viernes, 11 de agosto de 2023

Perdón, Rodrigo

 



Rodrigo es uno de los tantos chicos que deambulan por la ciudad golpeando puertas o frenando personas por la calle. Su objetivo es recolectar algo que le sirva para alimentar a su familia. Estuvo trabajando como albañil pero actualmente no tiene trabajo. Hasta no hace mucho vivía en un rancho, pero Los Sin Techo le construyeron una casita para que vivan más dignamente él, su señora y sus dos nenas. Lo más importante: Rodrigo es súper respetuoso, súper amable, súper agradecido. Justo el día en que me paró a mí por la calle estaba juntando plata para comprar una garrafa, y me dijo que, con lo que le había dado yo, iba a poder comprarla.

Rodrigo es de la clase de personas –sí, porque parece que luego de tantos años y tanto “avance” existen “clases” entre las personas- de quienes muchos nos quejamos, con frases como “no le puedo dar a todo el que me pide”, “si quiere tener algo, que vaya a laburar”, entre otras. En el mejor de los casos utilizamos expresiones tranquilas como esas. El rato de conversación con él, en que me abrió su vida con total confianza, bastó para conmoverme y replantearme algunas de las premisas con que me manejo, fundadas muchas veces a la ligera.

De lo mencionado anteriormente, lo que más duramente me cuestioné luego es esa frase que solemos utilizar: “si quiere tener algo, que vaya a laburar”. Una vez, otro muchacho me cuestionó el hecho de que yo viva tan cómodamente mientras él tenía que vivir en la calle. Le respondí que mi comodidad de hoy se debía a que mis padres y abuelos habían tenido que trabajar bastante duro para conseguirlo. Ahora, ¿quién emplea a personas como Rodrigo y le asegura una mínima estabilidad para vivir sin tener la necesidad de salir a pedir? ¿El Estado, ya sea municipal, provincial o nacional? ¿Las empresas privadas? ¿Nosotros, los ciudadanos “de a pie”? A esta altura de la lectura seguro se irán formulando del otro lado un montón de argumentos, todos válidos, seguro… Pero, si nadie le da una primera buena oportunidad a Rodrigo, ¿cómo saldrá de la pobreza? ¿Cómo tendrá lo necesario para mantener esa casita que le dieron Los Sin Techo, vestir, alimentar y mandar a la escuela a sus hijas? ¿Cómo romper con el círculo vicioso de la miseria estructural?

Quisiera abstenerme de esa frase, la de “si quiere tener algo, que trabaje”. Siento que decirla es una respuesta demasiado rápida y simple como para responder a una situación tan compleja. Porque la pobreza material es compleja, y la vida de las personas que la sufren, mucho más aún.  Pero también creo que esgrimir frases como esa es un modo de tranquilizar nuestras conciencias que nos gritan –o susurran- que ahí hay una injusticia. Hay una injusticia porque pocos le dan a Rodrigo lo que le corresponde. Porque yo hoy tengo lo necesario para satisfacer mis necesidades básicas, gracias a que alguien empleó a mis abuelos. No les sobraba, pero pudieron sentar bases para el crecimiento digno de sus familias.

Ahora, inevitablemente, la cuestión se ramifica al mencionar la palabra injusticia. Partiendo de la base de que algo es injusto porque no es “lo que corresponde” a determinada situación, cosa o persona, me surgen las preguntas: ¿qué diferencia hay entre la situación injusta que sufre Rodrigo y el resto de las que nos toca padecer a nosotros? ¿Y de las que nosotros generamos, consciente o inconscientemente? Si en la raíz de todo acto o situación injusta hay un corazón -de donde viene todo en el hombre- entonces todas las injusticias, como las justicias, son básicamente iguales… No me quiero enrevesar, solo profundizar un poco para explicar por qué creo que lo que hoy le falta a Rodrigo tiene que ver con un montón de omisiones que son responsabilidad de un montón de personas, no solo suya. Y esas omisiones nacen en el corazón de personas concretas. Quizás en el tuyo y en el mío. Porque, hilando más fino, y teniendo presente que formamos parte de una misma comunidad humana, lo que sufre uno lo sufrimos todos como cuerpo, y lo que beneficia a uno, nos beneficia a todos indirectamente. Por eso, mi falta no termina en mi metro cuadrado, sino que llega a la vida de todos en menor o mayor medida. Como los papeles que solemos tirar por la ventana de los colectivos o autos muchos santafesinos. Eso es más fácil de identificar porque es algo externo. Pero también las acciones bien hechas en nuestra vida cotidiana son engranajes de un organismo mayor, que es la sociedad.

