lunes, 6 de abril de 2026

Hombre superior

 


¿Cuántos recuerdos se necesitan para valorar a alguien?

Si tuviera que elegir un solo momento de los compartidos con José María Arancedo, escogería el de esa tarde de lunes en que llegó a nuestra merienda del Seminario algo inquieto, algo acelerado, con una carpeta en la mano.

Armando, el rector, entró al comedor por la puerta de la galería antecediéndolo, diciendo que vayamos a llamar a los que faltaban, porque “Monseñor tenía algo que decirnos”. En seguida llegó Arancedo. Se sentó cerca de la mesa que ocupaban los ingresantes (propedeutas), donde se pusieron las tazas del matecocido y las tortas fritas porque llovía. Impulsado por su habitual ansiedad, no esperó a que estemos todos para empezar con aquello que lo traía.

Hasta ese día, el Seminario Arquidiocesano de Santa Fe se llamaba “de Nuestra Señora”. El obispo quería devolverle a la Casa de formación su título original, quería que vuelva a ser el Seminario Nuestra Señora de Guadalupe. En su carpeta guardaba el decreto por el cual Monseñor Zazpe (1920-1984) disponía que se “reabra el Seminario de Santa Fe”. Eso fue en 1978, algunos años después de que se cerrara definitivamente a principios de la misma década en su emplazamiento original a pocos metros de la Basílica de Guadalupe.

A Arancedo le importaba mucho la comunión, de la cual afirmaba que es el “primer signo de la Iglesia”, la cual no es “una estrategia, sino fidelidad a Jesucristo”[1]. De hecho, su lema episcopal es “ut omnes unum sint”, que todos sean uno. Tanto como esto le importaba colaborar en que se pueda dar una continuidad, la continuidad propia que brota de la fe que se trasmite de cristiano a cristiano, de generación en generación. Por esto me animo a pensar, sin tenerlo confirmado por él mismo, que esta decisión de cambiar el nombre del seminario formaba parte de esa misión que sintió se le encomendó al ser asignado como nuestro arzobispo.

Quizás convenga aclarar que, si bien en la actualidad el Seminario tiene el mismo nombre que en la fundación que data de 1907, en 1978 se reabrió con otro nombre intencionalmente, porque en ese momento se quería cortar con lo anterior. Este es un tema para un texto (o varios) aparte. Arancedo, conocedor de las crisis internas de nuestra arquidiócesis, sabía de esa intención de iniciar una nueva etapa a fines de los 70. Pero quería que nos concibamos parte de una misma historia, con sus luces y sus sombras.

Uno de los argumentos que esgrimió para devolverle al Seminario su nombre original fue ponderarlo haciendo mención de algunos sacerdotes a quien él valoraba mucho y se habían formado en nuestra casa diocesana. Entre ellos se encontraba Manuel Marengo (1906-1988), quien, ordenado sacerdote de nuestra iglesia local, y habiendo sido rector del Seminario, sirvió también como obispo auxiliar de Santa Fe y luego como obispo titular de Azul, en la provincia de Buenos Aires. Dijo Arancedo esa tarde: Fui muchas veces al Cottolengo de Claypole, en Buenos Aires, y ahí conocí a Monseñor Marengo, ¡hombre superior! Él podría haber terminado sus días en cualquier otro lugar, pero eligió el Cottolengo, y ahí confesaba, celebraba la misa, compartía con los enfermos y con los curas de don Orione… ¿Y dónde se formó Marengo? ¡En Santa Fe!

Ahora, que ya pasaron varios años, vuelve a mí su descripción de Marengo para ponderarlo, esta vez, a él mismo. José María Arancedo, ¡hombre superior! Él, de familia bien posicionada, primo de Alfonsín, Arzobispo de Santa Fe, dos veces presidente de la Conferencia Episcopal… Podría haber elegido cualquier lugar, pero, luego de pasar un tiempo en la Casa del Clero y la Basílica San Nicolás de Bari en Buenos Aires, decidió terminar sus días en el Cottolengo de Claypole, confesando, celebrando misa, compartiendo con los enfermos y con los curas de don Orione…

Para culminar, y volviendo a la pregunta inicial, creo que podría elegir otros recuerdos, ya que fueron varios años viviendo cerca suyo. Pero me quedo con este. Porque en la vida de todos hay luces y sombras. Y a él siempre lo criticábamos más que elogiarlo. Y siento que esta opción final, premeditada, en libertad y amor, desnuda su corazón, lo muestra, no solo “químicamente cura” (como le gustaba decir a él de algunos de nuestros curas viejos), sino químicamente cristiano. Ojalá su testimonio me sirva a mí para volver a decirle sí a Jesús, en los vericuetos actuales de mi propia vida.


