viernes, 31 de mayo de 2024

Multiplicar el bien recibido

 



¿Quién me ha robado el mes de abril?

¿Cómo pudo sucederme a mí?

Pero, ¿quién me ha robado el mes de abril?

Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón.


Quién me ha robado el mes de abril 

JOAQUÍN SABINA


 

Qué haya querido transmitir Sabina con su canción, no lo sé, no lo termino de descifrar. Pero en mi vida esa canción tiene un sitio muy bien definido. Hay personas y lugares a los que me lleva, y con ellos una oleada de recuerdos emocionantes.

Cuando era adolescente, frecuenté mucho la provincia de Entre Ríos, porque, invitado por mi tío sacerdote, había hecho un retiro espiritual llamado Emaús, el cual me ligó a ciudades como Villaguay, San Benito y Paraná. Anduve dos o tres años viajando asiduamente por actividades del Emaús, tales como reuniones semanales, preparaciones de retiros, visitas a amigos y demás. Algunas de las personas con quienes compartí esos años se convirtieron sin lugar a dudas en hermanos del corazón. Uno de ellos, Natalio, estuvo obsesionado con la canción de Sabina. Tanto que me la pegó. Así, cada vez que la escucho vuelvo a ese momento de mi vida y a Natalio. Estos son, como mencioné al principio, recuerdos emocionantes, ya que siento que mi adolescencia en Entre Ríos, con tantas personas tan queridas, fue una época hermosa, en la que recibí mucho amor y alimenté parte de lo que me constituye como persona. Siento que si hoy puedo transmitir algo positivo con mi vida, tiene mucho que ver con lo experimentado en esos años.

Es cierto, no solo el amor recibido me estructuró, ya que en todas las vidas existen instantes de dolor, de sufrimiento. Todos somos víctimas de alguna discriminación o agresión en algún momento. Pero, recorriendo mis pocos años, puedo ver que fui más bien tratado que mal tratado. O al menos no he querido quedarme con lo malo y agriarme. Porque, esa es otra cuestión, lo que hacemos con lo que nos hacen. Es famosa la frase de Sartre, que dice lo importante no es lo que se hace de nosotros, sino lo que hacemos nosotros mismos de lo que se ha hecho de nosotros. Y me parece genial. Creo que grafica lo que dije antes. Si bien, objetivamente, he recibido más bien que mal, intenté que este poco de mal no eche raíces muy profundas en mi corazón.

Así, agradezco a todos los que me han querido tanto. A quienes ya no están, a quienes no veo seguido pero quiero mucho, a aquellos con quienes comparto la cotidianeidad. Ojalá podamos no quedarnos tanto con las experiencias negativas. Ojalá podamos ser conscientes del bien recibido y multiplicarlo.




Lautaro Nicolás Valli

miércoles, 15 de mayo de 2024

La cocina de la Merced

 




Los creyentes vivían unidos y compartían todo cuanto tenían.

Hechos 2, 44.

 

 

El pasado sábado 4 de mayo participé del EPA, Encuentro del Pueblo de Artistas, organizado por la Pastoral Artística de San Juan. Conocí esta Pastoral y este evento por Pablo Grando, dibujante mendocino, que generosamente me invitó a sumarme. Entre el día en que di con esta movida y el día del Encuentro pasaron solo tres semanas. Debo admitir que ni bien supe de qué se trataba, algo dentro mío se encendió. O mejor: se reencendió.

Como le conté a Pablo, nunca entendí mi afición por la escritura en clave evangelizadora. O al menos no como solemos entender tradicionalmente la acción de evangelizar. Pero, rumiándolo un poco, y recordando cuál es la raíz de mi dedicación a la escritura, pude verlo de otro modo. Porque escribo lo que me obsesiona, y lo publico en mi blog y redes sociales porque necesito compartirlo. Y a todo esto lo hago en dos claves, tomadas de dos personas que son muy importantes en mi vida: el padre Severino Silvestri, quien deseaba que sus versos a alguien le encendieran una lucecita, y José Luis Martín Descalzo, quien buscaba que sus libros fueran una hoguera que pueda calentarnos en el frío del mundo y se alegraba de que a sus lectores les “sirvieran”. Así, tomando estas dos claves, escribo sobre lo que me interpela en la cotidianeidad. Y Dios se me cuela entre los renglones, porque es parte fundamental de mi vida. Aunque muy pocas veces es explícito, la mayor parte aletea implícitamente entre y sobre lo escrito. Tomar conciencia de todo esto me hizo dar cuenta de que este EPA era para mí. Así que con la ayuda de mi familia y el estímulo de Gaspar, me inscribí y preparé para viajar a San Juan.