Toda esta maraña me sensibiliza bastante y culpabiliza un poco, pero, por sobre todo, me anima a seguir dando lo mejor de mí en lo cotidiano, en mis vínculos, en el trabajo, en el estudio, en la calle, en el súper y en la verdulería. A la vez, me empuja a pedir perdón. Perdón, Rodrigo, por cada mirada o pensamiento discriminatorio, por cada vez que ni siquiera te miré y te reduje a una cosa más del paisaje. Perdón, Rodrigo, por cada vez en que no hice lo que tenía que hacer, por el semáforo cruzado en rojo, por el papel tirado en la calle, por la plata de más del vuelto con que me quedé, por todos los minutos que le robé al trabajo, yéndome antes o llegando después…

Finalmente, me alegra saber que, como me contaste, alguien ya se hizo cargo de vos y de tu familia, al decirte que te iba a ayudar a buscar trabajo. Él quizás no lo sabe, pero no solo te está haciendo bien a vos, sino que, indirectamente, también me está haciendo bien a mí. Gracias a él por su buen gesto. Gracias a vos por tu amabilidad. No la pierdas por favor.




Lautaro Nicolás Valli


jueves, 20 de julio de 2023

La gente es buena

 



Dicen que el hombre es malo.

Te digo que no es cierto.

He dado la vuelta al mundo.

Esta es mi bolsa y lo vuelco.

 

JOSÉ PEDRONI



Severino solía divertirse preguntándoles a los chicos si los hombres éramos más buenos que malos o más malos que buenos. Habitualmente se encontraba con un rotundo “más malos que buenos” como respuesta, ante lo que se escandalizaba. Según él, si fuésemos más malos que buenos, ya hubiésemos desaparecido. Concordé con él desde un principio. Tan es así que una vez me pidieron que diga unas palabras en el acto de despedida de mi señorita Alicia Dalmasso, y, para hablar de la bondad que ella había encarnado, siendo una auténtica docente, les hice la misma pregunta a los chicos ahí presentes. Debo admitir que no recuerdo qué me respondieron. Lo que sí tengo claro es que, ante esta cuestión, la mayor parte de las personas no concuerda con Severino. Tampoco conmigo.

Muchos me dicen que soy un idealista, que ya voy a crecer y entender cómo son las cosas. Yo no entiendo de qué hablan. Más bien, entiendo pero no comparto. Me obstino en creer en la bondad de las personas. También en que, como el hombre ve de lo que hay en su corazón, quizás lo que ve desordenado afuera, habla más de lo que lleva dentro que de otra cosa. Y que si solo vemos mal es porque no estamos enfocando bien.

China Zorrilla también coincidía con nosotros, y sostenía que el bien no tiene buena prensa, porque no vende. Pero que abunda, que siempre está, en cada situación y en cada persona. Un ejemplo claro es el de la Doña Anita de José Luis, que había perdido el billete que le servía de sustento durante todo un mes. Luego de colgar un anuncio en el ascensor, para que sus vecinos lo sepan, se pasó todo el rato pensando en cada uno de ellos, y cómo seguro alguno había encontrado su plata y se la había gastado. Se llevó una gran sorpresa cuando uno a uno vinieron a darle el dinero que le había faltado, incluso luego de que ella ya lo haya encontrado dentro de un libro. Lloró de la alegría y sintió una gran amargura por haberlos juzgado injustamente.