LNV


viernes, 30 de enero de 2026

Una semana en el Arca de La Flayssière

 



Lanza, su fundador, la definía (al Arca) pictórica y topográficamente como una 'mancha verde' de frescor y de alivio en medio de un desierto. De ahí que tenga por vela una viña.

 

JOSÉ RAMÓN MORÁN

 

Hace poco más de un año, los primeros días de enero del 2025, escribí en mi cuaderno la moción de viajar a Francia para conocer alguna comunidad del Arca. Ahora estoy experimentando el "no puedo creer que ya pasó". Un poco por la velocidad con la cual corrió (¿se escapó?) el tiempo desde esos días hasta ahora. Otro poco por cómo pude concretarlo y cómo volaron mis días ahí. Cuando empecé a considerar la posibilidad de viajar para conocer alguna de las comunidades que actualmente viven la propuesta de Lanza, el discípulo occidental de Gandhi, también anoté otros puntos posibles para el itinerario: Taizé, Roma, Asís y Sevilla. Menos en el último, que lo cambié por Barcelona, pude estar en todos. Confié en que el corazón iba a aguantar y me salió bien. Pero no solo aguantó, sino que acumuló vivencias significativas para el momento y para los días, meses y (quizás) años posteriores.

Pero volvamos al Arca, causa motora del itinerario.

En 2020 conocí por redes sociales a Lanza del Vasto, italiano discípulo de Gandhi, que fundó en pleno siglo XX una comunidad para vivir la propuesta del indio. Tomando el símbolo bíblico la nombró "Comunidad del Arca, No-Violencia y Espiritualidad". Su reiterada insistencia en ir a las causas de la violencia y no a sus efectos me atrapó. Principalmente porque afirma que esas causas no son la punta del fusil y del tanque de guerra, sino que las mismas están arraigadas en lo profundo de los corazones de cada uno de nosotros. Gandhiano hasta el tuétano, propuso el trabajo interior como lo más importante, ya que es del corazón de los hombres de donde nacen todas las violencias. Gandhiano con ecos de cristiano, ¿no? Así, decidí visitar La Flayssière, punto semi perdido (al menos para el que mira el mapa desde el otro lado del mundo sin conocer demasiado) en el sur de Francia. En medio de mi preparación tuve la gracia de encontrarme con Margarete y Fernando, quienes viven desde hace muchos años ahí. Eso fue en Buenos Aires, en marzo del 2025. Entonces el anhelo se iba materializando. El Arca ya no era algo abstracto, sino que eran personas concretas viviendo en lugares concretos, haciendo cosas concretas. Corrieron los meses y mientras algunas ventanas se fueron cerrando otras se fueron abriendo. Esta, la del Arca, permaneció abierta voluntariamente. Así fui preparando el viaje con la ayuda de Gaspar, especialista en viajes.

