domingo, 7 de agosto de 2022

Una historia parcial (como todas)



¿Cuánto sabe el santafesino de su iglesia particular? ¿Cuánto conocemos de nuestra Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz?

Hace algunos días me enteré del fallecimiento del padre Juan José Botta (1923-2022), quien fue conocido entre nosotros como el legendario párroco de San Carlos, perteneciente a la generación en que los curas eran una especie de “caudillos” en las ciudades y pueblos. Con él se da vuelta una página añeja y gruesa de nuestra historia diocesana, y con ella sucede, definitivamente, el cierre de una etapa. Botta era, en nuestra diócesis, el último de los que se habían formado íntegramente en el que llamamos “Seminario viejo”, emplazado en el barrio de Guadalupe. Mi cercanía con algunos de sus coetáneos me hizo crecer en conocimiento y cariño por nuestra iglesia, y, de algún modo, me mueven a dejar estas líneas. A lo que se le suma aquello que leí una vez de que “la historia de la Arquidiócesis de Santa Fe sigue siendo una asignatura pendiente”. Entonces, esta es una especie de aporte a la causa.

La primera cuestión es: ¿cómo o desde dónde contarla?

 

I

 

Si tuviera que hacerlo como se estudia historia en la escuela primaria, y me tuviese que atener a los períodos delimitados por sus respectivos dirigentes, debo decir que nuestra diócesis fue fundada en el año 1897, y asignada al pastoreo del paisano Monseñor Gelabert y Crespo (1820-1897), que no llegó a asumir, ya que falleció antes de hacerlo.

Así, fue nombrado titular de la novel Iglesia -que comprendía las provincias de Santa Fe, Chaco y Formosa- el porteño Juan Agustín Boneo, de noble estirpe. Boneo (1845-1932) fue el gran estructurador, a quien le debemos el patrocinio de María de Guadalupe y el impulso de su devoción, a la vez que la fundación del Seminario Conciliar y la primera organización parroquial. En 1932 y “santamente”[1] murió el pastor, a quien sucedió otro porteño: Nicolás Fasolino (1887-1969), “hábil y de agallas, como los obispos de entonces”[2].

De los años del segundo Obispo son los distintos “partos” que tuvo Santa Fe como diócesis: en 1934 Rosario se desprendió y erigió como diócesis aparte, logrando Santa Fe ser “elevada” a Arquidiócesis. Posteriormente, lo mismo hicieron Reconquista en 1957 y Rafaela en 1961. Fue Fasolino quien otorgó la potestad al padre Carlos Macagno (1890-1970) de construir la Casa de Campo del Seminario Metropolitano en las sierras cordobesas en 1942 -en Santa Rosa de Calamuchita para ser más precisos-, y luego bautizarla “Los Algarrobos”. El libro “Cantos Rodados” del padre Elvio Alberga (1924-2016) contiene la historia de la tan querida Casa, y se está preparando su reedición por cumplirse 80 años de la fundación. También Fasolino fue nuestro pastor en el Concilio Vaticano II, entre los años 1961 y 1964. Años más tarde, en 1968, el hasta entonces Obispo de Rafaela, Vicente Faustino Zazpe (1920-1984) -otro porteño-, llegó para ser su “coadjutor” con derecho a sucesión.

En 1969, Fasolino, que había sido creado cardenal en el 67, falleció, pasando a ser Zazpe el titular. Este también había estado en el Concilio y, con su potente juventud y ansias de misión, asumió la enorme misión de ser el Arzobispo. Tiempos de cambios y confusión social y eclesial. Quizás Vicente Faustino fue más valorado por los de afuera que por su propia iglesia. Referente nacional, voz de los que no la tenían, se pronunció ante las injusticias reinantes de su época, entre ellas la dramática dictadura militar. No calló, vivió entregado, y los dramas extra e intradiocesanos fueron debilitando su corazón, el cual dijo “basta”, dejando de funcionar en enero de 1984.

Zazpe fue sucedido por su auxiliar, Edgardo Gabriel Storni (1936-2012), quien, santafesino él, oficiaba también como rector del Seminario. La memoria colectiva, lo único que guarda de Storni es su rigidez, su carácter fuerte, su maltrato y el haber sido acusado de abuso sexual a seminaristas. Lo que no saben muchos es que a él le debemos -entre otras cosas- el impulso para que el Seminario luego de su reapertura tome forma, y sepa ser casa de formación de los llamados a consagrarse por el anuncio del Reino en estas tierras. En 2002 Edgardo Gabriel renunció a la Sede Metropolitana, debiendo asumir como Administrador Apostólico el entonces Arzobispo Emérito de Salta, el esperancino Monseñor Moisés Julio Blanchoud (1923-2016), residente del Convento de las Hermanas Carmelitas Descalzas de la ciudad de Santa Fe.