No tengo ni los años ni la sabiduría de Pedroni, de Severino, de la China o de José Luis. Pero no me hacen falta para estar de acuerdo con ellos en este aspecto. Sin ir más lejos, entre tantos ejemplos que podría dar, elijo uno bien reciente. El domingo fui autoridad de mesa en las elecciones. Estuve en la escuela –en la otra punta de la ciudad- desde un rato antes de las 8 hasta casi la 1 de la madrugada. Cuando terminamos hacía mucho frío y ya no quedaba nadie en la calle. Salí de la escuela junto a otra chica que había estado en una mesa vecina. Yo había ido en colectivo, así que me tenía que volver en lo mismo, o en un taxi, si tenía suerte de que pasen a esa hora y por esa zona. La chica, Priscila, me dijo que ella me llevaba –al menos- hasta la avenida. Acepté el ofrecimiento, y me subí al auto de esta total desconocida, comandado por su hermana, Cecilia. Salimos a la avenida mientras atábamos cabos: no iba a conseguir colectivo a esa hora. Así que fuimos de a poco hacia el sur, para ver si encontrábamos alguna remisería. Nada. Ni siquiera llamando por teléfono conseguimos remís o taxi. Por lo que Cecilia y Priscila me terminaron llevando hasta mi casa, en la otra punta de la ciudad, a media noche y con un frío tremendo. ¿Acaso no es esta una prueba irrefutable de que las personas somos más buenas que malas?




Lautaro Nicolás Valli


miércoles, 5 de julio de 2023

Desde mi ventana

 


Todos conocemos, directa o indirectamente, a Ana Frank. Muchos hemos leído su Diario en la escuela secundaria. Incluso hay, quizás, varios afortunados que tuvieron la dicha de visitar su casa en Ámsterdam. La traigo a colación porque en estos días leí unos pequeños fragmentos de su Diario, y me hicieron mucho bien.

Me llamó la atención, por sobre otras cosas, cuán significativo fue el pequeño pedazo de cielo que pudo contemplar en sus días de escondite, escapando de la persecución Nazi. Escribió en su Diario: “Contemplar el cielo, las nubes, la luna y las estrellas me tranquiliza y me devuelve la esperanza, y esto no es, ciertamente, imaginación. La naturaleza me hace humilde y me prepara para soportar con valor todos los golpes”, y también “Mientras esto exista y yo pueda ser sensible a ello no puedo estar triste”. Qué maestra de la esperanza.

Claro que me interpela porque siempre necesito un mínimo contacto con la naturaleza, ya sea un patio verde, una plaza o una maceta donde sembrar. Pero también me hace recapitular, y pensar en todas esas pequeñas ventanas de mi vida que me permiten experimentar lo mismo que Ana con el cielo azul sobre los tejados de Ámsterdam. Hablo de todos esos pequeños momentos en la vida cotidiana que me permiten respirar, cargarme de energía, estirar el alma, renovar la esperanza: una visita a mis abuelos al retorno del médico, unos mates con un amigo en la hora libre del instituto, un desayuno imprevisto con mi hermana al cruzarnos un lunes por la mañana… Pequeños momentos que me renuevan, de los cuales están llenos nuestros días, si –como bien dijo Ana- somos sensibles a ello.

Porque, esa es la clave, estar atentos. Sé que en todas las vidas existen esos pequeños trozos de cielo azul. Y también las ventanas por las que podemos verlos. En todas las vidas y en todas las casas, incluso en la nueva en que estoy viviendo. Aquí la luz natural y el contacto con el exterior escasean, ya que las aberturas son pocas. Pero fueron necesarios unos pocos días para encontrar el lugar desde el cual poder contemplar, al menos, un pedazo de cielo. Es la pieza en la que estoy escribiendo estas líneas. Ahora, cada vez que me siento a trabajar, estudiar, escribir o videollamar, miro desde mi ventana y me acuerdo de Ana y del “pequeño ventanuco de su buhardilla”. Y respiro aliviado.




Lautaro Nicolás Valli

 


martes, 13 de junio de 2023

Confesión de un árbol en otoño

 


Amo esta época. Claro que no es la más buscada. Pero, con todo, cada vez estoy más convencido que, de las cuatro estaciones, el otoño es el que más enseña. Siempre que estemos atentos.

