viernes, 21 de febrero de 2025

Seremos puente



   Hurgando en mis archivos, preparando otros textos, encontré estas líneas que escribí en junio del 2021 y nunca publiqué. Creo, incluso, que tampoco se las había mostrado a nadie. Brotaron cuando se estaba por cumplir el primer año de haber conocido la Comunidad Centu, a la cual amo y sin la cual no entiendo mis últimos (casi) cinco años.

  Hoy decido compartir este testimonio porque me parece bastante ordenado y fiel. Además, me sirve para valorar cada paso dado. Así, me animo a parafrasear la cita de JLMD que elegí para encabezar esas líneas y expreso: ¡Qué hermoso haber elegido la labor de construir puentes! De animarme a hacerlo con mi vida, a dejarme acompañar, y hoy estar prolongándolo en mi ciudad de Santa Fe, tan necesario es...


...


Es un título (el de constructores de puentes) que me entusiasma porque no hay tarea más hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en el que tanto abundan los constructores de barreras. En un mundo de zanjas, ¿qué mejor que entregarse a la tarea de superarlas?


Razones para la alegría

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO


    Aún recuerdo el momento en que entré a aquel primitivo encuentro de Zoom, el sábado 27 de junio de 2020. Éramos muchos, pasando los 60. La mayoría varones, las menos mujeres, abundaban los jóvenes, y había algunos más grandes. Pero no quiero avanzar en estas líneas sin expresar la sensación inicial: por un lado, desconcierto, por otro lado, alivio inmenso - como nunca -, ya que a nadie debía contarle explícitamente que yo era homosexual, se suponía… Fue la primera vez en mi vida en que experimenté esto. Y si bien la orientación sexual no es la totalidad de nuestra persona, es parte importante, y cuando eso está reprimido, y por lo tanto, no se habla ni se vive con fluidez, hace mucho daño, nos quita autenticidad y poco a poco nos va atrofiando, como con cualquier dimensión de nuestras vidas que no podamos, por algún motivo, vivir sueltamente. Para entonces yo no hablaba tanto de mi orientación, un poco por prejuicios, otro poco por miedo quizás. Era solo un grupo reducido el que lo sabía.

    Conocí El Centurión - al que coloquialmente llamamos Centu - porque mi amigo Alfredo me lo compartió… Digamos que él fue mi primer Centurión, el primer hacedor de un puente que ayudaría en este camino de liberación. Lo que junto a mi amigo nos sorprendía y llamaba la atención era la intención que este grupo tenía de recibir y acompañar a las personas que pertenecen a la diversidad sexual - gays, lesbianas, bisexuales, trans… - y quieren vivir su fe, pero esto es un recurrente conflicto. Y nosotros, que somos herederos de una enseñanza sexual bastante represora, fuimos unos de los primeros en anotarnos. Desde ese junio no nos hemos apartado de Centu. Ahora dejo de hablar en segunda persona del plural, y paso a la primera del singular.

    En Centu no se da cátedra, se intenta disponer todo para que podamos encontrarnos, con el resto y con nosotros mismos, o mejor, en los otros, con nosotros mismos. Algunos tienen mucha claridad con respecto a su orientación sexual, otros no tanto. Algunos lo manifiestan públicamente, otros no… Pero tenemos en común que en este espacio, encontramos con quiénes compartirnos, y esto nos ayuda enormemente. Nadie le va a solucionar la vida a nadie, pero podemos ser buenos compañeros de camino. Porque es en el camino en que vamos, de a poco, creciendo en claridad, sobre la realidad de la que formamos parte… 

    Mis primeras conversaciones con amigos que conocían, aparentemente, el “ambiente homosexual”, eran desoladoras, porque me decían que no iba a encontrar a otros que, como a mí, les interesara la vivencia de la espiritualidad, y menos, ¡que compartan la misma fe! Y si bien Centu no es un grupo de Iglesia, tiene por objetivo ser ese puente que la une con aquellos que por cuestiones de orientación sexual, supuestamente se encuentran lejos. Entonces conocí a muchas personas con caminos parecidos al mío, y volvió a aparecer el alivio: no estaba tan solo.

    Ha pasado un año, y cada encuentro - a veces mensual, a veces quincenal -  es un nuevo oasis, por lo que me genera personalmente, y por cómo son tantos los que siguen acercándose y les hace tanto bien. Entonces, para culminar, expreso los dos objetivos iniciales que me hicieron redactar estas líneas: 

    Primero, para agradecer: GRACIAS a los pioneros que dieron inicio a Centu, a los que han venido trabajando y lo siguen haciendo. Crecemos en humanidad juntos. Gracias!

