viernes, 19 de abril de 2024

Quiero vivir lento



Quiero vivir lento.

Para que el apuro no me estreche los días,

y pueda echar mis raíces

en la tierra de lo que realmente vale.

 

Poder tomar mates con mis abuelos

y ver envejecer a mis padres.

Sujetar la mano de la persona amada,

fijar mi mirada en la suya, compartir el silencio...

 

Aceptar la invitación de mi hermana

y de cualquier amigo.

No ser burócrata, estar disponible.

 

Ver cómo nacen por la mañana

y mueren por la tarde las flores.

Presenciar la visita constante

de las abejas a las lavandas.

Tanto les gustan.

 

Sembrar y cuidar con paciencia mi jardín,

cualquiera sea la casa donde viva.

 

Dormir lo necesario,

tomar mates y leer lo que me nutra.

Caminar y andar en bicicleta sin meta.

 

Quiero vivir lento.




Lautaro Nicolás Valli


viernes, 22 de marzo de 2024

Vivir reconciliados

 


Ni siquiera una nueva vida exorciza a los viejos demonios y puede que nunca consiguiera exorcizar a los míos por completo. Pero había tomado la decisión de mudarme al campo por una necesidad poderosa, la necesidad de al menos llegar a un acuerdo con ellos.

 

Anhelo de Raíces

MAY SARTON

 

Cuando estaba en el Seminario circulaba un libro de Amadeo Cencini que llevaba el mismo título que estas líneas. Lo recomendaban los directores espirituales, y era casi de lectura obligatoria. No recuerdo si lo leí entero, pero sí que entré en contacto con él y de esa lectura brotaron algunas anotaciones.

Ahora, después de varios años, me brota la expresión “vivir reconciliados” para nombrar lo que anhelo mientras discierno cómo relacionarme sanamente con mis límites.

Seguro que muchos hemos sido aconsejados sobre distintos aspectos de nuestras vidas. Muchas veces se nos enseñó a ponerle un freno o asfixiar un sentimiento, un impulso, una palabra o un gesto. En el mejor de los casos se nos explicó por qué. Pero tantas otras veces solo se nos dijo que estaba mal, que no correspondía, que “eso no se dice”, “no se hace”, o “no se siente”. Que “no debemos”, o “no podemos”.

¿Qué pasa si solo reprimimos lo que nos hace entrar en conflicto? ¿Todos nuestros “excesos” deben ser arrancados de raíz? Es más, ¿se puede arrancar de raíz todo lo que habita nuestra humanidad?

Hace un tiempo, mientras ya venía rumiando especialmente todo esto, la lectura colectiva de un texto me iluminó. El mismo hablaba de Camilo de Lelis, santo italiano que vivió en el siglo XVI, al cual quiero mucho por coincidir su fiesta con el aniversario de mi bautismo, y porque todo lo que leí sobre él me atrapó y apasionó. Lo que más me interpeló de Camilo siempre, además de su entrega al servicio de los enfermos, fue un rasgo muy particular de su vida. En esa época, en que la medicina era distinta, tuvo que convivir durante la mayor parte de sus días con una llaga incurable en la pierna. Por esa llaga es que descubrió su vocación a servir a los enfermos, ya que por ser uno de ellos terminó en el Hospital Santiago de los Incurables. Así, Camilo es ejemplo de que no es necesario que esté “todo en orden” para tomar una decisión o empezar una misión, que se puede convivir con aquello que nos duele, e incluso eso puede ser lo que, misteriosamente, nos ayude a descubrir nuestra vocación.

Recordar a Camilo me ayudó, ya que durante mucho tiempo alimenté -e incluso alimento- una visión perfeccionista del ser humano, en que no hay lugar para las grietas, para los grises, para lo no resuelto. Cuánta falta nos hace entender que la vida del hombre no es pura claridad y orden, sino que es más probable que se caracterice por ser un manojo de contradicciones. ¡Pero tampoco está ni “bien” ni “mal” que seamos este sutil, intrincado, irracional y absurdo resultado de emociones, sentimientos, delirios, sueños y mitos, como decía Sabato! Somos así. Lo que sí no está bueno es no aceptarlo, y seguir reprimiendo todo aquello que no nos gusta y no podemos cambiar.

Es cierto, podemos cambiar algunos aspectos de nuestras vidas, pero no todos. Y vivir reconciliados con todo aquello que nos constituye es la mejor opción. Lo afirmo desde la experiencia de reprimir mucho durante mucho tiempo. Si no podemos exorcizar del todo a nuestros demonios, al menos hagamos el intento de llegar a un acuerdo con ellos. 