Perdí las hojas. No doy sombra ni oxígeno. No freno vientos.

Mis flores cayeron hace más tiempo aún. No decoro horizontes, ni perfumo habitaciones. No embellezco el patio ni la vereda.

Mis frutos ya fueron tomados. Algunos sirvieron de alimento, otros pudrieron la tierra e hicieron más fértiles mis raíces y las de los vecinos. A unos pocos les sacaron semillas para una nueva siembra.

Estoy desnudo. No soy compañía de nadie. Ni siquiera parezco ser útil como posada de los pájaros. Muy pocos frecuentan mis ramas vacías.

He vuelto a realizar las funciones básicas de todo ser vivo: respirar –cuanto me permiten las raíces y la corteza- y nutrirme. Nada más. Son cosas que siempre hago, pero en las que no pienso demasiado. Hoy, que solo puedo hacer eso, tengo más tiempo para pensar…

Primero, en la importancia de una salud básica: hay tantos otros que ya no pueden ni respirar ni nutrirse, o que lo hacen con mucha más dificultad que yo en este momento.

Segundo, en cada una de las otras cosas que forman parte de mi vida, y en el trabajo diario de hacer, hacer y hacer, no me detengo. ¿Soy consciente de lo que me va pasando? ¿Percibo lo que va fluyendo por mis ramas? ¿Quiero hacer lo que hago? Hay cosas a las que no puedo renunciar, ya que son parte de mi naturaleza, parte de mi especie… Pero, ¿y todo lo accesorio que depende de una opción mía? ¿Lo quiero en mis días? ¿Le estoy dando el valor que cada cosa se merece?

De pronto se me cruzan un montón de pensamientos y me angustio un poco. Está buena esta época, en que, como tengo menos cosas para hacer, la savia va más lenta por dentro. Temprano oscurece y el silencio es mayor. Menos personas rondan cerca. Y no puedo dejar de pensar en que le vine dando más importancia a que cuelguen de mis ramas una hamaca paraguaya y se animen a hacer una casita encima mío, a, por ejemplo, tener el agua suficiente para cuando las flores dan paso a los frutos… Y como estas, varias imágenes van y vienen…

En esta maraña, agradezco a la naturaleza de la cual formo parte que sea tan sabia y permita estos tiempos de quietud. A muchos no les gusta. Claro, en primavera y en verano todos somos estrellas. Incluso yo brillo en esos días. Pero no puedo tener ni una primavera florida ni un verano lleno de frutos, si antes no paso por este despojo tan silente pero tan necesario.




Lautaro Nicolás Valli

jueves, 30 de marzo de 2023

Elogio de la generosidad

 


A Ramiro le interpela mi sensibilidad. Me lo dijo ya varias veces. Pero no sensibilidad de llegar fácil al borde de las lágrimas, sino de poder sentir y ver muy agudo, y así valorar sucesos que quizás otros pasan por alto o en los cuales no se detienen demasiado. Surgió el tema luego de que yo haya dicho que me conmovía la generosidad de Isabel, quien nos recibió en su casa por segunda vez para realizar nuestra convivencia de Centu Federal 1. Como posiblemente algún lector no sepa de qué se trata el grupo del que hablo, a él –o ellos- el siguiente excursus.

