¿Cuánto sabe
el santafesino de su iglesia particular? ¿Cuánto conocemos de nuestra
Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz?
Hace algunos
días me enteré del fallecimiento del padre Juan José Botta (1923-2022), quien
fue conocido entre nosotros como el legendario párroco de San Carlos,
perteneciente a la generación en que los curas eran una especie de “caudillos”
en las ciudades y pueblos. Con él se da vuelta una página añeja y gruesa de
nuestra historia diocesana, y con ella sucede, definitivamente, el cierre de
una etapa. Botta era, en nuestra diócesis, el último de los que se habían
formado íntegramente en el que llamamos “Seminario viejo”, emplazado en el
barrio de Guadalupe. Mi cercanía con algunos de sus coetáneos me hizo crecer en
conocimiento y cariño por nuestra iglesia, y, de algún modo, me mueven a dejar
estas líneas. A lo que se le suma aquello que leí una vez de que “la historia
de la Arquidiócesis de Santa Fe sigue siendo una asignatura pendiente”.
Entonces, esta es una especie de aporte a la causa.
La primera
cuestión es: ¿cómo o desde dónde contarla?
I
Si tuviera que
hacerlo como se estudia historia en la escuela primaria, y me tuviese que
atener a los períodos delimitados por sus respectivos dirigentes, debo decir
que nuestra diócesis fue fundada en el año 1897, y asignada al pastoreo del
paisano Monseñor Gelabert y Crespo (1820-1897), que no llegó a asumir, ya que
falleció antes de hacerlo.
Así, fue
nombrado titular de la novel Iglesia -que comprendía las provincias de Santa
Fe, Chaco y Formosa- el porteño Juan Agustín Boneo, de noble estirpe. Boneo
(1845-1932) fue el gran estructurador, a quien le debemos el patrocinio de
María de Guadalupe y el impulso de su devoción, a la vez que la fundación del
Seminario Conciliar y la primera organización parroquial. En 1932 y “santamente”[1] murió el pastor, a quien sucedió otro porteño: Nicolás Fasolino (1887-1969),
“hábil y de agallas, como los obispos de entonces”[2].
De los años
del segundo Obispo son los distintos “partos” que tuvo Santa Fe como diócesis:
en 1934 Rosario se desprendió y erigió como diócesis aparte, logrando Santa Fe
ser “elevada” a Arquidiócesis. Posteriormente, lo mismo hicieron Reconquista en
1957 y Rafaela en 1961. Fue Fasolino quien otorgó la potestad al padre Carlos
Macagno (1890-1970) de construir la Casa de Campo del Seminario Metropolitano
en las sierras cordobesas en 1942 -en Santa Rosa de Calamuchita para ser más
precisos-, y luego bautizarla “Los Algarrobos”. El libro “Cantos Rodados” del
padre Elvio Alberga (1924-2016) contiene la historia de la tan querida Casa, y
se está preparando su reedición por cumplirse 80 años de la fundación. También
Fasolino fue nuestro pastor en el Concilio Vaticano II, entre los años 1961 y
1964. Años más tarde, en 1968, el hasta entonces Obispo de Rafaela, Vicente Faustino
Zazpe (1920-1984) -otro porteño-, llegó para ser su “coadjutor” con derecho a
sucesión.
En 1969,
Fasolino, que había sido creado cardenal en el 67, falleció, pasando a ser
Zazpe el titular. Este también había estado en el Concilio y, con su potente
juventud y ansias de misión, asumió la enorme misión de ser el Arzobispo. Tiempos
de cambios y confusión social y eclesial. Quizás Vicente Faustino fue más
valorado por los de afuera que por su propia iglesia. Referente nacional, voz
de los que no la tenían, se pronunció ante las injusticias reinantes de su
época, entre ellas la dramática dictadura militar. No calló, vivió entregado, y
los dramas extra e intradiocesanos fueron debilitando su corazón, el cual dijo
“basta”, dejando de funcionar en enero de 1984.