Visitar la ciudad natal de Sarmiento -con paso obligado por la casa que lo vio nacer y crecer- tenía, además, otro condimento, ya que no solo iba a conocer una nueva ciudad y una nueva provincia, sino que también me iba a encontrar con Fran y Robert, amigos con quienes comparto la Comunidad Centu. El viernes, día de mi arribo, estos me llevaron a recorrer la ciudad, lo cual disfruté mucho. Por la mañana, mientras Robert trabajaba, nos encontramos con Fran y Eva, su novia, en la casa del Padre del Aula. Luego me llevaron a conocer la facultad de Filosofía, donde estudia Eva. Por la tarde Fran y Eva se fueron a sus respectivos lugares de cursada y estudio, y el recorrido fue en auto, comandado por Robert, que me llevó cuesta arriba a la zona de los diques. Tanto esto como la ciudad me gustaron mucho desde que puse un pie a primera hora en la terminal. Me recordó bastante a Mendoza, a la cual he ido varias veces.

Cerca de las 20 hs Robert me llevó al Colegio Don Bosco, donde iba a ser el EPA y yo me iba a hospedar las noches del viernes y del sábado. Pero una vez ahí, el padre Martín Nacusi, asesor de la Pastoral Artística, me dijo que había habido un cambio de planes y me iba a hospedar en la parroquia de La Merced, con Pablo, Inés y Mateo, que venían de Mendoza. Así que hacia allá fuimos con Robert. Nos esperaba Luchi, que es quien había gestionado la planta alta de la casa parroquial para que pudiéramos quedarnos. De los cuatro al único que conocía era a Pablo, pero solo virtualmente. Robert se quedó un rato charlando con los que iban a ser mis compañeros de casa durante el fin de semana y luego se fue. Los mendocinos gestionaron lo necesario para preparar la comida de esa noche y el desayuno de la mañana siguiente. Como hacía frío y no pudimos prender ni el aire acondicionado ni el calefactor del comedor grande, nos amuchamos en la cocina, donde las hornallas y el horno empezaron a calentar el ambiente. Desde entonces ese lugar se volvió el centro de la vida de la casa, donde compartimos la cena del sábado, los desayunos del sábado y domingo, y el after EPA del sábado a la noche. Abundaron las harinas en múltiples formas –medialunas, budín, galletitas, pizza y sándwiches- los mates, la Coca Cola y alguna que otra cerveza el sábado a la noche. Un juego de preguntas y respuestas rompió el hielo del viernes entre los que recién nos conocíamos, y estrechó los lazos entre los que se conocían un poco y mucho también.

