Los creyentes vivían
unidos y compartían todo cuanto tenían.
Hechos 2, 44.
El pasado sábado 4 de mayo participé del EPA, Encuentro del Pueblo de
Artistas, organizado por la Pastoral Artística de San Juan. Conocí esta
Pastoral y este evento por Pablo Grando, dibujante mendocino, que generosamente
me invitó a sumarme. Entre el día en que di con esta movida y el día del
Encuentro pasaron solo tres semanas. Debo admitir que ni bien supe de qué se
trataba, algo dentro mío se encendió. O mejor: se reencendió.
Como le conté a Pablo, nunca entendí mi afición por la escritura en
clave evangelizadora. O al menos no como solemos entender tradicionalmente la
acción de evangelizar. Pero, rumiándolo un poco, y recordando cuál es la raíz
de mi dedicación a la escritura, pude verlo de otro modo. Porque escribo lo que
me obsesiona, y lo publico en mi blog y redes sociales porque necesito
compartirlo. Y a todo esto lo hago en dos claves, tomadas de dos personas que
son muy importantes en mi vida: el padre Severino Silvestri, quien deseaba que
sus versos a alguien le encendieran una lucecita, y José Luis Martín Descalzo,
quien buscaba que sus libros fueran una hoguera que pueda calentarnos en el
frío del mundo y se alegraba de que a sus lectores les “sirvieran”. Así,
tomando estas dos claves, escribo sobre lo que me interpela en la
cotidianeidad. Y Dios se me cuela entre los renglones, porque es parte
fundamental de mi vida. Aunque muy pocas veces es explícito, la mayor parte
aletea implícitamente entre y sobre lo escrito. Tomar conciencia de todo esto
me hizo dar cuenta de que este EPA era para mí. Así que con la ayuda de mi
familia y el estímulo de Gaspar, me inscribí y preparé para viajar a San Juan.
Visitar la ciudad natal de Sarmiento -con paso obligado por la casa que
lo vio nacer y crecer- tenía, además, otro condimento, ya que no solo iba a
conocer una nueva ciudad y una nueva provincia, sino que también me iba a
encontrar con Fran y Robert, amigos con quienes comparto la Comunidad Centu. El
viernes, día de mi arribo, estos me llevaron a recorrer la ciudad, lo cual
disfruté mucho. Por la mañana, mientras Robert trabajaba, nos encontramos con
Fran y Eva, su novia, en la casa del Padre del Aula. Luego me llevaron a
conocer la facultad de Filosofía, donde estudia Eva. Por la tarde Fran y Eva se
fueron a sus respectivos lugares de cursada y estudio, y el recorrido fue en
auto, comandado por Robert, que me llevó cuesta arriba a la zona de los diques.
Tanto esto como la ciudad me gustaron mucho desde que puse un pie a primera
hora en la terminal. Me recordó bastante a Mendoza, a la cual he ido varias
veces.
Cerca de las 20 hs Robert me llevó al Colegio Don Bosco, donde iba a
ser el EPA y yo me iba a hospedar las noches del viernes y del sábado. Pero una
vez ahí, el padre Martín Nacusi, asesor de la Pastoral Artística, me dijo que
había habido un cambio de planes y me iba a hospedar en la parroquia de La
Merced, con Pablo, Inés y Mateo, que venían de Mendoza. Así que hacia allá
fuimos con Robert. Nos esperaba Luchi, que es quien había gestionado la planta
alta de la casa parroquial para que pudiéramos quedarnos. De los cuatro al
único que conocía era a Pablo, pero solo virtualmente. Robert se quedó un rato
charlando con los que iban a ser mis compañeros de casa durante el fin de
semana y luego se fue. Los mendocinos gestionaron lo necesario para preparar la
comida de esa noche y el desayuno de la mañana siguiente. Como hacía frío y no
pudimos prender ni el aire acondicionado ni el calefactor del comedor grande,
nos amuchamos en la cocina, donde las hornallas y el horno empezaron a calentar
el ambiente. Desde entonces ese lugar se volvió el centro de la vida de la
casa, donde compartimos la cena del sábado, los desayunos del sábado y domingo,
y el after EPA del sábado a la noche. Abundaron las harinas en múltiples formas
–medialunas, budín, galletitas, pizza y sándwiches- los mates, la Coca Cola y
alguna que otra cerveza el sábado a la noche. Un juego de preguntas y
respuestas rompió el hielo del viernes entre los que recién nos conocíamos, y
estrechó los lazos entre los que se conocían un poco y mucho también.