Con una diócesis revuelta se encontró en 2003 Monseñor José María Arancedo, el nuevo bonaerense a quien fuimos confiados, que venía de desempeñarse como Obispo en Mar del Plata. Fiel a su lema “Que todos sean uno”, intentó no ser motivo de división y colaborar en la reconciliación. Sentó bases y realizó algunos cambios, que aunque pueden ser juzgados como pocos, nadie puede negar que fueron potentes. Hombre coherente, siendo el primer Obispo de Santa Fe que no se moría en el cargo ni se iba en medio de escándalos, habiendo cumplido con su misión, y luego de que el Papa aceptara su renuncia en 2018, volvió a su Buenos Aires querida. Primero estuvo en la Casa del Clero, luego en la Basílica San Nicolás de Bari y, finalmente, igual que su admirado Monseñor Marengo -cura santafesino que fuera rector de nuestro Seminario, Obispo Auxiliar de Santa Fe y posteriormente Obispo de Azul-, decidió terminar sus días en el Cottolengo de Claypole, para compartir la vida con sus hermanos sacerdotes, entregado a la oración, la celebración de la misa y la confesión. Él se merece el atributo que tantas veces utilizó para algunos de nuestros curas viejos: “químicamente cura”.

A la posta dejada por Arancedo en 2018 la tomó el rosarino Sergio Alfredo Fenoy, que venía de la Diócesis de San Miguel en Buenos Aires, y es quien conduce actualmente la barca santafesina.

 

II

 

Ciertamente, contar la historia desde los dirigentes no es ni la única ni la mejor manera de hacerlo. En este caso, otro ángulo puede ser el Seminario, que tan de cerca me toca.

Antes de la llegada del primer Obispo, el clero de nuestras tierras se formaba en el Colegio de la Inmaculada Concepción, perteneciente a los Padres Jesuitas. Uno de los ejes pastorales de Boneo, como antes mencioné, fue la fundación del Seminario Conciliar. En la  Villa de Guadalupe, en “medio de la nada” entonces, allá por inicios del siglo XX, erigió el pastor la Casa de formación de sus sacerdotes diocesanos. Fue en 1907 que abrió sus puertas, el primero de marzo para ser más precisos.

Durante años dio abundantes pastores la Casa puesta bajo el cuidado de María en Guadalupe. Con el tiempo, la crisis social generalizada no dejó de repercutir en lo eclesial, que para entonces buscaba renovación y cercanía, por lo que la vida interna del Seminario se vio afectada, debiendo cerrar sus puertas al finalizar la década del 60. La situación del Seminario preocupaba a Fasolino, inquietud que supo trasladar a su sucesor. Años antes, el Seminario Menor se había convertido en “Instituto Juan XXIII”, una especie de Colegio secundario en el que se formaban tanto los postulantes al sacerdocio como quienes solo buscaban una educación de calidad. En 1969 se cerró el Seminario Mayor, y en 1971 el “Juan XXIII”. No sin dolor por semejante decisión, el Arzobispo Zazpe envió durante el tiempo posterior a sus seminaristas a las diócesis de Paraná, Rosario y Córdoba, para que continúen -o inicien otros- su formación.

Fue el mismo Zazpe quien, en 1978, reabrió el Seminario de Santa Fe, ya no en Guadalupe, sino a dos cuadras del Arzobispado, bajo el patrocinio de “Nuestra Señora”, con San Juan de Ávila como modelo y patrono. Ese primer período fue confiado a la conducción del Obispo Auxiliar, Monseñor Storni, que entonces ofició como rector. Iniciando con una casa en la entonces calle Buenos Aires -hoy Monseñor Zazpe-, se tuvieron que comprar algunas propiedades lindantes, logrando abarcar progresivamente gran parte de la manzana, ya que el número creciente de ingresantes así lo exigió. En algún momento los seminaristas llegaron a ser cerca de 50. La cifra fue disminuyendo con el tiempo, pero nunca dejaron de surgir los corazones inquietos por servir a sus hermanos en el sacerdocio ministerial.

