sábado, 26 de diciembre de 2020

Hermoso 2020.


En la grieta nació una lechuga.


Los últimos días de diciembre, generalmente son de balances, sino consciente, al menos inconscientemente. Yo elijo la primera, ya que a cada una de las personas que compartieron este año, e hicieron que sea hermoso, van estas líneas agradeciendo.


Como siempre, gracias a mi familia. A todos, padres, hermana, abuelos, tíos y primos. Los amo entrañablemente, y sus vidas responden, en gran parte, al interrogante “¿de dónde vengo?”. Doy gracias a ellos y por ellos, ya que mis raíces son fuertes y profundas.

He experimentado el gozo de la amistad. Algunos amigos han partido este año… Otros se han alejado… Pero varios han retornado, muchos intensificado, y algunos pocos (aunque valiosos) se han acercado, recibiendo este magnífico título que celosamente guardo para un grupo selecto. A cada uno de ellos, gracias.

Hubo acontecimientos que marcaron fuertemente mi 2020, en que el contexto general pareciera ser la Pandemia por el COVID-19. Esto, me animo a decir, es sólo una parte, que, ciertamente, condicionó nuestra cotidianeidad. Pero sólo una parte, ya que la realidad (oh, sagrada realidad!) es mucho más amplia, y (menos mal) se nos escapa de las manos.

Gracias al encierro por la cuarentena estricta, es que pude redactar la biografía del padre Elvio Alberga (1924-2016), y finalmente publicarla en septiembre, junto al querido Equipo Fray Martín de Porres. Gracias a ellos, también, por su labor silenciosa y de hormigas. Gracias a la amiga que me asesoró. Gracias a Elvio, que misteriosamente me sigue acompañando, siendo instrumento, incluso después de haber fallecido, del Buen Dios a quien consagró su vida. Ya no formo parte del Equipo, pero Elvio es uno de los amigos antes mencionados, dentro de las relaciones que se intensificaron…. Uno de los grandes signos es que habiendo elegido su vida como tema de la monografía con la cual me recibí de profesor de filosofía, el docente me aprobó, nada más ni nada menos, que el 27 de noviembre, sin saber él, que ese día celebrábamos un nuevo aniversario de la muerte de Elvio. Entonces, aprovecho aquí para agradecer al Seminario, que me siguió acompañando pacientemente, incluso hasta un año y medio después de haber salido. Años hermosos viví allí, y lo sé mi casa, donde siempre seré bien recibido.

Y en la línea de lo que facilitó la virtualidad obligada, agradezco a quienes forman parte del Grupo El Centurión (Centu), trabajando por bancar, acompañar, dialogar y ser puentes, para las personas que formamos parte de la “diversidad sexual”, y necesitamos de un ambiente sano y cuidado, en el que ser-delicadamente-acompañados, sin imposiciones ni juicios, apostando a poder integrar, por ejemplo las dimensiones espiritual y sexual (que muchos consideran difícil o imposible en algunos casos). Gracias a los pioneros, quienes posibilitaron que miembros de distintas provincias nos vayamos sumando.

Gracias al taller de teatro del cual formé parte. También ese fue un sitio para compartir con personas nuevas y distintas. Cada encuentro fue enriquecedor y desoxidante. Crecer en conciencia personal y grupal, de nuestros cuerpos, del de los otros… Trabajar la mirada, el oído, la atención, la cerveza en la Plaza Pueyrredón y demás yerbas…

Gracias al Grupo Santa Teresa de Calcuta de la Basílica de Guadalupe: tanto mi pertenencia a él, como al Equipo Fray Martín, fueron el modo en que vivir conscientemente mi ser parte de la Iglesia, cada vez más Madre y Maestra, cada vez más hermosa...

Gracias a la Escuela Sabática de los hermanos Adventistas del Séptimo Día: mi participación en sus encuentros me mantuvo orante y lector de la Palabra, siempre enriquecido por risas y una muy buena recepción.

Y, obviamente, no todo fue color de rosas, y afirmarlo sería faltar a la verdad. Pero no puedo dejar de exclamar: ¡Gracias a la crisis que me hizo pedir ayuda! y a las personas que se comprometieron en el camino de sacarme del pozo y acompañarme (creo que cada una de ellas sabe cuánto y de qué modo me auxiliaron). Esto significa que soy consciente de los momentos duros que atravesé… Pero hay más bien que mal… Lo hubo ayer, lo hay hoy, y seguro mañana… Lo habrá siempre que haya personas decididas a vivir en libertad de amor, compromiso de justicia y esperanza de reconciliación.

