jueves, 9 de febrero de 2023

Admiro al Gandhi

 



A Ana María

 

“-Admiro al Gandhi (…) Creo que el Gandhi deberían dárselo en el colegio a los chicos. Esa especie de viejo flaquito con una chiva que la ordeñaba de cuando en cuando para no morirse de hambre, ¡cambió el rumbo de un imperio! Les dijo: ¡Fuera de la India!”

China Zorrilla[1]

 

El pasado lunes 30 de enero se cumplieron 75 años del asesinato –martirio, ¿por qué no?- de Mahatma Gandhi. Saberlo confirmó una moción que venía teniendo, por eso no pude no ponerme a escribir.

 

Estábamos cursando 4to año de la escuela secundaria en mi amada Lucía Aráoz, la agrotécnica de Gallardo, y teníamos la materia Economía. Además de lo específicamente concerniente a la asignatura, la profesora nos repetía una y otra vez: “no se puede pasar por la secundaria sin saber quién es Gandhi”. Así que dedicó más de una clase a que viéramos juntos la película de su vida, ya que el film es tan largo como viejo. Supongo que para aquel grupo de adolescentes que éramos supuso un fastidio. Pero estábamos acostumbrados a las estadías en la sala de video con esta profesora, principalmente para aprender sobre contaminación ambiental, cambio climático y empresas multinacionales. Recuerdo que una vez nos llevó torta para compartir. Con todo, sé que mi vida no siguió igual después de conocer a Gandhi, por lo que estaré eternamente agradecido con mi profesora.

Ahora, ¿qué me pone a escribir? ¿Solo evocar un recuerdo? No… El inicio de estas líneas son el agradecimiento debido, pero hay algo más que me motiva. Este “viejo flaquito” es muy inspirador para mí y, si bien lo tengo siempre presente, más aún cuando me dicen que vamos de mal en peor, y que nada se puede hacer para cambiar, que mi “granito de arena” no influye en nada. Pues aquí dejo unos datos curiosos que pueden ayudar a entender de dónde bebo para nutrir mi punto de vista.

Mohandas Karamchand Gandhi nació en 1869 en Porbandar, cuando todavía la India estaba bajo el dominio británico. Estudió abogacía en Inglaterra y luego regresó a su país. Viajó a Sudáfrica, donde trabajó como asesor legal. Allí vivió en carne propia la discriminación que sufrían todos los que no pertenecieran a “los blancos”, entre ellos los indios. Cuando concluyó con su trabajo, regresó a la India y, progresivamente, fue empapándose de todo lo relacionado con la explotación histórica que sufría su país por parte del Imperio, y proyectando sus ideales a fin de colaborar en la resistencia. Fue líder del movimiento emancipatorio, con varias premisas rectoras, de las cuales me gustaría destacar dos: la desobediencia civil y la no-violencia.

Gandhi había leído al estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862), de quien tomó la noción de “desobediencia civil”. Según esta idea, el ciudadano debería desobedecer al gobierno si este es injusto. Por ser consecuente con ella, Thoreau se opuso a pagar impuestos como protesta a la guerra de su país contra México y por el hecho de que en su tierra se siguiera aprobando la esclavitud. Tales acciones le granjearon una estadía en la cárcel, donde escribió su obra “Desobediencia civil”, capital en la vida de Gandhi. Pero a esa desobediencia el “Mahatma” –título que significa “alma grande” y le había sido otorgado por el escritor indio Rabindranath Tagore- la ponía en práctica por medio de la no-violencia. Thoureau era pacifista, pero justificaba excepcionalmente la violencia. Gandhi no. Precisamente este es uno de los factores que postuló y postula al Mahatma como siempre nuevo y distinto, en un mundo donde pareciera que la fuerza bruta sigue reinando como instrumento de dominación.

El Gandhi sabía que Inglaterra no solo dominaba política, sino también económicamente a la India. Tenían el monopolio de la industria textil: Gandhi movilizó a su pueblo y masivamente renunciaron a las telas británicas, arrojándolas al mar. Se retomó la rueca y la fabricación del hilo propio. Se llama boicot, y también lo sufrieron los supermercados, ya que los seguidores del Mahatma empezaron a generar sus propios alimentos, cultivando la huerta y ordeñando el ganado. Sus reclamos fueron respaldados muchas veces por grandes movilizaciones y huelgas de hambre y sus diversas campañas colaboraron con la emancipación definitiva de la India, que ocurrió en 1947, el año anterior a su muerte.

