miércoles, 8 de diciembre de 2021

Instrucciones para tomar un mate


 

Dedicatoria:

A Ricardo, Daiana, Leonardo, Julio y Viviana,

maestros para lograr estas líneas.

A los cientos de personas para quienes el mate

es imagen de nuestra amistad.


 

Preámbulo:

Del mismo modo que no empieza uno a existir en el momento en que es parido, sino que lo hace nueve meses antes, así el mate comienza a vivir previamente al instante en que colocamos nuestros labios en forma de ípsilon griega y sorbemos. Por eso, lo primero que hay que saber es cómo preparar el mate.

 

Instrucciones propiamente dichas:

Llene su pava de metal -sí, de metal, nada de pava eléctrica, artefacto del demonio- con agua de la canilla, o, en su defecto, de bidón o dispenser si la de su casa no es potable. Coloque la pava sobre la hornalla, y prenda esta última.

Mientras el agua se va calentando, busque su mate -el cual no puede ser sino una cucurbitácea, es decir especie de calabacita-, y llénelo con tres cuartos de yerba. Tómelo con su mano derecha –si es diestro- y con la izquierda tápelo. Después empiece a sacudirlo, sin quitar la siniestra hasta que vuelva a dejarlo sobre la mesada: su mano debe estar llena de polvo, y el ángulo que logró entre la yerba y el lado interno del mate que está frente a ella, debe ser de 45°.

No se demore y pruebe el agua para saber su temperatura: Vierta un poquito en el hueco logrado e injerte la bombilla mirando hacia usted. Sorba una vez y si la temperatura aún no es la ideal, deje la pava un rato más en el fuego. Tiene prohibido retirarse o distraerse –con una mariposa, con el celular, o viendo si encuentra algo que comer en la heladera- ya que si el agua se hierve deberá tirarla y empezar nuevamente con todo. Cuando luego de sucesivas probadas llegó a la temperatura deseada, cierre la hornalla. Puede colocar el agua en un termo para mantener la temperatura o dejarla en la pava para gastar más gas y realizar tres viajes innecesarios a la cocina.

Los mates deben ser cebados –no servidos, ¡horror!- de la siguiente manera:

·         El chorro de agua siempre en el límite de la bombilla y la yerba, nunca en el extremo opuesto. Cuando el sustento se va lavando, puede ir aumentando la circunferencia gradualmente. Si luego de tres mates ya se parece a la Laguna Setúbal antes de su bajante histórica, déjelo y dedíquese a otra cosa.

·         Siempre con poca agua, así el que toma no se cansa y se multiplican las rondas, alargando la mateada.

·         Un buen gesto es dirigir la bombilla hacia quien se le está dando el mate. Si aquella baila y mira a cualquier lado, básicamente le estamos diciendo al otro “no me importás”.

Si bien el mate, como la vida, será verdadero mate cuando sea compartido, está permitido prepararlo y tomarlo en soledad, ya que ayuda a la introspección y a la relajación.

Una vez observadas cada una de estas instrucciones puede entregarse al disfrute de lo envidiado por el mismo Olimpo –ya que a sus pies nunca creció la yerba mate-: Boca en forma de ípsilon griega, luego sorber.



Lautaro Nicolás

jueves, 18 de noviembre de 2021

Los andamios de mi vida

 



“Tantas charlas, tanta vida, tanto anochecer con olor a comida,

son una eternidad familiar, que en un solo día no puede cambiar,

¡y afuera llora la ciudad, tanta soledad!

 

¡Estos muros, estas puertas, no son de mentira, son el alma nuestra,

barco quieto, morada interior, que viviendo hicimos igual que el amor,

y afuera llora la ciudad, tanta soledad!”

 

 “Barco quieto”

María Elena Walsh

 

 

Hoy tenía planeado, luego del trabajo en el Santuario, pasar a buscar en auto a un amigo para dar una vuelta y comer algo por ahí, quizás unos choripanes en la Costanera. Con todo, no pudimos, porque cuando me dispuse a ir a buscarlo, se desencadenó una tormenta de viento que cambió la temperatura e hizo volar varias cosas. Entonces, pasé a buscar a mi amigo por el trabajo, y lo alcancé hasta su casa, porque ya empezaba a arremolinarse la tierra. Estando en la otra punta de la ciudad, comencé el retorno a casa, no creyendo conveniente estar con el auto afuera, por si acaso cayera granizo, o volara alguna rama. Me esperaban mis padres y mi hermana, con la luz cortada. A los minutos, disfruté contento del aire fresco que inundaba la casa, y suspiré agradecido.