El Grupo Centurión, al que cariñosamente llamamos “Centu”, surgió hace unos 4 años, con la misión de brindar un espacio seguro a aquellas personas que, por distintos motivos, no podían vivir abiertamente su orientación sexual o identidad de género. Uno de los pilares primitivos fue el de ser puente. Puente entre la “diversidad sexual” y la Iglesia Católica, pero también entre la sexualidad y la espiritualidad como dimensiones que a muchos les costaba reconciliar en sus vidas. Oriundo de Buenos Aires, el grupo expandió sus fronteras gracias a la virtualidad forzada del 2020. Entonces muchos empezamos a sumarnos en sus variadas ofertas. Algunos nos enamoramos tanto que fuimos invitados a formar grupos de vida, pequeñas sub-comunidades dentro de la gran comunidad, para frecuentarnos más y así acompañarnos mejor. A fines de ese año marcado por la Pandemia nació el Centu Federal 1, con integrantes de múltiples puntos cardinales: Salta, Mendoza, San Juan, Tucumán, Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos –viviendo en Francia- y Santa Fe, cuna de quien subscribe. El que empezó siendo un grupo centrado en el vínculo sexualidad-espiritualidad, terminó convirtiéndose en una comunidad en que compartimos la vida toda. De a poco fuimos superando las barreras interprovinciales y conociéndonos en persona. Algunos tomaron distancia, otros volvieron. En diciembre de 2021 tuvimos nuestra primera convivencia y, luego de un año largo de seguir andando juntos, con los avatares propios de la vida, volvimos a encontrarnos el fin de semana largo de marzo.

Sábato decía que las personas buscamos lo que nos falta. Así explicaba su pasión adolescente por las matemáticas, ya que le aportaban el orden y la prolijidad de las que tanto carecía en esa etapa de su vida. Coincido ampliamente con el autor de La Resistencia, e intuyo que admiro la generosidad y la reverencio cuando la veo en alguien porque, precisamente, es algo que me falta. No en vano me pongo a escribir sobre esto luego de los días compartidos con mi grupo de Centu, ya que hubo y hay gestos que me conmueven.

En primer lugar, vuelvo a hacer mención de la generosidad de Isabel y su familia. Saber que somos personas queridas por Hugo, nuestro cura amigo, les basta para, sin conocernos y con los ojos cerrados, abrirnos las puertas de su casa por segunda vez. La primera fue para nuestra convivencia anterior, en 2021. La casa está en un lugar privilegiado –el casco de la estancia que fue de Julio Argentino Roca- de las sierras cordobesas, y al gesto de confiarnos un techo donde reunirnos, se le suma el de esperarnos con una bandeja de comida caliente para almorzar. ¿Cómo no conmoverme?

Por otro lado, y pasando a los miembros del grupo, debo mencionar el caso de Miguel, que es excepcional. No se va a alegrar de que ventile esto, pero, en la convivencia anterior no nos dejó que paguemos nada de lo que consumimos, lo que causó el enojo y reto de Cristian -con razón-. Esta vez, de pura alegría por que podamos compartir el primer taller de Centu Córdoba, nos regaló la estadía en pleno centro cordobés. Pero la generosidad en Miguel no se manifiesta solo en lo monetario, sino en el tiempo que nos dedica: es confidente de la mayoría, sabe respetar y cuidar. Cualquiera podría esgrimir el argumento de que porque Isabel y Miguel tienen un buen pasar económico –por decirlo de una manera elegante- no les cuesta compartirnos de sus bienes. Yo me animo a decir que eso es falso, ya que las personas pueden tener mucho, pero no soltar, sino acumular y preferir que se les pudra a que otros puedan disfrutar junto a ellos. Así que este es otro caso que me conmueve profundamente.

Siguiendo con los ejemplos de tiempo brindado, puedo continuar con Hugo. Con un apostolado bastante cargado, nos eligió y elige cotidianamente. Hizo de su acompañamiento a nuestros grupos una opción en esta etapa de su vida. Su paciencia es enorme, y siempre está cuando lo buscamos. No se escandaliza por nada, y eso que entre nosotros tiene bastantes motivos.

Otro que nos dedicó y dedica tiempo con generosidad es quien hemos coronado nuevamente con el título de referente: Roberto. Debo admitir que hubo, en un primer tiempo, una especie de envidia en mí, al ver cómo él tomaba con tanta alegría y disponibilidad el trabajo de coordinar nuestro grupo federal, luego de que decidí dejar de realizarlo yo, al considerar que no podía hacerlo como correspondía.

Y podría seguir, uno por uno con el resto, enumerando las pequeñas y grandes generosidades de cada uno. Porque nadie es tan generoso que no pueda guardarse algo, ni tan tacaño que no pueda hacer su donación. Ni siquiera yo, que me considero bastante avaro en general.