Lo enumerado, que es solo un acercamiento a grandes rasgos de la vida de Gandhi, me hace pensar en la fuerza del testimonio: cuánto bien podemos generar, cuán positivamente podemos influir sobre los demás. Pero también lo diametralmente opuesto. Debo admitir que en muchas ocasiones sueño y vuelo anhelando interpelar a tantos como el Gandhi. Evidentemente mi resistencia no es a un poder como el que significaba Inglaterra para la India. Mis imperios son otros. En una época fueron las multinacionales, hoy sigue siendo la cuestión ambiental, con subcuestiones como la importancia de la separación de residuos, el reciclaje, la disminución de la contaminación y el no comer carne de vaca -porque parece que gracias a la ganadería se están terminando de talar los últimos pulmones verdes-. También tengo otras obsesiones que me desvelan y ensanchan el alma sabiendo que llevándolas adelante, de alguna manera, me pueden hacer bien a mí y al resto.

Es cierto, Gandhi hubo uno solo. Pero también hubo un solo San Martín, un solo Mandela, un solo Luther King, un solo Jesús… Andá a decirles a esos que lo que ellos podían hacer personalmente no tenía ni peso ni sentido, que las responsabilidades más importantes para que la situación cambiara era de otros. En simultáneo, comparto con JLMD que la redención del mundo se hace empezando por el propio corazón y, si se puede, por dos o tres corazones vecinos, que ser hombre es una gran paciencia; mejorar el mundo, una larga tozudez; la esperanza, no una bandera que se enarbola, sino una planta que se cuida. ¿Será que, como en todo lo importante de la vida, habrá que encontrar un equilibrio sin caer totalmente en la mediocridad?



Lautaro Nicolás Valli


(foto: Arte en lana cruda)



[1] Entrevistada por Fabiana Press: https://www.youtube.com/watch?v=JhTueZ-df-I&t=299s (0:50).

domingo, 1 de enero de 2023

Convalidar a mi verdugo



 

Por Miguel Sánchez Maluf

Córdoba, Argentina


  Terminando este Diciembre, y a pedido de un querido amigo santafesino, voy a bajar a la letra escrita lo que sentí y siento referido al Evento que va a poner este año en los anaqueles de la historia de nuestra/s generación/es: el Mundial de Fútbol en Qatar.

  Antes de ese desarrollo, se vuelve necesario contar algunas cosas: a pesar de que no soy un espectador habitual de partidos de fútbol y de los ritos que lo rodean, vi todos los mundiales desde 1990 (probablemente, también el de 1986, pero mis recuerdos son difusos). Seguí partidos de la Selección en Eliminatorias, Copa América, Juegos Olímpicos, Juegos Panamericanos, Mundiales Sub-20, etc. De nuevo: no soy un fanático, pero disfruto de verlos.

  Hecha esta aclaración, llega la hora de confesar algo odioso: no vi el Mundial de Qatar, ni un minuto de partido, ni un minuto de entrevistas, ni un minuto de festejos, ni un minuto de comentarios. Nada. Tampoco “consumí” el Mundial de Qatar: ni las promociones, ni las publicidades, ni los cantitos, ni los filtros de las redes sociales.

  Qatar no fue un Mundial para mí: como hombre homosexual este evento representa una amenaza expresa y palmaria, así que desde tiempo atrás (incluso antes de este año) lo tenía decidido: no participo de eventos homofóbicos ni siquiera como espectador o consumidor.

  Qatar no sólo nos rechaza a los homosexuales: somos perseguidos con sanciones que llegan hasta la pena de muerte por ser quienes somos.

  También rechaza todas las formas de libertad de la mujer, todas las expresiones físicas de afecto, etc. Y la violación a estas restricciones, es perseguida con penas gravosas.

   Así las cosas: el Mundial en Qatar no solo fue una fiesta a la que no estuve invitado, sino que fue una fiesta en donde yo tenía la entrada prohibida.

  Un amigo cuestionó mi decisión: “¿Qué culpa tiene la FIFA?” y mi respuesta fue que la FIFA tiene culpa, responsabilidad y es cómplice y hasta autora de los hechos. Un evento como este JAMÁS debería celebrarse en un lugar que nos persigue con penas de muerte a quienes tenemos una sexualidad diversa, que persigue con penas físicas a las mujeres que eligen vivir en libertad, etc.

  No debería ser difícil de entender: somos parte del mundo, y esto era un mundial.

  Para Qatar lo importante era exhibirse, para la FIFA lo importante era el negocio. Ambas cosas tienen valor en dinero, entonces yo elegí descartar ambos: no ver y no consumir. Es mi pequeño granito de arena frente a la exclusión. Así el centavo que vale mi participación como espectador o consumidor no fue a parar a quienes me persiguen por ser yo mismo. Es casi una respuesta de mi instinto primario de supervivencia.

  Para peor: el Mundial de Qatar fue convalidante de estas aberraciones. Los países que, como Qatar, mantienen este tipo de normas vieron en este evento un cheque en blanco para seguir persiguiendo, encarcelando y matando personas, porque saben que Occidente igual va a premiarlos.