El sábado empezamos a despertarnos gradualmente y quien se sumaba a la
cocina iba desayunando. Vino la Luchi de su casa y cuando estuvimos listos
emprendimos el camino hacia el Colegio. La mañana estaba fría y soleada. Todo
el día estuvo así. Las veredas por las que anduvimos confirmaron mi primera
impresión de que se parecen mucho a las de Mendoza, por sus tonalidades de
materiales y árboles, principalmente plátanos y moreras. La actividad central
de la mañana en el EPA eran los talleres en que nos habíamos inscripto, así que
luego de la apertura en que intervinieron diferentes artistas con música, baile
y títeres, cada uno se fue al taller que le correspondía. Yo me había inscripto
en uno sobre el canto de los salmos, el cual hizo que volviera instantáneamente
a mi tierra con el corazón, a mi parroquia y al seminario. Estar en San Juan y
cantar los mismos salmos que en Santa Fe, los del Grupo Pueblo de Dios, fue
emocionante. Poder decir que soy del mismo lugar que el padre Catena, quien
tradujo, musicalizó y adaptó cantos y salmos en el post concilio y que hoy se
cantan en todo el país, fue hermoso. En ese taller participamos unas 10 o 12
personas, más los tres talleristas, de la ciudad sanjuanina de Caucete. Al
mediodía, una vez que terminaron los talleres, nos reencontramos con los chicos
de Mendoza, con la Luchi y con Robert que se sumó en ese momento recién a la
jornada. El almuerzo en el patio externo fue distendido, y nos fuimos moviendo
para que el sol no nos queme y la sombra no nos hiele. Otro momento fuerte fue
la oración cantada con el padre Cristóbal Fones, jesuita chileno que ejerce su
ministerio preponderantemente por medio de la música. Hace algunos años que
rezo con sus canciones, y en el último tiempo musicalizó tres canciones de
Meana que me gustan mucho: Declaración de domicilio, Árbol sureño y
Renacimiento del oleaje. El encuentro con Fones fue en la capilla del Colegio,
donde tuvimos la gracia de acomodarnos en segunda fila a la derecha, de nuevo
con los chicos: Robert, Inés, Pablo, Luchi y Mateo. Fue un momento de gracia,
de volver a pasar por el corazón tantos momentos, personas y experiencias.
Momento de volver a afirmar que quiero vivir en el lado lento de la vida, y que
prefiero la vulnerabilidad a la dureza de una supuesta perfección. Creo que
fuimos varios los que en ese rato moqueamos. Más tarde, en la misma capilla,
celebramos la eucaristía. Otro momento de gozo. Por último, y ya de noche,
cenamos juntos, el equipo de la Pastoral Artística, los talleristas y “los de
afuera”. Fones cenó con nosotros, se mostró sencillo, cercano y muy amable. El
Robert se había ido antes de la cena, así que los otros cinco nos volvimos
caminando a la Merced, donde compartimos un rato más antes de acostarnos a
dormir y que a la Luchi la pasen a buscar.
Si el sábado costó levantarse de la cama por la mañana, el domingo fue
el doble. Yo fui el primero. Siempre tengo sueño, y esta vez no fue la
excepción, pero no iba a perderme la última mañana en San Juan. Así que me
levanté, preparé el mate y me quedé tomándolo en la cocina, muy abrigado. En
ese momento empecé a escribir algunas de las cosas que me habían interpelado de
la jornada anterior. Después de un rato se levantó Pablo, quien no se quedó
mucho, sino que fue a comprar leche para el desayuno. Cuando volvió lo hizo con
un colibrí manso en la mano, que había rescatado en una vereda cercana. Después
el pájaro se voló. Mientras desayunábamos, pudimos charlar lindo, entre otras
cosas, del amigo que tenemos en común: José Luis Martín Descalzo. Más tarde
llegó la Luchi y luego los que faltaban levantarse, primero Inés y después Mateo.
Sus arribos prolongaron el desayuno, hasta que más tarde llegó Robert con
empanadas, que se sumaron a la pizza que había sobrado del viernes, los sándwiches
del día anterior y una pizza nueva que preparó Pablo, cocinero oficial. Siendo
seis para comer ya no entrábamos en la cocina, así que acondicionamos el
comedor y ahí compartimos el almuerzo. Los mendocinos tenían pasaje para las
15:30 y yo para las 16 hs, a Río Cuarto. Así que la sobremesa fue corta y nos
pusimos a dejar la casa acomodada. Nos amontonamos en el auto del Robert y
fuimos a la terminal. Partieron los mendocinos y después llegó Fran, que se
acercó a despedirme. La Luchi se fue, yo compré semitas y me subí al colectivo.
Y así me despedí de San Juan, henchido de gozo, con mucho por qué dar gracias y
otro tanto para seguir rumiando.
Llegando al fin de estas líneas, repasándolas, veo que escribí más que
de costumbre. Habitualmente no suelo superar los límites de la primera página.
Pero esta ocasión ameritaba que me detenga un poco más, incluso a riesgo de no
poder ser del todo fiel, ya que para serlo debería haber escrito un libro
entero. O no, porque en realidad yo solo quería hablar de cuánto me movilizó
semejante fin de semana. Y por eso elegí la imagen de la cocina, porque lo que
vivimos ahí es lo que creo que tenemos que ser como Iglesia: comunidad de los
creyentes que comparten todo cuanto tienen, que se arriman a la fuente del
calor para vivir juntos y después salir a prolongar ese fuego del que no son
dueños, pero sí portadores. Dar aquello que tanto bien les hizo y sin lo cual
sus vidas se vuelven frías y corren riesgo de muerte. A su vez, también caigo
en la cuenta de que la cocina de la Merced no solo es figura de lo que como
Iglesia estamos llamados a ser, sino también de lo que quiero hacer con mi
escritura y con mi vida.
Ojalá otros puedan hacer esta misma experiencia. Ojalá nosotros, los
que fuimos alcanzados por el fuego de esa cocina, logremos transmitirlo a
tantos que pasan frío en el mundo de hoy.
Lautaro Nicolás Valli
Ilustración: Inés Moyano
Instagram: @inemoyano