 

III

 

Si contar nuestra historia desde el Seminario a alguno puede parecerle poco empática por la escasa o nula cercanía con él, está bien, es entendible. Quizás mejor sea hacerlo desde el sitio donde difícilmente alguien se sienta fuera o lejano: La devoción a la Virgen de Guadalupe. Otra deuda con el primer Obispo, quien conocedor de devociones marianas, al ser porteño y devoto de Luján, supo ver el germen de lo que sería la gran fiesta diocesana. Y si bien las peregrinaciones organizadas comenzaron en esa época, no así la devoción a María de Guadalupe, quien congregaba desde hacía años a cientos de fieles en torno a la estampa que custodiara el ermitaño Javier de la Rosa en su capilla -antiguo oratorio de los Setúbal-. Boneo, que fue un previsor, obtuvo del Papa León XIII el patrocinio de Nuestra Señora de Guadalupe para la recientemente erigida Diócesis de Santa Fe. Eso fue en 1899. En 1900 convocó la primera peregrinación oficial. En 1904 colocó la piedra fundamental, y sobre la antigua capilla construyó la Basílica, llamada a ser casa de todos los santafesinos.

En 1928 la imagen “de bulto” de nuestra Madre de Guadalupe recibió de manos del Nuncio Apostólico la coronación pontificia, especie de reconocimiento oficial que resalta la importancia de su devoción. En 1980, esas joyas, que se encontraban resguardadas por su gran valor, fueron robadas. El delito fue asumido por un grupo católico anti comunista, que exigía la renuncia de Monseñor Zazpe a la Arquidiócesis de Santa Fe. El Arzobispo no renunció, y las joyas nunca aparecieron.

Tanto empeño en la etapa fundacional y en los años sucesivos fue efectivo: pasaron más de 100 años y con ellos generaciones, ideologías, guerras, grietas y epidemias. Con todo, año a año María de Guadalupe nunca dejó de congregar a sus hijos. Los santafesinos nos sabemos y sentimos guadalupanos. Creo que no erro si digo que todos los nacidos aquí y en los alrededores -sin contar a los que vienen de más lejos- hemos pisado, al menos una vez, su Casa, sin importar la clase social, ni la edad, ni la profesión, ni el equipo de fútbol, ni la fe o ausencia de ella.

 

IV

 

Es cierto, quizás el relato de las épocas marcadas por los obispos, o la vida del Seminario, o incluso la devoción a María de Guadalupe pueden seguir dejando fuera o sin interpelar a muchos. Quizás, para algunos, su ser iglesia en Santa Fe se haya caracterizado por la participación en algún Movimiento, por la pertenencia a una parroquia en algún pueblo, por algún servicio en ella, por las actividades de su escuela católica, por alguna misión esporádica, por una vida entregada al estudio o la oración, por el amor cotidiano con que afrontan lo que les toca hacer… Con todo, hay algo que no varía en sus historias y en la mía, y por lo tanto, en la nuestra: todos “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Juan 4,16). Y a esta experiencia la hacemos en una geografía delimitada, la cual sí compartimos.

 


Así, concluyo con la conciencia clara de que lo narrado en los apartados anteriores es, como proclama el título, una historia “parcial”. No es lo único que podemos relatar acerca de la Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz. Sí es lo que a quien deja estas líneas le toca de cerca y le enciende el corazón. A esta “historia parcial” se le pueden -¡y qué bueno que suceda!- sumar la de tantos que han peregrinado y hoy peregrinan en esta iglesia particular, que cumple 125 años de su fundación. Qué linda oportunidad para que también muchos de mis hermanos se animen a sumar las suyas. Y como decía el padre Severino Silvestri (1929-2020), buen amigo que me ayudó a más conocer parar mejor amar al Señor Jesús y a nuestra Madre la Iglesia, si esto que hoy publico “a alguien le enciende una lucecita, alabado sea Dios: ¡paz y bien!”.

 

 

 Lautaro Nicolás Valli

 



[1] ALBERGA, Elvio. Cantos rodados. Pág 7. Santa Fe. 1992.

[2] Ibídem.

sábado, 25 de junio de 2022

A propósito del Mes del Orgullo



 

“Bailemos un blues, por todo aquel que el miedo le ha ganado,

¿a quién se le ocurrió que era pecado estar enamorado?”

 

"Bailemos un blues"

Kany García

  


Hace unos días tuvimos la reunión quincenal del Centu, este grupo al que pertenezco, caracterizado -entre otras cosas- por acompañar a todas las personas que necesitan un otro con quien andar su camino de madurez en la sexualidad, especialmente los pertenecientes a la diversidad sexual. Inevitablemente el “mes del Orgullo LGBTQ+” fue tema de conversación, porque nos encontramos transcurriéndolo. Y no vayan a creer que hay homogeneidad con respecto a lo que pensamos y a cómo lo manifestamos. Pero en lo que sí hay unanimidad, es en la certeza de que solo se sana lo que se asume. Entienda el lector que aquí no me refiero a “sanar” como si ser diverso sexualmente fuese una enfermedad, sino que hago alusión al trauma que nos puede generar vivir reprimidos, no pudiendo abrazar todo lo que somos.