  Personalmente, me llevó mucho tiempo, mucha energía, muchos momentos oscuros, y muchas lágrimas llegar a ser un hombre homosexual que vive su vida en plenitud, sin tener que esconderme nunca, en ningún lugar, frente a nadie. Esto hace que mi decisión sea obvia: no soy espectador ni consumidor de eventos homofóbicos.

  Al principio creí que mi forma de pensar/sentir era solitaria, después encontré en twitter y en algunos pensadores y comunicadores con las mismas inquietudes. Después de la final, empecé a compartir con amigos y amigas (de la comunidad LGBT) que me confesaron también cierta incomodidad con el contraste de vivir una fiesta en un lugar que nos condena.

  Desde hace varios años que siento que cuando una persona, una institución, o un lugar nos rechaza, es cuando tenemos que mostrar más orgullo, más colores, más brillo, más afecto, más amor. Donde hay rechazo, nosotros tenemos que llenar el espacio de orgullo.

 

  Para mi Qatar siempre va a tener este sabor amargo, sin importar adónde fue a parar la Copa: el Mundial de Qatar es el evento que permitirá a muchas naciones seguir matando homosexuales como yo por el solo hecho de serlo.

 

  Ojalá este Mundial nos ponga a pensar, a quienes queremos una vida en libertad de amar (lo más esencial de la humanidad) y aprendamos a ponderar cuándo un evento de cualquier tipo, de cualquier dimensión, representa una amenaza para nosotros.

  Ojalá que, si un negocio como FIFA vuelve a darnos la espalda, nosotros actuemos colectivamente en consecuencia.

  La Copa sería, así, por lo menos un aprendizaje.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Cuando la vida se empecina




“Al cumplir años, y en este caso 90, es como rezar completas al final del día. Te obliga a un corto pero serio examen de conciencia. Al tener contacto con la vida de aquellos que la vivieron con total entrega, hombres o mujeres, de ayer y de hoy, uno se ve largado a dar gracias y a pedir perdón. Dar gracias es siempre la primera y la última oración: abre y cierra el camino.”[1]

Elvio Alberga

 

Se me vienen estas palabras de Elvio a la cabeza, ahora que el año va declinando. No puedo no hacer un repaso. Además, no puedo no pensar en tantos perdones que pedir y en tantos gracias que decir.

El año pasado hice una publicación parecida. El lector que me acompaña desde entonces pensará que la foto es la misma. O más bien, que es una foto distinta de la misma escena. Pues no… Recuerdo para el olvidadizo, y cuento para el nuevo. Los últimos días del 2021 me encontré con que en una grieta del cemento, junto a la puerta del galpón del patio de mi casa, había crecido una planta de zinnia. Solita, sin que nadie la haya plantado. Me admiró su hermosura, y el mensaje que me gritó fue que no siempre tiene que estar todo acomodado para poder germinar, y que incluso podemos crecer en lugares y condiciones que hubiésemos considerado adversas. Que la vida es poderosa y se nos escapa de las manos. Titulé mi acción de gracias “Crecer donde se nos permita”, y era el deseo para el 2022 que todavía no había llegado.

Ahora, a un año ya de eso, vuelve a sorprenderme un escenario parecido. La zinnia del año pasado murió, como era de esperar de una planta de estación. En su lugar, con el correr de los meses, volvió a germinar una nueva zinnia. Descubrirla sorpresivamente fue hermoso. De alguna manera, el mensaje de hace un año fue profético. Pero su fuerza no residía en mi palabra, sino en la misma dinámica de la naturaleza, Maestra, que nos enseña minuto a minuto del fluir de la vida. Así, me siento llamado intensamente a recorrer mi año y descubrir todos esos pequeños rincones donde pude volver a germinar, o seguir haciendo crecer lo que ya venía andando. No creo estar errado al afirmar que en todas nuestras vidas hay de esos rincones, esas pequeñas zonas luminosas que hacen que este año haya, más que “valido la pena” -¡horror!-, valido el esfuerzo, la donación, el paso a paso…

Siempre es bueno precisar que no dejo de ver lo doloroso. También en un año cargado de vida hay muertes. Pongo un solo ejemplo, que puede servir para el resto de los dolores y las muertes. Este año falleció mi tía Azu, allá por marzo. ¿Acaso su enfermedad de años, agonía y muerte pueden opacar el enorme gozo de sus momentos de lucidez -en que lograba convertirse en el alma de la fiesta-, su amor incondicional para con nosotros, su tesón para ayudar a los más desfavorecidos? Cada cual podrá decidir. Yo elijo quedarme con todo lo bueno, con todo lo que hizo que su vida haya valido, y mucho. Así, doy gracias por la vida de mi tía, que me amó y a quien amé. A quien sigo amando y teniendo presente. Mi tía es el claro ejemplo de que se puede germinar en la grieta, que no hace falta que esté todo acomodado para seguir peleándola, volviendo a intentar infinitas veces…