    Y segundo: Siento profundamente que este espacio es un regalo del cielo, y debemos aventurarnos siendo parte. ¿Conocés a alguien que se encuentre como yo hace un año? ¿Quizás vos que me estás leyendo? Acercate, que, delicadamente, intentaremos caminar juntos, sin imposiciones, haciendo lo posible para recibirte del mejor modo, no desde púlpitos, sino desde el mismo llano por el que vas vos.

    Y si bien Centu es más que ayudar a los que sienten tensión entre la dimensión espiritual de sus vidas y la orientación sexual, esto es por lo que yo me arrimé, fui cautivado, y me quedé, para sumarme a la vocación grande que tiene este grupo: la de ser Puente. Puente entre instituciones, entre grupos, entre personas, y – lo más importante - entre las partes tan agrietadas de nuestras propias vidas, que parecen irreconciliables. 

    Me animo a decir que, cuando damos el primer paso, los fantasmas van perdiendo fuerza, y experimentamos que, de a poquito, podemos vivir reconciliados.




Lautaro Nicolás Valli


domingo, 29 de diciembre de 2024

No había lugar para ellos

 


El título de este texto me viene rondando desde hace casi un mes. La noche del sábado 30 de noviembre tuvimos el primer taller de la Comunidad Centu en Santa Fe, en la parroquia San Roque. Fue un evento muy importante, tanto para nosotros como comunidad como para mí en particular. Uno de mis compañeros, Joaquín, contó por qué quienes originaron nuestro grupo decidieron darle ese nombre. Hay un vínculo estrecho con el Centurión del Evangelio que intercede por la salud de su “servidor”. No es mi deseo explayarme en eso ahora, pero lo traigo a colación porque Joaquín se valió de la pregunta “¿Por qué Centu?” para dar esa explicación. Cuando él terminó, yo aproveché que estaba proyectada esa frase en la pared del salón en que estábamos reunidos e intenté expresar la que, a mi sentir, es la razón de nuestra existencia como comunidad, por qué creo que es necesaria una comunidad como la nuestra. Posiblemente algún lector no conozca nada de Centu, por lo que intentaré, de manera sintética, contar cómo surgió y cómo nos encuentra el 2024 en Santa Fe.

La Comunidad Centu (originariamente Grupo El Centurión) nació a finales de 2018 en San Isidro, Buenos Aires, por inquietud de un grupo de jóvenes que, cansados de la frivolidad que encontraban en ciertas aplicaciones de citas, buscaban vínculos de otro tipo, con quienes se pudiera compartir más que meros encuentros casuales. La dimensión espiritual era importante en sus vidas, por lo que ese fue uno de los aglutinantes, quizás el más importante. Se encontraron con que también había otros que pertenecían a la diversidad sexual y además eran católicos, anhelando vivir a pleno su fe. En simultáneo fueron descubriendo que eran muchos los que, por diversos factores, experimentaban tensión entre esas dos dimensiones de sus propias vidas. Así, se convirtieron en un primer grupo incipiente, que de a poco fue creciendo con el deseo de promover un espacio seguro para todos aquellos que no hallaban en sus lugares de origen el sitio donde poder vivir de manera integrada estas dos dimensiones de sus vidas, la orientación sexual o identidad de género y la espiritualidad.