Gracias a Centu, de quien tanto he recibido y recibo. Gracias a Isabel y su familia. Gracias a Hugo. Gracias a Migue, a Cristian, a Eze, a Mili, a Fran, a Robert, a Fer, a Santi, al Alfred, a Rami y a Ivana –que nos acompaña desde el Cielo e ilumina-. Gracias a Marilú y a los que pasaron un poco más fugazmente entre nosotros. Gracias a todos los generosos con quienes comparto la vida. A los de ayer y a los de hoy, a los conscientes y a los inconscientes. Gracias.

Y culmino dejando en claro mi conciencia de que no todo es perfecto en este grupo al que hoy destaco. No… No todo es color de rosas. Pero quiero resaltar esta virtud, porque estoy cansado de que solo sean virales las miserias de los hombres, y nadie cuente las historias de los que cada día dan en abundancia sin esperar nada a cambio.




Lautaro Nicolás Valli


jueves, 9 de febrero de 2023

Admiro al Gandhi

 



A Ana María

 

“-Admiro al Gandhi (…) Creo que el Gandhi deberían dárselo en el colegio a los chicos. Esa especie de viejo flaquito con una chiva que la ordeñaba de cuando en cuando para no morirse de hambre, ¡cambió el rumbo de un imperio! Les dijo: ¡Fuera de la India!”

China Zorrilla[1]

 

El pasado lunes 30 de enero se cumplieron 75 años del asesinato –martirio, ¿por qué no?- de Mahatma Gandhi. Saberlo confirmó una moción que venía teniendo, por eso no pude no ponerme a escribir.

 

Estábamos cursando 4to año de la escuela secundaria en mi amada Lucía Aráoz, la agrotécnica de Gallardo, y teníamos la materia Economía. Además de lo específicamente concerniente a la asignatura, la profesora nos repetía una y otra vez: “no se puede pasar por la secundaria sin saber quién es Gandhi”. Así que dedicó más de una clase a que viéramos juntos la película de su vida, ya que el film es tan largo como viejo. Supongo que para aquel grupo de adolescentes que éramos supuso un fastidio. Pero estábamos acostumbrados a las estadías en la sala de video con esta profesora, principalmente para aprender sobre contaminación ambiental, cambio climático y empresas multinacionales. Recuerdo que una vez nos llevó torta para compartir. Con todo, sé que mi vida no siguió igual después de conocer a Gandhi, por lo que estaré eternamente agradecido con mi profesora.

Ahora, ¿qué me pone a escribir? ¿Solo evocar un recuerdo? No… El inicio de estas líneas son el agradecimiento debido, pero hay algo más que me motiva. Este “viejo flaquito” es muy inspirador para mí y, si bien lo tengo siempre presente, más aún cuando me dicen que vamos de mal en peor, y que nada se puede hacer para cambiar, que mi “granito de arena” no influye en nada. Pues aquí dejo unos datos curiosos que pueden ayudar a entender de dónde bebo para nutrir mi punto de vista.

Mohandas Karamchand Gandhi nació en 1869 en Porbandar, cuando todavía la India estaba bajo el dominio británico. Estudió abogacía en Inglaterra y luego regresó a su país. Viajó a Sudáfrica, donde trabajó como asesor legal. Allí vivió en carne propia la discriminación que sufrían todos los que no pertenecieran a “los blancos”, entre ellos los indios. Cuando concluyó con su trabajo, regresó a la India y, progresivamente, fue empapándose de todo lo relacionado con la explotación histórica que sufría su país por parte del Imperio, y proyectando sus ideales a fin de colaborar en la resistencia. Fue líder del movimiento emancipatorio, con varias premisas rectoras, de las cuales me gustaría destacar dos: la desobediencia civil y la no-violencia.