Repasando mi año, agradezco a Dios y a tantos –como dijo Elvio- hombres y mujeres que viven con total entrega. Conocí a muchas personas nuevas, en algunos nuevos comienzos a los que me animé. Otras ya son históricas en mi vida y con ellas seguimos echando raíces. Las palabras “familia”, “amor”, “amistad”, “trabajo”, “estudio”, “Dios”, “Iglesia”, “escuela” son flechas que me llevan a rostros e historias concretas. Gracias a todos los que –saben- son señalados por ellas, y hacen de levadura en la masa de mi vida.

Por último, me faltó contar que la zinnia de este año redobló en tamaño a la del año pasado. ¿Será una nueva profecía? Yo creo que sí. Reitero mi convicción de que cada año se supera en regalos de la vida. Por todo esto, deseo un 2023 lleno de sembradores que se animan a sembrar, y de corazones que se dejan roturar para que crezca lo sembrado. Un 2023 feliz, una vida feliz, para vos y para mí.

 


Lautaro Nicolás Valli

Santa Fe, Argentina



[1] EQUIPO FRAY MARTÍN DE PORRES. Padre Elvio Alberga, nuestro Brochero en bicicleta. Página 106. Santa Fe. 2020.




viernes, 25 de noviembre de 2022

La costa tiene su encanto

 


"La costa tiene su encanto", oí una vez y me reí.

Porque, claro, para mí la costa eran la arena, el calor y los mosquitos... Pero, ¡qué chica perspectiva! Luego de un tiempo, la costa es tanto más para mis ojos y mi corazón -que vendrían a ser lo mismo-.

La costa es Alto Verde y su paisaje llano y a la vez profundo, sencillo, pesquero, arenoso. Es la vista de la ciudad mediada por el agua, que capta atardeceres como ninguna lente, y sobre ella las canoas con tantas almas buscando su jornal. También en Alto Verde, en algún recodo, se consiguen las mejores tortas fritas del mundo...

Pero la costa es más y, si seguís por la ruta que va a San Javier, primero te topás con La Guardia -¡oh, querida Guardia!-, tan parecida a Alto Verde, con su sencillez, capilla blanca, arena y terraplén para que el agua siga siendo amiga.

Después viene la larga zona de Colastiné Norte, a un costado y otro de la ruta. Amplísimo, menos modesto, quizás, que los anteriores... Pero arena, siempre arena. Y si continuás, la costa es Rincón, Arroyo Leyes, Santa Rosa de Calchines, Cayastá, Helvecia y San Javier, sin contar algunos que no conozco. Allí las únicas torres que existen y dan sombra, música y hospedaje tienen nombres de árboles: pinos, eucaliptus, jacarandaes, timboes, lapachos, aguaribayes, chivatos... Son muchas y centenarias. Imponentes.

La costa es también -¿o principalmente?- Arancio entregado a la noble labor de documentar con su lápiz y papel cada centímetro de tan particular cultura. El nene, el perro, la jaula, el río, la canoa, el pescado, el yuyal... ¿Cómo los conocimos los de lejos si no por el lápiz de Arancio?

Era cierto, y yo que me reí: la costa tiene su encanto... ¡Y qué encanto!



Lautaro Nicolás Valli

Santa Fe, Argentina

sábado, 24 de septiembre de 2022

¡Qué hombre, Nicolás!

 



a Nicolás Grenón

(1930-2022)

 

Si lo hubieras conocido

-yo lo sé-

la palabra “Iglesia”

no te sonaría igual.

Tampoco el sacerdocio,

tampoco la oración

-quédate con nosotros, Señor,

porque es tarde y el día se acaba-.

 

Si lo hubieras conocido

-yo lo sé-

con qué ganas correrías,

el Domingo u otro día,

a la Mesa compartida

donde “participativo”,

“lindo” y “celebrativo”

serían notas habituales.

 

Si lo hubieras conocido

-yo lo sé-

sabrías que hubo un Iriarte,

otro Nicolás y un Zazpe.

Y junto a ellos un Enrique,

un obispo principesco.

Que no somos los primeros

en esta historia de siglos.

 

Que también hubo un Osvaldo,

formador enardecido,

ese tan original

de quien tanto habían bebido.

Elvio, Aldo, y Severino

no serían tan lejanos,

ni el fervor, ni el entusiasmo

si lo hubieras conocido.