Lautaro Nicolás Valli


Ilustración: Claudio Kucharczuk

 

miércoles, 27 de diciembre de 2023

La obsesión de morir en Domingo




El Domingo 24 de diciembre del 2023 falleció el padre Luis María Tomatis, actual párroco de la querida Cuasi Parroquia María Junto a la Cruz, de Altos del Valle en Santa Fe. Este suceso generó un remolino dentro mío. Quienes me conocen, saben que no miento al decir que ponerme a escribir estas líneas fue más fuerte que yo. No pude no hacerlo. El tema es que ahora que estoy aquí, frente a la hoja en blanco, la cuestión es: ¿por dónde empezar? Dándole vueltas al asunto, llegué a pensar que todo lo que pueda decir del padre Tomatis habla más de mí que de él. Porque la realidad es una sola, pero cuanto podemos percibir de ella puede ser infinito. Estas percepciones son relativas a nuestro corazón, a nuestras pasiones, a nuestra historia y contexto… Por esto es que lo que dejo a continuación no es un estudio científico riguroso, sino algunos de los aspectos que de su persona más me han interpelado en el tiempo que pude conocerlo.

Una de las cosas en las que estuve pensando desde que supe de su muerte, es en algo que Monseñor Arancedo dijo del padre Elvio Alberga cuando este falleció. El obispo expresó: “hoy se da vuelta una página importante de la historia de la Iglesia en Santa Fe”. Coincidí con él entonces, pero creo que esa página se termina de dar vuelta hoy, con la partida del padre Tomatis. Lo digo porque Tomatis era el último miembro de un grupo muy amigo de sacerdotes, los cuales han fallecido todos. Posiblemente la cercanía con ellos se debió a que uno de sus miembros era su propio tío, el padre Celestino Bruna. Lo cierto es que estos curas, mayores a Tomatis todos, lo adoptaron e hicieron participante esencial. Además de los ya mencionados Bruna y Alberga, en el grupo estaban Trucco, Zanello, Aguirre, Vietti, Gasparotto, Blanchoud, Emmert, Espinosa, Carrón, Silvestri, entre otros. La mayor parte de ellos se había formado en el Seminario “Viejo”, antes de su cierre hacia fines de los 60. Tomatis era de la generación bisagra, que estudió mientras la Casa de formación diocesana estuvo cerrada, en los 70. En su caso, fue destinado por Monseñor Zazpe a la vecina Paraná. Al fallecer Tomatis se da vuelta, como dije más arriba, esa página esencial de nuestra historia como diócesis. Una página rica en experiencia, vida entregada y conocimiento de nuestro pasado.

Todo lo dicho en el párrafo anterior pude ir aprendiéndolo por mi cercanía con más de uno de los curas enumerados, principalmente Elvio y Severino. Estos lo amaban a Tomatis, y Tomatis los amaba a ellos. Hacia Elvio había algo de veneración y reverencia, quizás por la edad, quizás por la sabiduría, quizás por su ejemplo extremo de vida. Con Severino era distinto, eran casi un matrimonio. En los últimos años, luego de las cenas dominicales de este grupo de amigos, Tomatis se lo llevaba al “Seve” –como le decía él- a pasar la noche al barrio San Agustín, donde Luis María era párroco. Al día siguiente lo devolvía a Santo Tomé. Muchas veces los vi llegar e irse juntos de distintos eventos. Me acuerdo que la primera vez que los saludé a ambos fue cuando se estaban yendo de la misa exequial de Elvio, en noviembre del 16. Ese día empezó mi amistad con Severino. A Tomatis empecé a conocerlo un poco después. En la cuarentena del 2020 sufrieron mucho el aislamiento, pero hacían videollamada todas las noches para estar más cerca. Cuando en septiembre del 2020 falleció Severino, Tomatis llevó sus cenizas a la Casa del Clero, mientras esperaba el traslado definitivo de los restos del amigo. 

