domingo, 29 de diciembre de 2024

No había lugar para ellos

 


El título de este texto me viene rondando desde hace casi un mes. La noche del sábado 30 de noviembre tuvimos el primer taller de la Comunidad Centu en Santa Fe, en la parroquia San Roque. Fue un evento muy importante, tanto para nosotros como comunidad como para mí en particular. Uno de mis compañeros, Joaquín, contó por qué quienes originaron nuestro grupo decidieron darle ese nombre. Hay un vínculo estrecho con el Centurión del Evangelio que intercede por la salud de su “servidor”. No es mi deseo explayarme en eso ahora, pero lo traigo a colación porque Joaquín se valió de la pregunta “¿Por qué Centu?” para dar esa explicación. Cuando él terminó, yo aproveché que estaba proyectada esa frase en la pared del salón en que estábamos reunidos e intenté expresar la que, a mi sentir, es la razón de nuestra existencia como comunidad, por qué creo que es necesaria una comunidad como la nuestra. Posiblemente algún lector no conozca nada de Centu, por lo que intentaré, de manera sintética, contar cómo surgió y cómo nos encuentra el 2024 en Santa Fe.

La Comunidad Centu (originariamente Grupo El Centurión) nació a finales de 2018 en San Isidro, Buenos Aires, por inquietud de un grupo de jóvenes que, cansados de la frivolidad que encontraban en ciertas aplicaciones de citas, buscaban vínculos de otro tipo, con quienes se pudiera compartir más que meros encuentros casuales. La dimensión espiritual era importante en sus vidas, por lo que ese fue uno de los aglutinantes, quizás el más importante. Se encontraron con que también había otros que pertenecían a la diversidad sexual y además eran católicos, anhelando vivir a pleno su fe. En simultáneo fueron descubriendo que eran muchos los que, por diversos factores, experimentaban tensión entre esas dos dimensiones de sus propias vidas. Así, se convirtieron en un primer grupo incipiente, que de a poco fue creciendo con el deseo de promover un espacio seguro para todos aquellos que no hallaban en sus lugares de origen el sitio donde poder vivir de manera integrada estas dos dimensiones de sus vidas, la orientación sexual o identidad de género y la espiritualidad.

Centu llegó a mi vida en 2020 por medio de Alfred, un amigo muy querido, entrerriano viviendo en Francia en esa época. Me contó que hacía un tiempo había empezado a seguir en Twitter a un chico llamado Santiago Mugica, que se presentaba como el “Trolo católico” y hablaba abiertamente de su orientación sexual diversa y de su pertenencia a la Iglesia con total naturalidad. Este chico formaba parte de Centu y lo invitó a Alfred a sumarse a las actividades. Como estábamos en plena reclusión por Covid, todo fue virtual ese año. Así, el 27 de junio del 2020 participamos con mi amigo del primer taller virtual de Centu. Fue en esta época que el grupo empezó a crecer y federalizarse. Entonces, la diversidad ya no era sexual, sino que también geográfica, y, por lo tanto, de tonadas. Entrar a ese primer taller fue muy especial, muy fuerte. Sentí algo que nunca había experimentado hasta el momento, la sensación de “acá no tengo que dar explicaciones”. A muchos de los que nos sumamos esa tarde de sábado, creo que una de las cosas que más nos interpeló fue ver a Hugo, sacerdote de San Isidro, compartir la actividad con mucha naturalidad y decir unas palabras al terminar. Luego de este evento, esperé con ansias cada nuevo taller virtual mensual. El número de participantes siguió creciendo y, éramos tantos los nuevos que a un conjunto reducido se nos propuso formar parte de un “grupo de vida”, el primero federal. El objetivo era poder encontrarnos más asiduamente, sin tener que esperar un mes al taller virtual. Además, al no ser más de 15 personas, la compartida era más fluida y se hacía más fácil estrechar los vínculos y crecer en familiaridad. Éramos de Córdoba, Entre Ríos, Tucumán, San Juan, Salta, Santa Cruz, Mendoza, Buenos Aires y Santa Fe. Con el tiempo algunos dejaron el grupo y otros nuevos se incorporaron. Entre los que se sumaron estaba Ivana, la tercera santafesina, después de Ramiro y de mí.