El 24 de diciembre mis padres y hermana me acompañaron a tomar el avión hacia Europa. Luego de pasar por Roma, Asís, Florencia, Lyon, Taizé y Beziers el lunes 5 de enero puse pie en La Flayssière, vieja granja restaurada por la Comunidad para cumplir el sueño del fundador. La cotidianeidad me hizo sentir, de algún modo, en Los Algarrobos nuevamente, donde pasaba mis veranos en mis épocas de seminarista. Trabajo, oración, momentos de soledad y otros de compartida comunitaria. De las 15 personas que éramos en esos días poco más de la mitad viven permanentemente allí y el resto éramos pasajeros, haciendo experiencias algunos más cortas, otros más largas. De lunes a viernes se realiza la oración comunitaria a primera hora, donde se intercalan plegarias, canciones y lecturas relacionadas con alguna tradición religiosa distinta cada jornada (cristianismo, judaísmo, budismo, islam…). Luego, también comunitariamente, se organiza el trabajo del día. Nadie manda ni impone nada. Entre todos deciden. Quien oficia de “responsable” de la comunidad solo vela por que se lleve a cabo lo acordado colectivamente. Después de esta breve reunión cotidiana se procesan los vegetales que servirán para preparar el almuerzo. Todos los días cocina alguien distinto. También alguien distinto lava la vajilla. Estos roles se definen en comunidad, ofreciéndose voluntariamente. Los trabajos son bien diversos: la huerta, el cuidado y ordeñe de las vacas, el cuidado de las gallinas ponedoras, la recolección y el cortado de la leña, la alfarería, la quesería y demás derivados de la leche… Yo trabajé principalmente en la huerta y en la leña. Algún día colaboré en la cocina. El frío fue duro, por lo que tuve que acostumbrarme a alimentar la estufa de mi pieza todas las tardes para poder aprovechar el tiempo fuera del trabajo y la compartida grupal. De la semana que estuve, un día nevó mientras estaba en la huerta y, como mínimo, tres días llovió. El domingo salió el sol, gracias a lo cual pude salir a caminar sin embarrarme tanto ni morir de frío. Fui un poco montaña arriba, a la zona de La Borie Noble, comunidad hermana, también del Arca, a unos pocos kilómetros. En tierras de La Borie está el cementerio comunitario, donde están enterrados Lanza del Vasto, el fundador, y su esposa Chanterelle. Pasé por ahí en mi caminata.

Durante los días en el Arca brotó internamente una certeza: no fui a La Flayssière a comprender, sino a conocer. Podría haberme amargado por no lograr una conversación profunda con casi ningún miembro de la comunidad, ya que eran muy pocos (cuatro tal vez) los que entendían o hablaban español. Pero siento que, más allá de eso, me interpelaron de muchos modos: por cómo se vinculaban entre ellos, con el trabajo y también conmigo. Como mencioné unos párrafos arriba, y también dije a Margarete y Fernando antes de irme de allí, lo que significará esta experiencia para mi vida es algo que podré ir vislumbrando con el tiempo, ya que proceso lento y se trata de una vivencia que está enmarcada en una mayor, que es todo el viaje. Con todo, puedo afirmar que no vuelvo igual. Conocer a personas que hoy viven juntas siguiendo la propuesta de un discípulo de Gandhi me interpeló fuertemente. Me ayuda a recordar que no es imposible andar tras las huellas de la no-violencia para un cambio real y distinto en el lugar que cada uno habita.


LNV

30 de enero de 2026

 Aniversario n° 78 del martirio de Gandhi


Foto: Sala común de La Borie Noble

domingo, 30 de noviembre de 2025

Las flores de la casa de Isabel




Hay tres clases de flores en la casa de Isabel.

Las primeras son las silvestres. Nadie las cuida pero están ahí. Fuertes por la mañana, gracias a la quietud y la humedad de la noche. El sol fuerte de la primavera avanzada suele estresarlas durante el día, pero no dejan de hermosear la colina. Sus colores son de lo más variados: blanco, naranja, amarillo, violeta, fucsia, rojo...

El segundo tipo está compuesto por extranjeras, plantadas por la mano de la dueña: varias aromáticas como romero, salvia, lavanda...  Suelen alegrar más de una mesa (sobre todo el romero).

El tercer grupo es simbólico y me animo a decir que el más entrañable. A este ramillete lo formamos todas las personas que, con más o menos frecuencia, visitamos la casa de los Nicholson-Mendizabal y gozamos de su generosidad. Es de admirar cómo los dueños de casa abren sus puertas para que su mesa sea nuestra mesa. A esta altura, nuestras vidas forman parte de las suyas y viceversa. Creo que ellos no dimensionan el bien que nos hacen. Así, nos siguen recibiendo año a año para el reencuentro de tonadas, las caminatas, la comida y la bebida hasta el hartazgo, la fiesta, las risas, los llantos, la misa, la vida…

Creo que, incluso faltando las silvestres y las foráneas, la casa seguiría siendo hermosa, poblada de tantos corazones que van creciendo juntos, compartiendo los caminos personales y también los comunitarios. Nuestras sonrisas, nuestras vidas ganándole a nuestras muertes, son el mejor adorno de esa casa, reflejo del corazón de quienes permiten que allí nos reencontremos.

