domingo, 7 de agosto de 2022

Una historia parcial (como todas)



¿Cuánto sabe el santafesino de su iglesia particular? ¿Cuánto conocemos de nuestra Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz?

Hace algunos días me enteré del fallecimiento del padre Juan José Botta (1923-2022), quien fue conocido entre nosotros como el legendario párroco de San Carlos, perteneciente a la generación en que los curas eran una especie de “caudillos” en las ciudades y pueblos. Con él se da vuelta una página añeja y gruesa de nuestra historia diocesana, y con ella sucede, definitivamente, el cierre de una etapa. Botta era, en nuestra diócesis, el último de los que se habían formado íntegramente en el que llamamos “Seminario viejo”, emplazado en el barrio de Guadalupe. Mi cercanía con algunos de sus coetáneos me hizo crecer en conocimiento y cariño por nuestra iglesia, y, de algún modo, me mueven a dejar estas líneas. A lo que se le suma aquello que leí una vez de que “la historia de la Arquidiócesis de Santa Fe sigue siendo una asignatura pendiente”. Entonces, esta es una especie de aporte a la causa.

La primera cuestión es: ¿cómo o desde dónde contarla?

 

I

 

Si tuviera que hacerlo como se estudia historia en la escuela primaria, y me tuviese que atener a los períodos delimitados por sus respectivos dirigentes, debo decir que nuestra diócesis fue fundada en el año 1897, y asignada al pastoreo del paisano Monseñor Gelabert y Crespo (1820-1897), que no llegó a asumir, ya que falleció antes de hacerlo.

Así, fue nombrado titular de la novel Iglesia -que comprendía las provincias de Santa Fe, Chaco y Formosa- el porteño Juan Agustín Boneo, de noble estirpe. Boneo (1845-1932) fue el gran estructurador, a quien le debemos el patrocinio de María de Guadalupe y el impulso de su devoción, a la vez que la fundación del Seminario Conciliar y la primera organización parroquial. En 1932 y “santamente”[1] murió el pastor, a quien sucedió otro porteño: Nicolás Fasolino (1887-1969), “hábil y de agallas, como los obispos de entonces”[2].

De los años del segundo Obispo son los distintos “partos” que tuvo Santa Fe como diócesis: en 1934 Rosario se desprendió y erigió como diócesis aparte, logrando Santa Fe ser “elevada” a Arquidiócesis. Posteriormente, lo mismo hicieron Reconquista en 1957 y Rafaela en 1961. Fue Fasolino quien otorgó la potestad al padre Carlos Macagno (1890-1970) de construir la Casa de Campo del Seminario Metropolitano en las sierras cordobesas en 1942 -en Santa Rosa de Calamuchita para ser más precisos-, y luego bautizarla “Los Algarrobos”. El libro “Cantos Rodados” del padre Elvio Alberga (1924-2016) contiene la historia de la tan querida Casa, y se está preparando su reedición por cumplirse 80 años de la fundación. También Fasolino fue nuestro pastor en el Concilio Vaticano II, entre los años 1961 y 1964. Años más tarde, en 1968, el hasta entonces Obispo de Rafaela, Vicente Faustino Zazpe (1920-1984) -otro porteño-, llegó para ser su “coadjutor” con derecho a sucesión.

En 1969, Fasolino, que había sido creado cardenal en el 67, falleció, pasando a ser Zazpe el titular. Este también había estado en el Concilio y, con su potente juventud y ansias de misión, asumió la enorme misión de ser el Arzobispo. Tiempos de cambios y confusión social y eclesial. Quizás Vicente Faustino fue más valorado por los de afuera que por su propia iglesia. Referente nacional, voz de los que no la tenían, se pronunció ante las injusticias reinantes de su época, entre ellas la dramática dictadura militar. No calló, vivió entregado, y los dramas extra e intradiocesanos fueron debilitando su corazón, el cual dijo “basta”, dejando de funcionar en enero de 1984.

Zazpe fue sucedido por su auxiliar, Edgardo Gabriel Storni (1936-2012), quien, santafesino él, oficiaba también como rector del Seminario. La memoria colectiva, lo único que guarda de Storni es su rigidez, su carácter fuerte, su maltrato y el haber sido acusado de abuso sexual a seminaristas. Lo que no saben muchos es que a él le debemos -entre otras cosas- el impulso para que el Seminario luego de su reapertura tome forma, y sepa ser casa de formación de los llamados a consagrarse por el anuncio del Reino en estas tierras. En 2002 Edgardo Gabriel renunció a la Sede Metropolitana, debiendo asumir como Administrador Apostólico el entonces Arzobispo Emérito de Salta, el esperancino Monseñor Moisés Julio Blanchoud (1923-2016), residente del Convento de las Hermanas Carmelitas Descalzas de la ciudad de Santa Fe.