Agradecido por mi casa, que es más que los ladrillos pegados y el techo firme: la casa que son la ternura y omnipresencia delicada de mi mamá, la reciedumbre de mi papá en sus trabajos cotidianos, el incesante chicaneo de mi hermana y su esporádica y gustosa camaradería.  También la casa que son mi familia grande: principalmente mis abuelos –las personas más fieles que conozco- y mis tíos –que se desviven por nosotros-.

Por otro lado, ¿cómo no pensar en los amigos que me hacen de casa? Sin poder realizar una lista exhaustiva, haré mención de un par a modo de ilustración. En este último tiempo, ha cobrado vigor la relación con Marcela y Natalia, quienes atendiendo la librería Paulinas, no solo se dedican a vender libros y estampitas, sino que, por carisma, albergan al peregrino y necesitado. Ellas son actualmente mi casa en el atiborrado centro, cuando tengo un rato entre clases del Huerto, cuando se me pincha la rueda de la bicicleta, o cuando simplemente paso y necesito un momento de distensión.

Digo que mi gente es como mi casa, porque junto a ellos experimento seguridad y calor de hogar. Pero más bien son como los andamios de mi vida, el sostén necesario para el tiempo en que me voy construyendo paso a paso. Sin ellos yo no podría casi nada, o sería más difícil. Su presencia me unge, me fortalece para patear la cancha, a la que tanto miedo le tengo a veces.

Y no hace falta estar pegoteados. Simplemente con saber que están y que son un puerto seguro al que podemos volver basta: mi papá abriéndome el portón bajo la lluvia, mi hermana regalándome un sachecito de mayonesa, y mi mamá prendiendo una velita roja para que vea mientras me bañaba, fueron suficientes para estar contento, en una noche con cambio de planes, solo en mi pieza, y escribiendo esto, junto a una taza de té y una bolsa de masitas.

 


Lautaro Nicolás

viernes, 5 de noviembre de 2021

Bicicletas, ¡nunca más!

    


    Pasó en estos días, que me cansé de andar en bicicleta, proponiéndome por algún tiempo no usar ninguna. Intuyo que se debe a que el domingo pasado se me pinchó una rueda en la otra punta de la ciudad, y tuve que volver en colectivo tarde por la noche. Unos días después, a la que me prestó mi mamá se le desarmó el eje de los pedales, también dejándome a mitad de camino entre una de las escuelas en las que estoy trabajando y el Puente Colgante. Un buen amigo me socorrió esta última vez, que fue el jueves, prestándome su bicicleta, y albergando la mía. Al fin, la mañana de hoy, sábado, me dediqué a recolectar mis vehículos averiados y desparramados por la ciudad, para llevarlos a alguna bicicletería, luego de haber devuelto la de mi amigo. Entonces, se me ocurre que es posible que las reiteradas veces en que se rompen las bicicletas que uso, más el calor insoportable de estos días, más las extensas distancias que me toca atravesar, se hayan fusionado, logrando mi cansancio.

    Mientras caminaba en mi travesía matinal de hoy, pensaba si no pasa algo parecido con las relaciones. ¿En qué vínculo no existen el cansancio, las lesiones, los enojos, las "dejadas a pata"? ¿Y por eso los vamos a descartar? Es que, ¿escaparemos ante la primera pinchadura de una amistad, con el primer o segundo afloje del eje de un noviazgo, o el corte de frenos de un proyecto? ¿Pueden los puntos flojos opacar a los fuertes? Y en esta disyuntiva, de tomar o dejar, de abandonar lo averiado, o volver a apostar por la reparación y una nueva etapa, evoco a Schweitzer, que sobre la madurez escribe: "Para poder navegar mejor entre los peligros de la vida (el hombre) se ha visto obligado a aligerar su embarcación. Y ha arrojado por la borda una cantidad de bienes que no le parecían indispensables. Pero que eran justamente sus provisiones y sus reservas de agua. Ahora navega, sin duda, con mayor agilidad y menos peso, pero se muere de hambre y de sed."