Gracias, gracias, gracias!


LNV


 

jueves, 13 de noviembre de 2025

Te pido perdón por la Misa





La Eucaristía

que no es mesa

acaba siendo

pura blasfemia.


PEDRO CASALDÁLIGA



Te pido perdón, Jesús, por la Misa.

Por repetir domingo a domingo, día a día, una rutina tan antituya.


Te pido perdón por no acercarme a tu mesa, por buscar siempre el lugar que menos me involucre, con vos y con mis hermanos.


Te pido perdón por ser un simple espectador, por no tomar la posta, por preferir que a todo lo haga siempre el resto, tan cómodo es.


Te pido perdón por mirar la ropa y el estado de vida del resto, categorizando, armando jerarquías que nada tienen que ver con tu Evangelio, para "alejarlos" más de Vos (como si alguna acción humana externa pudiese alejarnos de Tu presencia).


Te pido perdón por haberme acostumbrado a que tu Palabra ya no riegue mi corazón, a no ahondar en su conocimiento para recibirla mejor, a acomodarme en la crítica por prédicas vacías de sentido real y llenas de superstición.


Te pido perdón por meter la mano en el bolsillo de mis hermanos cada vez que paso una canasta, no dejando lugar para tu pedido de "que lo que haga tu mano derecha lo desconozca la izquierda".


Te pido perdón por solo mirar al de al lado en ese estrechón de manos que llamamos "paz". Por no superar el límite de la nuca del de adelante.


Te pido perdón por no lograr agradecer, por no lograr encontrarme/nos/te, por no lograr partirme con Vos, y luego darme para prolongar tu Vida.


Te pido perdón y te doy gracias, Jesús, porque, además de la amargura que siento al pronunciar cada una de estas palabras, también aflora la esperanza de que la Misa puede dejar de ser antiMisa, que podemos cambiar a cada instante, que podemos volver a oír tu voz que no se cansa de llamarnos desde lo profundo de nuestros corazones y desde las necesidades de nuestros hermanos.


LNV

sábado, 1 de noviembre de 2025

He aquí mi riqueza, he aquí mi belleza

 



Al final del camino me dirán: ¿Has vivido? ¿Has amado?

Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres.

PEDRO CASALDÁLIGA

 

Siempre sucede igual. Lo que nos lleva un montón de tiempo de preparación se nos escapa como agua entre los dedos con una velocidad vertiginosa. Pasa con muchas cosas. La presentación de mi libro no pudo escapar a esa regla. No logré (ni intenté) ralentar el tiempo, hacerlo más denso aún de lo que fue, prolongar el momento para poder gustar más todavía de lo que lo hice. Creo que así pasa con todo lo bueno de la vida.

Hoy se cumple una semana de ese sábado 25 de octubre de 2025 que quedará grabado en mi corazón mientras viva mi memoria. El mismo corazón que saltó de alegría con cada persona que vio aparecer por la escalera en la planta alta de Árbol de Vida. Algunos de ellos forman parte de mi cotidianidad, a otros veo menos y con algunos hacía años que no nos encontrábamos. Todos tan distintos pero tan iguales. Creo que, en definitiva, a eso hace alusión el título de mi libro… A que podemos diferenciarnos en un montón de aspectos, incluso en algunos de los más troncales de nuestras vidas. Pero en algo somos iguales, y es en nuestro ser personas, con todo lo que eso implica. Todos tenemos un corazón: sentimos, deseamos, esperamos…

Quise que ese momento sea una celebración, pero no solo para mí, sino para todos los que, por el cariño que me tienen, se acercaron a compartirlo conmigo. Para ser más preciso, quise que sea una celebración de la autenticidad, porque yo soy feliz por haberme animado a sentir, a pensar, a decir, a ser yo mismo. Y me encantaría que todos puedan vivirlo. No desde mis criterios ni pareceres, sino cada uno desde cada uno. Que no nos frenen ni el miedo ni el qué dirán, porque la vida corre muy rápido.

