lunes, 26 de octubre de 2020

Vivir es abrazar un misterio


    Ante la experiencia del no comprender, del percibir que la realidad (¡oh sagrada Realidad!) se nos escapa de las manos, que no podemos tener todo controlado, que a veces solamente podemos confiar en que mañana será mejor, y el gris de hoy, no es un sin sentido, sino una partecita más del gran camino que es la vida (en la que todo tiene sentido)... 

    Ante lo que podemos llamar "misterio", es decir, aquello que no podemos ver del todo con claridad, debido, no a su oscuridad, sino a su exceso de luz...

    Ante la conciencia de que no es lo mismo "abrazar", es decir, disponer el corazón para la reconciliación, que meramente "tolerar" o "aguantar"...

    Ante todo esto, y sabiendo que sería imposible dejar plasmado en un papel (o en una página web) todo lo que acontece en lo profundo del corazón, surgieron, en agosto del 2018, las líneas que dejo a continuación:


"Se me ocurre que hay esperanza

cuando contemplo el vuelo de una mariposa,

¿será porque sé que cerca hay una flor,

y la flor me cuenta de la primavera?

No puedo, aunque quisiera,

explicarte cuál es el misterio de la primavera.

Vivir es abrazar un misterio…"



Lautaro Nicolás


martes, 29 de septiembre de 2020

Severino (22/9/1929 - 27/9/2020)

   


Un Domingo 27, una lucecita (otra más).



 

   Primero fue el abrazo. No hacían falta las palabras: toda una vida escuchando de él, hablando de él, charlando con él… Aunque sería mentir decir que, con todo eso, no anhelaba sentarse a matear con su Señor. Pero algo lo mantenía en silencio… Luego del abrazo, la sonrisa, y después:

-Vení, seguime.

Entonces, atravesaron el jardín, entre los malvones en flor, llegando a la única puerta de madera que había en la antigua galería.

-Acá te están esperando- y luego de decir esto, abrió la puerta, para descubrir a un grupo de doce ancianos, reunidos en torno a una mesa larga. Hablaban y gesticulaban, alguno callaba. Y se hizo un gran silencio al ver que la puerta se abrió, y en el umbral, Jesús se encontraba con Severino.

-¡Llegaste tarde! -lo increpó impulsivo Gasparotto.

-¡Edelmiro! Aquí siempre es a buen tiempo, como dijo Zini. -exclamó con voz aflautada Zanello.

-¡Sí! -intervino el siempre episcopal Blanchoud- ¡Pero mejor si al guiso lo comemos caliente! 

Todos rieron, un tanto naturalmente, y otro tanto para complacer al amigo obispo.

-¡Pasá, dale, pasá! –insistió Gasparotto, poniéndose de pie, abriendo sus brazos en cruz y sonriendo.

Severino miró a Jesús, con sus habituales ojos de niño (como preguntando “¿qué hago?”), y su Señor, también sonriendo, le dijo:- Entrá, te están esperando, y aunque acá siempre es un eterno Domingo, verás que algunos siguen fieles a sus esquemas.

Severino dejó escapar una risita nerviosa, como expresando que sabía a lo que se refería. Ambos sonrieron, y Jesús lo impulsó con una palmada en el hombro.

Entonces, empezando por Gasparotto, recorrió, uno por uno, la ronda de amigos, que lo estrechaban con un fuerte abrazo. A algunos hacía muchos años que no veía, a otros, un poco menos, pero algo dentro suyo le hacía sentir que el tiempo no había pasado, o mejor, que el tiempo pasó, pero no el amor que los unía, eso estaba, y acrecentado. La ronda iba terminando, y había saludado a Gasparotto, Zanello, Blanchoud, Emmert, Espinosa, Carrón, Vietti, Trucco, Aguirre y un par más. En el fondo quedaba uno, el único que no había hablado. Lo esperaba de pie, frotándose las manos, y abrazándolo con sus ojos luminosos, pronunció entre carraspeos:

-¡Bienvenido! -sonriente.

-¡Alberga! -prorrumpió Severino, ante quien había admirado, amado y extrañado. Y luego de una leve reverencia abrazó al amigo de camisa a cuadros y anteojos gruesos.

Todos se sentaron, y luego de la habitual bendición episcopal, comenzaron a comer, beber y hablar ¡había tanto que conversar! 