Centu llegó a mi vida en 2020 por medio de Alfred, un amigo muy querido, entrerriano viviendo en Francia en esa época. Me contó que hacía un tiempo había empezado a seguir en Twitter a un chico llamado Santiago Mugica, que se presentaba como el “Trolo católico” y hablaba abiertamente de su orientación sexual diversa y de su pertenencia a la Iglesia con total naturalidad. Este chico formaba parte de Centu y lo invitó a Alfred a sumarse a las actividades. Como estábamos en plena reclusión por Covid, todo fue virtual ese año. Así, el 27 de junio del 2020 participamos con mi amigo del primer taller virtual de Centu. Fue en esta época que el grupo empezó a crecer y federalizarse. Entonces, la diversidad ya no era sexual, sino que también geográfica, y, por lo tanto, de tonadas. Entrar a ese primer taller fue muy especial, muy fuerte. Sentí algo que nunca había experimentado hasta el momento, la sensación de “acá no tengo que dar explicaciones”. A muchos de los que nos sumamos esa tarde de sábado, creo que una de las cosas que más nos interpeló fue ver a Hugo, sacerdote de San Isidro, compartir la actividad con mucha naturalidad y decir unas palabras al terminar. Luego de este evento, esperé con ansias cada nuevo taller virtual mensual. El número de participantes siguió creciendo y, éramos tantos los nuevos que a un conjunto reducido se nos propuso formar parte de un “grupo de vida”, el primero federal. El objetivo era poder encontrarnos más asiduamente, sin tener que esperar un mes al taller virtual. Además, al no ser más de 15 personas, la compartida era más fluida y se hacía más fácil estrechar los vínculos y crecer en familiaridad. Éramos de Córdoba, Entre Ríos, Tucumán, San Juan, Salta, Santa Cruz, Mendoza, Buenos Aires y Santa Fe. Con el tiempo algunos dejaron el grupo y otros nuevos se incorporaron. Entre los que se sumaron estaba Ivana, la tercera santafesina, después de Ramiro y de mí.

Antes de remarcar la razón que nos moviliza a prolongar Centu aquí, en Santa Fe, haré una breve mención a cómo fue echando raíces de a poco en el Litoral. Como mencioné antes, éramos tres santafesinos en el primer grupo de vida federal. Nos tocó empezar a estrecharnos como grupo en una época especial, en medio de la pandemia por Covid-19, saliendo gradualmente del aislamiento pleno. Algunas actividades se retomaron, otras no. Cuando empezamos a acostumbrarnos a la “nueva normalidad”, con un poco más de libertades, hubo nuevos picos del virus, por lo que el 2021 se vio marcado por los avances y retrocesos de muchas actividades. Ese año pudimos encontrarnos por primera y única vez con Ivana y Ramiro. Ella venía de un período muy difícil de enfermedad, recuperándose de a poco. Conoció Centu y, en diálogo con Marilú, religiosa bonaerense perteneciente a la congregación Misioneras Diocesanas, que formaba parte de nuestro grupo de vida, decidió también integrarse al grupo. Creo que no me equivoco al afirmar que compartir con nosotros le hizo mucho bien. Además, participaba de Centurionas, grupo de Centu exclusivo para mujeres. Y, quizás, lo que mayor paz le alcanzó fue el vínculo con Marilú, en quien encontró una Iglesia distinta a la que estaba acostumbrada. Ivana, de profunda fe, había sufrido mucho el no poder expresar con total libertad su orientación sexual. Y parte de su conflicto era a causa de la tensión que existía entre esa dimensión de su vida y su espiritualidad. A fines de 2021, cuando con el grupo de vida federal tuvimos nuestra primera convivencia en Ascochinga, ella había desmejorado en su salud y no pudo asistir. En agosto la habían operado de nuevo y, lamentablemente, no se pudo recuperar luego de eso. Falleció, finalmente, el 21 de enero de 2022.

Tuvo que llegar un mendocino, Joaquín, para que decidiéramos poner en marcha Centu en Santa Fe. Comenzamos con una “tarde de mates” en noviembre del 2023. Este año, en abril, los chicos de Paraná realizaron su primer taller abierto, por lo que allá fuimos varios de Santa Fe. El resto del 2024, hasta llegar a noviembre, seguimos reuniéndonos en formato tarde de mates en el Centro de Espiritualidad Santa María, al sur de la ciudad. De a poquito se fueron sumando nuevas personas, las suficientes como para conformar un grupo de vida. Como algunos de sus miembros son de Rafaela y de Paraná, nuestros encuentros han alternado entre la presencialidad y la virtualidad, para que la distancia no sea un impedimento. Así, llegamos a noviembre, y con noviembre el taller.

Vuelvo, ahora sí, a lo mencionado al principio del texto. Luego de que Joaquín terminara de explicar qué era Centu y de dónde nos viene el nombre, yo tomé la pregunta y la respondí desde Ivana. Desde ella, desde su historia, desde su sufrimiento. Y quiero hacer hincapié en esto, ya que es la causa última de nuestra existencia como comunidad: poder brindar un espacio para todas aquellas personas que por distintos motivos han experimentado tensión entre su orientación sexual o identidad de género y su espiritualidad. Muchos lo hemos padecido y muchos otros lo siguen padeciendo. Ivana es parte de nuestra historia y se convierte en símbolo, en bandera. Porque es tan descabellado como indignante saber que, finalizando el año 2024, siga habiendo personas que tienen que reprimirse por el qué dirán o porque los van a discriminar, tanto sus familias como sus instituciones. Y acá entran no solo la Iglesia, sino muchos otros ámbitos como el trabajo, el club, los amigos, etc. Así, saber que existen otras Ivanas en Santa Fe que están sufriendo en soledad, hace que nos pongamos en marcha y sentemos las bases para construir el puente que Centu quiere ser.

