Hace algunas
semanas, junto a dos amigos con quienes estamos impulsando Centu en Santa Fe,
fuimos convocados por Victoria Stéfano para contar de qué se trata nuestra
comunidad y también para promocionar el encuentro que íbamos a tener unos días
después.
Victoria es
periodista en Periódicas, medio santafesino de corte feminista. Hace dos años
había entrevistado a Gastón Onetto, quien en su adolescencia había realizado
algo llamado “terapia reparativa”, la cual sostiene que la homosexualidad puede
ser revertida, reparada. Gastón, bastante avanzada esa “terapia”, tuvo la
lucidez de alejarse de la misma, percatándose de todo el daño que venía
significando para su vida, ya que para lograr el fin que se propone, esta
terapia no solo te exige la represión, sino que te termina aislando de todos
los vínculos que pueden llegar a estimular en vos aquello que se desea reparar.
Cuando
Victoria escribió la nota sobre el caso de Gastón, investigó bastante y pudo
recabar otros testimonios y evidenciar parte de la red vincular que promovía la
práctica de esta terapia reparativa en Santa Fe. Un dato no menor es que una
característica casi permanente es la relación estrecha de este tipo de
prácticas con agrupaciones y personas pertenecientes a la Iglesia Católica.
Tanto atrapó todo esto a Victoria que, al descubrir la existencia de Centu,
comunidad que busca ser apoyo y contención para aquellos que experimentan
tensión entre su espiritualidad y su sexualidad, no tardó en contactarse para
ahondar en nuestro trabajo.
Para la
entrevista nos reunimos en un café los cuatro. Fue un momento súper intenso, ya
que los temas conversados fueron en gran medida muy sensibles. Me refiero
principalmente a lo relacionado con las terapias reparativas. Luego de que
Victoria nos contara lo que la movió a contactarnos, nos hizo dos preguntas:
¿Cómo conocieron/llegaron a Centu? Y ¿qué valor tiene la fe en sus vidas? Me
encantó escuchar a mis dos amigos, quienes, cada uno a su estilo, respondieron
a las preguntas de la entrevistadora. Cuando llegó mi turno no fue nada fácil,
ya que una de las capacidades menos desarrolladas que tengo es la de
sintetizar. Y menos con un tema tan hondo. Además de narrar cómo llegué a Centu
en junio del 2020, me detuve en lo que creí que sintonizaba entre mi historia y
gran parte de lo que Victoria nos había compartido.
Así, conté
cómo lo que ella nos narró sobre la historia de Gastón había despertado ciertos
recuerdos en mí, ya que, también en mi adolescencia, alrededor de los 15 años,
había recibido consejos que estaban en línea con la mencionada terapia
reparativa. Como venían de parte de personas que en ese momento de mi vida eran
autoridad, tomé sus recomendaciones e intenté incorporarlas. Según lo que me
habían dicho, me gustaban los hombres, entre otros factores, porque estaba en
una etapa de confusión. Pero si yo alimentaba una conducta “masculina”, a los
20 o 21 años “reafirmaría mi sexualidad”, y esos gustos, deseos e impulsos iban
a desaparecer. Esto conllevó un cambio en mí y en más de un vínculo, siendo
doloroso en algunos casos. No obstante, en los años inmediatamente posteriores,
si bien nunca dejaron de atraerme los hombres, este intento de cambio no
significó un conflicto ya que anduve concentrado en otras cosas.
El problema
llegó cuando, pasados algunos años, yo estaba en el Seminario y esto no
cambiaba. Ingresé a la casa de formación sacerdotal en el año 2015,
permaneciendo hasta mediados de 2019 en que tomé distancia considerando que no
estaba llamado al sacerdocio. Al par de años de mi ingreso llegó la época en
que, según la fórmula cuasi mágica que me habían dado en la adolescencia, debía
reafirmar mi masculinidad, gustándome las mujeres y dejando de sentir atracción
por los hombres. Pero no pasó. Y seguir reprimiendo todo lo que sentía,
pensaba, soñaba –como si se pudieran reprimir los sueños- me hizo mucho daño.
