Todos
conocemos, directa o indirectamente, a Ana Frank. Muchos hemos leído su Diario
en la escuela secundaria. Incluso hay, quizás, varios afortunados que tuvieron
la dicha de visitar su casa en Ámsterdam. La traigo a colación porque en estos
días leí unos pequeños fragmentos de su Diario, y me hicieron mucho bien.
Me llamó la
atención, por sobre otras cosas, cuán significativo fue el pequeño pedazo de
cielo que pudo contemplar en sus días de escondite, escapando de la persecución
Nazi. Escribió en su Diario: “Contemplar
el cielo, las nubes, la luna y las estrellas me tranquiliza y me devuelve la
esperanza, y esto no es, ciertamente, imaginación. La naturaleza me hace
humilde y me prepara para soportar con valor todos los golpes”, y también “Mientras esto exista y yo pueda ser
sensible a ello no puedo estar triste”. Qué maestra de la esperanza.
Claro que me
interpela porque siempre necesito un mínimo contacto con la naturaleza, ya sea
un patio verde, una plaza o una maceta donde sembrar. Pero también me hace
recapitular, y pensar en todas esas pequeñas ventanas de mi vida que me
permiten experimentar lo mismo que Ana con el cielo azul sobre los tejados de
Ámsterdam. Hablo de todos esos pequeños momentos en la vida cotidiana que me
permiten respirar, cargarme de energía, estirar el alma, renovar la esperanza:
una visita a mis abuelos al retorno del médico, unos mates con un amigo en la
hora libre del instituto, un desayuno imprevisto con mi hermana al cruzarnos un
lunes por la mañana… Pequeños momentos que me renuevan, de los cuales están
llenos nuestros días, si –como bien dijo Ana- somos sensibles a ello.
Porque, esa es
la clave, estar atentos. Sé que en todas las vidas existen esos pequeños trozos
de cielo azul. Y también las ventanas por las que podemos verlos. En todas las
vidas y en todas las casas, incluso en la nueva en que estoy viviendo. Aquí la
luz natural y el contacto con el exterior escasean, ya que las aberturas son
pocas. Pero fueron necesarios unos pocos días para encontrar el lugar desde el
cual poder contemplar, al menos, un pedazo de cielo. Es la pieza en la que
estoy escribiendo estas líneas. Ahora, cada vez que me siento a trabajar,
estudiar, escribir o videollamar, miro desde mi ventana y me acuerdo de Ana y
del “pequeño ventanuco de su buhardilla”. Y respiro aliviado.
Lautaro Nicolás Valli

Hermoso mi Lau....
ResponderEliminarTodo es perfecto...menos lo que te genera el encuentro conmigo..se nota que no me podés ni ver
Mentira...TE AMO...
ResponderEliminarMUY LINDO LO QUE ESCRIBIS ..LLEGAN AL "ALMA"😘❤️
Que hermoso Lau. Vos sabés que yo también busco siempre la conección con la naturaleza. Y miro al cielo y busco en el a mis seres queridos que ya no están físicamente y diálogo con ellos. La creación de Dios es maravillosa. Tkm
ResponderEliminarArriba, abajo o al costado. Chicas o grandes, tampoco importa la forma, las ventanas de la vida que nos conectan con la esperanza siempre están, solo se trata de encontrarlas y dejarnos inundar de su luz sea día o sea noche.
ResponderEliminarImpecable como siempre Lauti. Amo la naturaleza y me sensibiliza muchísimo la historia de Ana.
Hasta la próxima amigo.
Me encanta el mensaje, muy profundo, muchas gracias!
ResponderEliminar- Andrea