Con una diócesis revuelta se encontró en 2003 Monseñor José María Arancedo, el nuevo bonaerense a quien fuimos confiados, que venía de desempeñarse como Obispo en Mar del Plata. Fiel a su lema “Que todos sean uno”, intentó no ser motivo de división y colaborar en la reconciliación. Sentó bases y realizó algunos cambios, que aunque pueden ser juzgados como pocos, nadie puede negar que fueron potentes. Hombre coherente, siendo el primer Obispo de Santa Fe que no se moría en el cargo ni se iba en medio de escándalos, habiendo cumplido con su misión, y luego de que el Papa aceptara su renuncia en 2018, volvió a su Buenos Aires querida. Primero estuvo en la Casa del Clero, luego en la Basílica San Nicolás de Bari y, finalmente, igual que su admirado Monseñor Marengo -cura santafesino que fuera rector de nuestro Seminario, Obispo Auxiliar de Santa Fe y posteriormente Obispo de Azul-, decidió terminar sus días en el Cottolengo de Claypole, para compartir la vida con sus hermanos sacerdotes, entregado a la oración, la celebración de la misa y la confesión. Él se merece el atributo que tantas veces utilizó para algunos de nuestros curas viejos: “químicamente cura”.

A la posta dejada por Arancedo en 2018 la tomó el rosarino Sergio Alfredo Fenoy, que venía de la Diócesis de San Miguel en Buenos Aires, y es quien conduce actualmente la barca santafesina.

 

II

 

Ciertamente, contar la historia desde los dirigentes no es ni la única ni la mejor manera de hacerlo. En este caso, otro ángulo puede ser el Seminario, que tan de cerca me toca.

Antes de la llegada del primer Obispo, el clero de nuestras tierras se formaba en el Colegio de la Inmaculada Concepción, perteneciente a los Padres Jesuitas. Uno de los ejes pastorales de Boneo, como antes mencioné, fue la fundación del Seminario Conciliar. En la  Villa de Guadalupe, en “medio de la nada” entonces, allá por inicios del siglo XX, erigió el pastor la Casa de formación de sus sacerdotes diocesanos. Fue en 1907 que abrió sus puertas, el primero de marzo para ser más precisos.

Durante años dio abundantes pastores la Casa puesta bajo el cuidado de María en Guadalupe. Con el tiempo, la crisis social generalizada no dejó de repercutir en lo eclesial, que para entonces buscaba renovación y cercanía, por lo que la vida interna del Seminario se vio afectada, debiendo cerrar sus puertas al finalizar la década del 60. La situación del Seminario preocupaba a Fasolino, inquietud que supo trasladar a su sucesor. Años antes, el Seminario Menor se había convertido en “Instituto Juan XXIII”, una especie de Colegio secundario en el que se formaban tanto los postulantes al sacerdocio como quienes solo buscaban una educación de calidad. En 1969 se cerró el Seminario Mayor, y en 1971 el “Juan XXIII”. No sin dolor por semejante decisión, el Arzobispo Zazpe envió durante el tiempo posterior a sus seminaristas a las diócesis de Paraná, Rosario y Córdoba, para que continúen -o inicien otros- su formación.

Fue el mismo Zazpe quien, en 1978, reabrió el Seminario de Santa Fe, ya no en Guadalupe, sino a dos cuadras del Arzobispado, bajo el patrocinio de “Nuestra Señora”, con San Juan de Ávila como modelo y patrono. Ese primer período fue confiado a la conducción del Obispo Auxiliar, Monseñor Storni, que entonces ofició como rector. Iniciando con una casa en la entonces calle Buenos Aires -hoy Monseñor Zazpe-, se tuvieron que comprar algunas propiedades lindantes, logrando abarcar progresivamente gran parte de la manzana, ya que el número creciente de ingresantes así lo exigió. En algún momento los seminaristas llegaron a ser cerca de 50. La cifra fue disminuyendo con el tiempo, pero nunca dejaron de surgir los corazones inquietos por servir a sus hermanos en el sacerdocio ministerial.