Cuando, en el taller, expresé todo esto oralmente, me pareció que la frase “no había lugar para ellos” graficaba bien la experiencia de las semanas anteriores a ese día, ya que nos costó bastante encontrar un lugar donde se nos permitiera realizar este evento. Nos vi como José y María casi por dar a luz, buscando lugar donde hospedarse en Belén. Pero no había lugar para ellos en el albergue. Ahora, repasando lo rumiado y escrito, prefiero jugar la carta para explicar la misión de nuestra comunidad desde el Evangelio. Es que, en definitiva, Centu quiere ser ese espacio disponible para recibir a todos aquellos que no encuentran un lugar donde decir soy LGBTQ+ y creo en Dios, y no quiero seguir reprimiéndome.




Lautaro Nicolás Valli

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Sobre el pozo escondido en el desierto

 



-Lo que embellece al desierto –dijo el principito-

es que esconde un pozo en cualquier parte.

 

El Principito

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

 

De noche iremos, de noche,

que para encontrar la fuente

solo la sed nos alumbra,

solo la sed nos alumbra.

[…]

Qué bien se yo la fonte que mana y corre,

aunque es de noche…

 

De noche iremos

TAIZÉ[1]

 

 

Cuando falleció Luis María Tomatis, hace ya casi un año, el amigo que me avisó me dijo algo muy lindo, que siempre me da vueltas por el corazón: “Me sentía más tranquilo sabiendo que andaba por ahí… En algún lugar de Santa Fe. Le hacía bien a mucha gente”. Creo que yo podría haber dicho lo mismo. Por Luis María y por tantos otros.

Cuántas personas a las que amamos pero por cuestiones de estado de vida o de agenda no vemos nunca. Pero saber que están en algún lugar, a la distancia de un mensaje o un colectivo, nos da alegría. Alegría y esperanza.

Me pasa cuando después de bastante tiempo me encuentro con familiares o con amigos de otras provincias y caigo en la cuenta de que el reencuentro era más fácil de lo que yo creía. Pero estas líneas no buscan el lamento, sino reconocer la alegría de nuestros corazones cada vez que recordamos el amor.

Y no solo con personas, sino que también nos puede suceder con lugares. Precisamente este pensamiento brota mientras estoy de retiro en Manucho, en Las Mercedes, casa salesiana. Es un lugar sagrado para mí, ya que durante cinco años vinimos de retiro con el seminario. Fueron verdaderos kairós, tiempos de gracia en que pude estrecharme con Aquel que me llamó a discernir si mi vocación era a la vida consagrada. Cada vez que recordé este lugar durante los años posteriores a mi salida del seminario, el corazón se encendió. Y vuelve a encenderse en estos días acá, días de desconexión con el afuera para reconectarme conmigo y con el que me creó.

Si tengo aprecio por este sitio, con sus mil especies de aves, que colorean la vista y acompañan las rumias (especialmente las cotorras) y su enorme arboleda heterogénea, mayor es mi sentimiento por Los Algarrobos, la Casa que el Seminario tiene en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba. Allí pasábamos un mes entero en el verano, lo que hizo que se vuelva un constituyente esencial de mi ADN. Volví dos veces desde que salí del Seminario. Cada retorno es un remanso, y cada recuerdo un respingo del corazón.

Otra casa que viene echando raíces en mi corazón es la que congrega a mi grupo de vida de Centu, en Ascochinga, Córdoba. Gracias a la generosidad de Isabel, su dueña, venimos reuniéndonos una o dos veces al año ahí desde el 2021. Los miembros del grupo somos de distintas provincias: Buenos Aires, San Juan, Mendoza, Tucumán, Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe. Y si bien durante el año tenemos encuentros virtuales un par de veces al mes, y con algunos podemos ir viéndonos individualmente, recién ahí, en lo de Isabel, nos reencontramos grupalmente para seguir estrechando nuestros vínculos. Justo en estos días tenemos nuestra cita anual allí.

