Por Miguel Sánchez Maluf
Córdoba, Argentina
Terminando este Diciembre, y a pedido de un querido amigo santafesino, voy a bajar a la letra escrita lo que sentí y siento referido al Evento que va a poner este año en los anaqueles de la historia de nuestra/s generación/es: el Mundial de Fútbol en Qatar.
Antes de ese desarrollo, se vuelve necesario contar algunas cosas: a pesar de que no soy un espectador habitual de partidos de fútbol y de los ritos que lo rodean, vi todos los mundiales desde 1990 (probablemente, también el de 1986, pero mis recuerdos son difusos). Seguí partidos de la Selección en Eliminatorias, Copa América, Juegos Olímpicos, Juegos Panamericanos, Mundiales Sub-20, etc. De nuevo: no soy un fanático, pero disfruto de verlos.
Hecha esta aclaración, llega la hora de confesar algo odioso: no vi el Mundial de Qatar, ni un minuto de partido, ni un minuto de entrevistas, ni un minuto de festejos, ni un minuto de comentarios. Nada. Tampoco “consumí” el Mundial de Qatar: ni las promociones, ni las publicidades, ni los cantitos, ni los filtros de las redes sociales.
Qatar no fue un Mundial para mí: como hombre homosexual este evento representa una amenaza expresa y palmaria, así que desde tiempo atrás (incluso antes de este año) lo tenía decidido: no participo de eventos homofóbicos ni siquiera como espectador o consumidor.
Qatar no sólo nos rechaza a los homosexuales: somos perseguidos con sanciones que llegan hasta la pena de muerte por ser quienes somos.
También rechaza todas las formas de libertad de la mujer, todas las expresiones físicas de afecto, etc. Y la violación a estas restricciones, es perseguida con penas gravosas.
Así las cosas: el Mundial en Qatar no solo fue una fiesta a la que no estuve invitado, sino que fue una fiesta en donde yo tenía la entrada prohibida.
Un amigo cuestionó mi decisión: “¿Qué culpa tiene la FIFA?” y mi respuesta fue que la FIFA tiene culpa, responsabilidad y es cómplice y hasta autora de los hechos. Un evento como este JAMÁS debería celebrarse en un lugar que nos persigue con penas de muerte a quienes tenemos una sexualidad diversa, que persigue con penas físicas a las mujeres que eligen vivir en libertad, etc.
No debería ser difícil de entender: somos parte del mundo, y esto era un mundial.
Para Qatar lo importante era exhibirse, para la FIFA lo importante era el negocio. Ambas cosas tienen valor en dinero, entonces yo elegí descartar ambos: no ver y no consumir. Es mi pequeño granito de arena frente a la exclusión. Así el centavo que vale mi participación como espectador o consumidor no fue a parar a quienes me persiguen por ser yo mismo. Es casi una respuesta de mi instinto primario de supervivencia.
Para peor: el Mundial de Qatar fue convalidante de estas aberraciones. Los países que, como Qatar, mantienen este tipo de normas vieron en este evento un cheque en blanco para seguir persiguiendo, encarcelando y matando personas, porque saben que Occidente igual va a premiarlos.
Personalmente, me llevó mucho tiempo, mucha energía, muchos momentos oscuros, y muchas lágrimas llegar a ser un hombre homosexual que vive su vida en plenitud, sin tener que esconderme nunca, en ningún lugar, frente a nadie. Esto hace que mi decisión sea obvia: no soy espectador ni consumidor de eventos homofóbicos.
Al principio creí que mi forma de pensar/sentir era solitaria, después encontré en twitter y en algunos pensadores y comunicadores con las mismas inquietudes. Después de la final, empecé a compartir con amigos y amigas (de la comunidad LGBT) que me confesaron también cierta incomodidad con el contraste de vivir una fiesta en un lugar que nos condena.
Desde hace varios años que siento que cuando una persona, una institución, o un lugar nos rechaza, es cuando tenemos que mostrar más orgullo, más colores, más brillo, más afecto, más amor. Donde hay rechazo, nosotros tenemos que llenar el espacio de orgullo.
Para mi Qatar siempre va a tener este sabor amargo, sin importar adónde fue a parar la Copa: el Mundial de Qatar es el evento que permitirá a muchas naciones seguir matando homosexuales como yo por el solo hecho de serlo.
Ojalá este Mundial nos ponga a pensar, a quienes queremos una vida en libertad de amar (lo más esencial de la humanidad) y aprendamos a ponderar cuándo un evento de cualquier tipo, de cualquier dimensión, representa una amenaza para nosotros.
Ojalá que, si un negocio como FIFA vuelve a darnos la espalda, nosotros actuemos colectivamente en consecuencia.
La Copa sería, así, por lo menos un aprendizaje.

Excelente reflexión Mike! El lado B del que nos cuesta hablar como comunidad.
ResponderEliminar💗💗💗genio Mike! Me encantó
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