domingo, 1 de agosto de 2021

Resucitar mil veces

 

Betania siempre quedó a tres kilómetros de Jerusalén. Pero aquel día, al Nazareno le parecía tanto más cercana… Quizás la muerte del amigo le recordó que no faltaba mucho para la suya. Se acercaba el momento.

Marta, como de costumbre, iba y venía, porque “había que atender a los amigos” que se acercaron a despedir a su hermano. María, como de costumbre, eligiendo la mejor parte, estaba junto a Jesús, en silencio. Pero esta vez, le robó un gesto a su hermana, e increpó al Maestro:

-Jesús –Él levantó la mirada- Perdoname, pero, necesito decirte algo…

-¿Qué pasa?

-No por privilegio, ni por creernos tus favoritos, sé que no lo somos… Bah, que en realidad…

-Dale María, sin vueltas, tranquila- Y la tomó de la mano.

-Bueno… Pensé que quizás… Que quizás… -Y soltándose, llevó sus manos a la cara y empezó a llorar. Siguió, angustiada- No sé, como a la viuda de Naím le resucitaste el hijo… Con nosotros podías hacer algo parecido… Perdón…

Jesús la abrazó, hasta que fue calmándose de a poco. Marta pasó ligero y dejó un vaso con agua. María lo tomó y bebió, mientras secaba sus lágrimas. Ya no quedaba nadie más que ellos tres.

-María… No quiero sostener un discurso elegante pero muerto. No voy a decirte que sé lo que se siente perder a un hermano, porque nunca me pasó. Pero, no quiero dejar de mencionarte una cosa… -Ella lo miraba tranquila al fin- Si algo tenemos que ver mi Padre y yo con esto de la vida y la muerte, no significa que siempre obremos del mismo modo… O sea, a Lázaro, como a la gran mayoría de las personas, le tocó lo más hermoso, resucitar miles de veces. –Ella, extrañada, lo seguía escuchando- Creo que no hay nada peor que vivir sin vivir, es decir, simplemente sobrevivir: que los días pasen, o mejor, “se nos pasen”, y no hayamos podido elegir entregarnos a la apasionante aventura de amar, mucho y de prisa. Lo peor no es la enfermedad, no… ¡Ni la muerte! No… Como ya te dije, lo peor es simplemente sobrevivir, resignarnos al gris cotidiano, que se vuelve eterno… Resucitamos, resurgimos cada día para la vida, y, algunos más, otros menos, pero todos recibimos ese regalo… Lázaro resucitó mil veces, y sé que varios cientos de ellas, los vivió en serio. Yo ya empecé a vivir la mía - la definitiva -, con vos y tu hermana, que, aunque no cambien sus mañas, me hacen gozar de este oficio honroso que es el de ser hombre… -Acarició su rostro, y sonriente preguntó- ¿Resucitamos hoy?



Lautaro Nicolás

martes, 13 de julio de 2021

Elogio de lo ordinario

 


“Es curioso: la cortesía ha establecido que sólo se debe saludar a los conocidos. Y la costumbre ha señalado que cuando un desconocido nos dice ‘buenos días’ no puede ser simplemente porque nos desea un buen día, sino como prólogo para pedirnos o preguntarnos algo, aunque sólo sea la hora. Desearse felicidad gratuitamente es algo que no se lleva y que incluso entre los amigos sólo funciona por Navidad y sus alrededores.”


José Luis Martín Descalzo,

"El reino de los ‘buenos días’.”

Razones para la esperanza.

 

Como el que recibe un “buen día” y luego espera el mangazo, así quedé luego de recibir la primera dosis contra el covid-19.

Las sensaciones imperantes fueron la extrañeza y el asombro: “No puede ser… ¿Tanta amabilidad? ¿Todo funcionando tan bien? ¿Horarios que se respetan, e incluso que se adelantan? ¿No sólo eficacia, sino también eficiencia? ¿Sigo estando en Argentina?”