Lautaro Nicolás Valli

viernes, 16 de septiembre de 2022

Historia de un Colegio de la Mancha



En un Colegio de la Mancha, de cuyo nombre prefiero no hablar, pasó hace unas semanas esta historia que voy a contar. Resulta que un profesor de filosofía estuvo trabajando junto a sus alumnos la “Alegoría de la Caverna”, del filósofo griego Platón -discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles-. La dinámica de ese día fue no solo narrar lo acontecido en la Caverna, sino también interpretarla con todos ellos. El ejercicio les llevó casi toda la clase.

En síntesis, y para los no muy versados en la materia, en ese relato, lo que grafica Platón es la existencia de dos mundos, uno a plena luz, y otro de sombras. Para él, el verdadero es en el que abunda la luz, la cual, viniendo del sol principalmente, es la fuente primera para generar todo lo que se ve dentro de la Caverna, el lugar donde “lo real”, son sombras y ecos. Muchas personas viven dentro de la Caverna, no pudiendo ver otra cosa que esas sombras -de los objetos que se encuentran afuera- y no pudiendo escuchar más que los ecos de las voces y sonidos -que también vienen de afuera-. De los habitantes de la Caverna, uno se libera de sus cadenas, y logra ver que afuera existe otro mundo, y que lo que sucede adentro, es solo un reflejo, una -¿por qué no?- copia de lo verdaderamente “real”, que está afuera. También se encuentra con el sol, fuente primera de la que vienen la luz y el calor, y por lo tanto la vida. Encendido por haber conocido este mundo a plena luz, vuelve a la Caverna para compartírselo a sus compañeros, quienes no lo comprenden, e incluso lo atacan. El relato es más elaborado, y quiere llevar –como toda metáfora- a una enseñanza más allá de las imágenes. En este caso, tiene que ver con la metafísica platónica, pero no me interesa hablar de eso aquí, sino de lo que le pasó al profesor luego de haber trabajado esto en su clase.

Cuando terminaron de representar la Caverna, uno de sus alumnos se le acercó y preguntó con gesto profundo: “Profesor, ¿no te cansás de pensar tanto?” A lo que el docente, extrañado y divertido respondió: “Sí, claro, por supuesto que sí… Pero es más fuerte que yo.” Un silencio siguió a este cruce de palabras, y el profesor intentó profundizar, para saber por qué le hacía esa pregunta. Su alumno continuó: “Te pregunto porque yo sí me canso… Entonces intento no hacerlo tanto, pero tengo miedo de perder esa capacidad. Todos me dicen que debería ser más ‘realista’, y no darle tantas vueltas a las cosas, no pensar tanto. Pero siempre me sentí llamado a saber cómo está conformado todo lo que existe, y de dónde viene. Yo tengo mis teorías. También anhelo poder hacer mi aporte a la humanidad, colaborar con mejorar un poco el mundo. Pero, no sé… Todos me dicen que debería ser más realista…” El profesor, estupefacto, se había ido encendiendo gradualmente mientras escuchaba la confesión de su alumno, ya que se sentía muy identificado. ¿Qué debía hacer con semejante manifestación? Era la oportunidad de sembrar, de estimularlo, de no dejarlo asfixiar por el aparente sinsentido circundante. Entonces, acometió. “Mirá, no está mal que pienses tanto, todo lo contrario. Eso sí, tenés que buscar un equilibrio, ya que podés ‘pasarte de vuelta’. Pero no dejes de cuestionarte. Sería bueno que encuentres otros con quienes compartir tus intuiciones e ideas. Solo es más difícil, podés cansarte, deprimirte. Aparte, caminando con otros uno se enriquece. Con respecto a lo de perder la capacidad de pensar, no creo que suceda. Tenés que ejercitarla para que no se duerma, pero evidentemente hay algo natural en vos que te predispone. Y no les hagas caso a los que te dicen que pensar mucho y preguntarte el ‘por qué’ de las cosas no es ser realista. Todo lo contrario, sos el más realista de todos, porque te estás haciendo las preguntas fundamentales del corazón humano.” Charlaron un poco más y dieron vueltas sobre lo mismo. El profesor se comprometió en darle alguna lectura que le pueda ayudar en sus planteos, y el alumno agradeció por eso, por la escucha y por el estímulo.

¿Por qué comparto esta hiperverídica y reciente historia? Porque muy probablemente, este docente que siembra inquietud y magnanimidad, y este alumno que se cuestiona y forma para contribuir a un mundo mejor, no sean tapas de revistas. No, no lo son. En cambio, sí son noticia los álbumes del mundial -y las locuras que se hacen por obtener la figurita de Messi-, el juicio y atentado a Cristina, los funerales de la Reina Isabel, o cuántos baleados entraron al Hospital Cullen anoche. Pero, ¿y esto tan grandioso, el hecho de que los jóvenes siguen teniendo ideales, se sigan cuestionando, y sigan queriendo colaborar en un mundo que nos quieren hacer creer que se cae a pedazos? A mí personalmente me llena de esperanza, y no puedo dejar de compartirlo.