    No quiero morir de hambre y de sed... No quiero tirar por la borda de mi vida todo aquello que se rompe un poco. Tengo la ilusión de que se puede emparchar y seguir intentando. Creo en las segundas -¿y por qué no, terceras y cuartas?- oportunidades. Adhiero a la idea de que no podremos escapar al sufrimiento, si queremos vivir humanamente, que hay batallas en las que podemos elegir quedarnos, y otras abandonar. En esta línea, pienso que hay amigos, amores y proyectos por los cuales vale la pena esperar y sangrar, sufrir un poco -o lo que demande-, porque son los que hacen que nuestras vidas se conviertan en un oficio honroso, y son levadura en nuestra masa.

    En definitiva: podemos descartar lo que queramos de nuestras barcas, pero eso depende de cómo anhelamos vivir. Yo deseo rostros, nombres e historias para mi corazón, tardes eternas de mates, atardeceres en silencio en la Costanera, lecturas motivadoras y muchas risas, abrazos y manos cálidas... Intuirá el lector, que cuando digo esto pienso en personas y proyectos concretos. Y quiero que sepa el lector, que en mi relación con todos ellos existieron y existen los altibajos, las rispideces y las distancias. ¡Pero es tanto lo que me brindan! Como la Madre Mercedes -mi bicicleta roja-, que si bien cada dos por tres me deja a pata, no se cansa de beneficiarme ampliamente, ejercitándome, no contaminando, siendo barata, llevándome por donde quiero, y atravesando airosa los embotellamientos de la hora pico, en calle San Jerónimo y Juan de Garay.



Lautaro Nicolás

miércoles, 13 de octubre de 2021

¿Por qué nadie dice nada malo?

 


En estos días me tocó reemplazar a una profesora en la materia “Construcción de la Ciudadanía e Identidad”, en un tercer año de la escuela secundaria. Sucedió algo muy lindo, lo cual me hace reafirmar que son los alumnos los que tantas veces terminan enseñándoles a sus docentes.

Reflexionando en torno a la “identidad”, y buscando definirla, yo quería llegar a formular que la identidad es aquello que nos hace ser quienes somos, y no otros. Entonces, se me ocurrió un ejercicio. Señalé a un chico de los del fondo y le pregunté el nombre. “Alejandro”, me respondió. Luego, miré al resto, y les pedí que dijeran cada uno una característica de él.

A algunos fue difícil sacarles las palabras, incluso haciéndolos mirar a su compañero, con el objetivo de que mencionaran alguna de sus cualidades físicas. Con todo, el pizarrón se fue llenando de frases como “buena onda”, “le gustan las motos”, “viene en auto a la escuela”, “habla mucho”, “usa gorra”, “tiene ojos claros”, “es castaño”, entre otras.

Mientras tanto, un poco asombrado, el que estaba siendo descripto, exclamó: “¿Por qué nadie dice nada malo?” A lo que respondí que eso era relativo, ya que lo que otros veían en él como algo positivo, él mismo podía considerarlo como negativo, y viceversa. Otra hipótesis fue que, estando él presente, quizás no se animaban a criticarlo, porque luego podrían venir las represalias, cuando el profe reemplazante se haya ido y queden, al fin, solos.

La clase prosiguió, y los que habían comenzado mudos la jornada, fueron manifestando que no eran tales, principalmente al momento de pedirme salir unos minutos antes al recreo, para ocupar los mejores bancos en el patio. A esta altura el lector se preguntará: “¿Qué fue lo ‘muy lindo que sucedió’ que hizo de motor para escribir estas líneas?” Bueno, aquí va.

Mientras, caminando, me alejaba de la escuela para tomar el colectivo, iba rumiando lo vivido, alegre y movilizado. La pregunta de Alejandro -¿por qué nadie dice nada malo?- me daba vueltas, y llegué a intuir una nueva respuesta. Estamos tan acostumbrados a la crítica destructiva constante, a señalarnos solo los “defectos”, a mirarnos de reojo y sospechando, que cuando alguien nos dice algo lindo, desconfiamos. ¡Qué poco acostumbrados estamos a “bendecirnos”, a decirnos cosas buenas, aquello magnífico del corazón de cada uno, que nos hace multiplicar la existencia! Me gusta pensar que el hombre ve de lo que hay en su corazón, y que estos jóvenes tienen aún el alma limpia, y por lo tanto los ojos. Tan limpia que no ven en su compañero más que a un joven hermoso, con quien es un gusto compartir las extensas jornadas escolares, y que siempre está dispuesto a pinchar para sacar una sonrisa.