Gandhi había leído al estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862), de quien tomó la noción de “desobediencia civil”. Según esta idea, el ciudadano debería desobedecer al gobierno si este es injusto. Por ser consecuente con ella, Thoreau se opuso a pagar impuestos como protesta a la guerra de su país contra México y por el hecho de que en su tierra se siguiera aprobando la esclavitud. Tales acciones le granjearon una estadía en la cárcel, donde escribió su obra “Desobediencia civil”, capital en la vida de Gandhi. Pero a esa desobediencia el “Mahatma” –título que significa “alma grande” y le había sido otorgado por el escritor indio Rabindranath Tagore- la ponía en práctica por medio de la no-violencia. Thoureau era pacifista, pero justificaba excepcionalmente la violencia. Gandhi no. Precisamente este es uno de los factores que postuló y postula al Mahatma como siempre nuevo y distinto, en un mundo donde pareciera que la fuerza bruta sigue reinando como instrumento de dominación.

El Gandhi sabía que Inglaterra no solo dominaba política, sino también económicamente a la India. Tenían el monopolio de la industria textil: Gandhi movilizó a su pueblo y masivamente renunciaron a las telas británicas, arrojándolas al mar. Se retomó la rueca y la fabricación del hilo propio. Se llama boicot, y también lo sufrieron los supermercados, ya que los seguidores del Mahatma empezaron a generar sus propios alimentos, cultivando la huerta y ordeñando el ganado. Sus reclamos fueron respaldados muchas veces por grandes movilizaciones y huelgas de hambre y sus diversas campañas colaboraron con la emancipación definitiva de la India, que ocurrió en 1947, el año anterior a su muerte.

Lo enumerado, que es solo un acercamiento a grandes rasgos de la vida de Gandhi, me hace pensar en la fuerza del testimonio: cuánto bien podemos generar, cuán positivamente podemos influir sobre los demás. Pero también lo diametralmente opuesto. Debo admitir que en muchas ocasiones sueño y vuelo anhelando interpelar a tantos como el Gandhi. Evidentemente mi resistencia no es a un poder como el que significaba Inglaterra para la India. Mis imperios son otros. En una época fueron las multinacionales, hoy sigue siendo la cuestión ambiental, con subcuestiones como la importancia de la separación de residuos, el reciclaje, la disminución de la contaminación y el no comer carne de vaca -porque parece que gracias a la ganadería se están terminando de talar los últimos pulmones verdes-. También tengo otras obsesiones que me desvelan y ensanchan el alma sabiendo que llevándolas adelante, de alguna manera, me pueden hacer bien a mí y al resto.

Es cierto, Gandhi hubo uno solo. Pero también hubo un solo San Martín, un solo Mandela, un solo Luther King, un solo Jesús… Andá a decirles a esos que lo que ellos podían hacer personalmente no tenía ni peso ni sentido, que las responsabilidades más importantes para que la situación cambiara era de otros. En simultáneo, comparto con JLMD que la redención del mundo se hace empezando por el propio corazón y, si se puede, por dos o tres corazones vecinos, que ser hombre es una gran paciencia; mejorar el mundo, una larga tozudez; la esperanza, no una bandera que se enarbola, sino una planta que se cuida. ¿Será que, como en todo lo importante de la vida, habrá que encontrar un equilibrio sin caer totalmente en la mediocridad?



Lautaro Nicolás Valli


(foto: Arte en lana cruda)



[1] Entrevistada por Fabiana Press: https://www.youtube.com/watch?v=JhTueZ-df-I&t=299s (0:50).

domingo, 1 de enero de 2023

Convalidar a mi verdugo



 

Por Miguel Sánchez Maluf

Córdoba, Argentina


  Terminando este Diciembre, y a pedido de un querido amigo santafesino, voy a bajar a la letra escrita lo que sentí y siento referido al Evento que va a poner este año en los anaqueles de la historia de nuestra/s generación/es: el Mundial de Fútbol en Qatar.

  Antes de ese desarrollo, se vuelve necesario contar algunas cosas: a pesar de que no soy un espectador habitual de partidos de fútbol y de los ritos que lo rodean, vi todos los mundiales desde 1990 (probablemente, también el de 1986, pero mis recuerdos son difusos). Seguí partidos de la Selección en Eliminatorias, Copa América, Juegos Olímpicos, Juegos Panamericanos, Mundiales Sub-20, etc. De nuevo: no soy un fanático, pero disfruto de verlos.

