miércoles, 9 de octubre de 2024

Una tonelada de risas

 



Realmente el día que nos morimos nuestra humanidad se mide por lo útiles que hemos sido para los demás, y no hay más historias. Si tenemos muchos títulos, mucha inteligencia y muchos millones acumulados en el banco, a la hora de la muerte no somos nada. Si hemos querido a la gente, si hemos sido útiles, si vuestros hijos han sido felices a causa de vosotros, las mujeres han ayudado a los maridos y los maridos a las mujeres, si hemos sido útiles a los demás, si la gente que nos rodea nos quiere, si queremos a la gente que nos rodea, el día que nos muramos habremos sido unas estupendas personas, habremos sido grandes hombres.


JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO

 

 

Voy a ser sincero. Me resulta muy complejo iniciar este texto. Empiezo, escribo unos renglones y borro. No sé cómo mencionar con delicadeza lo que necesito expresar. Lo voy a decir sin vueltas.

El viernes 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, falleció Graciela Campoamor. Gracielita para aquellos que la quisimos y fuimos queridos por ella. La noticia me dejó helado, ya que no sabía que desde hacía un tiempo venía travesando un proceso delicado de enfermedad.

Compartí con ella muchos momentos significativos, especialmente en mis años de adolescencia en el ámbito eclesial entrerriano, formando parte de la Familia de Emaús. Ella, entre otros, fue una de las tantas que me adoptaron y recibieron en sus familias como a un hijo más.

Cuando supe de su fallecimiento, luego de salir del desconcierto inicial, decidí viajar a Paraná para estar en su velorio. Por mi cariño a ella, claro, y por querer abrazar a Diego, su marido, y a la Dali y al Leo, sus hijos. Así que el sábado por la mañana me levanté temprano, preparé mi mate y partí para allá, donde estuve durante toda la mañana.

Ahora, ¿cuál es el motor de este texto? Creo que Graciela, con su dulzura y su risa siempre presente y contagiosa, la “reina” de su familia, la maestra amada, encarnó ampliamente lo que José Luis menciona en el fragmento con el que encabezo esta página. Las personas no somos más y mejores personas por cuánto poseamos material o académicamente hablando, sino por cuánto nos entreguemos en favor de los demás. Y Graciela fue eso. Eso recuerdo personalmente y escucho de tantos que compartieron más aún con ella. Podríamos decir, siguiendo al autor citado, que Graciela, que fue útil, hizo feliz a su familia, quiso y fue querida, fue una estupenda persona, una gran mujer.

Sumo a todo esto una imagen que se me ocurrió en estos días, desde que supe de su fallecimiento. Como no sabemos muy bien cómo es el instante posterior inmediato a nuestra muerte, y en el hipotético caso de que pesen en una balanza nuestras acciones para hacer, precisamente, un balance de nuestra vida, estoy seguro de que en el caso de Graciela empezaron pesando las risas propias y las contagiadas. Y la balanza se rompió de sobrepeso. Y ella, claramente, se tentó y empezó a los gritos a reírse, haciendo que también los espectadores terminen riéndose. Así fue y será eternamente.




Lautaro Nicolás Valli

1 comentario:

  1. El mundo sigue girando porque aún quedan diez hombres justos, o, acaso,, diez Gracielitas. Aprendamos de ellas

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