Hablé de personas y de lugares. Pero no quiero dejar de hablar de Aquel a quien considero el gran Autor. Desde hace un tiempo se me viene haciendo el huidizo, como el amado del Cantar de los Cantares. Por eso la cita que evoca a Juan de la Cruz del comienzo, porque lo único claro y esclarecedor del momento actual es la sed. La sed me mueve, desde dentro y hacia adelante, buscando, buscándolo.

Así, y en línea con el Principito, puedo concluir expresando que, en parte, lo que hace tan bello el desierto de mi vida es saber que en algún lado existen esos pozos de agua, esas personas, esos lugares y ese Dios esperándome. Ojalá pueda, como el aviador extraviado del relato, seguir caminando y encontrar el pozo al amanecer.





Lautaro Nicolás Valli

[1] Canto en que están integrados fragmentos de los poemas "De cómo el hombre que se pierde llega siempre a Belén", de José Luis Rosales y “La fonte” de San Juan de la Cruz. Cf: https://padreeduardosanzdemiguel.blogspot.com/2021/10/de-noche-iremos-canto-de-taize.html


miércoles, 9 de octubre de 2024

Una tonelada de risas

 



Realmente el día que nos morimos nuestra humanidad se mide por lo útiles que hemos sido para los demás, y no hay más historias. Si tenemos muchos títulos, mucha inteligencia y muchos millones acumulados en el banco, a la hora de la muerte no somos nada. Si hemos querido a la gente, si hemos sido útiles, si vuestros hijos han sido felices a causa de vosotros, las mujeres han ayudado a los maridos y los maridos a las mujeres, si hemos sido útiles a los demás, si la gente que nos rodea nos quiere, si queremos a la gente que nos rodea, el día que nos muramos habremos sido unas estupendas personas, habremos sido grandes hombres.


JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO

 

 

Voy a ser sincero. Me resulta muy complejo iniciar este texto. Empiezo, escribo unos renglones y borro. No sé cómo mencionar con delicadeza lo que necesito expresar. Lo voy a decir sin vueltas.

El viernes 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, falleció Graciela Campoamor. Gracielita para aquellos que la quisimos y fuimos queridos por ella. La noticia me dejó helado, ya que no sabía que desde hacía un tiempo venía travesando un proceso delicado de enfermedad.

Compartí con ella muchos momentos significativos, especialmente en mis años de adolescencia en el ámbito eclesial entrerriano, formando parte de la Familia de Emaús. Ella, entre otros, fue una de las tantas que me adoptaron y recibieron en sus familias como a un hijo más.

Cuando supe de su fallecimiento, luego de salir del desconcierto inicial, decidí viajar a Paraná para estar en su velorio. Por mi cariño a ella, claro, y por querer abrazar a Diego, su marido, y a la Dali y al Leo, sus hijos. Así que el sábado por la mañana me levanté temprano, preparé mi mate y partí para allá, donde estuve durante toda la mañana.

Ahora, ¿cuál es el motor de este texto? Creo que Graciela, con su dulzura y su risa siempre presente y contagiosa, la “reina” de su familia, la maestra amada, encarnó ampliamente lo que José Luis menciona en el fragmento con el que encabezo esta página. Las personas no somos más y mejores personas por cuánto poseamos material o académicamente hablando, sino por cuánto nos entreguemos en favor de los demás. Y Graciela fue eso. Eso recuerdo personalmente y escucho de tantos que compartieron más aún con ella. Podríamos decir, siguiendo al autor citado, que Graciela, que fue útil, hizo feliz a su familia, quiso y fue querida, fue una estupenda persona, una gran mujer.

Sumo a todo esto una imagen que se me ocurrió en estos días, desde que supe de su fallecimiento. Como no sabemos muy bien cómo es el instante posterior inmediato a nuestra muerte, y en el hipotético caso de que pesen en una balanza nuestras acciones para hacer, precisamente, un balance de nuestra vida, estoy seguro de que en el caso de Graciela empezaron pesando las risas propias y las contagiadas. Y la balanza se rompió de sobrepeso. Y ella, claramente, se tentó y empezó a los gritos a reírse, haciendo que también los espectadores terminen riéndose. Así fue y será eternamente.