El sábado empezamos a despertarnos gradualmente y quien se sumaba a la cocina iba desayunando. Vino la Luchi de su casa y cuando estuvimos listos emprendimos el camino hacia el Colegio. La mañana estaba fría y soleada. Todo el día estuvo así. Las veredas por las que anduvimos confirmaron mi primera impresión de que se parecen mucho a las de Mendoza, por sus tonalidades de materiales y árboles, principalmente plátanos y moreras. La actividad central de la mañana en el EPA eran los talleres en que nos habíamos inscripto, así que luego de la apertura en que intervinieron diferentes artistas con música, baile y títeres, cada uno se fue al taller que le correspondía. Yo me había inscripto en uno sobre el canto de los salmos, el cual hizo que volviera instantáneamente a mi tierra con el corazón, a mi parroquia y al seminario. Estar en San Juan y cantar los mismos salmos que en Santa Fe, los del Grupo Pueblo de Dios, fue emocionante. Poder decir que soy del mismo lugar que el padre Catena, quien tradujo, musicalizó y adaptó cantos y salmos en el post concilio y que hoy se cantan en todo el país, fue hermoso. En ese taller participamos unas 10 o 12 personas, más los tres talleristas, de la ciudad sanjuanina de Caucete. Al mediodía, una vez que terminaron los talleres, nos reencontramos con los chicos de Mendoza, con la Luchi y con Robert que se sumó en ese momento recién a la jornada. El almuerzo en el patio externo fue distendido, y nos fuimos moviendo para que el sol no nos queme y la sombra no nos hiele. Otro momento fuerte fue la oración cantada con el padre Cristóbal Fones, jesuita chileno que ejerce su ministerio preponderantemente por medio de la música. Hace algunos años que rezo con sus canciones, y en el último tiempo musicalizó tres canciones de Meana que me gustan mucho: Declaración de domicilio, Árbol sureño y Renacimiento del oleaje. El encuentro con Fones fue en la capilla del Colegio, donde tuvimos la gracia de acomodarnos en segunda fila a la derecha, de nuevo con los chicos: Robert, Inés, Pablo, Luchi y Mateo. Fue un momento de gracia, de volver a pasar por el corazón tantos momentos, personas y experiencias. Momento de volver a afirmar que quiero vivir en el lado lento de la vida, y que prefiero la vulnerabilidad a la dureza de una supuesta perfección. Creo que fuimos varios los que en ese rato moqueamos. Más tarde, en la misma capilla, celebramos la eucaristía. Otro momento de gozo. Por último, y ya de noche, cenamos juntos, el equipo de la Pastoral Artística, los talleristas y “los de afuera”. Fones cenó con nosotros, se mostró sencillo, cercano y muy amable. El Robert se había ido antes de la cena, así que los otros cinco nos volvimos caminando a la Merced, donde compartimos un rato más antes de acostarnos a dormir y que a la Luchi la pasen a buscar.

Si el sábado costó levantarse de la cama por la mañana, el domingo fue el doble. Yo fui el primero. Siempre tengo sueño, y esta vez no fue la excepción, pero no iba a perderme la última mañana en San Juan. Así que me levanté, preparé el mate y me quedé tomándolo en la cocina, muy abrigado. En ese momento empecé a escribir algunas de las cosas que me habían interpelado de la jornada anterior. Después de un rato se levantó Pablo, quien no se quedó mucho, sino que fue a comprar leche para el desayuno. Cuando volvió lo hizo con un colibrí manso en la mano, que había rescatado en una vereda cercana. Después el pájaro se voló. Mientras desayunábamos, pudimos charlar lindo, entre otras cosas, del amigo que tenemos en común: José Luis Martín Descalzo. Más tarde llegó la Luchi y luego los que faltaban levantarse, primero Inés y después Mateo. Sus arribos prolongaron el desayuno, hasta que más tarde llegó Robert con empanadas, que se sumaron a la pizza que había sobrado del viernes, los sándwiches del día anterior y una pizza nueva que preparó Pablo, cocinero oficial. Siendo seis para comer ya no entrábamos en la cocina, así que acondicionamos el comedor y ahí compartimos el almuerzo. Los mendocinos tenían pasaje para las 15:30 y yo para las 16 hs, a Río Cuarto. Así que la sobremesa fue corta y nos pusimos a dejar la casa acomodada. Nos amontonamos en el auto del Robert y fuimos a la terminal. Partieron los mendocinos y después llegó Fran, que se acercó a despedirme. La Luchi se fue, yo compré semitas y me subí al colectivo. Y así me despedí de San Juan, henchido de gozo, con mucho por qué dar gracias y otro tanto para seguir rumiando.

Llegando al fin de estas líneas, repasándolas, veo que escribí más que de costumbre. Habitualmente no suelo superar los límites de la primera página. Pero esta ocasión ameritaba que me detenga un poco más, incluso a riesgo de no poder ser del todo fiel, ya que para serlo debería haber escrito un libro entero. O no, porque en realidad yo solo quería hablar de cuánto me movilizó semejante fin de semana. Y por eso elegí la imagen de la cocina, porque lo que vivimos ahí es lo que creo que tenemos que ser como Iglesia: comunidad de los creyentes que comparten todo cuanto tienen, que se arriman a la fuente del calor para vivir juntos y después salir a prolongar ese fuego del que no son dueños, pero sí portadores. Dar aquello que tanto bien les hizo y sin lo cual sus vidas se vuelven frías y corren riesgo de muerte. A su vez, también caigo en la cuenta de que la cocina de la Merced no solo es figura de lo que como Iglesia estamos llamados a ser, sino también de lo que quiero hacer con mi escritura y con mi vida.

