Pasó en estos días, que me cansé de andar en bicicleta, proponiéndome por algún tiempo no usar ninguna. Intuyo que se debe a que el domingo pasado se me pinchó una rueda en la otra punta de la ciudad, y tuve que volver en colectivo tarde por la noche. Unos días después, a la que me prestó mi mamá se le desarmó el eje de los pedales, también dejándome a mitad de camino entre una de las escuelas en las que estoy trabajando y el Puente Colgante. Un buen amigo me socorrió esta última vez, que fue el jueves, prestándome su bicicleta, y albergando la mía. Al fin, la mañana de hoy, sábado, me dediqué a recolectar mis vehículos averiados y desparramados por la ciudad, para llevarlos a alguna bicicletería, luego de haber devuelto la de mi amigo. Entonces, se me ocurre que es posible que las reiteradas veces en que se rompen las bicicletas que uso, más el calor insoportable de estos días, más las extensas distancias que me toca atravesar, se hayan fusionado, logrando mi cansancio.
Mientras caminaba en mi travesía matinal de hoy, pensaba si no pasa algo parecido con las relaciones. ¿En qué vínculo no existen el cansancio, las lesiones, los enojos, las "dejadas a pata"? ¿Y por eso los vamos a descartar? Es que, ¿escaparemos ante la primera pinchadura de una amistad, con el primer o segundo afloje del eje de un noviazgo, o el corte de frenos de un proyecto? ¿Pueden los puntos flojos opacar a los fuertes? Y en esta disyuntiva, de tomar o dejar, de abandonar lo averiado, o volver a apostar por la reparación y una nueva etapa, evoco a Schweitzer, que sobre la madurez escribe: "Para poder navegar mejor entre los peligros de la vida (el hombre) se ha visto obligado a aligerar su embarcación. Y ha arrojado por la borda una cantidad de bienes que no le parecían indispensables. Pero que eran justamente sus provisiones y sus reservas de agua. Ahora navega, sin duda, con mayor agilidad y menos peso, pero se muere de hambre y de sed."
No quiero morir de hambre y de sed... No quiero tirar por la borda de mi vida todo aquello que se rompe un poco. Tengo la ilusión de que se puede emparchar y seguir intentando. Creo en las segundas -¿y por qué no, terceras y cuartas?- oportunidades. Adhiero a la idea de que no podremos escapar al sufrimiento, si queremos vivir humanamente, que hay batallas en las que podemos elegir quedarnos, y otras abandonar. En esta línea, pienso que hay amigos, amores y proyectos por los cuales vale la pena esperar y sangrar, sufrir un poco -o lo que demande-, porque son los que hacen que nuestras vidas se conviertan en un oficio honroso, y son levadura en nuestra masa.
En definitiva: podemos descartar lo que queramos de nuestras barcas, pero eso depende de cómo anhelamos vivir. Yo deseo rostros, nombres e historias para mi corazón, tardes eternas de mates, atardeceres en silencio en la Costanera, lecturas motivadoras y muchas risas, abrazos y manos cálidas... Intuirá el lector, que cuando digo esto pienso en personas y proyectos concretos. Y quiero que sepa el lector, que en mi relación con todos ellos existieron y existen los altibajos, las rispideces y las distancias. ¡Pero es tanto lo que me brindan! Como la Madre Mercedes -mi bicicleta roja-, que si bien cada dos por tres me deja a pata, no se cansa de beneficiarme ampliamente, ejercitándome, no contaminando, siendo barata, llevándome por donde quiero, y atravesando airosa los embotellamientos de la hora pico, en calle San Jerónimo y Juan de Garay.
Lautaro Nicolás