Lautaro Nicolás Valli

martes, 24 de septiembre de 2024

Elogio de lo extraordinario

 




Iban a ser balcones. Balcones floridos. Porque quería hablar de lo extraordinario, de eso que nos saca del aburrimiento, la costumbre y el hábito.

Muchas veces escribí acerca de lo contrario, de lo ordinario. Sobre todo para hacer hincapié en la importancia de que cada uno de nosotros haga bien lo que le toca hacer según su estado de vida.

Pero, últimamente, he estado dándole vueltas a lo extra-ordinario, a eso que irrumpe en nuestra rutina para recordarnos que estamos vivos, para desacartonarnos.

Y, como suelen cautivarme las casas que tienen flores en los balcones -en parte porque me recuerdan al Principito y su modo de mirar-, iban a ser balcones, balcones floridos.

Pero, cuando puse manos en la masa, me topé con las hortensias del último verano. No sabía entonces, cuando las fotografié, que me iban a servir y tanto.

Porque, para esta ocasión, las hortensias vienen a ser lo mismo que los balcones floridos, ya que generan lo mismo en mis días cuando estos osan tornarse grises.




Lautaro Nicolás Valli


martes, 6 de agosto de 2024

Inconclusa y balbuceada

 



Quiero escribir tanto

y no escribo nada.

 

Quiero decir tanto

y no digo nada.

 

Quiero, finalmente,

que todo eso que quiero escribir

y quiero decir,

brote limpio o casi limpio

en mis actos cotidianos.

 

Ojalá pueda ser mi vida,

aunque inconclusa y balbuceada,

esa palabra

casi nunca escrita,

casi nunca dicha.




Lautaro Nicolás Valli


martes, 25 de junio de 2024

En el umbral del infierno

 



Hace algunas semanas, junto a dos amigos con quienes estamos impulsando Centu en Santa Fe, fuimos convocados por Victoria Stéfano para contar de qué se trata nuestra comunidad y también para promocionar el encuentro que íbamos a tener unos días después.

Victoria es periodista en Periódicas, medio santafesino de corte feminista. Hace dos años había entrevistado a Gastón Onetto, quien en su adolescencia había realizado algo llamado “terapia reparativa”, la cual sostiene que la homosexualidad puede ser revertida, reparada. Gastón, bastante avanzada esa “terapia”, tuvo la lucidez de alejarse de la misma, percatándose de todo el daño que venía significando para su vida, ya que para lograr el fin que se propone, esta terapia no solo te exige la represión, sino que te termina aislando de todos los vínculos que pueden llegar a estimular en vos aquello que se desea reparar.

Cuando Victoria escribió la nota sobre el caso de Gastón, investigó bastante y pudo recabar otros testimonios y evidenciar parte de la red vincular que promovía la práctica de esta terapia reparativa en Santa Fe. Un dato no menor es que una característica casi permanente es la relación estrecha de este tipo de prácticas con agrupaciones y personas pertenecientes a la Iglesia Católica. Tanto atrapó todo esto a Victoria que, al descubrir la existencia de Centu, comunidad que busca ser apoyo y contención para aquellos que experimentan tensión entre su espiritualidad y su sexualidad, no tardó en contactarse para ahondar en nuestro trabajo.

Para la entrevista nos reunimos en un café los cuatro. Fue un momento súper intenso, ya que los temas conversados fueron en gran medida muy sensibles. Me refiero principalmente a lo relacionado con las terapias reparativas. Luego de que Victoria nos contara lo que la movió a contactarnos, nos hizo dos preguntas: ¿Cómo conocieron/llegaron a Centu? Y ¿qué valor tiene la fe en sus vidas? Me encantó escuchar a mis dos amigos, quienes, cada uno a su estilo, respondieron a las preguntas de la entrevistadora. Cuando llegó mi turno no fue nada fácil, ya que una de las capacidades menos desarrolladas que tengo es la de sintetizar. Y menos con un tema tan hondo. Además de narrar cómo llegué a Centu en junio del 2020, me detuve en lo que creí que sintonizaba entre mi historia y gran parte de lo que Victoria nos había compartido.