Esta vez, la reflexión surgió del hecho –no fantasioso, sino real- de que somos tantos los que tenemos que seguir reprimiéndonos… Porque no vayan a creer que los que ya lo charlamos con nuestras familias y amigos llegamos a la meta. No. Siempre hay un nuevo ámbito y nuevas personas con las que dejarlo en claro. Algunos y algunas son fáciles. Otros no tanto. Existen algunos lugares que parecieran ser esencialmente homofóbicos. Y otros a los que prejuzgamos, y en realidad estaban esperándonos con los brazos abiertos, sin ningún juicio mezquino con el que atacarnos. También los hay abiertos por naturaleza, y son los menos complicados –al menos en este aspecto, porque en todos lados se cuecen habas-. Con todo, retomo lo del dato concreto de la realidad:

¿Cómo puede haber personas que con treinta, cuarenta, o hasta cincuenta años –si no más- tengan que seguir reprimiéndose, y por lo tanto vivir a medias y generalmente sufriendo, por el miedo al qué dirán, o porque trabajan o se desempeñan en ambientes que parecieran incompatibles?

¿Cómo puede ser que haya personas que solo puedan hablar parcialmente de sus vidas –y seguir reprimiéndose, incluso luego de haberlo hecho público-, porque sus padres, hermanos, amigos, o abuelos, no toleran ni quieren aceptarlos tal cual son?

Aún peor, ¿cómo puede ser que en una época en la que los eslóganes rebosan una aparente igualdad y se enarbola el respeto por los "derechos humanos", pertenecer a la diversidad sexual siga siendo motivo de agresiones verbales y físicas, logrando en algunos casos extremos heridas y a veces la muerte?

Y en lo que de cerca me toca, ¿cómo puede ser que nos sintamos tan conflictuados como miembros de la Iglesia Católica? Generalmente andamos con mucho miedo a ser juzgados y rechazados, siendo que ella, como Madre y Maestra, está llamada a recibirnos delicadamente sin importar nada, y a acompañarnos pacientemente para que cada uno aprenda a discernir cuál es el mejor modo de andar el camino de su vida.

Así, me animo a formular una hipótesis: Muy posiblemente, gran parte de las personas que juzgan o no pueden entender, o incluso consideran que es antinatural y negativo ser homosexual, bisexual o transexual, es porque todavía les falta conocer a alguien que lo encarne. Apuesto lo poco que tengo, a que luego de compartir la vida con una persona que pertenezca a la diversidad sexual, muy probablemente sus perspectivas cambien, y se terminen dando cuenta de que no eran ni pervertidos ni enfermos, sino personas comunes y corrientes que simplemente eran distintas, que simplemente eran diversas.

Y no crea el lector que soy un ferviente defensor del “Orgullo”, categoría que, como buen rumiante que soy, no termina de cerrarme. No, no soy un embanderado arcoíris. Pero lo que sí soy, es un embanderado de la persona humana, en la que la orientación sexual o identidad de género es una dimensión más de las tantas que integran la única vida que tiene. Reitero, solo se sana lo que se asume, y la idea de que tantos tengamos que seguir reprimiéndonos por miedo -¿a qué o a quién?- me enciende, e impulsa a escribir estas líneas. Frente a esto, me quedo con la frase que la otra noche dijo uno de mis hermanos de grupo –que vendría a ser el Néstor de los aqueos en la Ilíada, el sabio a quién el resto escucha y busca-:

“Siempre que exista una persona, institución o lugar que nos repela por nuestra sexualidad diversa, ahí tenemos que estar nosotros exteriorizando con orgullo que nuestro amor es tan bueno y válido como cualquier otro”.

Esto sí me convence, y lo publico y difundo, por todo aquel al que el miedo –o lo que sea- le ha ganado.




Lautaro Nicolás Valli

martes, 3 de mayo de 2022

Guadalupe 2022



  

“…un periodista alemán me dice que está preocupado por este viaje: ‘¿Qué pensarán de él los protestantes alemanes? ¿Usted cree –me pregunta- que la casa de Loreto es de veras la casa de la Virgen y que los ángeles la trajeron volando desde Palestina?’ No –le digo-, pero creo en cambio en la fe de los cientos de miles de hombres que lo han creído; creo en los cientos de miles de hombres sencillos que han ido a esa iglesia con amor; entre tantas toneladas de cariño tiene que haber forzosamente una presencia especial de la Madre; y nosotros creemos en el amor, no en unos ladrillos.”

 

José Luis Martín Descalzo

“Un periodista en el Concilio” 


   ¿Cómo contárselo a un extranjero? Y me refiero al extranjero, tanto geográfica como existencialmente. ¿Cómo hablarle al que no le importa, al que no cree, al que desprecia? No lo sé. Pero haré un intento mínimo, y dejaré que hable mi corazón de hijo –tenga en cuenta esto último el crítico puntilloso-.