Ojalá otros puedan hacer esta misma experiencia. Ojalá nosotros, los que fuimos alcanzados por el fuego de esa cocina, logremos transmitirlo a tantos que pasan frío en el mundo de hoy.




Lautaro Nicolás Valli



Ilustración: Inés Moyano

Instagram: @inemoyano

 


viernes, 19 de abril de 2024

Quiero vivir lento



Quiero vivir lento.

Para que el apuro no me estreche los días,

y pueda echar mis raíces

en la tierra de lo que realmente vale.

 

Poder tomar mates con mis abuelos

y ver envejecer a mis padres.

Sujetar la mano de la persona amada,

fijar mi mirada en la suya, compartir el silencio...

 

Aceptar la invitación de mi hermana

y de cualquier amigo.

No ser burócrata, estar disponible.

 

Ver cómo nacen por la mañana

y mueren por la tarde las flores.

Presenciar la visita constante

de las abejas a las lavandas.

Tanto les gustan.

 

Sembrar y cuidar con paciencia mi jardín,

cualquiera sea la casa donde viva.

 

Dormir lo necesario,

tomar mates y leer lo que me nutra.

Caminar y andar en bicicleta sin meta.

 

Quiero vivir lento.




Lautaro Nicolás Valli


viernes, 22 de marzo de 2024

Vivir reconciliados

 


Ni siquiera una nueva vida exorciza a los viejos demonios y puede que nunca consiguiera exorcizar a los míos por completo. Pero había tomado la decisión de mudarme al campo por una necesidad poderosa, la necesidad de al menos llegar a un acuerdo con ellos.

 

Anhelo de Raíces

MAY SARTON

 

Cuando estaba en el Seminario circulaba un libro de Amadeo Cencini que llevaba el mismo título que estas líneas. Lo recomendaban los directores espirituales, y era casi de lectura obligatoria. No recuerdo si lo leí entero, pero sí que entré en contacto con él y de esa lectura brotaron algunas anotaciones.

Ahora, después de varios años, me brota la expresión “vivir reconciliados” para nombrar lo que anhelo mientras discierno cómo relacionarme sanamente con mis límites.

Seguro que muchos hemos sido aconsejados sobre distintos aspectos de nuestras vidas. Muchas veces se nos enseñó a ponerle un freno o asfixiar un sentimiento, un impulso, una palabra o un gesto. En el mejor de los casos se nos explicó por qué. Pero tantas otras veces solo se nos dijo que estaba mal, que no correspondía, que “eso no se dice”, “no se hace”, o “no se siente”. Que “no debemos”, o “no podemos”.

¿Qué pasa si solo reprimimos lo que nos hace entrar en conflicto? ¿Todos nuestros “excesos” deben ser arrancados de raíz? Es más, ¿se puede arrancar de raíz todo lo que habita nuestra humanidad?

Hace un tiempo, mientras ya venía rumiando especialmente todo esto, la lectura colectiva de un texto me iluminó. El mismo hablaba de Camilo de Lelis, santo italiano que vivió en el siglo XVI, al cual quiero mucho por coincidir su fiesta con el aniversario de mi bautismo, y porque todo lo que leí sobre él me atrapó y apasionó. Lo que más me interpeló de Camilo siempre, además de su entrega al servicio de los enfermos, fue un rasgo muy particular de su vida. En esa época, en que la medicina era distinta, tuvo que convivir durante la mayor parte de sus días con una llaga incurable en la pierna. Por esa llaga es que descubrió su vocación a servir a los enfermos, ya que por ser uno de ellos terminó en el Hospital Santiago de los Incurables. Así, Camilo es ejemplo de que no es necesario que esté “todo en orden” para tomar una decisión o empezar una misión, que se puede convivir con aquello que nos duele, e incluso eso puede ser lo que, misteriosamente, nos ayude a descubrir nuestra vocación.