Y la respuesta es: ¡SÍ! Esto es Argentina, y podemos hacer las cosas de otro modo. ¿Tan acostumbrados estamos a que habitualmente no funcionemos, a la apatía, e incluso, a veces, hasta al desprecio?

¡Bendita oportunidad que nos sirve de modelo para recordar que hacer lo que nos toca, bien, y con una sonrisa, es posible!

Porque, siendo sinceros, quienes me recibieron para la vacunación no hicieron nada extraordinario. Por el contrario, realizaron lo que les correspondía, es decir: lo ordinario. Nuestra sorpresa ante lo ordinario, ante lo que debería ser moneda corriente, probablemente es signo de cuán lejos nos encontramos, tanto comunitaria como personalmente, de lo que debemos asumir y llevar adelante con responsabilidad.

¡Volvamos! Cada uno, a lo que le toca, del mejor modo posible… Sí, podemos cambiar. Sí, podemos vivir mejor.

Y mientras muchos siguen viendo grietas (porque quizás los hombres vemos de lo que están llenos nuestros corazones), yo elijo alegrarme al guardar en mi interior el piropo de Mariana, la enfermera, que antes de vacunarme exclamo: “¡pero qué voz de locutor!”

 


Lautaro Nicolás

lunes, 22 de marzo de 2021

Nazaret, palabra necesaria


    Siento que pertenecemos a una generación que está cansada de discursos: Interminables discursos, que, generalmente, se encuentran tan pero tan lejos de nuestras vidas concretas… No es distinto para los discípulos de Jesús. Es decir, en la vida de aquellos que formamos parte de nuestra tan amada Iglesia, también abundan los discursos, que (incluso buscando servir y acercar al Evangelio) tantas veces están obsoletos y resultan lejanos, inentendibles, casi como si fueran pronunciados en idiomas distintos a los de sus interlocutores.

Jesús mandó a sus Apóstoles ir y anunciar la Buena Nueva a todo el mundo. ¡Pero a todos de verdad! ¿Cómo vivimos mientras son tantos a los que no llegamos? Y… Realmente no llegamos. El anuncio no puede ser algo de unos pocos. El anuncio de JESÚS VIVE, es de todos y para todos. ¿Quién que haya encontrado un tesoro, o le haya ocurrido algo magnífico, no tiene hinchado el corazón y arde en deseos de gritarlo? Aquello que nos hizo tanto bien a nosotros, puede ayudar a otros. Entonces, ¿tenemos que seguir contándole a la humanidad que hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él? ¡Pero claro! Es nuestra misión: la Iglesia necesariamente es predicadora, anunciadora, misionera, a imagen de la Trinidad. Pero no como una élite, como un grupo de selectos (o al menos eso no es lo que estamos llamados a ser). Quizás la pregunta es: ¿cómo hacer eso de predicar, de anunciar hoy, aquí? (o en el caso de tú que lees: allí).

“¡Basta de palabras!” grita un mundo asqueado. O mejor: “¡que la única palabra pronunciada sea la vida vivida en plenitud!” Si el mundo sólo ve en los cristianos un grupo de conservadores de leyes, que no hacemos más que mirarnos el ombligo y criticar y juzgar a los que no viven como nosotros (que no necesariamente somos santos, ¡eh!), ¿qué otra cosa generaremos, más que asco y desprecio?

Por el contrario, si el mundo ve en nosotros personas humildes (no que nos echamos tierra encima, sino que reconocemos lo que somos de verdad), que han decidido vivir auténticamente, y se saben de camino, e intentan no enarbolarse jueces, sino que prefieren ser compañeros de ruta, y se dedican a abrazar y ayudar (y no hablo de una vida asistencialista, ¡eh! sino de vidas concretas haciendo cada una lo que, en conciencia, considera que le corresponde)… ¡Cómo cambiaría la cosa! Y cuánto más cambiaría, cuando en un cristiano vean algo de esto (o un intento al menos, o un corazón dispuesto siquiera), y se le pregunte en qué funda sus actitudes, en qué sus convicciones, y este le diga: “He conocido el amor que Dios me tiene y he creído en Él… Y no quiere otra cosa que mi felicidad… Y también la tuya, ¡eh! ¿Caminamos juntos?”

