En agradecimiento con quienes se animaron a hablar.
En solidaridad con las
víctimas de Edgardo Storni.
Esta sea, tal
vez, la página más difícil de las que me he propuesto escribir. Nadie externo a
mi conciencia me pidió que lo haga. Pero tengo algunos motivos de los cuales no
puedo escapar y me persiguen hasta capturarme, como el pez que tragó a Jonás.
Una lápida en el exilio
En junio de este año, volviendo junto a un amigo de Los Algarrobos, la
casa que el Seminario de Santa Fe tiene en Calamuchita, Córdoba, decidimos
pasar por el cementerio de La Floresta, donde está enterrado Monseñor Storni.
La visita surgió como una posibilidad luego de que hayamos hablado mucho sobre él
y su influencia en nuestra vida diocesana, especialmente en el Seminario, el
cual compartimos con mi amigo durante varios años. Algunas lecturas del fin de
semana e interminables charlas nos habían movilizado tanto que, al surgir la
pregunta de “¿Querés que pasemos? Yo ya estuve una vez”, algo dentro mío me
movió (aunque no sin dudas) a aceptar la invitación.
Al poner pie en el cementerio, el tiempo pareció detenerse. El aire se
densificó. Todo lo hicimos en silencio. Llegar a esa lápida fue muy fuerte.
Descubrir que no había ningún rastro de su ser eclesiástico fue un condimento
especial. Ni “Excelencia”, ni “Monseñor”, ni nada. Solo el nombre: Edgardo
Gabriel Storni. Y las fechas de nacimiento y muerte: 4-6-1936, 20-2-2012.
Dentro de la misma lápida pero más a la izquierda, vestigios de una cruz que en
otro momento debió tener pegada. Mi mirada fue de esa marca, al nombre, a las
fechas, al horizonte, muy poco a los ojos de mi amigo, y así muchas veces. Todo
en silencio. Clima que duró un buen rato incluso después de habernos ido.
Antes de retirarnos le saqué una foto a la lápida, foto que luego de
algunas horas, sin tener muy clara la motivación, compartí en mi estado de
WhatsApp. No recuerdo haber publicado algo que haya recibido más reacciones de
mis contactos. Las respuestas fueron de lo más variadas. Algunos se
sorprendieron, otros me preguntaron dónde estaba, otros lo insultaron… Todo
esto no hizo más que confirmar mi convicción de que Edgardo Storni es una
persona de la cual hay que hablar por más de un motivo, que me propongo
explicar a continuación. Y mostrar esa foto actual fue el inicio de un proceso.
Fue un decir “no se olviden de que existió esta persona”, que aunque no la
nombremos por comodidad, conveniencia, dolor o miedo existió. Y lo que aconteció
durante más de veinte años y terminó explotando públicamente en 2002 nos sigue
afectando hasta el día de hoy.
El innombrable
Quisiera,
antes de explicitar cuáles creo que son las razones por las que es necesario
hablar de Storni hoy, describir cómo fue mi relación con su figura a lo largo
de los años, aportando además el dato cronológico para aquellos que no están
tan empapados en el asunto.
En
mi parroquia de origen Monseñor Storni era valorado positivamente,
principalmente por su énfasis en la liturgia. Lo único que escuché como crítica
negativa en esos años era que tenía “mal carácter”. Supe con el tiempo que era
capaz de frenar una celebración e intempestivamente callar al coro porque un
canto “no correspondía” al momento de la misa, por ejemplo. Entonces, las
comunidades parroquiales lo recibían más con temor que con alegría. Pero no
guardo más recuerdos que estos de aquellos años.
Claramente,
de las denuncias por abusos sexuales no se hablaba en mi parroquia, conducida
por uno de los pocos sacerdotes que ensalzan y defienden hasta el día de hoy a
Storni. Pero no tardé en conocer al menos el juicio generalizado que la
sociedad santafesina tenía del exiliado arzobispo. Ya en esa época, en la
previa de mi ingreso al Seminario, notaba una doble cara del asunto. Extra
eclesialmente no había dudas y se lo consideraba un abusador. Pero dentro de
las instituciones católicas que yo frecuentaba del tema no se hablaba, a
excepción de las valoraciones mencionadas en el párrafo anterior.
En
2015 entré al Seminario de Nuestra Señora, Seminario fundado y forjado por
Monseñor Storni, del cual fue su primer rector y al que le dedicó mucho de su
trabajo pastoral como arzobispo luego. En la casa de formación sacerdotal
tampoco se hablaba de lo que había pasado con él. Teníamos Historia de la
Arquidiócesis como asignatura en el primer año, en la cual, de no haber sido
por la inquietud de esos jóvenes de 18 y 19 años que éramos, el tema no se
habría hablado. Y la única vez que lo tratamos, fue de manera bastante superficial.