   La última vez que participé de la Fiesta de la Virgen de Guadalupe –Patrona aquí en Santa Fe-, aún era seminarista. Fue en el año 2019. Corrió bastante agua debajo del puente de mi vida desde entonces. Primero me fui del Seminario. Al año siguiente, la Pandemia por Covid-19 nos marcó la cancha, y no pudimos participar físicamente, aunque sí lo hicimos fuertemente uniendo nuestros corazones, siguiendo las celebraciones de las misas que se transmitían por Facebook. Era época de cuarentena. Luego, en el 2021, si mal no recuerdo, solo se pudo participar parcialmente, porque pasábamos de ola en ola, y las vacunas aún no nos habían inmunizado a gran escala. Yo había realizado un viaje ese fin de semana, por lo cual no pude acercarme siquiera a escuchar desde afuera los cantos marianos. Entonces, este año, para todos fue un regalo poder participar sin restricciones de la Fiesta de nuestra Madre.

   Guadalupe es muy fuerte en Santa Fe. Incluso muchos de los que no pisan una iglesia el resto del año, ese fin de semana hacen colas eternas para pasar por el camarín en que se encuentra la imagen histórica, y mirarla, arrodillarse, dejarle una flor, y rezar, también agradecer por favores concedidos. No solo los vecinos de la ciudad, sino que de todos los pueblos de alrededor se peregrina, en autos, motos, bicicletas, a caballo o a pie. El fin de semana entero –el segundo después del día de Pascua- hay mucho movimiento, y si bien la Fiesta es el sábado, el domingo se celebra la misa central. En este día, se ve cómo los abuelos llevan a sus nietos de la mano. Los papás portan sobre sus hombros a sus hijos, y les dicen “está por salir la Virgen”. Las mamás levantan –a veces dificultosamente- a sus hijos del suelo para que la vean pasar, y le indican cómo agitar el pañuelo. A hablar no se enseña, tampoco a gritar los “¡viva la Virgen!”. Todos los hemos aprendido, hemos sido contagiados por tanto amor.

   Como el zorro del Principito, que decía que su corazón se va alegrando cada vez más mientras se acerca la hora del encuentro con el amigo, así mi corazón anduvo estas semanas previas. “Se viene Guadalupe, ¡qué alegría!”. Para entenderlo mejor, puedo decir que se sintió parecido a cuando retomamos nuestras reuniones familiares luego de la reclusión por el Covid. Sabía no solo que iba a encontrarme con ella, sino que también con tantos y tantos hermanos que me fueron regalados en el camino de ser Iglesia. Entonces, la alegría se acrecentaba día a día, hora a hora. Y llegó el día. Fue realmente conmocionante ver cómo después de dos años sin poder asistir, tantos fuimos los que nos acercamos a celebrarla. La alegría del reencuentro se respiraba. La emoción por verla salir después de 42 años -y nosotros nos quejamos de las cuarentenas que nos fueron impuestas- a recorrer las calles de la ciudad que cuida fue muy honda. Todos la miramos como niños que ven acercarse a su mamá.

   Puede quizás preguntarse el lector si creo realmente en una especial protección hacia quienes nos acercamos devotamente a sus pies, en una intercesión que marque el rumbo de la Providencia Divina. La respuesta es no. Pero sí creo en la fe de los que me precedieron y de los cientos de hermanos con los que hoy peregrino en esta iglesia diocesana. Creo en los cientos de miles de personas sencillas que han llegado hasta la Basílica, y en el amor de todos ellos a María, a Jesús, y a su Iglesia. Creo también en el amor que sembraron los que ya no están, y en el que dan cotidianamente los que sí. “Entre tantas toneladas de cariño tiene que haber forzosamente una presencia especial de la Madre”, y yo creo en el amor...



Lautaro Nicolás Valli


(foto: Diario Uno Santa Fe)


sábado, 19 de marzo de 2022

En lo que nos toca


     
   
   He quedado contento porque ayer –después de bastante tiempo- estuve haciendo jardinería en el patio de mi casa. Mientras desayunaba temprano bajo la sombra que el fresno del vecino nos regala bien al fondo, observaba el camino de cemento que conduce desde la casa al galpón. El césped de los lados venía rebalsando los límites, y, si bien no se hallaban al punto de unirse los dos extremos, no estaba prolijo. Entonces, cuando terminé de desayunar, me descalcé, busqué la tijera de podar, me puse un gorro, y arranqué a recortar los excedentes.