Así, conté cómo lo que ella nos narró sobre la historia de Gastón había despertado ciertos recuerdos en mí, ya que, también en mi adolescencia, alrededor de los 15 años, había recibido consejos que estaban en línea con la mencionada terapia reparativa. Como venían de parte de personas que en ese momento de mi vida eran autoridad, tomé sus recomendaciones e intenté incorporarlas. Según lo que me habían dicho, me gustaban los hombres, entre otros factores, porque estaba en una etapa de confusión. Pero si yo alimentaba una conducta “masculina”, a los 20 o 21 años “reafirmaría mi sexualidad”, y esos gustos, deseos e impulsos iban a desaparecer. Esto conllevó un cambio en mí y en más de un vínculo, siendo doloroso en algunos casos. No obstante, en los años inmediatamente posteriores, si bien nunca dejaron de atraerme los hombres, este intento de cambio no significó un conflicto ya que anduve concentrado en otras cosas.

El problema llegó cuando, pasados algunos años, yo estaba en el Seminario y esto no cambiaba. Ingresé a la casa de formación sacerdotal en el año 2015, permaneciendo hasta mediados de 2019 en que tomé distancia considerando que no estaba llamado al sacerdocio. Al par de años de mi ingreso llegó la época en que, según la fórmula cuasi mágica que me habían dado en la adolescencia, debía reafirmar mi masculinidad, gustándome las mujeres y dejando de sentir atracción por los hombres. Pero no pasó. Y seguir reprimiendo todo lo que sentía, pensaba, soñaba –como si se pudieran reprimir los sueños- me hizo mucho daño. Tanto, que decidí darle un tratamiento especial. Yo había hablado de mi orientación con quienes me acompañaban en el proceso formativo del Seminario, y ellos siempre fueron muy respetuosos con mi camino. Supieron acompañarme muy bien. Parte de ese acompañamiento fue que cuando yo no aguanté más la angustia que me provocaba seguir reprimiendo todo esto, facilitaron que acceda a terapia, aprovechando que yo tenía que hacer por rutina el psicodiagnóstico.

Con la psicóloga, ante quien me saco el sombrero por su agudeza, tratamos el tema en profundidad, lo cual me ayudó mucho y fue lo que necesitaba para dejar de reprimir esa dimensión de mi vida y empezar el proceso de integración. Mientras yo esperaba que sea categórica y me diga “sos gay” -porque siempre es más fácil que a las riendas las tomen los otros- ella no lo hizo y, en cambio, concluyó: “Lautaro, vos tenés muy claro lo que te gusta, en qué pensás y con qué soñás… Ahora depende de cómo vos querés vivir con eso”. Esa frase, que la recuerdo literal, fue la pieza que le faltaba a mi rompecabezas. Un rompecabezas difícil de armar con tantas idas y vueltas durante tanto tiempo. Con mis 22 años de edad no había reafirmado mi masculinidad –entendiendo por esto que dejen de gustarme los hombres-, ¡y menos mal! Pero sí había crecido en madurez para plantearme qué quería hacer con todo lo que me pasaba y, en definitiva, con todo lo que soy. Y el camino no era, como hasta el momento, la represión. Entendí que mi orientación homosexual era parte de mi vida y no quería pelearme más con eso, demasiada angustia me había granjeado. Quería vivir reconciliado conmigo mismo, y aceptar todo esto era parte de ese proceso.

Comparando mi historia con la de Gastón y tantos otros, en realidad no es nada… O casi nada. Porque en esos años fue realmente duro. Pero cuando escuchaba a Victoria relatar los distintos casos de las personas que hicieron efectivamente esas terapias reparativas, pagando un montón de plata, viajando a otras provincias o incluso a Estados Unidos para realizar campamentos, sentí que con mi experiencia solo llegué al umbral del infierno. Porque podría haberlo pasado peor. Y me compadezco de tantos que han sufrido y sufren por este tipo de prácticas. Por eso son estas líneas, para interpelar conciencias, para que aquellos que lo están padeciendo sepan que no están solos y que hay una oleada de personas que creen que lo que les pasa, que como sienten, que lo que les gusta no es un error. Que sus vidas no son un error.

Por último, me gustaría mencionar que no guardo rencor por quienes en otro momento me aconsejaron para la represión, porque entiendo que, en definitiva, buscaban mi bien, aunque guiados por un criterio con el que en esta etapa de mi vida no coincido. También agradezco a todos aquellos que no buscaron repararme, que respetaron y respetan mi singularidad y me ayudan a ser cada vez más yo-mismo. Ojalá pueda devolverles aunque sea una parte del bien recibido. Ojalá podamos juntos seguir ayudando a otros a avanzar en el camino de la autenticidad.




Lautaro Nicolás Valli