Cuando me empecé a vincular con Tomatis, este vivía en la parroquia San Agustín, en el barrio homónimo del oeste santafesino. Vivía ahí por elección. Cuando empecé a realizar entrevistas para escribir la biografía de Elvio, fui a tomar mates con él para hablar sobre eso. Ahí me contó, además del tema que nos reunía, cómo era vivir en el barrio, las dificultades, pero también las bondades. No era raro que golpeen su puerta a mitad de noche para llevar de urgencia al hospital a algún vecino descompuesto o accidentado. Ese día me llevó en auto de vuelta a mi casa. La segunda vez que lo visité ya no vivía en San Agustín, sino en la Casa del Clero. El motivo de nuestro encuentro fue una nueva entrevista, pero en esa ocasión sobre Los Algarrobos, la Casa que el Seminario de Santa Fe tiene en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba. Entre tantas cosas que hablamos, volvimos a charlar de algo que para mí fue capital: su vínculo con Zazpe. Este había sido muy amigo de la familia Tomatis, y como Luis María cumplía años el 25 de diciembre, el obispo solía visitarlos para esa fecha. Además de esos momentos, Tomatis gozó de acompañar a Zazpe en muchos de sus viajes por la diócesis mientras era seminarista en Paraná y volvía cada tanto a visitar a su familia.

En este último tiempo, Tomatis había sido designado párroco de María Junto a la Cruz, por lo que pude verlo más seguido que antes, dada la cercanía con mi casa paterna. La última vez que lo vi le dije que tenía ganas de ir a verlo para charlar y tomar unos mates. Se alegró y me dijo “dale, me gusta”, levantando su pulgar. Y creo que en ese gesto podría sintetizarse todo él: dulce, amable, simple, siempre disponible, dado hasta el extremo por los demás, en la misma proporción que despreocupado por él mismo y su salud…

Pareciera una obsesión la de él y varios de sus amigos de morir en Domingo. Elvio se fue el primero de Adviento. Luis María el cuarto, en la previa de Nochebuena y Navidad. Fueron antorchas con sus vidas, pero también con sus muertes. Gracias a Dios porque, entre tantos bienes recibidos al compartir con ellos, creo en Él gracias a sus vidas entregadas al extremo.




Lautaro Nicolás Valli


miércoles, 18 de octubre de 2023

Cuidar el corazón

 



…si un baobab no se arranca a tiempo, ya no es posible desembarazarse de él. Invade todo el planeta. Lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y si los baobabs son demasiado numerosos, lo hacen estallar.

“Es cuestión de disciplina –me decía más tarde el Principito-. Cuando uno termina de arreglarse por la mañana, debe hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs en cuanto se los distingue entre los rosales, a los que se parecen mucho cuando son muy jóvenes. Es un trabajo muy aburrido, pero muy fácil”.

 

El Principito

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

 

Cuidamos la ropa, cuidamos la casa, cuidamos el auto, cuidamos el celular y los electrodomésticos… Cuidamos la plata y la multiplicamos para viajar y para poder seguir cuidando todo lo otro. También para que crezcan nuestras arcas -y yo aquí sin entender para qué un hombre puede querer tanto-…

Pero no cuidamos con tanto esmero el corazón: somos envidiosos, violentos, chantas, tramposos, rivalistas, rencorosos… Y no nos molesta, lo sostenemos. ¡Y hasta cuidamos de tener un buen porcentaje en sangre de esos bichos! Entonces, estamos llenos de cosas, pero difícilmente somos felices. Nuestros corazones no hallan paz ni tranquilidad en ningún momento, porque siempre hay un granero más que llenar, un modelo nuevo de celular que poseer, o un kilo más de ropa que acumular… Pero, ¿para qué?

Llegado a este punto, me gusta pensar en cómo el Principito sacaba baobabs de su planeta, porque si los dejaba crecer le tapaban su pequeño mundo. Eso es cuidar el corazón. Estar atentos a que las malas hierbas no copen el lugar. Y si bien es cierto que siempre puede haber un auxilio extraordinario que nos ayude a extirpar baobabs que se han pasado del tamaño tolerable, ¡cuánto mejor es ir trabajando día a día por dejar que no crezcan, e ir sacándolos cuando son apenas brotes!

También es cierto que, para cuidar el corazón, no basta con quitar las malezas. Me animo a decir que lo fundamental es ir sembrando buenezas: lechugas, calabazas, tomates, maíces, orégano, perejil, caléndulas, conejitos, petunias, malvones…




Lautaro Nicolás Valli

martes, 26 de septiembre de 2023

Somos finitos

 


Me siento como frente al mar, en la playa de Buzios, donde estuve con mi familia hace algunos años. Esto podría significar, al menos, dos cosas. Una, que estoy en éxtasis, admirado, deslumbrado, encantado, ya que es la playa más hermosa que conocí. Otra, que me encuentro ante un abismo, con vértigo, haciendo equilibrio para no caer. En esta ocasión mi sentimiento tiene más que ver con lo segundo.