Recordar a Camilo me ayudó, ya que durante mucho tiempo alimenté -e incluso alimento- una visión perfeccionista del ser humano, en que no hay lugar para las grietas, para los grises, para lo no resuelto. Cuánta falta nos hace entender que la vida del hombre no es pura claridad y orden, sino que es más probable que se caracterice por ser un manojo de contradicciones. ¡Pero tampoco está ni “bien” ni “mal” que seamos este sutil, intrincado, irracional y absurdo resultado de emociones, sentimientos, delirios, sueños y mitos, como decía Sabato! Somos así. Lo que sí no está bueno es no aceptarlo, y seguir reprimiendo todo aquello que no nos gusta y no podemos cambiar.

Es cierto, podemos cambiar algunos aspectos de nuestras vidas, pero no todos. Y vivir reconciliados con todo aquello que nos constituye es la mejor opción. Lo afirmo desde la experiencia de reprimir mucho durante mucho tiempo. Si no podemos exorcizar del todo a nuestros demonios, al menos hagamos el intento de llegar a un acuerdo con ellos. 




Lautaro Nicolás Valli


Ilustración: Claudio Kucharczuk

 

miércoles, 27 de diciembre de 2023

La obsesión de morir en Domingo




El Domingo 24 de diciembre del 2023 falleció el padre Luis María Tomatis, actual párroco de la querida Cuasi Parroquia María Junto a la Cruz, de Altos del Valle en Santa Fe. Este suceso generó un remolino dentro mío. Quienes me conocen, saben que no miento al decir que ponerme a escribir estas líneas fue más fuerte que yo. No pude no hacerlo. El tema es que ahora que estoy aquí, frente a la hoja en blanco, la cuestión es: ¿por dónde empezar? Dándole vueltas al asunto, llegué a pensar que todo lo que pueda decir del padre Tomatis habla más de mí que de él. Porque la realidad es una sola, pero cuanto podemos percibir de ella puede ser infinito. Estas percepciones son relativas a nuestro corazón, a nuestras pasiones, a nuestra historia y contexto… Por esto es que lo que dejo a continuación no es un estudio científico riguroso, sino algunos de los aspectos que de su persona más me han interpelado en el tiempo que pude conocerlo.

Una de las cosas en las que estuve pensando desde que supe de su muerte, es en algo que Monseñor Arancedo dijo del padre Elvio Alberga cuando este falleció. El obispo expresó: “hoy se da vuelta una página importante de la historia de la Iglesia en Santa Fe”. Coincidí con él entonces, pero creo que esa página se termina de dar vuelta hoy, con la partida del padre Tomatis. Lo digo porque Tomatis era el último miembro de un grupo muy amigo de sacerdotes, los cuales han fallecido todos. Posiblemente la cercanía con ellos se debió a que uno de sus miembros era su propio tío, el padre Celestino Bruna. Lo cierto es que estos curas, mayores a Tomatis todos, lo adoptaron e hicieron participante esencial. Además de los ya mencionados Bruna y Alberga, en el grupo estaban Trucco, Zanello, Aguirre, Vietti, Gasparotto, Blanchoud, Emmert, Espinosa, Carrón, Silvestri, entre otros. La mayor parte de ellos se había formado en el Seminario “Viejo”, antes de su cierre hacia fines de los 60. Tomatis era de la generación bisagra, que estudió mientras la Casa de formación diocesana estuvo cerrada, en los 70. En su caso, fue destinado por Monseñor Zazpe a la vecina Paraná. Al fallecer Tomatis se da vuelta, como dije más arriba, esa página esencial de nuestra historia como diócesis. Una página rica en experiencia, vida entregada y conocimiento de nuestro pasado.

Todo lo dicho en el párrafo anterior pude ir aprendiéndolo por mi cercanía con más de uno de los curas enumerados, principalmente Elvio y Severino. Estos lo amaban a Tomatis, y Tomatis los amaba a ellos. Hacia Elvio había algo de veneración y reverencia, quizás por la edad, quizás por la sabiduría, quizás por su ejemplo extremo de vida. Con Severino era distinto, eran casi un matrimonio. En los últimos años, luego de las cenas dominicales de este grupo de amigos, Tomatis se lo llevaba al “Seve” –como le decía él- a pasar la noche al barrio San Agustín, donde Luis María era párroco. Al día siguiente lo devolvía a Santo Tomé. Muchas veces los vi llegar e irse juntos de distintos eventos. Me acuerdo que la primera vez que los saludé a ambos fue cuando se estaban yendo de la misa exequial de Elvio, en noviembre del 16. Ese día empezó mi amistad con Severino. A Tomatis empecé a conocerlo un poco después. En la cuarentena del 2020 sufrieron mucho el aislamiento, pero hacían videollamada todas las noches para estar más cerca. Cuando en septiembre del 2020 falleció Severino, Tomatis llevó sus cenizas a la Casa del Clero, mientras esperaba el traslado definitivo de los restos del amigo. 