Y en todo esto, y por todo esto, gracias a Dios, en quien vivo, me muevo y existo, como dice el Apóstol. Todo lo bueno que he recibido es el signo de su Providencia. La persona de Jesús me ha vuelto a demostrar que camina a mi lado, en cada nueva experiencia de vida que vence a la muerte… Incluso sin entender del todo, y no tener la más pálida idea de qué vendrá mañana. Lo único que sé es que Él es compañero. 

Vivir es abrazar un misterio… Yo no sembré esa lechuga que creció en la grieta (y donde sí sembré no germinó nada)… Esto me da esperanza… Me hace seguir rumiando, y seguir afirmando, que la vida siempre fluye victoriosa, y todo creciendo va hacia arriba.



Lautaro Nicolás


lunes, 26 de octubre de 2020

Vivir es abrazar un misterio


    Ante la experiencia del no comprender, del percibir que la realidad (¡oh sagrada Realidad!) se nos escapa de las manos, que no podemos tener todo controlado, que a veces solamente podemos confiar en que mañana será mejor, y el gris de hoy, no es un sin sentido, sino una partecita más del gran camino que es la vida (en la que todo tiene sentido)... 

    Ante lo que podemos llamar "misterio", es decir, aquello que no podemos ver del todo con claridad, debido, no a su oscuridad, sino a su exceso de luz...

    Ante la conciencia de que no es lo mismo "abrazar", es decir, disponer el corazón para la reconciliación, que meramente "tolerar" o "aguantar"...

    Ante todo esto, y sabiendo que sería imposible dejar plasmado en un papel (o en una página web) todo lo que acontece en lo profundo del corazón, surgieron, en agosto del 2018, las líneas que dejo a continuación:


"Se me ocurre que hay esperanza

cuando contemplo el vuelo de una mariposa,

¿será porque sé que cerca hay una flor,

y la flor me cuenta de la primavera?

No puedo, aunque quisiera,

explicarte cuál es el misterio de la primavera.

Vivir es abrazar un misterio…"



Lautaro Nicolás


martes, 29 de septiembre de 2020

Severino (22/9/1929 - 27/9/2020)

   


Un Domingo 27, una lucecita (otra más).



 

   Primero fue el abrazo. No hacían falta las palabras: toda una vida escuchando de él, hablando de él, charlando con él… Aunque sería mentir decir que, con todo eso, no anhelaba sentarse a matear con su Señor. Pero algo lo mantenía en silencio… Luego del abrazo, la sonrisa, y después:

-Vení, seguime.

Entonces, atravesaron el jardín, entre los malvones en flor, llegando a la única puerta de madera que había en la antigua galería.

-Acá te están esperando- y luego de decir esto, abrió la puerta, para descubrir a un grupo de doce ancianos, reunidos en torno a una mesa larga. Hablaban y gesticulaban, alguno callaba. Y se hizo un gran silencio al ver que la puerta se abrió, y en el umbral, Jesús se encontraba con Severino.

-¡Llegaste tarde! -lo increpó impulsivo Gasparotto.

-¡Edelmiro! Aquí siempre es a buen tiempo, como dijo Zini. -exclamó con voz aflautada Zanello.

-¡Sí! -intervino el siempre episcopal Blanchoud- ¡Pero mejor si al guiso lo comemos caliente! 

Todos rieron, un tanto naturalmente, y otro tanto para complacer al amigo obispo.

-¡Pasá, dale, pasá! –insistió Gasparotto, poniéndose de pie, abriendo sus brazos en cruz y sonriendo.

Severino miró a Jesús, con sus habituales ojos de niño (como preguntando “¿qué hago?”), y su Señor, también sonriendo, le dijo:- Entrá, te están esperando, y aunque acá siempre es un eterno Domingo, verás que algunos siguen fieles a sus esquemas.

Severino dejó escapar una risita nerviosa, como expresando que sabía a lo que se refería. Ambos sonrieron, y Jesús lo impulsó con una palmada en el hombro.

Entonces, empezando por Gasparotto, recorrió, uno por uno, la ronda de amigos, que lo estrechaban con un fuerte abrazo. A algunos hacía muchos años que no veía, a otros, un poco menos, pero algo dentro suyo le hacía sentir que el tiempo no había pasado, o mejor, que el tiempo pasó, pero no el amor que los unía, eso estaba, y acrecentado. La ronda iba terminando, y había saludado a Gasparotto, Zanello, Blanchoud, Emmert, Espinosa, Carrón, Vietti, Trucco, Aguirre y un par más. En el fondo quedaba uno, el único que no había hablado. Lo esperaba de pie, frotándose las manos, y abrazándolo con sus ojos luminosos, pronunció entre carraspeos:

-¡Bienvenido! -sonriente.