La modalidad de la vida vivida más que de las palabras gritadas e impuestas

Entonces se me viene a la mente el grandioso Hermano Charles de Foucald, quien eligió vivir imitando la vida oculta de Jesús. No tanto su predicación o milagros, sino la sencillez de Nazaret, el silencio, la vida compartida, la amistad, el trabajo junto a los suyos. “Espiritualidad de Nazaret” le llamó. Rumiándola un poco, y teniendo su ejemplo como confirmación de que sí se puede, (¡y con cuánto fruto!), siento que marca rumbo: cada vez necesitamos más vivir así.

Dijo Pablo VI: el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio” (Evangelii Nuntiandi 41). Manera sabia y pontifical de decir lo que en estas líneas trato. Hasta yo mismo estoy un poco cansado de nosotros mismos… ¿Qué tal si comenzamos a intentar hacerlo de otro modo?



Lautaro Nicolás

miércoles, 3 de febrero de 2021

Elogio de la autenticidad


(Escrito en dos trozos, que son, en parte, complementarios, a la vez que reiterativos.) 

I

Tú no tienes que ser otra cosa más que tú-mismo.

Escucha a todos, con dulzura. Aprecia el amor que esconden sus palabras. No te quedes solo con aquellos que te halagan. Pero que la clave a la hora de decidir qué de todo lo que escuchas te afecta, sea “tomar lo que me haga más yo-mismo”.

No, no es una sobre exaltación del YO. No es ni egoísmo ni egocentrismo. Es darle el lugar que le corresponde a cada cosa.

Nos han dicho muchas veces que “debemos ser felices”. Y así es… ¿Quién no lo quiere, aunque de a ratos lo disimule? Andá a la raíz de tus acciones, de tus decisiones y también omisiones… Vas a ver que allí late ese deseo…

Pero… ¿cómo ser felices? Siendo cada vez más nosotros-mismos.

En el camino aparecen “mayeutas”, esas personas que nos ayudan a parir desde dentro lo mejor de nosotros-mismos. ¡Qué hermosas personas! Tomándose el delicado trabajo de conocernos, nos aconsejan para que, según nuestra propia identidad, crezcamos… Estos artesanos, por lo general, no nos dirán qué hacer… O mejor, nos darán la única coordenada necesaria: entrar en nosotros-mismos, y desde ahí reedificar.

¿Y por qué no es egocentrismo? Porque nuestro yo más profundo es esencialmente relacional. No nos entendemos sin los otros. ¡Y cuánto mejor si cada uno toma las riendas de su corazón, e inicia su propio camino de reconciliación! Sanándonos nosotros, sanaremos al resto, y juntos caminaremos…

No, no es egocentrismo, es autenticidad. Tú no debes ser otra cosa más que tú-mismo. Y lo mismo yo… Hay un montón de cosas por allá afuera que otros podrán hacer. Pero nadie dará el paso de animarse a caminar tu vida, eso te toca a ti. Y entonces, haciéndonos cargo, una y otra vez, cada uno de sí-mismo, descubriremos que necesitamos del otro, que solos no podemos, y ahí la sociedad…

El mayor bien que podremos hacer a la humanidad, es ser cada vez más nosotros-mismos, y en este único camino que es la vida, ayudar a los otros a ser ellos-mismos. Pero a ellos desde ellos, no desde lo que vos creés que deberían ser o hacer. Porque lo mismo necesitás vos…

Como una semilla germinando, desenvolviéndose, son tu vida y la mía: creciendo, avanzando, y bien cuidada, fructificando. “Desenvolviéndose” me gusta… Cada uno de nosotros es un misterio único que se va desenvolviendo instante a instante. Es de esperar (y no podrá ser de otra manera, a menos que la violentemos), que la semilla de lechuga genere una planta de lechuga, con hojas de lechuga, tallo de lechuga, flor de lechuga, y finalmente, frutos de lechuga, para luego, iniciar un nuevo ciclo, en el que, una vez más, podremos presenciar y experimentar gozosamente, que la vida siempre fluye victoriosa, y todo creciendo va hacia arriba.