Cuando me empecé a vincular con Tomatis, este vivía en la parroquia San Agustín, en el barrio homónimo del oeste santafesino. Vivía ahí por elección. Cuando empecé a realizar entrevistas para escribir la biografía de Elvio, fui a tomar mates con él para hablar sobre eso. Ahí me contó, además del tema que nos reunía, cómo era vivir en el barrio, las dificultades, pero también las bondades. No era raro que golpeen su puerta a mitad de noche para llevar de urgencia al hospital a algún vecino descompuesto o accidentado. Ese día me llevó en auto de vuelta a mi casa. La segunda vez que lo visité ya no vivía en San Agustín, sino en la Casa del Clero. El motivo de nuestro encuentro fue una nueva entrevista, pero en esa ocasión sobre Los Algarrobos, la Casa que el Seminario de Santa Fe tiene en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba. Entre tantas cosas que hablamos, volvimos a charlar de algo que para mí fue capital: su vínculo con Zazpe. Este había sido muy amigo de la familia Tomatis, y como Luis María cumplía años el 25 de diciembre, el obispo solía visitarlos para esa fecha. Además de esos momentos, Tomatis gozó de acompañar a Zazpe en muchos de sus viajes por la diócesis mientras era seminarista en Paraná y volvía cada tanto a visitar a su familia.

En este último tiempo, Tomatis había sido designado párroco de María Junto a la Cruz, por lo que pude verlo más seguido que antes, dada la cercanía con mi casa paterna. La última vez que lo vi le dije que tenía ganas de ir a verlo para charlar y tomar unos mates. Se alegró y me dijo “dale, me gusta”, levantando su pulgar. Y creo que en ese gesto podría sintetizarse todo él: dulce, amable, simple, siempre disponible, dado hasta el extremo por los demás, en la misma proporción que despreocupado por él mismo y su salud…

Pareciera una obsesión la de él y varios de sus amigos de morir en Domingo. Elvio se fue el primero de Adviento. Luis María el cuarto, en la previa de Nochebuena y Navidad. Fueron antorchas con sus vidas, pero también con sus muertes. Gracias a Dios porque, entre tantos bienes recibidos al compartir con ellos, creo en Él gracias a sus vidas entregadas al extremo.




Lautaro Nicolás Valli


miércoles, 18 de octubre de 2023

Cuidar el corazón

 



…si un baobab no se arranca a tiempo, ya no es posible desembarazarse de él. Invade todo el planeta. Lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y si los baobabs son demasiado numerosos, lo hacen estallar.

“Es cuestión de disciplina –me decía más tarde el Principito-. Cuando uno termina de arreglarse por la mañana, debe hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs en cuanto se los distingue entre los rosales, a los que se parecen mucho cuando son muy jóvenes. Es un trabajo muy aburrido, pero muy fácil”.

 

El Principito

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

 

Cuidamos la ropa, cuidamos la casa, cuidamos el auto, cuidamos el celular y los electrodomésticos… Cuidamos la plata y la multiplicamos para viajar y para poder seguir cuidando todo lo otro. También para que crezcan nuestras arcas -y yo aquí sin entender para qué un hombre puede querer tanto-…

Pero no cuidamos con tanto esmero el corazón: somos envidiosos, violentos, chantas, tramposos, rivalistas, rencorosos… Y no nos molesta, lo sostenemos. ¡Y hasta cuidamos de tener un buen porcentaje en sangre de esos bichos! Entonces, estamos llenos de cosas, pero difícilmente somos felices. Nuestros corazones no hallan paz ni tranquilidad en ningún momento, porque siempre hay un granero más que llenar, un modelo nuevo de celular que poseer, o un kilo más de ropa que acumular… Pero, ¿para qué?