Ante un abismo, sí. Con miedo de caer. Un poco asfixiado por ciertas barreras. ¿Quién no se encuentra con límites, con algún muro que le quita el aire? Una de las grandes ambiciones del hombre pareciera ser conquistar la libertad. O mantenerla, para aquel que cree que con ella nace. Por ejemplo, Rousseau decía que el hombre nace libre, pero “en todos lados está encadenado”. Coincido con la segunda parte de esta afirmación, y considero que muchas de las cadenas que nos asfixian son elegidas, a veces con bastante lucidez, otras con un poco menos. Pero también hay ataduras que nos sobrepasan, con las que nacemos y de las cuales difícilmente podamos liberarnos.

Hablo del tiempo, de cuánto pueda llegar a durar nuestra vida y de cuánto de lo que queremos hacer en una semana o un día realmente podamos. No somos infinitos, no lo podemos todo. Para decirlo por vía positiva: somos finitos. Y eso no está ni bien ni mal -¿por qué esa maldita necesidad de moralizar todo?-. Simplemente es así, es parte de nuestra humanidad. Supongo que debemos aprender a convivir con este aspecto de nuestra existencia, sin caer, dentro de lo posible, en constantes depresiones.

Lo pienso ahora por un montón de motivos, desde no poder visitar día por medio a mis abuelos, hasta frecuentar sin tanta estructura a mis amigos, limpiar la casa, hacer jardinería o leer cuanto libro tenga ganas, sin pensar que en media hora “tengo que” ponerme a hacer otra cosa. La barrera del tiempo…

Otra barrera es la de los cuerpos. A veces me desvela la idea de que nunca podré dar todos los abrazos que quisiera a las personas que amo. Incluso abrazando mucho, permaneciendo en el silencio del bombeo de los corazones, me quedo corto. Sí, también ahí se manifiesta que somos finitos, que nuestra sed no es tan fácil de saciar.

Incluso las palabras son limitadas, ya que, como dijo Cortázar, “las palabras no alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”. Lo experimento cabalmente, tanto cuando me quedo a mitad de camino por miedo al qué dirán si digo todo lo que pienso, y también cuando digo todo lo que quiero decir, y me quedo con el sentimiento de no haberme podido expresar como quisiera. Las palabras no alcanzan…

Me encantaría poder mirarle el lado positivo a todo esto -porque lo tiene- y creer que está buena la insatisfacción ya que puede ser el puntapié inicial para seguir buscando, para no quedarme quieto, para no caer en la mediocridad. Sin embargo, debo admitir que hoy me quedo con la pequeña angustia existencial de reconocerme limitado y no poder con todo lo que anhelo. La otra cara de esta moneda es satisfactoria, ya que me ayuda a reconciliarme conmigo mismo. Como mencioné antes, no está ni bien ni mal que seamos limitados por todos los frentes por los que se nos miren. Lo que sí no está bueno es andar por la vida sin asumir nuestra fragilidad, creyendo que somos omnipotentes y nuestras capacidades infinitas. Podemos un montón y somos capaces de mucho. Pero no de todo. Somos finitos.




Lautaro Nicolás Valli

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Las cosas siempre suceden, las más hermosas son sin querer

 



El fin de semana largo de agosto viajé a Los Algarrobos, la Casa de descanso que el Seminario de Santa Fe tiene en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba. Es un lugar muy importante para mí, en el que pasé gran parte de mis veranos mientras fui seminarista. Luego de que salí del Seminario en el 2019 solo volví una vez, hace exactamente dos años, con Gabriel, también exseminarista. Habíamos viajado de puro gusto, poniendo un poco como excusa la entrevista que le teníamos que hacer a Raúl, el casero, ya que nos encontrábamos trabajando en la reedición de Cantos Rodados, el libro en que el padre Elvio Alberga narró la historia de la tan querida Casa. Esta vez fuimos invitados por Nicolás, con quien también compartimos Seminario, que viajaba con miembros de las comunidades parroquiales de Felicia y Sarmiento.

Decidí compartir sin tanta solemnidad un fragmento de mis anotaciones mientras estuve allá. Quien las lea siéntase querido por mí, e imagínenos tomando mates mientras le abro mi corazón y comparto una porción importante de mi vida.