Y en esta maraña de palabras que buscan esclarecer (y piden perdón si lo único que hicieron es todo lo contrario), te recuerdo: tú no tienes que ser otra cosa más que tú-mismo.


II 

Hay algo que me llama poderosamente la atención, y me viene haciendo ruido. Es el hecho de cuan fragmentados estamos cada uno de nosotros… Lo percibo al contemplar a algunas personas, que en un ambiente, con cierto entorno, se comportan de determinada manera, y en otros, de otra. 

¿Cuál es su verdadera identidad? Me animaría a decir que ambas actitudes forman parte de su única identidad, y que todos nos encontramos en proceso de crecimiento y madurez de nuestro yo-soy más profundo. No está mal, en definitiva, que con algunas personas experimentemos más confianza que con otras.

Pero lo que sí me duele fuertemente es que existan espacios en los que no podamos ser auténticos, es decir, en los que no podamos ser lo que realmente somos, tal como venimos…

La única enseñanza y consejo que debería pasar de generación en generación, es: “sólo tienes que ser tú-mismo”.

Porque… Todos nos llenamos la boca hablando de la felicidad, pero conozco pocos que se animan a ser auténticos, y aún menos, personas que sean tan receptivas como para que quienes entran en contacto con ellas experimenten el gozo de la libertad, de ser como son, sentir como sienten, y poder expresarlo sin tanto rebusque.

¡Benditos aquellos que nos ayudan con su palabra, su vida, e incluso sus silencios, a ser cada-vez-más-nosotros-mismos! Yo les llamo mayeutas, y a ellos, aprovechando estas líneas, va mi agradecimiento.




Lautaro Nicolás

lunes, 18 de enero de 2021

Líneas a Elvio. (I)

 

       

      Elvio, tu mirada, tu profunda mirada, y tu sonrisa, que no siempre estaba, pero que cuando se dibujaba, era un deleite… Ellas, más tu silencio interrumpido por recurrentes carraspeos, son bálsamo en momentos de inquietud y de duda. 

Fuiste mi maestro, y lo seguís siendo. Me enseñaste ayer con tus palabras, y con tus silencios, con cada recepción incondicional. Te has convertido en compañero y amigo, incluso al haber pasado cuatro años de tu muerte.

No hay día en que no te recuerde, en que no se alegre mi corazón por tu vida en la mía. Y tu recuerdo no es algo que me ata, sino que por el contrario, me libera e impulsa. Haberte conocido, y seguirte conociendo, son un regalo que recibo abierta y libremente, porque me ayuda en profundidad.

Maestro de humanidad, y maestro de Iglesia, sos signo de esperanza, al menos para la vida de este joven peregrino. No le escapaste a la vida, la viviste a pleno. No le escapaste a la Iglesia, sino que la conociste, elegiste, amaste, sufriste, promoviste, hasta el último suspiro…. Y no te fue fácil. Tu entrega limpia y fuerte te valió la soledad, el desprecio de tus pares y superiores, la cárcel por sospechas e incomprensiones injustas. Pero vos no te fuiste, te quedaste en la humanidad y en la Iglesia… Porque eras sabio, es decir, saboreabas fenomenalmente lo más hondo de la persona humana y del cristiano. Fácil es intentar el cambio desde afuera… Cualquiera, en un legítimo arrebato, puede pegar el portazo e irse… Pero más difícil y grandioso, por lo tanto valorable y edificante, es quedarse, y desde adentro, ayudar en el proceso de purificación y de progreso (pero de purificación y progreso auténticos, eh!).