¿Qué pasará con el alumno del relato y con su profesor? ¿Podrá aquél permanecer buscador de sentido? ¿Podrá volver a la Caverna, que son sus compañeros, pero que también es el mundo en el que vive, y contagiar a otros? Elijo mi propio final, en el que este alumno -que salió y vio un poco de lo que hay en el exterior, fruto de la luz del sol- retorna junto a sus compañeros y los conmueve de tal modo al relatar lo que experimentó, que estos logran quitarse las cadenas, arrojarlas y salir corriendo rápidamente afuera, donde el cielo es azul, el sol pleno, los pájaros cantan, y las azaleas explotan rosa y blanco, porque se avecina la primavera.

Imagínate, querido lector, si esto se hiciera viral en Tik Tok o en Twitter, ¿qué docente con dos dedos de vocación no pediría el traslado para trabajar con semejantes alumnos en ese Colegio de la Mancha, de cuyo nombre prefiero no hablar?



Lautaro Nicolás Valli

domingo, 7 de agosto de 2022

Una historia parcial (como todas)



¿Cuánto sabe el santafesino de su iglesia particular? ¿Cuánto conocemos de nuestra Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz?

Hace algunos días me enteré del fallecimiento del padre Juan José Botta (1923-2022), quien fue conocido entre nosotros como el legendario párroco de San Carlos, perteneciente a la generación en que los curas eran una especie de “caudillos” en las ciudades y pueblos. Con él se da vuelta una página añeja y gruesa de nuestra historia diocesana, y con ella sucede, definitivamente, el cierre de una etapa. Botta era, en nuestra diócesis, el último de los que se habían formado íntegramente en el que llamamos “Seminario viejo”, emplazado en el barrio de Guadalupe. Mi cercanía con algunos de sus coetáneos me hizo crecer en conocimiento y cariño por nuestra iglesia, y, de algún modo, me mueven a dejar estas líneas. A lo que se le suma aquello que leí una vez de que “la historia de la Arquidiócesis de Santa Fe sigue siendo una asignatura pendiente”. Entonces, esta es una especie de aporte a la causa.

La primera cuestión es: ¿cómo o desde dónde contarla?

 

I

 

Si tuviera que hacerlo como se estudia historia en la escuela primaria, y me tuviese que atener a los períodos delimitados por sus respectivos dirigentes, debo decir que nuestra diócesis fue fundada en el año 1897, y asignada al pastoreo del paisano Monseñor Gelabert y Crespo (1820-1897), que no llegó a asumir, ya que falleció antes de hacerlo.

Así, fue nombrado titular de la novel Iglesia -que comprendía las provincias de Santa Fe, Chaco y Formosa- el porteño Juan Agustín Boneo, de noble estirpe. Boneo (1845-1932) fue el gran estructurador, a quien le debemos el patrocinio de María de Guadalupe y el impulso de su devoción, a la vez que la fundación del Seminario Conciliar y la primera organización parroquial. En 1932 y “santamente”[1] murió el pastor, a quien sucedió otro porteño: Nicolás Fasolino (1887-1969), “hábil y de agallas, como los obispos de entonces”[2].

De los años del segundo Obispo son los distintos “partos” que tuvo Santa Fe como diócesis: en 1934 Rosario se desprendió y erigió como diócesis aparte, logrando Santa Fe ser “elevada” a Arquidiócesis. Posteriormente, lo mismo hicieron Reconquista en 1957 y Rafaela en 1961. Fue Fasolino quien otorgó la potestad al padre Carlos Macagno (1890-1970) de construir la Casa de Campo del Seminario Metropolitano en las sierras cordobesas en 1942 -en Santa Rosa de Calamuchita para ser más precisos-, y luego bautizarla “Los Algarrobos”. El libro “Cantos Rodados” del padre Elvio Alberga (1924-2016) contiene la historia de la tan querida Casa, y se está preparando su reedición por cumplirse 80 años de la fundación. También Fasolino fue nuestro pastor en el Concilio Vaticano II, entre los años 1961 y 1964. Años más tarde, en 1968, el hasta entonces Obispo de Rafaela, Vicente Faustino Zazpe (1920-1984) -otro porteño-, llegó para ser su “coadjutor” con derecho a sucesión.