Como en todo trabajo, al principio no se notaron los avances. Progresaba, y los panes de césped iban quedando en medio del camino, desparramando tierra todo alrededor. Pero, al momento de barrer y juntar lo recortado para sacarlo afuera, vi qué lindo había quedado, y me alegré. Diría que me llenó de una “paz mental” muy grande. Y no fue tan difícil, me habrá llevado media hora. Entonces brotó en mí la pregunta: ¿Qué pasaría si atendiéramos todos nuestros asuntos, dándole ese ratito diario que requieren? ¡Cuánta prolijidad en nuestras casas! Y qué decir, ¡en nuestras vidas! En nuestros corazones… Pasa que, a veces –y solo a veces-, somos unos “quedados”, y dejamos que vayan creciendo los yuyos, los cuales después van tapando los caminos que cotidianamente cruzamos.

Por otro lado, la misma imagen que me hace reflexionar sobre nuestros desórdenes exteriores e interiores, me hace pensar en la sociedad en la que vivo. No hay que ser muy experto para saber que sangro por lo abandonada y sucia que está mi ciudad. Y digo “está” y no “es”, porque no puedo resignarme a creer que no podemos cambiar, a que es parte del ADN del santafesino ser tan así. Estoy empecinado en mi convicción de que, si cada uno de nosotros se hace cargo de la pequeña partecita que le corresponde, y lo hace con el mayor esmero, de la mejor manera que realmente pueda, la cosa cambiaría. No existirían motociclistas sin casco, ni luces, ni percato ante la luz roja del semáforo. Serían extraños los accidentes y las roturas de cabeza. Todos separaríamos los residuos por material, tendríamos canastos, cada uno en su vereda, desconoceríamos lo que son las montañas de basura en las esquinas, y no tiraríamos los papeles y las colillas de cigarrillo en las calles. En cambio, los desagües estarían destapados y el agua fluiría musicalmente por ellos cuando la lluvia sea torrencial en la ciudad: nadie se inundaría. Entonces, las plazas no solo estarían limpias porque nosotros no tiraríamos nuestros residuos en ellas, sino que también porque los empleados de la municipalidad –o a quien le toque por oficio- pasarían cotidianamente podando, barriendo, regando, plantando y trasplantando. Sería tan lindo que hasta las palomas decidirían no hacer sus necesidades por allí, ¡mirá si van a ensuciar semejante obra de arte! Y así con todo, con cada cuestión y sector, en cada oficina, en cada empresa, en cada iglesia y cada club.

Llegando a este punto el lector pensará que no puede aumentar el nivel de mi idealismo. Y un poco de razón tiene. Pero solo un poco, porque mi sueño empieza de algo muy concreto, que es el camino de cemento que va de la galería al galpón, en el patio de mi casa. La ciudad y el mundo son reflejo de lo que nuestra casa y nuestro corazón. Por esto último, no puedo dejar de mencionar que, como en el mundo encontramos lo que en el corazón llevamos, tengo miedo de haberme convertido en un pesimista, a mis jóvenes 25 años, al ver tan negro y desordenado todo. Pero vuelvo a mirar al patio y se enciende dentro mío una pequeña lucecita. Si en medio de tanto despiole en el mundo, en la ciudad, en mi corazón, y también en mi patio –que podría estar mejor si yo lo ayudara más seguido a mi papá, que ya bastante hace- puedo darme cuenta de esto y tener el rato para revertirlo, ¡cuánto más podremos percibir y hacer, cada día, cada uno de nosotros en lo que nos toca! Sí, en lo que nos toca, no es para nada extraordinario: en nuestros trabajos, en el estudio, en nuestros vínculos y responsabilidades.

Por mi parte, dejo de escribir, ya que nadie va a leer por mí el correo que me mandaron desde la secretaría del Colegio, tender la cama, y armar la mochila para arrancar una nueva semana laboral.



Lautaro Nicolás Valli

lunes, 31 de enero de 2022

Mi historia con el tango

 


Si bien nada me da tanto placer como escuchar reír a mi mamá, al menos existe algo que le llega a los talones, y es oírla cantar tango. Esta mañana me tocó limpiar el baño –sí, de vez en cuando ayudo en los quehaceres domésticos- y puse música en mi celular. Lo escogido fue, primero Libertad Lamarque con su clásico “Madreselva”, y luego María Graña, que nos deleitó con “Naranjo en flor”, “Caserón de tejas”, “Canción desesperada”, entre otras. Mientras tanto, mamá planchaba en su pieza, y cantaba apasionada. Entonces, al mejor estilo platónico, ese acontecimiento despertó en mí el recuerdo de mis años infantiles, cuando nació mi historia con el tango.