Es tanto lo que podría expresar… Pero, ¿por qué tener que exteriorizar todo lo que nos pasa? Sigo y seguiré rumiando esta experiencia, que abarca no solo ese día sino también los meses previos. Y me animo a decir que incluso varios años, ya que, de algún modo, en el libro que hoy largo a volar estoy yo casi total, con todas las personas y experiencias que me constituyen. Muchas de esas personas pudieron acercarse el sábado pasado. Otras no, pero estuvieron muy presentes en mi interior. Como mencioné al comenzar este párrafo, es mucho lo que podría decir de cada uno de los momentos de la presentación. Pero elijo tomar un fragmento de las palabras con las que Gaspar inició el evento:

La belleza en la vida de Lautaro son todos ustedes hoy acá reunidos, somos todos nosotros hoy acá reunidos. La belleza es esta jungla de relaciones, este tejido de historias, estas manos desconocidas que se estrechan.

Yo no podría haberlo expresado mejor. Mi belleza son las personas que, cual mosaico, me constituyen. Cada una de ellas tiene su lugar en cada uno de los círculos concéntricos de mi interior. Mi belleza y mi riqueza. Como cuenta esa vieja tradición sobre el diácono Lorenzo de Roma, a quien le pidieron que entregara las riquezas de la Iglesia, y él, juntando a todos los más pobres de la ciudad, expresó: “He aquí la riqueza de la Iglesia”. Yo puedo decir lo mismo de todas las personas que me quieren y a quienes quiero: He aquí mi riqueza, he aquí mi belleza. Gracias a todos.

 

LNV







domingo, 9 de marzo de 2025

Bendecidores

 


 No sé ya cuántas veces vi la película Los Coristas. Tengo muy presente su trama, por lo cual no me sorprendo cuando la vuelvo a ver. No me sorprendo pero algo se reenciende dentro mío. Y cuando esto pasa, recuerdo el porqué de mi cariño especial por ella.

Para quienes no la vieron, Los Coristas (2004) es una película francesa, cuyo argumento se desarrolla en el reformatorio "Fond de l'Étang" (Fondo del estanque), donde, luego de la renuncia del anterior prefecto, arribó uno nuevo, llamado Clément Mathieu. Este, desde el principio, mostró poseer una mirada sobre los chicos muy distinta a la del director de la institución. Sabía que no llegaba al Paraíso y así lo experimentó el primer tiempo con la conducta de los internados. Pero nunca perdió la esperanza de que ellos pudieran cambiar.

Clément, que era músico, percibió que a ellos les gustaba cantar. Y, si bien varios desafinaban, había buenas voces. Así, tuvo la idea de formar un coro. Para eso los probó a todos, dividiéndolos según el registro vocal de cada uno. Los chicos se empezaron a compenetrar y su conducta fue cambiando. El vínculo que generaron con su prefecto era muy distinto al que tenían con sus otros docentes y con el director, ya que estos en ningún momento eran amables en el trato ni se interesaban por relacionarse desde otro lado con ellos. Podríamos decir que el rol de esos adultos era básicamente controlar al grupo para que no se desordenara y castigarlos cuando así sucedía.

Creo que lo que más me interpela y conmueve profundamente es cómo Clément miraba y consideraba a sus alumnos. Él creía en la bondad que albergaba cada uno, incluso los más revoltosos (especialmente los más revoltosos). Creía en su bondad y veía cuánto potencial tenían. Su vida entre ellos fue un compromiso por hacer que saquen de dentro todo lo que tenían para ofrecer. Fue un verdadero educador, ya que, según una de sus etimologías, educar es “sacar de dentro”. Ayudar a sacar de dentro todo lo que está en potencia. Ayudar a germinar, crecer, florecer y fructificar todo lo que está en semilla en el interior de cada uno. ¿Será, quizás, que me moviliza tanto porque yo también me desempeño como docente y quiero ser un buen educador?