Y cierro con mi sospecha de que no es una cuestión de edad, de que vos y yo, que ya no tenemos quince años, podemos sentir, ver y actuar también de este modo. Quizás es cuestión de animarse…

  

 

Lautaro Nicolás


martes, 24 de agosto de 2021

Desorden encantador


 

Michael Quoist tiene una oración bellísima -la cual conozco en español, gracias a que José Luis Martín Descalzo la tradujo del francés-, que dice en una parte: “¡Como si hubiera muertos! No, no hay muertos, Señor, sólo vivos de aquí y de allá.” Son, precisamente, estas líneas las que vuelven a mi corazón en este día.

Creo que el hombre ve de lo que hay en su corazón. Sólo así se explica que al contemplar cúmulos de “chatarra”, algunos puedan hallar orden y belleza, mientras que otros sólo vean desorden y fealdad.

Recuerdo que hace algunos años, estando en Los Algarrobos -casa de descanso del Seminario de Santa Fe en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba-, se me ocurrió transformar la antigua chacarita del fondo, en un pequeño jardín. El lugar era hermoso: estaba alejado de la casa, y, en verano, reinaba una especie de margaritas amarillas que convocaba a cientos de abejas. Sí, estaba repleto de restos de electrodomésticos, muebles, materiales en desuso… Lo que habitualmente es llamado “basura”.

A mí, lo que de natural había, me encantaba, y lo artificial, sólo me parecía que estaba un poco desordenado. Entonces había que acomodar, para un mejor funcionamiento. Lo que yo quería era cultivar “lágrimas de Job”, cuyas semillas sirven para hacer rosarios -sólo con el tiempo supe que no era una planta para ese clima, y que a las hormigas y caballos les encantaba-. Pero eso es lo de menos. Quería armar un cerco, para delimitar, y para cuidarlas de los animales. Así que pedí ayuda, y otro seminarista, más un cura joven, me ayudaron. Pequeño fue el corral, pero servía.

Piedras, elásticos de camas metálicas, estacas de sauce, caños, pedazos de rejas y ¡hasta la baranda de hierro de un balcón antiquísimo! Todo eso usamos. En el extremo derecho delantero, un frasco de mermelada vacío que custodiaba la imagen de quien sería, a partir de entonces, la patrona del lugar: María Auxiliadora -una estampa con una oración en italiano que encontré en la sacristía-. Contrastaba aquella pequeña edificación con la vecina montaña de desechos… Y hubo que sembrar, y, obvio, regar… Aunque el tiempo que estuvimos no nos alcanzó para llegar a ver nacer y crecer las plantas, no faltó oportunidad para visitar el rincón.

En una de esas, estábamos con el seminarista amigo que me había ayudado, y reflexionábamos en torno a la cuestión por la cual hoy me puse a escribir: ¡qué extraño poder hallar orden entre tanto despiole! Yo estaba convencido de que todo lo que se encontraba ahí, y había sido descartado, era valioso: sólo había que ubicarlo un poco mejor.

-Bueno –dijo  él- vamos a ponerle un nombre.

Y lo pensamos.

-¡Desorden encantador! -dictaminó, con sonrisa grande y mirada luminosa.

Yo, divertido, asentí.

 

¡Desorden! ¡Como si hubiera desorden! No… Sólo hay orden de aquí y de allá. Claro está, que sólo veremos orden si dentro llevamos orden; y desorden, si desorden albergamos, porque el hombre ve de lo que hay en su corazón.



Lautaro Nicolás


domingo, 1 de agosto de 2021

Resucitar mil veces

 

Betania siempre quedó a tres kilómetros de Jerusalén. Pero aquel día, al Nazareno le parecía tanto más cercana… Quizás la muerte del amigo le recordó que no faltaba mucho para la suya. Se acercaba el momento.

Marta, como de costumbre, iba y venía, porque “había que atender a los amigos” que se acercaron a despedir a su hermano. María, como de costumbre, eligiendo la mejor parte, estaba junto a Jesús, en silencio. Pero esta vez, le robó un gesto a su hermana, e increpó al Maestro:

-Jesús –Él levantó la mirada- Perdoname, pero, necesito decirte algo…

-¿Qué pasa?

-No por privilegio, ni por creernos tus favoritos, sé que no lo somos… Bah, que en realidad…

-Dale María, sin vueltas, tranquila- Y la tomó de la mano.