Mis padres, mi hermana y yo nos levantábamos temprano, para el trabajo y la escuela, respectivamente. Mientras los chicos intentábamos despegarnos de la modorra, los grandes ya hacía rato estaban despiertos, y la radio era siempre infaltable compañera. El programa habitual se llamaba “El despertador”, y si bien era de noticias generales, había un momento especial, en el que pasaban un tango, un solo tango. Ese era el instante en que mamá volaba y se unía a la canción con ganas. Es de esos amaneceres que guardo el primer recuerdo con el tango. ¿Cómo no querer aquello que mi madre apreciaba tanto y la hacía tan feliz?

Con todo, no es el único motivo de mi amor por este género, sino que también era un clásico de los domingos en la casa de mis abuelos maternos. Mientras íbamos llegando los tíos y primos, mi abuela Mirta andaba de aquí para allá a fin de atender a la visita y que no falte nada. En el fondo, dentro del quincho o bajo el fresno magno –que algún inteligente arrancó de raíz, por lo cual hoy nos calcinamos en los infiernos santafesinos- siempre mi abuelo Beto junto a una de las radios, escuchando sus discos de tango, la cortina musical de su juventud.

Mis raíces son tangueras –como “Tanguera” se llama la obra de Mariano Mores que escucho con la piel de gallina mientras redacto estas líneas-, pero al árbol joven que soy hubo que seguir alimentándolo. Así es que recuerdo que, estando yo en los primeros años de la secundaria, fuimos con mi mamá a ver al gran maestro citado al inició de este párrafo. Ese fue mi primer encuentro con una súper orquesta y un exponente histórico de nuestra cultura nacional, pianista, director y autor de los tan famosos “Taquito Militar”, “Uno”, “Cuartito Azul”, “Gricel”, y demases. El abuelo no aceptó la invitación de mamá, y esta lloró más de una vez en el concierto -de emoción por lo que allí disfrutamos, no por la negativa paterna-.

Más luego, me acerqué a la obra de Cacho Castaña. Escuché mucho de él y, luego de haber comprado su CD “Más atorrante que nunca”, fuimos a verlo –nuevamente junto a mi mamá- a la función que dio en Santa Fe, en la gira que llevaba el mismo nombre que su disco. Recuerdo que me encontraba cursando segundo año de la secundaria y presenté la canción que daba nombre al álbum para un trabajo de la materia Música, y hasta me animé a cantar un poco frente a mis compañeros y profesora.

Cuando mi adolescencia avanzó, mi gusto y cariño por el tango estuvieron bien vinculados con mi abuelo Beto, ya que entre nosotros se forjó una gran amistad, y sus anécdotas de juventud por los cien barrios porteños estaban empapadas de tango. Según él, canto muy bien, y en muchas reuniones familiares me ha hecho cantar, considerando que es un bien enorme poder realizarlo, no solo entre los míos, sino en cualquier reunión social. Yo le escapo bastante, aunque no puedo negar que me encanta hacerlo y más cuando lo que canto está cargado de sentido, para mí, o para el que me escucha. A todo esto hay que sumarle que me regaló varios CD’s, de tango instrumental, de Mores, del Negro Juárez, de Pugliese, entre otros que escuché hasta el hartazgo.

Quizás estás esperando, querido lector, el momento de la metáfora que se convierte en intento de enseñanza, el cual me gusta dejar en mis esporádicos escritos. Esta vez no lo hay, o al menos en primera instancia no es esa mi intención. Solo quería compartirte mi historia con el tango, la que esta mañana recordé estremecido al escuchar a mi mamá cantar, mientras ella planchaba en su pieza, y yo fregaba los azulejos del baño.



Lautaro Nicolás

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Crecer donde se nos permita


Van cayendo las últimas hojas del almanaque y urge una simple aunque sincera acción de gracias. Esta vez no será nombrando uno por uno los motivos, sino dejando la clave que me sirve para valorar los días pasados y proyectar los que vienen.

Puedo ver cuánto bien he recibido y por eso estoy agradecido. Cada año se supera en regalos de la vida, cada vez me experimento más amado, y con más razones, para vivir, para la alegría, para la esperanza, para amar, para anhelar la otra orilla… Y a estas razones y al amor no los recibí de forma ideal, es decir, como a mí me hubiera gustado o esperaba y planeaba, sino que se me dieron como se pudo. No todo salió según lo estipulado, pero no dejé de seguir siendo sorprendido, generalmente para mejor. Qué lindo poder ver, en retrospectiva, que no había que esperar a que esté todo acomodado para emprender nuevos proyectos, amistades o amores. Así, como me permitió la realidad, inicié y mantuve vínculos y planes, confiando en que permanezcan y sean fecundos. Asimismo otros concluyeron y se debilitaron, y también está bien, ya que nada ni nadie está llamado a ser eterno o a significar siempre del mismo modo. Solo tiene que estar presente lo que nos impulse y haga multiplicar nuestra existencia, recordando que saber soltar es signo de salud.