Al pensar en la mirada benévola de Clément viene a mi corazón una canción de Eduardo Meana que me resulta entrañable, hoja de ruta. No solo por mi vocación educadora dentro del aula, sino porque plasma lo que, creo, estamos llamados a hacer unos con otros. La canción se llama “Bendecidor”. Aquí un fragmento:

 

Te miraré, hijo del alma,

y aunque también hayas fallado

me enfocaré en el don que eres,

el don que en ti Dios nos ha dado.

 

Iré diciéndote lo bueno,

tu humilde y propia letanía

de sencilleces cotidianas

y de bondades y alegrías.

 

Queridos hijos, les diremos

todo lo bueno de sus vidas

y de su edad y de su tiempo

y de sus sueños y fatigas

y del amor que los enciende

y del valor de las heridas

y al ir diciendo el bien sabremos

que nuestra vida está bendita.

 

Qué poco bendecidores que somos los unos con los otros. Estamos más acostumbrados a señalar todo el tiempo lo negativo de las personas. ¡Qué injusto! Como si solo, o mayoritariamente, fuésemos los aspectos negativos de nuestras vidas. Recuerdo que en 2021 publiqué en este mismo blog un texto cuyo título rezaba: “¿Por qué nadie dice nada malo?”. Era la narración de un acontecimiento que tenía por protagonista a Alejandro, alumno de una escuela de Monte Vera en la que hice un reemplazo una vez. Él se sorprendió cuando sus compañeros, siguiendo la consigna que yo les había dado, enumeraron características suyas y ninguno había dicho nada malo, ninguno lo había criticado negativamente. Esos jóvenes fueron bendecidores, y me dieron entonces una lección.

Pero no solo nos cuesta ser bendecidores con los demás, sino que también, y muchas veces más, con nosotros mismos. Cómo nos ayuda que las personas que saben vernos con amplitud de corazón nos recuerden nuestras bondades. No somos tan malos. Incluso en medio de la maraña de malas hierbas que pueden haber crecido en nosotros, algo bueno siempre se puede rescatar.

Creo que está bueno poder preguntarnos hoy, ¿logro percibir la bondad de las personas? ¿Estoy acostumbrado a valorar positivamente a los otros? ¿Puedo decírselo? ¿Soy consciente del bien que puedo hacerles? Y con nosotros mismos, ¿logramos ser benévolos a la hora de la autocrítica? ¿O solemos flagelarnos?

Por mi parte debo admitir que habitualmente me cuesta recordar el bien de mi vida, pero siempre, siempre, vuelve a aparecer un bendecidor, un Clément Mathieu que ve lo bueno que hay en mí y me lo recuerda. Ojalá yo también pueda hacer lo mismo con el resto.




Lautaro Nicolás Valli


viernes, 21 de febrero de 2025

Seremos puente



   Hurgando en mis archivos, preparando otros textos, encontré estas líneas que escribí en junio del 2021 y nunca publiqué. Creo, incluso, que tampoco se las había mostrado a nadie. Brotaron cuando se estaba por cumplir el primer año de haber conocido la Comunidad Centu, a la cual amo y sin la cual no entiendo mis últimos (casi) cinco años.

  Hoy decido compartir este testimonio porque me parece bastante ordenado y fiel. Además, me sirve para valorar cada paso dado. Así, me animo a parafrasear la cita de JLMD que elegí para encabezar esas líneas y expreso: ¡Qué hermoso haber elegido la labor de construir puentes! De animarme a hacerlo con mi vida, a dejarme acompañar, y hoy estar prolongándolo en mi ciudad de Santa Fe, tan necesario es...


...


Es un título (el de constructores de puentes) que me entusiasma porque no hay tarea más hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en el que tanto abundan los constructores de barreras. En un mundo de zanjas, ¿qué mejor que entregarse a la tarea de superarlas?