 

III

 

Si contar nuestra historia desde el Seminario a alguno puede parecerle poco empática por la escasa o nula cercanía con él, está bien, es entendible. Quizás mejor sea hacerlo desde el sitio donde difícilmente alguien se sienta fuera o lejano: La devoción a la Virgen de Guadalupe. Otra deuda con el primer Obispo, quien conocedor de devociones marianas, al ser porteño y devoto de Luján, supo ver el germen de lo que sería la gran fiesta diocesana. Y si bien las peregrinaciones organizadas comenzaron en esa época, no así la devoción a María de Guadalupe, quien congregaba desde hacía años a cientos de fieles en torno a la estampa que custodiara el ermitaño Javier de la Rosa en su capilla -antiguo oratorio de los Setúbal-. Boneo, que fue un previsor, obtuvo del Papa León XIII el patrocinio de Nuestra Señora de Guadalupe para la recientemente erigida Diócesis de Santa Fe. Eso fue en 1899. En 1900 convocó la primera peregrinación oficial. En 1904 colocó la piedra fundamental, y sobre la antigua capilla construyó la Basílica, llamada a ser casa de todos los santafesinos.

En 1928 la imagen “de bulto” de nuestra Madre de Guadalupe recibió de manos del Nuncio Apostólico la coronación pontificia, especie de reconocimiento oficial que resalta la importancia de su devoción. En 1980, esas joyas, que se encontraban resguardadas por su gran valor, fueron robadas. El delito fue asumido por un grupo católico anti comunista, que exigía la renuncia de Monseñor Zazpe a la Arquidiócesis de Santa Fe. El Arzobispo no renunció, y las joyas nunca aparecieron.

Tanto empeño en la etapa fundacional y en los años sucesivos fue efectivo: pasaron más de 100 años y con ellos generaciones, ideologías, guerras, grietas y epidemias. Con todo, año a año María de Guadalupe nunca dejó de congregar a sus hijos. Los santafesinos nos sabemos y sentimos guadalupanos. Creo que no erro si digo que todos los nacidos aquí y en los alrededores -sin contar a los que vienen de más lejos- hemos pisado, al menos una vez, su Casa, sin importar la clase social, ni la edad, ni la profesión, ni el equipo de fútbol, ni la fe o ausencia de ella.

 

IV

 

Es cierto, quizás el relato de las épocas marcadas por los obispos, o la vida del Seminario, o incluso la devoción a María de Guadalupe pueden seguir dejando fuera o sin interpelar a muchos. Quizás, para algunos, su ser iglesia en Santa Fe se haya caracterizado por la participación en algún Movimiento, por la pertenencia a una parroquia en algún pueblo, por algún servicio en ella, por las actividades de su escuela católica, por alguna misión esporádica, por una vida entregada al estudio o la oración, por el amor cotidiano con que afrontan lo que les toca hacer… Con todo, hay algo que no varía en sus historias y en la mía, y por lo tanto, en la nuestra: todos “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Juan 4,16). Y a esta experiencia la hacemos en una geografía delimitada, la cual sí compartimos.

 


Así, concluyo con la conciencia clara de que lo narrado en los apartados anteriores es, como proclama el título, una historia “parcial”. No es lo único que podemos relatar acerca de la Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz. Sí es lo que a quien deja estas líneas le toca de cerca y le enciende el corazón. A esta “historia parcial” se le pueden -¡y qué bueno que suceda!- sumar la de tantos que han peregrinado y hoy peregrinan en esta iglesia particular, que cumple 125 años de su fundación. Qué linda oportunidad para que también muchos de mis hermanos se animen a sumar las suyas. Y como decía el padre Severino Silvestri (1929-2020), buen amigo que me ayudó a más conocer parar mejor amar al Señor Jesús y a nuestra Madre la Iglesia, si esto que hoy publico “a alguien le enciende una lucecita, alabado sea Dios: ¡paz y bien!”.

 

 

 Lautaro Nicolás Valli

 



[1] ALBERGA, Elvio. Cantos rodados. Pág 7. Santa Fe. 1992.

[2] Ibídem.

2 comentarios:

  1. Que bueno Lautaro, hacer conocer a los santafesinos, la historia de nuestra Arquidiosesis. Todos aprendemos. Gracias por investigar y transmitir esto que nos afianza y nos une como iglesia Santafsina.

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  2. Gracias Lauti!!! Aprendí algunos aspectos de la historia que realmente no conocía. Muy interesante y claro tu relato. Felicitaciones ‼️

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