Entonces, en esta línea va lo que anhelo del 2022, para mí y para vos, para todos: poder crecer donde y como se nos permita, ¡pero no dejar de crecer! ¡No esperemos tiempos propicios! Lo único cierto es el hoy, y lo único propicio es que es real. En algún momento hay que dar el primer paso. La vida es demasiado corta para pasárnosla esperando épocas mejores o ideales, para lamentarnos por lo malo de nuestra realidad -sin limpiar la mirada y descubrir que siempre abunda más lo bueno-, para dejar que los días se nos escapen como agua entre los dedos. La vida corre prisa, aventurémonos pues...

Hace un año me admiró e interpeló una lechuga que nació en la grieta del cemento. Hoy, nuevamente entre cemento, me maravilla la zinnia, que no necesitó tierra muy fértil y preparada para brotar, sino que, incluso sin ser sembrada, le bastó lo que encontró en un huequito junto a la puerta del galpón. Allí desplegó su tallo verde y sus flores rosadas. Por lo tanto, reitero mi deseo, para hoy y para el año que empieza: a imagen de la zinnia, dejar de esperar condiciones ideales, y crecer donde se nos permita.

 


Lautaro Nicolás

 

 

 

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Instrucciones para tomar un mate


 

Dedicatoria:

A Ricardo, Daiana, Leonardo, Julio y Viviana,

maestros para lograr estas líneas.

A los cientos de personas para quienes el mate

es imagen de nuestra amistad.


 

Preámbulo:

Del mismo modo que no empieza uno a existir en el momento en que es parido, sino que lo hace nueve meses antes, así el mate comienza a vivir previamente al instante en que colocamos nuestros labios en forma de ípsilon griega y sorbemos. Por eso, lo primero que hay que saber es cómo preparar el mate.

 

Instrucciones propiamente dichas:

Llene su pava de metal -sí, de metal, nada de pava eléctrica, artefacto del demonio- con agua de la canilla, o, en su defecto, de bidón o dispenser si la de su casa no es potable. Coloque la pava sobre la hornalla, y prenda esta última.

Mientras el agua se va calentando, busque su mate -el cual no puede ser sino una cucurbitácea, es decir especie de calabacita-, y llénelo con tres cuartos de yerba. Tómelo con su mano derecha –si es diestro- y con la izquierda tápelo. Después empiece a sacudirlo, sin quitar la siniestra hasta que vuelva a dejarlo sobre la mesada: su mano debe estar llena de polvo, y el ángulo que logró entre la yerba y el lado interno del mate que está frente a ella, debe ser de 45°.

No se demore y pruebe el agua para saber su temperatura: Vierta un poquito en el hueco logrado e injerte la bombilla mirando hacia usted. Sorba una vez y si la temperatura aún no es la ideal, deje la pava un rato más en el fuego. Tiene prohibido retirarse o distraerse –con una mariposa, con el celular, o viendo si encuentra algo que comer en la heladera- ya que si el agua se hierve deberá tirarla y empezar nuevamente con todo. Cuando luego de sucesivas probadas llegó a la temperatura deseada, cierre la hornalla. Puede colocar el agua en un termo para mantener la temperatura o dejarla en la pava para gastar más gas y realizar tres viajes innecesarios a la cocina.

Los mates deben ser cebados –no servidos, ¡horror!- de la siguiente manera:

·         El chorro de agua siempre en el límite de la bombilla y la yerba, nunca en el extremo opuesto. Cuando el sustento se va lavando, puede ir aumentando la circunferencia gradualmente. Si luego de tres mates ya se parece a la Laguna Setúbal antes de su bajante histórica, déjelo y dedíquese a otra cosa.

·         Siempre con poca agua, así el que toma no se cansa y se multiplican las rondas, alargando la mateada.

·         Un buen gesto es dirigir la bombilla hacia quien se le está dando el mate. Si aquella baila y mira a cualquier lado, básicamente le estamos diciendo al otro “no me importás”.

Si bien el mate, como la vida, será verdadero mate cuando sea compartido, está permitido prepararlo y tomarlo en soledad, ya que ayuda a la introspección y a la relajación.

Una vez observadas cada una de estas instrucciones puede entregarse al disfrute de lo envidiado por el mismo Olimpo –ya que a sus pies nunca creció la yerba mate-: Boca en forma de ípsilon griega, luego sorber.



Lautaro Nicolás