Zazpe fue
sucedido por su auxiliar, Edgardo Gabriel Storni (1936-2012), quien,
santafesino él, oficiaba también como rector del Seminario. La memoria
colectiva, lo único que guarda de Storni es su rigidez, su carácter fuerte, su
maltrato y el haber sido acusado de abuso sexual a seminaristas. Lo que no
saben muchos es que a él le debemos -entre otras cosas- el impulso para que el
Seminario luego de su reapertura tome forma, y sepa ser casa de formación de
los llamados a consagrarse por el anuncio del Reino en estas tierras. En 2002 Edgardo
Gabriel renunció a la Sede Metropolitana, debiendo asumir como Administrador
Apostólico el entonces Arzobispo Emérito de Salta, el esperancino Monseñor
Moisés Julio Blanchoud (1923-2016), residente del Convento de las Hermanas
Carmelitas Descalzas de la ciudad de Santa Fe.
Con una
diócesis revuelta se encontró en 2003 Monseñor José María Arancedo, el nuevo
bonaerense a quien fuimos confiados, que venía de desempeñarse como Obispo en
Mar del Plata. Fiel a su lema “Que todos sean uno”, intentó no ser motivo de
división y colaborar en la reconciliación. Sentó bases y realizó algunos
cambios, que aunque pueden ser juzgados como pocos, nadie puede negar que
fueron potentes. Hombre coherente, siendo el primer Obispo de Santa Fe que no
se moría en el cargo ni se iba en medio de escándalos, habiendo cumplido con su
misión, y luego de que el Papa aceptara su renuncia en 2018, volvió a su Buenos
Aires querida. Primero estuvo en la Casa del Clero, luego en la Basílica San
Nicolás de Bari y, finalmente, igual que su admirado Monseñor Marengo -cura
santafesino que fuera rector de nuestro Seminario, Obispo Auxiliar de Santa Fe
y posteriormente Obispo de Azul-, decidió terminar sus días en el Cottolengo de
Claypole, para compartir la vida con sus hermanos sacerdotes, entregado a la
oración, la celebración de la misa y la confesión. Él se merece el atributo que
tantas veces utilizó para algunos de nuestros curas viejos: “químicamente
cura”.
A la posta
dejada por Arancedo en 2018 la tomó el rosarino Sergio Alfredo Fenoy, que venía de la Diócesis
de San Miguel en Buenos Aires, y es quien conduce actualmente la barca santafesina.
II
Ciertamente, contar
la historia desde los dirigentes no es ni la única ni la mejor manera de
hacerlo. En este caso, otro ángulo puede ser el Seminario, que tan de cerca me
toca.
Antes de la
llegada del primer Obispo, el clero de nuestras tierras se formaba en el
Colegio de la Inmaculada Concepción, perteneciente a los Padres Jesuitas. Uno
de los ejes pastorales de Boneo, como antes mencioné, fue la fundación del
Seminario Conciliar. En la Villa de
Guadalupe, en “medio de la nada” entonces, allá por inicios del siglo XX,
erigió el pastor la Casa de formación de sus sacerdotes diocesanos. Fue en 1907
que abrió sus puertas, el primero de marzo para ser más precisos.
Durante años
dio abundantes pastores la Casa puesta bajo el cuidado de María en Guadalupe.
Con el tiempo, la crisis social generalizada no dejó de repercutir en lo
eclesial, que para entonces buscaba renovación y cercanía, por lo que la vida
interna del Seminario se vio afectada, debiendo cerrar sus puertas al finalizar
la década del 60. La situación del Seminario preocupaba a Fasolino, inquietud
que supo trasladar a su sucesor. Años antes, el Seminario Menor se había
convertido en “Instituto Juan XXIII”, una especie de Colegio secundario en el
que se formaban tanto los postulantes al sacerdocio como quienes solo buscaban una
educación de calidad. En 1969 se cerró el Seminario Mayor, y en 1971 el “Juan
XXIII”. No sin dolor por semejante decisión, el Arzobispo Zazpe envió durante
el tiempo posterior a sus seminaristas a las diócesis de Paraná, Rosario y
Córdoba, para que continúen -o inicien otros- su formación.
Fue el mismo
Zazpe quien, en 1978, reabrió el Seminario de Santa Fe, ya no en Guadalupe,
sino a dos cuadras del Arzobispado, bajo el patrocinio de “Nuestra Señora”, con
San Juan de Ávila como modelo y patrono. Ese primer período fue confiado a la
conducción del Obispo Auxiliar, Monseñor Storni, que entonces ofició como
rector. Iniciando con una casa en la entonces calle Buenos Aires -hoy Monseñor
Zazpe-, se tuvieron que comprar algunas propiedades lindantes, logrando abarcar
progresivamente gran parte de la manzana, ya que el número creciente de
ingresantes así lo exigió. En algún momento los seminaristas llegaron a ser
cerca de 50. La cifra fue disminuyendo con el tiempo, pero nunca dejaron de
surgir los corazones inquietos por servir a sus hermanos en el sacerdocio
ministerial.