Razones para la alegría

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO


    Aún recuerdo el momento en que entré a aquel primitivo encuentro de Zoom, el sábado 27 de junio de 2020. Éramos muchos, pasando los 60. La mayoría varones, las menos mujeres, abundaban los jóvenes, y había algunos más grandes. Pero no quiero avanzar en estas líneas sin expresar la sensación inicial: por un lado, desconcierto, por otro lado, alivio inmenso - como nunca -, ya que a nadie debía contarle explícitamente que yo era homosexual, se suponía… Fue la primera vez en mi vida en que experimenté esto. Y si bien la orientación sexual no es la totalidad de nuestra persona, es parte importante, y cuando eso está reprimido, y por lo tanto, no se habla ni se vive con fluidez, hace mucho daño, nos quita autenticidad y poco a poco nos va atrofiando, como con cualquier dimensión de nuestras vidas que no podamos, por algún motivo, vivir sueltamente. Para entonces yo no hablaba tanto de mi orientación, un poco por prejuicios, otro poco por miedo quizás. Era solo un grupo reducido el que lo sabía.

    Conocí El Centurión - al que coloquialmente llamamos Centu - porque mi amigo Alfredo me lo compartió… Digamos que él fue mi primer Centurión, el primer hacedor de un puente que ayudaría en este camino de liberación. Lo que junto a mi amigo nos sorprendía y llamaba la atención era la intención que este grupo tenía de recibir y acompañar a las personas que pertenecen a la diversidad sexual - gays, lesbianas, bisexuales, trans… - y quieren vivir su fe, pero esto es un recurrente conflicto. Y nosotros, que somos herederos de una enseñanza sexual bastante represora, fuimos unos de los primeros en anotarnos. Desde ese junio no nos hemos apartado de Centu. Ahora dejo de hablar en segunda persona del plural, y paso a la primera del singular.

    En Centu no se da cátedra, se intenta disponer todo para que podamos encontrarnos, con el resto y con nosotros mismos, o mejor, en los otros, con nosotros mismos. Algunos tienen mucha claridad con respecto a su orientación sexual, otros no tanto. Algunos lo manifiestan públicamente, otros no… Pero tenemos en común que en este espacio, encontramos con quiénes compartirnos, y esto nos ayuda enormemente. Nadie le va a solucionar la vida a nadie, pero podemos ser buenos compañeros de camino. Porque es en el camino en que vamos, de a poco, creciendo en claridad, sobre la realidad de la que formamos parte… 

    Mis primeras conversaciones con amigos que conocían, aparentemente, el “ambiente homosexual”, eran desoladoras, porque me decían que no iba a encontrar a otros que, como a mí, les interesara la vivencia de la espiritualidad, y menos, ¡que compartan la misma fe! Y si bien Centu no es un grupo de Iglesia, tiene por objetivo ser ese puente que la une con aquellos que por cuestiones de orientación sexual, supuestamente se encuentran lejos. Entonces conocí a muchas personas con caminos parecidos al mío, y volvió a aparecer el alivio: no estaba tan solo.

    Ha pasado un año, y cada encuentro - a veces mensual, a veces quincenal -  es un nuevo oasis, por lo que me genera personalmente, y por cómo son tantos los que siguen acercándose y les hace tanto bien. Entonces, para culminar, expreso los dos objetivos iniciales que me hicieron redactar estas líneas: 

    Primero, para agradecer: GRACIAS a los pioneros que dieron inicio a Centu, a los que han venido trabajando y lo siguen haciendo. Crecemos en humanidad juntos. Gracias!

    Y segundo: Siento profundamente que este espacio es un regalo del cielo, y debemos aventurarnos siendo parte. ¿Conocés a alguien que se encuentre como yo hace un año? ¿Quizás vos que me estás leyendo? Acercate, que, delicadamente, intentaremos caminar juntos, sin imposiciones, haciendo lo posible para recibirte del mejor modo, no desde púlpitos, sino desde el mismo llano por el que vas vos.

    Y si bien Centu es más que ayudar a los que sienten tensión entre la dimensión espiritual de sus vidas y la orientación sexual, esto es por lo que yo me arrimé, fui cautivado, y me quedé, para sumarme a la vocación grande que tiene este grupo: la de ser Puente. Puente entre instituciones, entre grupos, entre personas, y – lo más importante - entre las partes tan agrietadas de nuestras propias vidas, que parecen irreconciliables. 

    Me animo a decir que, cuando damos el primer paso, los fantasmas van perdiendo fuerza, y experimentamos que, de a poquito, podemos vivir reconciliados.




Lautaro Nicolás Valli