Vos te quedaste, y no ilusamente… Te quedaste y sos ejemplo para los que estamos empezando el camino. ¿Te acordás cuando te dije “padre, naciste con Boneo, y hoy estamos en Arancedo! O sea, (teniendo en cuenta que fueron 90 años y seguía estando) sí se puede ser fiel hasta lo último…”? Y sí… Vos no lo dijiste, pero, de hecho, tu vida fue el ejemplo de que se puede ser fiel, de que no es imposible quedarse y promovernos…

 

[Dice un sabio “no hay nada nuevo bajo el sol”, y coincido… Lo nuevo puede ser otra forma de manifestar lo mismo, pero en esto de la humanidad, y en esto de la Iglesia, vamos evolucionando, descubriéndonos, avanzando hacia nuestra plenitud, y no debemos alarmarnos tanto... No hay nada nuevo bajo el sol… El hombre es bueno por naturaleza, y hay más bien que mal, sino ya hubiésemos explotado… Lo que pasa es que el mal tiene más prensa (y hoy parece que más por el fenómeno de las redes sociales).

En fin…. Reconocer nuestra humanidad, quedarnos en la humanidad, promover la humanidad… Reconocer nuestro ser Iglesia, quedarse en la Iglesia, promover la Iglesia… Anhelar ser signo de esperanza para los demás…]


Gracias Elvio por haberme enseñado y seguir haciéndolo. Te quiero.

 



Lautaro Nicolás 

sábado, 26 de diciembre de 2020

Hermoso 2020.


En la grieta nació una lechuga.


Los últimos días de diciembre, generalmente son de balances, sino consciente, al menos inconscientemente. Yo elijo la primera, ya que a cada una de las personas que compartieron este año, e hicieron que sea hermoso, van estas líneas agradeciendo.


Como siempre, gracias a mi familia. A todos, padres, hermana, abuelos, tíos y primos. Los amo entrañablemente, y sus vidas responden, en gran parte, al interrogante “¿de dónde vengo?”. Doy gracias a ellos y por ellos, ya que mis raíces son fuertes y profundas.

He experimentado el gozo de la amistad. Algunos amigos han partido este año… Otros se han alejado… Pero varios han retornado, muchos intensificado, y algunos pocos (aunque valiosos) se han acercado, recibiendo este magnífico título que celosamente guardo para un grupo selecto. A cada uno de ellos, gracias.

Hubo acontecimientos que marcaron fuertemente mi 2020, en que el contexto general pareciera ser la Pandemia por el COVID-19. Esto, me animo a decir, es sólo una parte, que, ciertamente, condicionó nuestra cotidianeidad. Pero sólo una parte, ya que la realidad (oh, sagrada realidad!) es mucho más amplia, y (menos mal) se nos escapa de las manos.

Gracias al encierro por la cuarentena estricta, es que pude redactar la biografía del padre Elvio Alberga (1924-2016), y finalmente publicarla en septiembre, junto al querido Equipo Fray Martín de Porres. Gracias a ellos, también, por su labor silenciosa y de hormigas. Gracias a la amiga que me asesoró. Gracias a Elvio, que misteriosamente me sigue acompañando, siendo instrumento, incluso después de haber fallecido, del Buen Dios a quien consagró su vida. Ya no formo parte del Equipo, pero Elvio es uno de los amigos antes mencionados, dentro de las relaciones que se intensificaron…. Uno de los grandes signos es que habiendo elegido su vida como tema de la monografía con la cual me recibí de profesor de filosofía, el docente me aprobó, nada más ni nada menos, que el 27 de noviembre, sin saber él, que ese día celebrábamos un nuevo aniversario de la muerte de Elvio. Entonces, aprovecho aquí para agradecer al Seminario, que me siguió acompañando pacientemente, incluso hasta un año y medio después de haber salido. Años hermosos viví allí, y lo sé mi casa, donde siempre seré bien recibido.