Llegado a este punto, me gusta pensar en cómo el Principito sacaba baobabs de su planeta, porque si los dejaba crecer le tapaban su pequeño mundo. Eso es cuidar el corazón. Estar atentos a que las malas hierbas no copen el lugar. Y si bien es cierto que siempre puede haber un auxilio extraordinario que nos ayude a extirpar baobabs que se han pasado del tamaño tolerable, ¡cuánto mejor es ir trabajando día a día por dejar que no crezcan, e ir sacándolos cuando son apenas brotes!

También es cierto que, para cuidar el corazón, no basta con quitar las malezas. Me animo a decir que lo fundamental es ir sembrando buenezas: lechugas, calabazas, tomates, maíces, orégano, perejil, caléndulas, conejitos, petunias, malvones…




Lautaro Nicolás Valli

martes, 26 de septiembre de 2023

Somos finitos

 


Me siento como frente al mar, en la playa de Buzios, donde estuve con mi familia hace algunos años. Esto podría significar, al menos, dos cosas. Una, que estoy en éxtasis, admirado, deslumbrado, encantado, ya que es la playa más hermosa que conocí. Otra, que me encuentro ante un abismo, con vértigo, haciendo equilibrio para no caer. En esta ocasión mi sentimiento tiene más que ver con lo segundo.

Ante un abismo, sí. Con miedo de caer. Un poco asfixiado por ciertas barreras. ¿Quién no se encuentra con límites, con algún muro que le quita el aire? Una de las grandes ambiciones del hombre pareciera ser conquistar la libertad. O mantenerla, para aquel que cree que con ella nace. Por ejemplo, Rousseau decía que el hombre nace libre, pero “en todos lados está encadenado”. Coincido con la segunda parte de esta afirmación, y considero que muchas de las cadenas que nos asfixian son elegidas, a veces con bastante lucidez, otras con un poco menos. Pero también hay ataduras que nos sobrepasan, con las que nacemos y de las cuales difícilmente podamos liberarnos.

Hablo del tiempo, de cuánto pueda llegar a durar nuestra vida y de cuánto de lo que queremos hacer en una semana o un día realmente podamos. No somos infinitos, no lo podemos todo. Para decirlo por vía positiva: somos finitos. Y eso no está ni bien ni mal -¿por qué esa maldita necesidad de moralizar todo?-. Simplemente es así, es parte de nuestra humanidad. Supongo que debemos aprender a convivir con este aspecto de nuestra existencia, sin caer, dentro de lo posible, en constantes depresiones.

Lo pienso ahora por un montón de motivos, desde no poder visitar día por medio a mis abuelos, hasta frecuentar sin tanta estructura a mis amigos, limpiar la casa, hacer jardinería o leer cuanto libro tenga ganas, sin pensar que en media hora “tengo que” ponerme a hacer otra cosa. La barrera del tiempo…

Otra barrera es la de los cuerpos. A veces me desvela la idea de que nunca podré dar todos los abrazos que quisiera a las personas que amo. Incluso abrazando mucho, permaneciendo en el silencio del bombeo de los corazones, me quedo corto. Sí, también ahí se manifiesta que somos finitos, que nuestra sed no es tan fácil de saciar.

Incluso las palabras son limitadas, ya que, como dijo Cortázar, “las palabras no alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”. Lo experimento cabalmente, tanto cuando me quedo a mitad de camino por miedo al qué dirán si digo todo lo que pienso, y también cuando digo todo lo que quiero decir, y me quedo con el sentimiento de no haberme podido expresar como quisiera. Las palabras no alcanzan…

Me encantaría poder mirarle el lado positivo a todo esto -porque lo tiene- y creer que está buena la insatisfacción ya que puede ser el puntapié inicial para seguir buscando, para no quedarme quieto, para no caer en la mediocridad. Sin embargo, debo admitir que hoy me quedo con la pequeña angustia existencial de reconocerme limitado y no poder con todo lo que anhelo. La otra cara de esta moneda es satisfactoria, ya que me ayuda a reconciliarme conmigo mismo. Como mencioné antes, no está ni bien ni mal que seamos limitados por todos los frentes por los que se nos miren. Lo que sí no está bueno es andar por la vida sin asumir nuestra fragilidad, creyendo que somos omnipotentes y nuestras capacidades infinitas. Podemos un montón y somos capaces de mucho. Pero no de todo. Somos finitos.




Lautaro Nicolás Valli