 

 

Primero cuento que partimos alrededor de las 7 de la mañana de Felicia. Viajamos con el Gabi y el Nico en el auto de Rubén y Alicia. Hermoso el paisaje, especialmente el llano santafesino, tan verde. Hicimos un par de paradas técnicas hasta que por fin llegamos al “Nido de solaz”, cerca de las 14 horas. El almuerzo fue a la canasta. Nos encontramos con Raúl, que no tardó en advertir a los chicos que a la pelota se juega en el parque, no adentro ni en la galería. También nos encontramos con el padre Alexis, que estaba con gente de su comunidad.

Muchas cosas me emocionaron, desde volver a ver el Sinaí o la Cueva de los Leones -antes incluso de entrar en terreno algarrobeño-, pasando por poner pie en la Casa o ver la biografía del Elvio en un mueble del comedor grande. Después de la siesta preparé el mate y me fui al “Desorden encantador”, donde me quedé un rato en silencio, contemplando. Ahí me fueron cayendo algunas fichas, una primordial: pienso en el Seminario y lo siento como una etapa feliz, cargada de sentido. Recuerdo muchos momentos alegres y divertidos. Por gracia, los recuerdos tristes o lastimosos no tienen lugar en mi memoria. Y, si lo tienen, no están ahí de modo que sigan inquietando. Lo que me queda al repasar varios de esos acontecimientos que hicieron que mis días sean plenos, es que no me los propuse, sino que todo lo que fue sucediendo, simplemente fue sucediendo. Es cierto, yo tenía objetivos claros. Pero en el camino por lograr esa meta fueron pasando el resto de las cosas…

Pensar en esto me ayuda a bajar un cambio y entender que las cosas no funcionan porque yo me proponga manipularlas y estén a mi servicio. Las cosas que han cargado de sentido mis días -al menos en líneas generales- simplemente fueron sucediendo. A veces olvido que mi etapa como seminarista fue muy intensa y duró muchos años. Cinco años en una vida de veinticinco, son muchos… Cinco años de vivir en un mismo lugar, con las mismas personas, haciendo casi siempre las mismas cosas… Es imposible que los lugares y las personas con quienes compartí ese tiempo no sean lo significativas que son hoy para mí.

La vez anterior que vine a la Casa, recé con el texto del sueño de Jacob. Recuerdo aquello de “si permites que vuelva, tú serás mi Dios”. Bueno, entonces nos hallábamos a pocos meses de haber iniciado el proyecto de Cantos Rodados. No solo que volví, sino que lo hice con un fruto de ese trabajo en mi mochila. Una prueba más de que tiene sentido darle cabida a nuestras pasiones y confiar en la Providencia.

Volver acá, donde “Dios es obvio”, es un hermoso regalo, muy oportuno en este momento de mi vida. Todo lo que fui mencionando no hace más que estimular mi deseo y convicción de autenticidad. La vida es muy corta, vale la pena entregarnos a aquello que nos mueve profundamente. Creo en Dios Creador, creo que me dio y da todo lo que necesito. Creo en mis límites y también en mis capacidades. Doy gracias por todo esto.



Lautaro Nicolás Valli


viernes, 11 de agosto de 2023

Perdón, Rodrigo

 



Rodrigo es uno de los tantos chicos que deambulan por la ciudad golpeando puertas o frenando personas por la calle. Su objetivo es recolectar algo que le sirva para alimentar a su familia. Estuvo trabajando como albañil pero actualmente no tiene trabajo. Hasta no hace mucho vivía en un rancho, pero Los Sin Techo le construyeron una casita para que vivan más dignamente él, su señora y sus dos nenas. Lo más importante: Rodrigo es súper respetuoso, súper amable, súper agradecido. Justo el día en que me paró a mí por la calle estaba juntando plata para comprar una garrafa, y me dijo que, con lo que le había dado yo, iba a poder comprarla.

Rodrigo es de la clase de personas –sí, porque parece que luego de tantos años y tanto “avance” existen “clases” entre las personas- de quienes muchos nos quejamos, con frases como “no le puedo dar a todo el que me pide”, “si quiere tener algo, que vaya a laburar”, entre otras. En el mejor de los casos utilizamos expresiones tranquilas como esas. El rato de conversación con él, en que me abrió su vida con total confianza, bastó para conmoverme y replantearme algunas de las premisas con que me manejo, fundadas muchas veces a la ligera.