Antes de remarcar la razón que nos moviliza a prolongar Centu aquí, en Santa Fe, haré una breve mención a cómo fue echando raíces de a poco en el Litoral. Como mencioné antes, éramos tres santafesinos en el primer grupo de vida federal. Nos tocó empezar a estrecharnos como grupo en una época especial, en medio de la pandemia por Covid-19, saliendo gradualmente del aislamiento pleno. Algunas actividades se retomaron, otras no. Cuando empezamos a acostumbrarnos a la “nueva normalidad”, con un poco más de libertades, hubo nuevos picos del virus, por lo que el 2021 se vio marcado por los avances y retrocesos de muchas actividades. Ese año pudimos encontrarnos por primera y única vez con Ivana y Ramiro. Ella venía de un período muy difícil de enfermedad, recuperándose de a poco. Conoció Centu y, en diálogo con Marilú, religiosa bonaerense perteneciente a la congregación Misioneras Diocesanas, que formaba parte de nuestro grupo de vida, decidió también integrarse al grupo. Creo que no me equivoco al afirmar que compartir con nosotros le hizo mucho bien. Además, participaba de Centurionas, grupo de Centu exclusivo para mujeres. Y, quizás, lo que mayor paz le alcanzó fue el vínculo con Marilú, en quien encontró una Iglesia distinta a la que estaba acostumbrada. Ivana, de profunda fe, había sufrido mucho el no poder expresar con total libertad su orientación sexual. Y parte de su conflicto era a causa de la tensión que existía entre esa dimensión de su vida y su espiritualidad. A fines de 2021, cuando con el grupo de vida federal tuvimos nuestra primera convivencia en Ascochinga, ella había desmejorado en su salud y no pudo asistir. En agosto la habían operado de nuevo y, lamentablemente, no se pudo recuperar luego de eso. Falleció, finalmente, el 21 de enero de 2022.

Tuvo que llegar un mendocino, Joaquín, para que decidiéramos poner en marcha Centu en Santa Fe. Comenzamos con una “tarde de mates” en noviembre del 2023. Este año, en abril, los chicos de Paraná realizaron su primer taller abierto, por lo que allá fuimos varios de Santa Fe. El resto del 2024, hasta llegar a noviembre, seguimos reuniéndonos en formato tarde de mates en el Centro de Espiritualidad Santa María, al sur de la ciudad. De a poquito se fueron sumando nuevas personas, las suficientes como para conformar un grupo de vida. Como algunos de sus miembros son de Rafaela y de Paraná, nuestros encuentros han alternado entre la presencialidad y la virtualidad, para que la distancia no sea un impedimento. Así, llegamos a noviembre, y con noviembre el taller.

Vuelvo, ahora sí, a lo mencionado al principio del texto. Luego de que Joaquín terminara de explicar qué era Centu y de dónde nos viene el nombre, yo tomé la pregunta y la respondí desde Ivana. Desde ella, desde su historia, desde su sufrimiento. Y quiero hacer hincapié en esto, ya que es la causa última de nuestra existencia como comunidad: poder brindar un espacio para todas aquellas personas que por distintos motivos han experimentado tensión entre su orientación sexual o identidad de género y su espiritualidad. Muchos lo hemos padecido y muchos otros lo siguen padeciendo. Ivana es parte de nuestra historia y se convierte en símbolo, en bandera. Porque es tan descabellado como indignante saber que, finalizando el año 2024, siga habiendo personas que tienen que reprimirse por el qué dirán o porque los van a discriminar, tanto sus familias como sus instituciones. Y acá entran no solo la Iglesia, sino muchos otros ámbitos como el trabajo, el club, los amigos, etc. Así, saber que existen otras Ivanas en Santa Fe que están sufriendo en soledad, hace que nos pongamos en marcha y sentemos las bases para construir el puente que Centu quiere ser.

Cuando, en el taller, expresé todo esto oralmente, me pareció que la frase “no había lugar para ellos” graficaba bien la experiencia de las semanas anteriores a ese día, ya que nos costó bastante encontrar un lugar donde se nos permitiera realizar este evento. Nos vi como José y María casi por dar a luz, buscando lugar donde hospedarse en Belén. Pero no había lugar para ellos en el albergue. Ahora, repasando lo rumiado y escrito, prefiero jugar la carta para explicar la misión de nuestra comunidad desde el Evangelio. Es que, en definitiva, Centu quiere ser ese espacio disponible para recibir a todos aquellos que no encuentran un lugar donde decir soy LGBTQ+ y creo en Dios, y no quiero seguir reprimiéndome.




Lautaro Nicolás Valli