El tiempo siguió corriendo y la dinámica fue parecida a la vivida en mi
parroquia. De Storni solo se explicitaba su mal carácter y su énfasis en la
liturgia.
Al
conocer gradualmente la historia de nuestro Seminario, la imagen que tenía de
Storni se fue ampliando. Esto se debe a que la estructura de la cual formábamos
parte tenía en él a su Alma Mater, quien le imprimió sus formas, según sus
criterios. El Seminario de Santa Fe, emplazado a unas cuadras de la Basílica de
Guadalupe, se había cerrado definitivamente en 1971. En 1978 Monseñor Zazpe
decidió reabrirlo pero esta vez en el casco histórico al sur de la ciudad,
cerca de la Catedral y el Arzobispado. Confió la conducción de ese período a
Storni, su Obispo Auxiliar. Este, que mantenía grandes diferencias con quienes
habían “conducido a la ruina” al antiguo Seminario, sostenía que no debía haber
continuidad, sino que lo mejor era realizar un corte con toda esa parte de la
historia, en un lugar nuevo y con personas nuevas. Zazpe falleció en enero de
1984, siendo elegido como administrador diocesano por sus propios pares el
presbítero Edgardo Trucco, párroco de la Basílica de Guadalupe, mientras se
esperaba que desde Roma se designara a un nuevo arzobispo. Finalmente, en
agosto del 84 fue nombrado Storni para el cargo. En paralelo siguió siendo el
rector del Seminario, situación que cambió recién en 1989 en que eligió a otro
sacerdote para tal ministerio.
Con
los años fui conociendo lo que ni en mi parroquia ni en el Seminario se hablaba.
Gracias a lo compartido con personas que vivieron en esa época y a lecturas que
fui realizando se fue ampliando (siempre parcial, siempre punzante) el
rompecabezas de la “cuestión Storni”, que gradualmente se me va clarificando
más. A continuación dejo los que considero son los hitos más relevantes. Al
menos lo que está relacionado con las denuncias de abuso sexual en su contra,
que motivaron su renuncia y posterior condena en la justicia civil.
Cronología[1]
1961: Ordenación sacerdotal de Edgardo
Storni.
1976: Nombramiento como Obispo Auxiliar
de Santa Fe.
1977: Ordenación episcopal.
1978: Nombramiento como rector del
Seminario “Nuestra Señora”.
24/01/1984: Fallecimiento de Vicente
Zazpe, Arzobispo de Santa Fe.
Agosto de 1984: Nombramiento
de Storni como Arzobispo de Santa Fe.
1989: Designación del presbítero Jorge
Montini como rector del Seminario[2].
Jorge
Montini recibe declaraciones de seminaristas que denuncian a Storni. Recopila
pruebas y las comunica al entonces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina,
Cardenal Primatesta. También, por recomendación de este, Montini informa en 1990 de la situación al Nuncio
Apostólico, Ubaldo Calabresi, quien rechaza las pruebas que acusan a Storni.
1991-1993: Edgardo Trucco advierte a Primatesta
y luego a la Congregación para los Obispos de la gravedad de los actos
atribuidos al Arzobispo de Santa Fe.
1994: La Santa Sede ordena una
investigación a cargo de José María Arancibia, entonces Arzobispo de Mendoza,
quien se instala en Paraná y recibe declaraciones de quienes acusaban a Storni.
Esta investigación no prospera, o al menos no se genera externamente ningún
cambio. Storni sigue siendo el Arzobispo de Santa Fe.
2002:
I. El
presbítero José Guntern, a raíz del testimonio recibido por parte de un
seminarista, escribe a Storni instándolo a “cambiar su comportamiento”[3].
II. Olga
Wornat publica el libro “Nuestra Santa Madre: historia pública y privada de la
Iglesia Católica argentina”, cuyo capítulo “El príncipe y el Pastor” aborda la
cuestión de Storni. En agosto la autora presenta su obra en la feria del libro
de Santa Fe, tomando así el asunto relevancia pública, la cual influyó en
impulsar los procedimientos penales posteriores.
III. En septiembre Storni, desde Roma, presenta su renuncia a la conducción de la Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz. A su regreso se muda a La Falda, donde vive como Arzobispo Emérito hasta su muerte.
2009: Storni, declarado culpable
de abuso sexual agravado por la Justicia santafesina, es condenado a ocho
años de prisión e inhabilitación por el mismo período.
2011: La condena es anulada por ser
considerada “insuficiente” su fundamentación. Se dispone que la causa regrese a
primera instancia para una nueva sentencia. La misma no prescribe ni Storni es
declarado inocente, sino que el proceso penal queda abierto.