-¡Alberga! -prorrumpió Severino, ante quien había admirado, amado y extrañado. Y luego de una leve reverencia abrazó al amigo de camisa a cuadros y anteojos gruesos.

Todos se sentaron, y luego de la habitual bendición episcopal, comenzaron a comer, beber y hablar ¡había tanto que conversar! 

Carraspeo previo, Alberga le dijo por lo bajo:

-Gracias Silvestri -y ante la mirada sorprendida del otro, siguió- por haber venido un Domingo 27… Así no seré el único evocado cuando allá abajo se junten cada 27 a rezar…

-¡Ah!- respondió Severino, risueño- veo que evidentemente hay cosas que no cambian -Elvio rió. Y luego de realizar un recorrido con la mirada por la reunión, un gran gozo se apoderó del recién llegado. Aunque había algo que lo tenía perplejo: Jesús estaba sentado entre ellos como uno más, comía, bebía, reía, escuchaba, intervenía.

-Alberga -susurró. Y este lo miró atento- ¿nuestro Señor siempre comparte así con ustedes?

-¡Sí! No se pierde ni una sola de nuestras cenas dominicales -cruzaron miradas cómplices, y Severino siguió observando complacidamente a su Señor. Este lo percibió, y le devolvió la sonrisa.







Lautaro Nicolás


lunes, 6 de julio de 2020

Tornillo viejo








El 15 de agosto de 2015, fue día de fiesta en el Seminario. Como cada año, al celebrar la Asunción de María, se hizo un parate en las actividades acostumbradas, y nos reunimos en torno a la Eucaristía, para luego compartir el almuerzo, junto a los bienhechores. Pero ese 15 de agosto tuvo algo de particular: era la misa de despedida del que fuera por más de veinte años rector, el padre Ricardo Mauti. Traigo a colación este acontecimiento, porque de ese día guardo en mi corazón una expresión que quiero utilizar.

  Al finalizar la misa, el padre Mauti dirigió unas palabras a los presentes, de las cuales sólo transcribo un fragmento: "Yo me sentía como un tornillo viejo, oxidado... Doy gracias a monseñor Arancedo, que tuvo la delicadeza de sacarme sin romperme." Esta expresión hacía alusión al modo en que el Arzobispo había acompañado el último tiempo de su rectorado, discerniendo cómo y cuándo era el mejor momento para trasladarlo, y que otro sacerdote asumiera ese rol.

  Entonces, al recordar (volver a pasar por el corazón) mis años como seminarista, no puedo más que agradecer. En primer lugar a Dios, quien sabiendo cuándo era el mejor momento, me acompañó delicadamente, y "me sacó sin romperme". Pero Dios no es una cosa abstracta, sino que desde la Encarnación, se manifiesta en la carne.

  Es así que experimenté su presencia en cada una de las personas con quienes recorrí esos cinco años. Y aquí mi agradecimiento a ellos:

  A los obispos, Arancedo y Fenoy. A los rectores, Ricardo y Armando. A los prefectos, Andrés y Cristian. Al director espiritual, Gustavo. A los confesores ordinarios (y también a los extra-ordinarios). A los hermanos seminaristas, que me recibieron, también a los que me despidieron. Principalmente a mi amado curso. A los bienhechores. A las cocineras. A las secretarias, la bibliotecaria, el contador y el portero. A cada uno de los profesores. A los miembros de las comunidades que ayudaron en la formación pastoral: el Hospital Iturraspe, Ntra Sra de Belén, La Guardia, Barrancas, San Fabián, los dos Yrigoyen, Videla, San Agustín. Tantas historias, tanto amor recibido... El Seminario fue lo que debía ser: un tiempo dedicado al discernimiento. Y con palabras del padre Elvio Alberga (1924-2016) exclamo: "Doy sinceras gracias por el Seminario que he vivido y que he amado. Que sigo amando en aquellos que allí he conocido."

  Y como "la realidad es más importante que la idea"  (Evangelii gaudium 231), debo decir que la realidad del Seminario no fue color de rosas. Pero existía y existe una certeza, que es la del Dios-compañero, que nunca abandona. Él lo transforma todo. Y no sacó lo malo, sino que me ayudó, de múltiples maneras, a mirar de un modo distinto, y aprender a vivirlo con Él. Todo lo tomó para mi edificación, y por eso es que también le doy las gracias.

  Gracias a Dios por esto, y por todo lo que queda en lo profundo del corazón, que, aunque quisiera, no podría expresarlo, ¿cómo manifestar el misterio? Por eso resumo con un nuevo: gracias!


Lautaro Nicolás