-Bueno… Pensé que quizás… Que quizás… -Y soltándose, llevó sus manos a la cara y empezó a llorar. Siguió, angustiada- No sé, como a la viuda de Naím le resucitaste el hijo… Con nosotros podías hacer algo parecido… Perdón…

Jesús la abrazó, hasta que fue calmándose de a poco. Marta pasó ligero y dejó un vaso con agua. María lo tomó y bebió, mientras secaba sus lágrimas. Ya no quedaba nadie más que ellos tres.

-María… No quiero sostener un discurso elegante pero muerto. No voy a decirte que sé lo que se siente perder a un hermano, porque nunca me pasó. Pero, no quiero dejar de mencionarte una cosa… -Ella lo miraba tranquila al fin- Si algo tenemos que ver mi Padre y yo con esto de la vida y la muerte, no significa que siempre obremos del mismo modo… O sea, a Lázaro, como a la gran mayoría de las personas, le tocó lo más hermoso, resucitar miles de veces. –Ella, extrañada, lo seguía escuchando- Creo que no hay nada peor que vivir sin vivir, es decir, simplemente sobrevivir: que los días pasen, o mejor, “se nos pasen”, y no hayamos podido elegir entregarnos a la apasionante aventura de amar, mucho y de prisa. Lo peor no es la enfermedad, no… ¡Ni la muerte! No… Como ya te dije, lo peor es simplemente sobrevivir, resignarnos al gris cotidiano, que se vuelve eterno… Resucitamos, resurgimos cada día para la vida, y, algunos más, otros menos, pero todos recibimos ese regalo… Lázaro resucitó mil veces, y sé que varios cientos de ellas, los vivió en serio. Yo ya empecé a vivir la mía - la definitiva -, con vos y tu hermana, que, aunque no cambien sus mañas, me hacen gozar de este oficio honroso que es el de ser hombre… -Acarició su rostro, y sonriente preguntó- ¿Resucitamos hoy?



Lautaro Nicolás

martes, 13 de julio de 2021

Elogio de lo ordinario

 


“Es curioso: la cortesía ha establecido que sólo se debe saludar a los conocidos. Y la costumbre ha señalado que cuando un desconocido nos dice ‘buenos días’ no puede ser simplemente porque nos desea un buen día, sino como prólogo para pedirnos o preguntarnos algo, aunque sólo sea la hora. Desearse felicidad gratuitamente es algo que no se lleva y que incluso entre los amigos sólo funciona por Navidad y sus alrededores.”


José Luis Martín Descalzo,

"El reino de los ‘buenos días’.”

Razones para la esperanza.

 

Como el que recibe un “buen día” y luego espera el mangazo, así quedé luego de recibir la primera dosis contra el covid-19.

Las sensaciones imperantes fueron la extrañeza y el asombro: “No puede ser… ¿Tanta amabilidad? ¿Todo funcionando tan bien? ¿Horarios que se respetan, e incluso que se adelantan? ¿No sólo eficacia, sino también eficiencia? ¿Sigo estando en Argentina?”

Y la respuesta es: ¡SÍ! Esto es Argentina, y podemos hacer las cosas de otro modo. ¿Tan acostumbrados estamos a que habitualmente no funcionemos, a la apatía, e incluso, a veces, hasta al desprecio?

¡Bendita oportunidad que nos sirve de modelo para recordar que hacer lo que nos toca, bien, y con una sonrisa, es posible!

Porque, siendo sinceros, quienes me recibieron para la vacunación no hicieron nada extraordinario. Por el contrario, realizaron lo que les correspondía, es decir: lo ordinario. Nuestra sorpresa ante lo ordinario, ante lo que debería ser moneda corriente, probablemente es signo de cuán lejos nos encontramos, tanto comunitaria como personalmente, de lo que debemos asumir y llevar adelante con responsabilidad.

¡Volvamos! Cada uno, a lo que le toca, del mejor modo posible… Sí, podemos cambiar. Sí, podemos vivir mejor.

Y mientras muchos siguen viendo grietas (porque quizás los hombres vemos de lo que están llenos nuestros corazones), yo elijo alegrarme al guardar en mi interior el piropo de Mariana, la enfermera, que antes de vacunarme exclamo: “¡pero qué voz de locutor!”

 


Lautaro Nicolás