Y en la línea de lo que facilitó la virtualidad obligada, agradezco a quienes forman parte del Grupo El Centurión (Centu), trabajando por bancar, acompañar, dialogar y ser puentes, para las personas que formamos parte de la “diversidad sexual”, y necesitamos de un ambiente sano y cuidado, en el que ser-delicadamente-acompañados, sin imposiciones ni juicios, apostando a poder integrar, por ejemplo las dimensiones espiritual y sexual (que muchos consideran difícil o imposible en algunos casos). Gracias a los pioneros, quienes posibilitaron que miembros de distintas provincias nos vayamos sumando.

Gracias al taller de teatro del cual formé parte. También ese fue un sitio para compartir con personas nuevas y distintas. Cada encuentro fue enriquecedor y desoxidante. Crecer en conciencia personal y grupal, de nuestros cuerpos, del de los otros… Trabajar la mirada, el oído, la atención, la cerveza en la Plaza Pueyrredón y demás yerbas…

Gracias al Grupo Santa Teresa de Calcuta de la Basílica de Guadalupe: tanto mi pertenencia a él, como al Equipo Fray Martín, fueron el modo en que vivir conscientemente mi ser parte de la Iglesia, cada vez más Madre y Maestra, cada vez más hermosa...

Gracias a la Escuela Sabática de los hermanos Adventistas del Séptimo Día: mi participación en sus encuentros me mantuvo orante y lector de la Palabra, siempre enriquecido por risas y una muy buena recepción.

Y, obviamente, no todo fue color de rosas, y afirmarlo sería faltar a la verdad. Pero no puedo dejar de exclamar: ¡Gracias a la crisis que me hizo pedir ayuda! y a las personas que se comprometieron en el camino de sacarme del pozo y acompañarme (creo que cada una de ellas sabe cuánto y de qué modo me auxiliaron). Esto significa que soy consciente de los momentos duros que atravesé… Pero hay más bien que mal… Lo hubo ayer, lo hay hoy, y seguro mañana… Lo habrá siempre que haya personas decididas a vivir en libertad de amor, compromiso de justicia y esperanza de reconciliación.

Y en todo esto, y por todo esto, gracias a Dios, en quien vivo, me muevo y existo, como dice el Apóstol. Todo lo bueno que he recibido es el signo de su Providencia. La persona de Jesús me ha vuelto a demostrar que camina a mi lado, en cada nueva experiencia de vida que vence a la muerte… Incluso sin entender del todo, y no tener la más pálida idea de qué vendrá mañana. Lo único que sé es que Él es compañero. 

Vivir es abrazar un misterio… Yo no sembré esa lechuga que creció en la grieta (y donde sí sembré no germinó nada)… Esto me da esperanza… Me hace seguir rumiando, y seguir afirmando, que la vida siempre fluye victoriosa, y todo creciendo va hacia arriba.



Lautaro Nicolás


lunes, 26 de octubre de 2020

Vivir es abrazar un misterio


    Ante la experiencia del no comprender, del percibir que la realidad (¡oh sagrada Realidad!) se nos escapa de las manos, que no podemos tener todo controlado, que a veces solamente podemos confiar en que mañana será mejor, y el gris de hoy, no es un sin sentido, sino una partecita más del gran camino que es la vida (en la que todo tiene sentido)... 

    Ante lo que podemos llamar "misterio", es decir, aquello que no podemos ver del todo con claridad, debido, no a su oscuridad, sino a su exceso de luz...

    Ante la conciencia de que no es lo mismo "abrazar", es decir, disponer el corazón para la reconciliación, que meramente "tolerar" o "aguantar"...

    Ante todo esto, y sabiendo que sería imposible dejar plasmado en un papel (o en una página web) todo lo que acontece en lo profundo del corazón, surgieron, en agosto del 2018, las líneas que dejo a continuación:


"Se me ocurre que hay esperanza

cuando contemplo el vuelo de una mariposa,

¿será porque sé que cerca hay una flor,

y la flor me cuenta de la primavera?

No puedo, aunque quisiera,

explicarte cuál es el misterio de la primavera.

Vivir es abrazar un misterio…"



Lautaro Nicolás