De lo mencionado anteriormente, lo que más duramente me cuestioné luego es esa frase que solemos utilizar: “si quiere tener algo, que vaya a laburar”. Una vez, otro muchacho me cuestionó el hecho de que yo viva tan cómodamente mientras él tenía que vivir en la calle. Le respondí que mi comodidad de hoy se debía a que mis padres y abuelos habían tenido que trabajar bastante duro para conseguirlo. Ahora, ¿quién emplea a personas como Rodrigo y le asegura una mínima estabilidad para vivir sin tener la necesidad de salir a pedir? ¿El Estado, ya sea municipal, provincial o nacional? ¿Las empresas privadas? ¿Nosotros, los ciudadanos “de a pie”? A esta altura de la lectura seguro se irán formulando del otro lado un montón de argumentos, todos válidos, seguro… Pero, si nadie le da una primera buena oportunidad a Rodrigo, ¿cómo saldrá de la pobreza? ¿Cómo tendrá lo necesario para mantener esa casita que le dieron Los Sin Techo, vestir, alimentar y mandar a la escuela a sus hijas? ¿Cómo romper con el círculo vicioso de la miseria estructural?

Quisiera abstenerme de esa frase, la de “si quiere tener algo, que trabaje”. Siento que decirla es una respuesta demasiado rápida y simple como para responder a una situación tan compleja. Porque la pobreza material es compleja, y la vida de las personas que la sufren, mucho más aún.  Pero también creo que esgrimir frases como esa es un modo de tranquilizar nuestras conciencias que nos gritan –o susurran- que ahí hay una injusticia. Hay una injusticia porque pocos le dan a Rodrigo lo que le corresponde. Porque yo hoy tengo lo necesario para satisfacer mis necesidades básicas, gracias a que alguien empleó a mis abuelos. No les sobraba, pero pudieron sentar bases para el crecimiento digno de sus familias.

Ahora, inevitablemente, la cuestión se ramifica al mencionar la palabra injusticia. Partiendo de la base de que algo es injusto porque no es “lo que corresponde” a determinada situación, cosa o persona, me surgen las preguntas: ¿qué diferencia hay entre la situación injusta que sufre Rodrigo y el resto de las que nos toca padecer a nosotros? ¿Y de las que nosotros generamos, consciente o inconscientemente? Si en la raíz de todo acto o situación injusta hay un corazón -de donde viene todo en el hombre- entonces todas las injusticias, como las justicias, son básicamente iguales… No me quiero enrevesar, solo profundizar un poco para explicar por qué creo que lo que hoy le falta a Rodrigo tiene que ver con un montón de omisiones que son responsabilidad de un montón de personas, no solo suya. Y esas omisiones nacen en el corazón de personas concretas. Quizás en el tuyo y en el mío. Porque, hilando más fino, y teniendo presente que formamos parte de una misma comunidad humana, lo que sufre uno lo sufrimos todos como cuerpo, y lo que beneficia a uno, nos beneficia a todos indirectamente. Por eso, mi falta no termina en mi metro cuadrado, sino que llega a la vida de todos en menor o mayor medida. Como los papeles que solemos tirar por la ventana de los colectivos o autos muchos santafesinos. Eso es más fácil de identificar porque es algo externo. Pero también las acciones bien hechas en nuestra vida cotidiana son engranajes de un organismo mayor, que es la sociedad.

Toda esta maraña me sensibiliza bastante y culpabiliza un poco, pero, por sobre todo, me anima a seguir dando lo mejor de mí en lo cotidiano, en mis vínculos, en el trabajo, en el estudio, en la calle, en el súper y en la verdulería. A la vez, me empuja a pedir perdón. Perdón, Rodrigo, por cada mirada o pensamiento discriminatorio, por cada vez que ni siquiera te miré y te reduje a una cosa más del paisaje. Perdón, Rodrigo, por cada vez en que no hice lo que tenía que hacer, por el semáforo cruzado en rojo, por el papel tirado en la calle, por la plata de más del vuelto con que me quedé, por todos los minutos que le robé al trabajo, yéndome antes o llegando después…

Finalmente, me alegra saber que, como me contaste, alguien ya se hizo cargo de vos y de tu familia, al decirte que te iba a ayudar a buscar trabajo. Él quizás no lo sabe, pero no solo te está haciendo bien a vos, sino que, indirectamente, también me está haciendo bien a mí. Gracias a él por su buen gesto. Gracias a vos por tu amabilidad. No la pierdas por favor.




Lautaro Nicolás Valli