Siento que pertenecemos a una generación que está cansada de discursos: Interminables discursos, que, generalmente, se encuentran tan pero tan lejos de nuestras vidas concretas… No es distinto para los discípulos de Jesús. Es decir, en la vida de aquellos que formamos parte de nuestra tan amada Iglesia, también abundan los discursos, que (incluso buscando servir y acercar al Evangelio) tantas veces están obsoletos y resultan lejanos, inentendibles, casi como si fueran pronunciados en idiomas distintos a los de sus interlocutores.
Jesús mandó a
sus Apóstoles ir y anunciar la Buena Nueva a todo el mundo. ¡Pero a todos de
verdad! ¿Cómo vivimos mientras son tantos a los que no llegamos? Y… Realmente
no llegamos. El anuncio no puede ser algo de unos pocos. El anuncio de JESÚS
VIVE, es de todos y para todos. ¿Quién que haya encontrado un tesoro, o le haya
ocurrido algo magnífico, no tiene hinchado el corazón y arde en deseos de
gritarlo? Aquello que nos hizo tanto bien a nosotros, puede ayudar a otros.
Entonces, ¿tenemos que seguir contándole a la humanidad que hemos conocido el
amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él? ¡Pero claro! Es nuestra misión:
la Iglesia necesariamente es predicadora, anunciadora, misionera, a imagen de
la Trinidad. Pero no como una élite, como un grupo de selectos (o al menos eso
no es lo que estamos llamados a ser). Quizás la pregunta es: ¿cómo hacer eso de
predicar, de anunciar hoy, aquí? (o en el caso de tú que lees: allí).
“¡Basta de palabras!” grita un mundo asqueado. O mejor: “¡que la única palabra pronunciada sea la vida vivida en plenitud!” Si el mundo sólo ve en los cristianos un grupo de conservadores de leyes, que no hacemos más que mirarnos el ombligo y criticar y juzgar a los que no viven como nosotros (que no necesariamente somos santos, ¡eh!), ¿qué otra cosa generaremos, más que asco y desprecio?
Por el contrario, si el mundo ve en nosotros personas humildes (no que nos echamos tierra encima, sino que reconocemos lo que somos de verdad), que han decidido vivir auténticamente, y se saben de camino, e intentan no enarbolarse jueces, sino que prefieren ser compañeros de ruta, y se dedican a abrazar y ayudar (y no hablo de una vida asistencialista, ¡eh! sino de vidas concretas haciendo cada una lo que, en conciencia, considera que le corresponde)… ¡Cómo cambiaría la cosa! Y cuánto más cambiaría, cuando en un cristiano vean algo de esto (o un intento al menos, o un corazón dispuesto siquiera), y se le pregunte en qué funda sus actitudes, en qué sus convicciones, y este le diga: “He conocido el amor que Dios me tiene y he creído en Él… Y no quiere otra cosa que mi felicidad… Y también la tuya, ¡eh! ¿Caminamos juntos?”
La modalidad de la vida vivida más que de las palabras gritadas e impuestas…
Entonces se me viene a la mente el grandioso Hermano Charles de Foucald, quien eligió vivir imitando la vida oculta de Jesús. No tanto su predicación o milagros, sino la sencillez de Nazaret, el silencio, la vida compartida, la amistad, el trabajo junto a los suyos. “Espiritualidad de Nazaret” le llamó. Rumiándola un poco, y teniendo su ejemplo como confirmación de que sí se puede, (¡y con cuánto fruto!), siento que marca rumbo: cada vez necesitamos más vivir así.
Dijo Pablo VI: “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio” (Evangelii Nuntiandi 41). Manera sabia y pontifical de decir lo que en estas líneas trato. Hasta yo mismo estoy un poco cansado de nosotros mismos… ¿Qué tal si comenzamos a intentar hacerlo de otro modo?
Lautaro Nicolás

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