Rodrigo es uno
de los tantos chicos que deambulan por la ciudad golpeando puertas o frenando
personas por la calle. Su objetivo es recolectar algo que le sirva para
alimentar a su familia. Estuvo trabajando como albañil pero actualmente no
tiene trabajo. Hasta no hace mucho vivía en un rancho, pero Los Sin Techo le
construyeron una casita para que vivan más dignamente él, su señora y sus dos
nenas. Lo más importante: Rodrigo es súper respetuoso, súper amable, súper
agradecido. Justo el día en que me paró a mí por la calle estaba juntando plata
para comprar una garrafa, y me dijo que, con lo que le había dado yo, iba a
poder comprarla.
Rodrigo es de
la clase de personas –sí, porque parece que luego de tantos años y tanto
“avance” existen “clases” entre las personas- de quienes muchos nos quejamos,
con frases como “no le puedo dar a todo el que me pide”, “si quiere tener algo,
que vaya a laburar”, entre otras. En el mejor de los casos utilizamos expresiones
tranquilas como esas. El rato de conversación con él, en que me abrió su vida
con total confianza, bastó para conmoverme y replantearme algunas de las
premisas con que me manejo, fundadas muchas veces a la ligera.
De lo
mencionado anteriormente, lo que más duramente me cuestioné luego es esa frase
que solemos utilizar: “si quiere tener algo, que vaya a laburar”. Una vez, otro
muchacho me cuestionó el hecho de que yo viva tan cómodamente mientras él tenía
que vivir en la calle. Le respondí que mi comodidad de hoy se debía a que mis
padres y abuelos habían tenido que trabajar bastante duro para conseguirlo.
Ahora, ¿quién emplea a personas como Rodrigo y le asegura una mínima
estabilidad para vivir sin tener la necesidad de salir a pedir? ¿El Estado, ya
sea municipal, provincial o nacional? ¿Las empresas privadas? ¿Nosotros, los
ciudadanos “de a pie”? A esta altura de la lectura seguro se irán formulando
del otro lado un montón de argumentos, todos válidos, seguro… Pero, si nadie le
da una primera buena oportunidad a Rodrigo, ¿cómo saldrá de la pobreza? ¿Cómo
tendrá lo necesario para mantener esa casita que le dieron Los Sin Techo,
vestir, alimentar y mandar a la escuela a sus hijas? ¿Cómo romper con el
círculo vicioso de la miseria estructural?
Quisiera
abstenerme de esa frase, la de “si quiere tener algo, que trabaje”. Siento que
decirla es una respuesta demasiado rápida y simple como para responder a una
situación tan compleja. Porque la pobreza material es compleja, y la vida de
las personas que la sufren, mucho más aún. Pero también creo que esgrimir frases como esa
es un modo de tranquilizar nuestras conciencias que nos gritan –o susurran- que
ahí hay una injusticia. Hay una injusticia porque pocos le dan a Rodrigo lo que
le corresponde. Porque yo hoy tengo lo necesario para satisfacer mis
necesidades básicas, gracias a que alguien empleó a mis abuelos. No les
sobraba, pero pudieron sentar bases para el crecimiento digno de sus familias.
Ahora,
inevitablemente, la cuestión se ramifica al mencionar la palabra injusticia.
Partiendo de la base de que algo es injusto porque no es “lo que corresponde” a
determinada situación, cosa o persona, me surgen las preguntas: ¿qué diferencia
hay entre la situación injusta que sufre Rodrigo y el resto de las que nos toca
padecer a nosotros? ¿Y de las que nosotros generamos, consciente o inconscientemente?
Si en la raíz de todo acto o situación injusta hay un corazón -de donde viene
todo en el hombre- entonces todas las injusticias, como las justicias, son
básicamente iguales… No me quiero enrevesar, solo profundizar un poco para
explicar por qué creo que lo que hoy le falta a Rodrigo tiene que ver con un
montón de omisiones que son responsabilidad de un montón de personas, no solo
suya. Y esas omisiones nacen en el corazón de personas concretas. Quizás en el
tuyo y en el mío. Porque, hilando más fino, y teniendo presente que formamos
parte de una misma comunidad humana, lo que sufre uno lo sufrimos todos como
cuerpo, y lo que beneficia a uno, nos beneficia a todos indirectamente. Por
eso, mi falta no termina en mi metro cuadrado, sino que llega a la vida de todos
en menor o mayor medida. Como los papeles que solemos tirar por la ventana de
los colectivos o autos muchos santafesinos. Eso es más fácil de identificar
porque es algo externo. Pero también las acciones bien hechas en nuestra vida
cotidiana son engranajes de un organismo mayor, que es la sociedad.
Toda esta
maraña me sensibiliza bastante y culpabiliza un poco, pero, por sobre todo, me
anima a seguir dando lo mejor de mí en lo cotidiano, en mis vínculos, en el
trabajo, en el estudio, en la calle, en el súper y en la verdulería. A la vez,
me empuja a pedir perdón. Perdón, Rodrigo, por cada mirada o pensamiento
discriminatorio, por cada vez que ni siquiera te miré y te reduje a una cosa
más del paisaje. Perdón, Rodrigo, por cada vez en que no hice lo que tenía que
hacer, por el semáforo cruzado en rojo, por el papel tirado en la calle, por la
plata de más del vuelto con que me quedé, por todos los minutos que le robé al
trabajo, yéndome antes o llegando después…
Finalmente, me
alegra saber que, como me contaste, alguien ya se hizo cargo de vos y de tu
familia, al decirte que te iba a ayudar a buscar trabajo. Él quizás no lo sabe,
pero no solo te está haciendo bien a vos, sino que, indirectamente, también me
está haciendo bien a mí. Gracias a él por su buen gesto. Gracias a vos por tu
amabilidad. No la pierdas por favor.
Lautaro Nicolás Valli

Cada vez me convenzo mas de que los conceptos teoricos como el de "meritocracia" no son formas de explicar, sino de ocultar realidades tan concretas como estas. Nos piden a los docentes que no demos ejemplos concretos para no "dañar posibles suceptibilidades" y que brimdemos información "objetiva de los hechos", es decir, frías y sin corazón. Nos hacen olvidar de los nombres y los rostros que sufren esto, no de vez en cuando, sino cada día de su vida, el encierro en las aulas nos impide verlo cara a cara y reflexionar/actuando. Ojalá entre las tradiciones familiares y en las instituciones educativas formales se transmitiera y se diera valor a los pequeños gestos de gratuidad que posibilitaron el presente que vivimos los de "buen pasar".
ResponderEliminarCelebró que sean docentes los que miren, reflexionen y decidan sobre cuestiones sociales y éticas. En un país que atesora un sistema educativo que permitió la movilidad social y la inclusión de las nuevas generaciones a desde fines del XIX,los educadores siguen siendo eso. O no son nada
ResponderEliminarSi Lauti una y mil veces perdón Rodrigo, como a tantos otros rostros con nombres desconocidos y de todas las edades, pero con la esperanza de que algún día todo cambie no por magia sino por la sumatoria de pequeños gestos que gracias a Dios existen como esa mano generosa que ayudó a Rodrigo.
ResponderEliminarHay.muchos Rodrigos en nuestro entorno, cada uno con sus singularidades.
ResponderEliminarEsta semana he podido empezar a ayudar a uno, que llevaba años viviendo en condiciones indignas. La enfermedad mental conduce a la prisión a personas sin maldad alguna, y la cárcel, a veces, es su salvación. Triste sociedad estamos construyendo si para que algunos Rodrigos reciban la atención que necesitan tengan que pasar por la cárcel