercalan plegarias, canciones y lecturas relacionadas
con alguna tradición religiosa distinta cada jornada (cristianismo, judaísmo,
budismo, islam…). Luego, también comunitariamente, se organiza el trabajo del
día. Nadie manda ni impone nada. Entre todos deciden. Quien oficia de
“responsable” de la comunidad solo vela por que se lleve a cabo lo acordado
colectivamente. Después de esta breve reunión cotidiana se procesan los
vegetales que servirán para preparar el almuerzo. Todos los días cocina alguien
distinto. También alguien distinto lava la vajilla. Estos roles se definen en
comunidad, ofreciéndose voluntariamente. Los trabajos son bien diversos: la
huerta, el cuidado y ordeñe de las vacas, el cuidado de las gallinas ponedoras,
la recolección y el cortado de la leña, la alfarería, la quesería y demás
derivados de la leche… Yo trabajé principalmente en la huerta y en la leña.
Algún día colaboré en la cocina. El frío fue duro, por lo que tuve que
acostumbrarme a alimentar la estufa de mi pieza todas las tardes para poder
aprovechar el tiempo fuera del trabajo y la compartida grupal. De la semana que
estuve, un día nevó mientras estaba en la huerta y, como mínimo, tres días
llovió. El domingo salió el sol, gracias a lo cual pude salir a caminar sin
embarrarme tanto ni morir de frío. Fui un poco montaña arriba, a la zona de La
Borie Noble, comunidad hermana, también del Arca, a unos pocos kilómetros. En
tierras de La Borie está el cementerio comunitario, donde están enterrados Lanza
del Vasto, el fundador, y su esposa Chanterelle. Pasé por ahí en mi caminata.
Durante los
días en el Arca brotó internamente una certeza: no fui a La Flayssière a
comprender, sino a conocer. Podría haberme amargado por no lograr una
conversación profunda con casi ningún miembro de la comunidad, ya que eran muy
pocos (cuatro tal vez) los que entendían o hablaban español. Pero siento que,
más allá de eso, me interpelaron de muchos modos: por cómo se vinculaban entre
ellos, con el trabajo y también conmigo. Como mencioné unos párrafos arriba, y
también dije a Margarete y Fernando antes de irme de allí, lo que significará
esta experiencia para mi vida es algo que podré ir vislumbrando con el tiempo,
ya que proceso lento y se trata de una vivencia que está enmarcada en una mayor,
que es todo el viaje. Con todo, puedo afirmar que no vuelvo igual. Conocer a
personas que hoy viven juntas siguiendo la propuesta de un discípulo de Gandhi
me interpeló fuertemente. Me ayuda a recordar que no es imposible andar tras
las huellas de la no-violencia para un cambio real y distinto en el lugar que cada
uno habita.
LNV
30 de enero de 2026
Aniversario n° 78 del martirio de Gandhi
Foto: Sala común de La Borie Noble
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