En 1969, Fasolino, que había sido creado cardenal en el 67, falleció, pasando a ser Zazpe el titular. Este también había estado en el Concilio y, con su potente juventud y ansias de misión, asumió la enorme misión de ser el Arzobispo. Tiempos de cambios y confusión social y eclesial. Quizás Vicente Faustino fue más valorado por los de afuera que por su propia iglesia. Referente nacional, voz de los que no la tenían, se pronunció ante las injusticias reinantes de su época, entre ellas la dramática dictadura militar. No calló, vivió entregado, y los dramas extra e intradiocesanos fueron debilitando su corazón, el cual dijo “basta”, dejando de funcionar en enero de 1984.

Zazpe fue sucedido por su auxiliar, Edgardo Gabriel Storni (1936-2012), quien, santafesino él, oficiaba también como rector del Seminario. La memoria colectiva, lo único que guarda de Storni es su rigidez, su carácter fuerte, su maltrato y el haber sido acusado de abuso sexual a seminaristas. Lo que no saben muchos es que a él le debemos -entre otras cosas- el impulso para que el Seminario luego de su reapertura tome forma, y sepa ser casa de formación de los llamados a consagrarse por el anuncio del Reino en estas tierras. En 2002 Edgardo Gabriel renunció a la Sede Metropolitana, debiendo asumir como Administrador Apostólico el entonces Arzobispo Emérito de Salta, el esperancino Monseñor Moisés Julio Blanchoud (1923-2016), residente del Convento de las Hermanas Carmelitas Descalzas de la ciudad de Santa Fe.

Con una diócesis revuelta se encontró en 2003 Monseñor José María Arancedo, el nuevo bonaerense a quien fuimos confiados, que venía de desempeñarse como Obispo en Mar del Plata. Fiel a su lema “Que todos sean uno”, intentó no ser motivo de división y colaborar en la reconciliación. Sentó bases y realizó algunos cambios, que aunque pueden ser juzgados como pocos, nadie puede negar que fueron potentes. Hombre coherente, siendo el primer Obispo de Santa Fe que no se moría en el cargo ni se iba en medio de escándalos, habiendo cumplido con su misión, y luego de que el Papa aceptara su renuncia en 2018, volvió a su Buenos Aires querida. Primero estuvo en la Casa del Clero, luego en la Basílica San Nicolás de Bari y, finalmente, igual que su admirado Monseñor Marengo -cura santafesino que fuera rector de nuestro Seminario, Obispo Auxiliar de Santa Fe y posteriormente Obispo de Azul-, decidió terminar sus días en el Cottolengo de Claypole, para compartir la vida con sus hermanos sacerdotes, entregado a la oración, la celebración de la misa y la confesión. Él se merece el atributo que tantas veces utilizó para algunos de nuestros curas viejos: “químicamente cura”.

A la posta dejada por Arancedo en 2018 la tomó el rosarino Sergio Alfredo Fenoy, que venía de la Diócesis de San Miguel en Buenos Aires, y es quien conduce actualmente la barca santafesina.

 

II

 

Ciertamente, contar la historia desde los dirigentes no es ni la única ni la mejor manera de hacerlo. En este caso, otro ángulo puede ser el Seminario, que tan de cerca me toca.

Antes de la llegada del primer Obispo, el clero de nuestras tierras se formaba en el Colegio de la Inmaculada Concepción, perteneciente a los Padres Jesuitas. Uno de los ejes pastorales de Boneo, como antes mencioné, fue la fundación del Seminario Conciliar. En la  Villa de Guadalupe, en “medio de la nada” entonces, allá por inicios del siglo XX, erigió el pastor la Casa de formación de sus sacerdotes diocesanos. Fue en 1907 que abrió sus puertas, el primero de marzo para ser más precisos.

Durante años dio abundantes pastores la Casa puesta bajo el cuidado de María en Guadalupe. Con el tiempo, la crisis social generalizada no dejó de repercutir en lo eclesial, que para entonces buscaba renovación y cercanía, por lo que la vida interna del Seminario se vio afectada, debiendo cerrar sus puertas al finalizar la década del 60. La situación del Seminario preocupaba a Fasolino, inquietud que supo trasladar a su sucesor. Años antes, el Seminario Menor se había convertido en “Instituto Juan XXIII”, una especie de Colegio secundario en el que se formaban tanto los postulantes al sacerdocio como quienes solo buscaban una educación de calidad. En 1969 se cerró el Seminario Mayor, y en 1971 el “Juan XXIII”. No sin dolor por semejante decisión, el Arzobispo Zazpe envió durante el tiempo posterior a sus seminaristas a las diócesis de Paraná, Rosario y Córdoba, para que continúen -o inicien otros- su formación.