Carraspeo previo, Alberga le dijo por lo bajo:

-Gracias Silvestri -y ante la mirada sorprendida del otro, siguió- por haber venido un Domingo 27… Así no seré el único evocado cuando allá abajo se junten cada 27 a rezar…

-¡Ah!- respondió Severino, risueño- veo que evidentemente hay cosas que no cambian -Elvio rió. Y luego de realizar un recorrido con la mirada por la reunión, un gran gozo se apoderó del recién llegado. Aunque había algo que lo tenía perplejo: Jesús estaba sentado entre ellos como uno más, comía, bebía, reía, escuchaba, intervenía.

-Alberga -susurró. Y este lo miró atento- ¿nuestro Señor siempre comparte así con ustedes?

-¡Sí! No se pierde ni una sola de nuestras cenas dominicales -cruzaron miradas cómplices, y Severino siguió observando complacidamente a su Señor. Este lo percibió, y le devolvió la sonrisa.







Lautaro Nicolás


lunes, 6 de julio de 2020

Tornillo viejo








El 15 de agosto de 2015, fue día de fiesta en el Seminario. Como cada año, al celebrar la Asunción de María, se hizo un parate en las actividades acostumbradas, y nos reunimos en torno a la Eucaristía, para luego compartir el almuerzo, junto a los bienhechores. Pero ese 15 de agosto tuvo algo de particular: era la misa de despedida del que fuera por más de veinte años rector, el padre Ricardo Mauti. Traigo a colación este acontecimiento, porque de ese día guardo en mi corazón una expresión que quiero utilizar.

  Al finalizar la misa, el padre Mauti dirigió unas palabras a los presentes, de las cuales sólo transcribo un fragmento: "Yo me sentía como un tornillo viejo, oxidado... Doy gracias a monseñor Arancedo, que tuvo la delicadeza de sacarme sin romperme." Esta expresión hacía alusión al modo en que el Arzobispo había acompañado el último tiempo de su rectorado, discerniendo cómo y cuándo era el mejor momento para trasladarlo, y que otro sacerdote asumiera ese rol.

  Entonces, al recordar (volver a pasar por el corazón) mis años como seminarista, no puedo más que agradecer. En primer lugar a Dios, quien sabiendo cuándo era el mejor momento, me acompañó delicadamente, y "me sacó sin romperme". Pero Dios no es una cosa abstracta, sino que desde la Encarnación, se manifiesta en la carne.

  Es así que experimenté su presencia en cada una de las personas con quienes recorrí esos cinco años. Y aquí mi agradecimiento a ellos:

  A los obispos, Arancedo y Fenoy. A los rectores, Ricardo y Armando. A los prefectos, Andrés y Cristian. Al director espiritual, Gustavo. A los confesores ordinarios (y también a los extra-ordinarios). A los hermanos seminaristas, que me recibieron, también a los que me despidieron. Principalmente a mi amado curso. A los bienhechores. A las cocineras. A las secretarias, la bibliotecaria, el contador y el portero. A cada uno de los profesores. A los miembros de las comunidades que ayudaron en la formación pastoral: el Hospital Iturraspe, Ntra Sra de Belén, La Guardia, Barrancas, San Fabián, los dos Yrigoyen, Videla, San Agustín. Tantas historias, tanto amor recibido... El Seminario fue lo que debía ser: un tiempo dedicado al discernimiento. Y con palabras del padre Elvio Alberga (1924-2016) exclamo: "Doy sinceras gracias por el Seminario que he vivido y que he amado. Que sigo amando en aquellos que allí he conocido."

  Y como "la realidad es más importante que la idea"  (Evangelii gaudium 231), debo decir que la realidad del Seminario no fue color de rosas. Pero existía y existe una certeza, que es la del Dios-compañero, que nunca abandona. Él lo transforma todo. Y no sacó lo malo, sino que me ayudó, de múltiples maneras, a mirar de un modo distinto, y aprender a vivirlo con Él. Todo lo tomó para mi edificación, y por eso es que también le doy las gracias.

  Gracias a Dios por esto, y por todo lo que queda en lo profundo del corazón, que, aunque quisiera, no podría expresarlo, ¿cómo manifestar el misterio? Por eso resumo con un nuevo: gracias!


Lautaro Nicolás