sábado, 19 de marzo de 2022

En lo que nos toca


     
   
   He quedado contento porque ayer –después de bastante tiempo- estuve haciendo jardinería en el patio de mi casa. Mientras desayunaba temprano bajo la sombra que el fresno del vecino nos regala bien al fondo, observaba el camino de cemento que conduce desde la casa al galpón. El césped de los lados venía rebalsando los límites, y, si bien no se hallaban al punto de unirse los dos extremos, no estaba prolijo. Entonces, cuando terminé de desayunar, me descalcé, busqué la tijera de podar, me puse un gorro, y arranqué a recortar los excedentes.

Como en todo trabajo, al principio no se notaron los avances. Progresaba, y los panes de césped iban quedando en medio del camino, desparramando tierra todo alrededor. Pero, al momento de barrer y juntar lo recortado para sacarlo afuera, vi qué lindo había quedado, y me alegré. Diría que me llenó de una “paz mental” muy grande. Y no fue tan difícil, me habrá llevado media hora. Entonces brotó en mí la pregunta: ¿Qué pasaría si atendiéramos todos nuestros asuntos, dándole ese ratito diario que requieren? ¡Cuánta prolijidad en nuestras casas! Y qué decir, ¡en nuestras vidas! En nuestros corazones… Pasa que, a veces –y solo a veces-, somos unos “quedados”, y dejamos que vayan creciendo los yuyos, los cuales después van tapando los caminos que cotidianamente cruzamos.

Por otro lado, la misma imagen que me hace reflexionar sobre nuestros desórdenes exteriores e interiores, me hace pensar en la sociedad en la que vivo. No hay que ser muy experto para saber que sangro por lo abandonada y sucia que está mi ciudad. Y digo “está” y no “es”, porque no puedo resignarme a creer que no podemos cambiar, a que es parte del ADN del santafesino ser tan así. Estoy empecinado en mi convicción de que, si cada uno de nosotros se hace cargo de la pequeña partecita que le corresponde, y lo hace con el mayor esmero, de la mejor manera que realmente pueda, la cosa cambiaría. No existirían motociclistas sin casco, ni luces, ni percato ante la luz roja del semáforo. Serían extraños los accidentes y las roturas de cabeza. Todos separaríamos los residuos por material, tendríamos canastos, cada uno en su vereda, desconoceríamos lo que son las montañas de basura en las esquinas, y no tiraríamos los papeles y las colillas de cigarrillo en las calles. En cambio, los desagües estarían destapados y el agua fluiría musicalmente por ellos cuando la lluvia sea torrencial en la ciudad: nadie se inundaría. Entonces, las plazas no solo estarían limpias porque nosotros no tiraríamos nuestros residuos en ellas, sino que también porque los empleados de la municipalidad –o a quien le toque por oficio- pasarían cotidianamente podando, barriendo, regando, plantando y trasplantando. Sería tan lindo que hasta las palomas decidirían no hacer sus necesidades por allí, ¡mirá si van a ensuciar semejante obra de arte! Y así con todo, con cada cuestión y sector, en cada oficina, en cada empresa, en cada iglesia y cada club.

Llegando a este punto el lector pensará que no puede aumentar el nivel de mi idealismo. Y un poco de razón tiene. Pero solo un poco, porque mi sueño empieza de algo muy concreto, que es el camino de cemento que va de la galería al galpón, en el patio de mi casa. La ciudad y el mundo son reflejo de lo que nuestra casa y nuestro corazón. Por esto último, no puedo dejar de mencionar que, como en el mundo encontramos lo que en el corazón llevamos, tengo miedo de haberme convertido en un pesimista, a mis jóvenes 25 años, al ver tan negro y desordenado todo. Pero vuelvo a mirar al patio y se enciende dentro mío una pequeña lucecita. Si en medio de tanto despiole en el mundo, en la ciudad, en mi corazón, y también en mi patio –que podría estar mejor si yo lo ayudara más seguido a mi papá, que ya bastante hace- puedo darme cuenta de esto y tener el rato para revertirlo, ¡cuánto más podremos percibir y hacer, cada día, cada uno de nosotros en lo que nos toca! Sí, en lo que nos toca, no es para nada extraordinario: en nuestros trabajos, en el estudio, en nuestros vínculos y responsabilidades.

Por mi parte, dejo de escribir, ya que nadie va a leer por mí el correo que me mandaron desde la secretaría del Colegio, tender la cama, y armar la mochila para arrancar una nueva semana laboral.



Lautaro Nicolás Valli

5 comentarios:

  1. Lautaro es tan real o que describiste. Orden en elcorazon y así habrá orden en la vida, en la.sociedad. mi deseo es que.podamos lograrlo. Un abrazo

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  2. Hermoso tu relato. Creo que todo es cuestión de cultura y de empatía con el prójimo. Sea el vecino, la familia o con quién nos toque compartir. Es raro el ciudadano argento. En el exterior somos cumplidores de las normas de convivencia e higiene. Acá no.

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  3. Hermano Lautaro si cada uno pondriamos unas horas para poder hacer lo que vos relatas seriamos los mejores, seguramente para llegar a lo que vos y me incluyo queres hacer tenemos que pasar por este desorden y acomodar nuestra casa y vida.Abrazo en Cristo Jesús.

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  4. Excelentes tus reflexiones, ojalá algún día el ser humano lo pueda entender.

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  5. Tal cual Lauti!!! Y coincido....nuestra casa, nuestro lugar de trabajo,nuestros sitios preferidos son reflejos de como tenemos ordenadas las cosas en el corazón. Siempre digo hacer la cosas poniendo todas nuestras fuerzas,ganas y tiempo es la excelencia si no ponemos lo mejor de nosotros entonces nos quedamos en la mediocridad.

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