  Hecha esta aclaración, llega la hora de confesar algo odioso: no vi el Mundial de Qatar, ni un minuto de partido, ni un minuto de entrevistas, ni un minuto de festejos, ni un minuto de comentarios. Nada. Tampoco “consumí” el Mundial de Qatar: ni las promociones, ni las publicidades, ni los cantitos, ni los filtros de las redes sociales.

  Qatar no fue un Mundial para mí: como hombre homosexual este evento representa una amenaza expresa y palmaria, así que desde tiempo atrás (incluso antes de este año) lo tenía decidido: no participo de eventos homofóbicos ni siquiera como espectador o consumidor.

  Qatar no sólo nos rechaza a los homosexuales: somos perseguidos con sanciones que llegan hasta la pena de muerte por ser quienes somos.

  También rechaza todas las formas de libertad de la mujer, todas las expresiones físicas de afecto, etc. Y la violación a estas restricciones, es perseguida con penas gravosas.

   Así las cosas: el Mundial en Qatar no solo fue una fiesta a la que no estuve invitado, sino que fue una fiesta en donde yo tenía la entrada prohibida.

  Un amigo cuestionó mi decisión: “¿Qué culpa tiene la FIFA?” y mi respuesta fue que la FIFA tiene culpa, responsabilidad y es cómplice y hasta autora de los hechos. Un evento como este JAMÁS debería celebrarse en un lugar que nos persigue con penas de muerte a quienes tenemos una sexualidad diversa, que persigue con penas físicas a las mujeres que eligen vivir en libertad, etc.

  No debería ser difícil de entender: somos parte del mundo, y esto era un mundial.

  Para Qatar lo importante era exhibirse, para la FIFA lo importante era el negocio. Ambas cosas tienen valor en dinero, entonces yo elegí descartar ambos: no ver y no consumir. Es mi pequeño granito de arena frente a la exclusión. Así el centavo que vale mi participación como espectador o consumidor no fue a parar a quienes me persiguen por ser yo mismo. Es casi una respuesta de mi instinto primario de supervivencia.

  Para peor: el Mundial de Qatar fue convalidante de estas aberraciones. Los países que, como Qatar, mantienen este tipo de normas vieron en este evento un cheque en blanco para seguir persiguiendo, encarcelando y matando personas, porque saben que Occidente igual va a premiarlos.

  Personalmente, me llevó mucho tiempo, mucha energía, muchos momentos oscuros, y muchas lágrimas llegar a ser un hombre homosexual que vive su vida en plenitud, sin tener que esconderme nunca, en ningún lugar, frente a nadie. Esto hace que mi decisión sea obvia: no soy espectador ni consumidor de eventos homofóbicos.

  Al principio creí que mi forma de pensar/sentir era solitaria, después encontré en twitter y en algunos pensadores y comunicadores con las mismas inquietudes. Después de la final, empecé a compartir con amigos y amigas (de la comunidad LGBT) que me confesaron también cierta incomodidad con el contraste de vivir una fiesta en un lugar que nos condena.

  Desde hace varios años que siento que cuando una persona, una institución, o un lugar nos rechaza, es cuando tenemos que mostrar más orgullo, más colores, más brillo, más afecto, más amor. Donde hay rechazo, nosotros tenemos que llenar el espacio de orgullo.

 

  Para mi Qatar siempre va a tener este sabor amargo, sin importar adónde fue a parar la Copa: el Mundial de Qatar es el evento que permitirá a muchas naciones seguir matando homosexuales como yo por el solo hecho de serlo.

 

  Ojalá este Mundial nos ponga a pensar, a quienes queremos una vida en libertad de amar (lo más esencial de la humanidad) y aprendamos a ponderar cuándo un evento de cualquier tipo, de cualquier dimensión, representa una amenaza para nosotros.

  Ojalá que, si un negocio como FIFA vuelve a darnos la espalda, nosotros actuemos colectivamente en consecuencia.

  La Copa sería, así, por lo menos un aprendizaje.