Ni siquiera una nueva vida exorciza a los viejos demonios y puede que nunca consiguiera exorcizar a los míos por completo. Pero había tomado la decisión de mudarme al campo por una necesidad poderosa, la necesidad de al menos llegar a un acuerdo con ellos.
Anhelo de Raíces
MAY SARTON
Cuando estaba
en el Seminario circulaba un libro de Amadeo Cencini que llevaba el mismo
título que estas líneas. Lo recomendaban los directores espirituales, y era
casi de lectura obligatoria. No recuerdo si lo leí entero, pero sí que entré en
contacto con él y de esa lectura brotaron algunas anotaciones.
Ahora, después
de varios años, me brota la expresión “vivir reconciliados” para nombrar lo que
anhelo mientras discierno cómo relacionarme sanamente con mis límites.
Seguro que
muchos hemos sido aconsejados sobre distintos aspectos de nuestras vidas.
Muchas veces se nos enseñó a ponerle un freno o asfixiar un sentimiento, un
impulso, una palabra o un gesto. En el mejor de los casos se nos explicó por
qué. Pero tantas otras veces solo se nos dijo que estaba mal, que no
correspondía, que “eso no se dice”, “no se hace”, o “no se siente”. Que “no
debemos”, o “no podemos”.
¿Qué pasa si
solo reprimimos lo que nos hace entrar en conflicto? ¿Todos nuestros “excesos”
deben ser arrancados de raíz? Es más, ¿se puede arrancar de raíz todo lo que
habita nuestra humanidad?
Hace un
tiempo, mientras ya venía rumiando especialmente todo esto, la lectura
colectiva de un texto me iluminó. El mismo hablaba de Camilo de Lelis, santo
italiano que vivió en el siglo XVI, al cual quiero mucho por coincidir su
fiesta con el aniversario de mi bautismo, y porque todo lo que leí sobre él me
atrapó y apasionó. Lo que más me interpeló de Camilo siempre, además de su
entrega al servicio de los enfermos, fue un rasgo muy particular de su vida. En
esa época, en que la medicina era distinta, tuvo que convivir durante la mayor
parte de sus días con una llaga incurable en la pierna. Por esa llaga es que
descubrió su vocación a servir a los enfermos, ya que por ser uno de ellos
terminó en el Hospital Santiago de los Incurables. Así, Camilo es ejemplo de
que no es necesario que esté “todo en orden” para tomar una decisión o empezar
una misión, que se puede convivir con aquello que nos duele, e incluso eso
puede ser lo que, misteriosamente, nos ayude a descubrir nuestra vocación.
Recordar a
Camilo me ayudó, ya que durante mucho tiempo alimenté -e incluso alimento- una
visión perfeccionista del ser humano, en que no hay lugar para las grietas,
para los grises, para lo no resuelto. Cuánta falta nos hace entender que la
vida del hombre no es pura claridad y orden, sino que es más probable que se
caracterice por ser un manojo de contradicciones. ¡Pero tampoco está ni “bien”
ni “mal” que seamos este sutil,
intrincado, irracional y absurdo resultado de emociones, sentimientos,
delirios, sueños y mitos, como decía Sabato! Somos así. Lo que sí no está
bueno es no aceptarlo, y seguir reprimiendo todo aquello que no nos gusta y no
podemos cambiar.
Es cierto,
podemos cambiar algunos aspectos de nuestras vidas, pero no todos. Y vivir
reconciliados con todo aquello que nos constituye es la mejor opción. Lo afirmo
desde la experiencia de reprimir mucho durante mucho tiempo. Si no podemos exorcizar
del todo a nuestros demonios, al menos hagamos el intento de llegar a un
acuerdo con ellos.
Lautaro Nicolás Valli
Ilustración: Claudio Kucharczuk

"Cambia lo superficial, también cambia lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo"..... Cambia todo cambia querido amigo lo importante es luchar por cambiar y combatir a esos demonios que nos impiden vivir reconciliados. Excelente artículo como siempre. Muy bien elegido el tema. Abrazo amigo.
ResponderEliminar¡No sabes lo oportuno e iluminador que resulta tu escrito! Ojalá eche raíces, crezca y fructifique. Encomendemoslo a San Camilo
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