III
Si contar
nuestra historia desde el Seminario a alguno puede parecerle poco empática por
la escasa o nula cercanía con él, está bien, es entendible. Quizás mejor sea
hacerlo desde el sitio donde difícilmente alguien se sienta fuera o lejano: La devoción
a la Virgen de Guadalupe. Otra deuda con el primer Obispo, quien conocedor de
devociones marianas, al ser porteño y devoto de Luján, supo ver el germen de lo
que sería la gran fiesta diocesana. Y si bien las peregrinaciones organizadas
comenzaron en esa época, no así la devoción a María de Guadalupe, quien
congregaba desde hacía años a cientos de fieles en torno a la estampa que
custodiara el ermitaño Javier de la Rosa en su capilla -antiguo oratorio de los
Setúbal-. Boneo, que fue un previsor, obtuvo del Papa León XIII el patrocinio
de Nuestra Señora de Guadalupe para la recientemente erigida Diócesis de Santa Fe.
Eso fue en 1899. En 1900 convocó la primera peregrinación oficial. En 1904
colocó la piedra fundamental, y sobre la antigua capilla construyó la Basílica,
llamada a ser casa de todos los santafesinos.
En 1928 la
imagen “de bulto” de nuestra Madre de Guadalupe recibió de manos del Nuncio
Apostólico la coronación pontificia, especie de reconocimiento oficial que
resalta la importancia de su devoción. En 1980, esas joyas, que se encontraban
resguardadas por su gran valor, fueron robadas. El delito fue asumido por un
grupo católico anti comunista, que exigía la renuncia de Monseñor Zazpe a la
Arquidiócesis de Santa Fe. El Arzobispo no renunció, y las joyas nunca
aparecieron.
Tanto empeño
en la etapa fundacional y en los años sucesivos fue efectivo: pasaron más de
100 años y con ellos generaciones, ideologías, guerras, grietas y epidemias. Con
todo, año a año María de Guadalupe nunca dejó de congregar a sus hijos. Los
santafesinos nos sabemos y sentimos guadalupanos. Creo que no erro si digo que
todos los nacidos aquí y en los alrededores -sin contar a los que vienen de más
lejos- hemos pisado, al menos una vez, su Casa, sin importar la clase social,
ni la edad, ni la profesión, ni el equipo de fútbol, ni la fe o ausencia de
ella.
IV
Es cierto, quizás
el relato de las épocas marcadas por los obispos, o la vida del Seminario, o incluso
la devoción a María de Guadalupe pueden seguir dejando fuera o sin interpelar a
muchos. Quizás, para algunos, su ser iglesia en Santa Fe se haya caracterizado
por la participación en algún Movimiento, por la pertenencia a una parroquia en
algún pueblo, por algún servicio en ella, por las actividades de su escuela
católica, por alguna misión esporádica, por una vida entregada al estudio o la
oración, por el amor cotidiano con que afrontan lo que les toca hacer… Con
todo, hay algo que no varía en sus historias y en la mía, y por lo tanto, en la
nuestra: todos “hemos conocido el amor
que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Juan 4,16). Y a esta
experiencia la hacemos en una geografía delimitada, la cual sí compartimos.
…
Así, concluyo
con la conciencia clara de que lo narrado en los apartados anteriores es, como
proclama el título, una historia “parcial”. No es lo único que podemos relatar
acerca de la Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz. Sí es lo que a quien
deja estas líneas le toca de cerca y le enciende el corazón. A esta “historia
parcial” se le pueden -¡y qué bueno que suceda!- sumar la de tantos que han
peregrinado y hoy peregrinan en esta iglesia particular, que cumple 125 años de
su fundación. Qué linda oportunidad para que también muchos de mis hermanos se
animen a sumar las suyas. Y como decía el padre Severino Silvestri (1929-2020),
buen amigo que me ayudó a más conocer parar mejor amar al Señor Jesús y a nuestra
Madre la Iglesia, si esto que hoy publico “a
alguien le enciende una lucecita, alabado sea Dios: ¡paz y bien!”.