Febrero de 2012: Storni
fallece en La Falda.
Mis razones para hablar hoy
Como
mencioné en los apartados anteriores existe en mí una doble motivación para
hoy, octubre de 2026, a más de veinte años de que Storni haya renunciado al
Arzobispado de Santa Fe en medio de un escándalo enorme, hablar sobre él.
Mi
primera razón son las personas víctimas
de sus abusos. Porque sus únicas víctimas no son las que se animaron a
hablar, en privado algunas, en la justicia otras. Sus víctimas son más. Y
muchas de ellas no han podido elaborar ni sanar lo que les sucedió en el
Seminario hace tantos años. Porque sigue habiendo personas que no pueden decir
lo que les pasó, que no pueden compartir su sufrimiento, es necesario hablar
hoy.
En
segundo lugar, y aunque no sea fácil, es necesario hablar de este tema porque si prolongamos el silencio sostenemos
dinámicas que favorecen el abuso. Pero no solo el abuso sexual, sino
también el abuso de poder, de autoridad, de conciencia, espiritual.
Es
importante conocer cómo fue nuestra historia para entender qué hay en la
génesis de dichas dinámicas dañinas, abusivas. Por eso mi empeño en presentar
la cronología del “caso Storni”. Pero estas líneas buscan llegar más allá de
él, a quien ya no se puede interpelar ni juzgar civil ni eclesiásticamente. A
quien, por otro lado, muchos recuerdan con gratitud por sus aportes a nuestra
vida diocesana.
Entonces,
me resulta urgente que, entre otras cosas, podamos preguntarnos: ¿Cómo es
nuestro vínculo con la autoridad? ¿Cómo se toman las decisiones en nuestras
comunidades? ¿Logramos despojarnos, al menos gradualmente, del clericalismo por
el cual nos vimos caracterizados históricamente? ¿Somos respetuosos con los
procesos que las personas hacen a la luz de sus conciencias y ante Dios o
seguimos pautándoles la vida según nuestros criterios particulares?
¿Continuamos callando nuestras miserias y errores para no “dañar la imagen de
la Iglesia”?
La
Iglesia es más ella misma cuando asume el dolor de los doloridos, sobre todo
cuando tiene responsabilidad en ese dolor. Por lo tanto, la cercanía con las
víctimas de abuso sexual por parte de eclesiásticos no es una opción sino un
deber de todos sus miembros. Y uno de los modos concretos y fundamentales de
estar cerca de quienes fueron abusados es hablar. No para seguir abriendo las
heridas, sino para mostrar nuestra intención de acogida y acompañamiento,
nuestra decisión de cambio de conducta, nuestro deseo de reparación.
Como
expresa Francisco: Es fácil hoy caer en
la tentación de dar vuelta la página diciendo que ya hace mucho tiempo que
sucedió y que hay que mirar hacia adelante. ¡No, por Dios! Nunca se avanza sin
memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa[4].
Deberemos, juntos, seguir trabajando por mantener viva la memoria de nuestra
comunidad diocesana, a la cual amamos con sus luces y sus sombras. Porque,
también al decir del Papa argentino, al hablar de memoria no nos referimos solo
a los horrores, sino también (a) el
recuerdo de quienes, en medio de un contexto envenenado y corrupto fueron
capaces de recuperar la dignidad y con pequeños o grandes gestos optaron por la
solidaridad, el perdón, la fraternidad. Es muy sano hacer memoria del bien[5].
Ojalá que en este proceso de mantener viva la memoria, con sus idas y venidas, encuentros y desencuentros, altos y bajos, podamos dejarnos conmover por el dolor de nuestros hermanos más heridos y privilegiarlos por sobre nuestras estructuras y falsas seguridades. Como el samaritano del Evangelio a quien no le importó llegar tarde al culto por quedarse a atender a la persona que encontró tirada al borde del camino.
Lautaro Nicolás Valli
[1]
DUHAU, Juan Bautista, Ineficiencia
estratégica y fallos en la protección de los seminarios católicos (2026):
https://www.degruyterbrill.com/document/doi/10.1515/opth-2025-0079/html?srsltid=AU7gw4UckIaI2np3Vf8HZjDLeQ1bKm6JUzS1auYWwhlFyT6OSNOGT3-a
[2]
Esto significa que Storni siguió siendo rector del seminario incluso 5 años
después de convertirse en el arzobispo, viéndose concentrado el poder y la
autoridad en una sola persona.
[3]
En 1994 el presbítero Severino Silvestri había enviado una carta a Storni de
las mismas características, la cual no recibió respuesta por parte del
Arzobispo.
[4] FRANCISCO, Fratelli tutti, punto 249.
[5] FRANCISCO, Fratelli Tutti, punto 249.

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