Fue el mismo Zazpe quien, en 1978, reabrió el Seminario de Santa Fe, ya no en Guadalupe, sino a dos cuadras del Arzobispado, bajo el patrocinio de “Nuestra Señora”, con San Juan de Ávila como modelo y patrono. Ese primer período fue confiado a la conducción del Obispo Auxiliar, Monseñor Storni, que entonces ofició como rector. Iniciando con una casa en la entonces calle Buenos Aires -hoy Monseñor Zazpe-, se tuvieron que comprar algunas propiedades lindantes, logrando abarcar progresivamente gran parte de la manzana, ya que el número creciente de ingresantes así lo exigió. En algún momento los seminaristas llegaron a ser cerca de 50. La cifra fue disminuyendo con el tiempo, pero nunca dejaron de surgir los corazones inquietos por servir a sus hermanos en el sacerdocio ministerial.

 

III

 

Si contar nuestra historia desde el Seminario a alguno puede parecerle poco empática por la escasa o nula cercanía con él, está bien, es entendible. Quizás mejor sea hacerlo desde el sitio donde difícilmente alguien se sienta fuera o lejano: La devoción a la Virgen de Guadalupe. Otra deuda con el primer Obispo, quien conocedor de devociones marianas, al ser porteño y devoto de Luján, supo ver el germen de lo que sería la gran fiesta diocesana. Y si bien las peregrinaciones organizadas comenzaron en esa época, no así la devoción a María de Guadalupe, quien congregaba desde hacía años a cientos de fieles en torno a la estampa que custodiara el ermitaño Javier de la Rosa en su capilla -antiguo oratorio de los Setúbal-. Boneo, que fue un previsor, obtuvo del Papa León XIII el patrocinio de Nuestra Señora de Guadalupe para la recientemente erigida Diócesis de Santa Fe. Eso fue en 1899. En 1900 convocó la primera peregrinación oficial. En 1904 colocó la piedra fundamental, y sobre la antigua capilla construyó la Basílica, llamada a ser casa de todos los santafesinos.

En 1928 la imagen “de bulto” de nuestra Madre de Guadalupe recibió de manos del Nuncio Apostólico la coronación pontificia, especie de reconocimiento oficial que resalta la importancia de su devoción. En 1980, esas joyas, que se encontraban resguardadas por su gran valor, fueron robadas. El delito fue asumido por un grupo católico anti comunista, que exigía la renuncia de Monseñor Zazpe a la Arquidiócesis de Santa Fe. El Arzobispo no renunció, y las joyas nunca aparecieron.

Tanto empeño en la etapa fundacional y en los años sucesivos fue efectivo: pasaron más de 100 años y con ellos generaciones, ideologías, guerras, grietas y epidemias. Con todo, año a año María de Guadalupe nunca dejó de congregar a sus hijos. Los santafesinos nos sabemos y sentimos guadalupanos. Creo que no erro si digo que todos los nacidos aquí y en los alrededores -sin contar a los que vienen de más lejos- hemos pisado, al menos una vez, su Casa, sin importar la clase social, ni la edad, ni la profesión, ni el equipo de fútbol, ni la fe o ausencia de ella.

 

IV

 

Es cierto, quizás el relato de las épocas marcadas por los obispos, o la vida del Seminario, o incluso la devoción a María de Guadalupe pueden seguir dejando fuera o sin interpelar a muchos. Quizás, para algunos, su ser iglesia en Santa Fe se haya caracterizado por la participación en algún Movimiento, por la pertenencia a una parroquia en algún pueblo, por algún servicio en ella, por las actividades de su escuela católica, por alguna misión esporádica, por una vida entregada al estudio o la oración, por el amor cotidiano con que afrontan lo que les toca hacer… Con todo, hay algo que no varía en sus historias y en la mía, y por lo tanto, en la nuestra: todos “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Juan 4,16). Y a esta experiencia la hacemos en una geografía delimitada, la cual sí compartimos.

 


Así, concluyo con la conciencia clara de que lo narrado en los apartados anteriores es, como proclama el título, una historia “parcial”. No es lo único que podemos relatar acerca de la Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz. Sí es lo que a quien deja estas líneas le toca de cerca y le enciende el corazón. A esta “historia parcial” se le pueden -¡y qué bueno que suceda!- sumar la de tantos que han peregrinado y hoy peregrinan en esta iglesia particular, que cumple 125 años de su fundación. Qué linda oportunidad para que también muchos de mis hermanos se animen a sumar las suyas. Y como decía el padre Severino Silvestri (1929-2020), buen amigo que me ayudó a más conocer parar mejor amar al Señor Jesús y a nuestra Madre la Iglesia, si esto que hoy publico “a alguien le enciende una lucecita, alabado sea Dios: ¡paz y bien!”.

 

 

 Lautaro Nicolás Valli

 



[1] ALBERGA, Elvio. Cantos rodados. Pág 7. Santa Fe. 1992.

[2] Ibídem.