Tanto, que decidí darle un tratamiento especial. Yo había hablado de mi
orientación con quienes me acompañaban en el proceso formativo del Seminario, y
ellos siempre fueron muy respetuosos con mi camino. Supieron acompañarme muy
bien. Parte de ese acompañamiento fue que cuando yo no aguanté más la angustia
que me provocaba seguir reprimiendo todo esto, facilitaron que acceda a
terapia, aprovechando que yo tenía que hacer por rutina el psicodiagnóstico.
Con la
psicóloga, ante quien me saco el sombrero por su agudeza, tratamos el tema en
profundidad, lo cual me ayudó mucho y fue lo que necesitaba para dejar de
reprimir esa dimensión de mi vida y empezar el proceso de integración. Mientras
yo esperaba que sea categórica y me diga “sos gay” -porque siempre es más fácil
que a las riendas las tomen los otros- ella no lo hizo y, en cambio, concluyó:
“Lautaro, vos tenés muy claro lo que te gusta, en qué pensás y con qué soñás…
Ahora depende de cómo vos querés vivir con eso”. Esa frase, que la recuerdo
literal, fue la pieza que le faltaba a mi rompecabezas. Un rompecabezas difícil
de armar con tantas idas y vueltas durante tanto tiempo. Con mis 22 años de
edad no había reafirmado mi masculinidad –entendiendo por esto que dejen de
gustarme los hombres-, ¡y menos mal! Pero sí había crecido en madurez para
plantearme qué quería hacer con todo lo que me pasaba y, en definitiva, con
todo lo que soy. Y el camino no era, como hasta el momento, la represión.
Entendí que mi orientación homosexual era parte de mi vida y no quería pelearme
más con eso, demasiada angustia me había granjeado. Quería vivir reconciliado
conmigo mismo, y aceptar todo esto era parte de ese proceso.
Comparando mi
historia con la de Gastón y tantos otros, en realidad no es nada… O casi nada.
Porque en esos años fue realmente duro. Pero cuando escuchaba a Victoria
relatar los distintos casos de las personas que hicieron efectivamente esas
terapias reparativas, pagando un montón de plata, viajando a otras provincias o
incluso a Estados Unidos para realizar campamentos, sentí que con mi
experiencia solo llegué al umbral del infierno. Porque podría haberlo pasado
peor. Y me compadezco de tantos que han sufrido y sufren por este tipo de
prácticas. Por eso son estas líneas, para interpelar conciencias, para que
aquellos que lo están padeciendo sepan que no están solos y que hay una oleada
de personas que creen que lo que les pasa, que como sienten, que lo que les
gusta no es un error. Que sus vidas no son un error.
Por último, me
gustaría mencionar que no guardo rencor por quienes en otro momento me
aconsejaron para la represión, porque entiendo que, en definitiva, buscaban mi
bien, aunque guiados por un criterio con el que en esta etapa de mi vida no
coincido. También agradezco a todos aquellos que no buscaron repararme, que
respetaron y respetan mi singularidad y me ayudan a ser cada vez más yo-mismo.
Ojalá pueda devolverles aunque sea una parte del bien recibido. Ojalá podamos juntos
seguir ayudando a otros a avanzar en el camino de la autenticidad.
Lautaro Nicolás Valli

Muy Sensato Primero Pensa en vos y no importa lo q piensen los demás y apoyado en tu Fe serás Feliz!! TKMMM!!
ResponderEliminar¡Ay, Lautaro! ¡Cuántos disparates hemos hecho los psiquiatras pensando que ayudábamos a nuestros pacientes! Las "terapias de conversión" son uno de ellos. El conocimiento científico de la mente humana está menos avanzado de lo que nos gustaría. Hasta hace poco, los médicos tratábamos de "reparar" todo aplicando sangrías y sanguijuelas.
ResponderEliminarMe alegro mucho de que no guardes rencor de esa etapa.
Quienes te queremos, te amamos tal como eres y sientes. Y, quien más te ama es Dios. Como te dijo la psicóloga que te ayudó, sacá vos las conclusiones.
Lauti sos una persona que con gestos o palabras demuestran lo hermosa persona que sos. Agradezco conocerte y compartir esa pasión por cantar. Bendiciones infinitas hoy y siempre
ResponderEliminar