“Es curioso: la cortesía ha establecido que sólo se debe saludar a los conocidos. Y la costumbre ha señalado que cuando un desconocido nos dice ‘buenos días’ no puede ser simplemente porque nos desea un buen día, sino como prólogo para pedirnos o preguntarnos algo, aunque sólo sea la hora. Desearse felicidad gratuitamente es algo que no se lleva y que incluso entre los amigos sólo funciona por Navidad y sus alrededores.”
José Luis Martín Descalzo,
"El reino de los ‘buenos días’.”
Razones para la esperanza.
Como el que
recibe un “buen día” y luego espera el mangazo, así quedé luego de recibir la
primera dosis contra el covid-19.
Las
sensaciones imperantes fueron la extrañeza y el asombro: “No puede ser… ¿Tanta
amabilidad? ¿Todo funcionando tan bien? ¿Horarios que se respetan, e incluso
que se adelantan? ¿No sólo eficacia, sino también eficiencia? ¿Sigo estando en
Argentina?”
Y la respuesta
es: ¡SÍ! Esto es Argentina, y podemos hacer las cosas de otro modo. ¿Tan
acostumbrados estamos a que habitualmente no funcionemos, a la apatía, e
incluso, a veces, hasta al desprecio?
¡Bendita
oportunidad que nos sirve de modelo para recordar que hacer lo que nos toca,
bien, y con una sonrisa, es posible!
Porque, siendo
sinceros, quienes me recibieron para la vacunación no hicieron nada
extraordinario. Por el contrario, realizaron lo que les correspondía, es decir:
lo ordinario. Nuestra sorpresa ante
lo ordinario, ante lo que debería ser moneda corriente, probablemente es signo
de cuán lejos nos encontramos, tanto comunitaria como personalmente, de lo que
debemos asumir y llevar adelante con responsabilidad.
¡Volvamos!
Cada uno, a lo que le toca, del mejor modo posible… Sí, podemos cambiar. Sí,
podemos vivir mejor.
Y mientras
muchos siguen viendo grietas (porque quizás los hombres vemos de lo que están
llenos nuestros corazones), yo elijo alegrarme al guardar en mi interior el
piropo de Mariana, la enfermera, que antes de vacunarme exclamo: “¡pero qué voz
de locutor!”

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