martes, 24 de agosto de 2021

Desorden encantador


 

Michael Quoist tiene una oración bellísima -la cual conozco en español, gracias a que José Luis Martín Descalzo la tradujo del francés-, que dice en una parte: “¡Como si hubiera muertos! No, no hay muertos, Señor, sólo vivos de aquí y de allá.” Son, precisamente, estas líneas las que vuelven a mi corazón en este día.

Creo que el hombre ve de lo que hay en su corazón. Sólo así se explica que al contemplar cúmulos de “chatarra”, algunos puedan hallar orden y belleza, mientras que otros sólo vean desorden y fealdad.

Recuerdo que hace algunos años, estando en Los Algarrobos -casa de descanso del Seminario de Santa Fe en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba-, se me ocurrió transformar la antigua chacarita del fondo, en un pequeño jardín. El lugar era hermoso: estaba alejado de la casa, y, en verano, reinaba una especie de margaritas amarillas que convocaba a cientos de abejas. Sí, estaba repleto de restos de electrodomésticos, muebles, materiales en desuso… Lo que habitualmente es llamado “basura”.

A mí, lo que de natural había, me encantaba, y lo artificial, sólo me parecía que estaba un poco desordenado. Entonces había que acomodar, para un mejor funcionamiento. Lo que yo quería era cultivar “lágrimas de Job”, cuyas semillas sirven para hacer rosarios -sólo con el tiempo supe que no era una planta para ese clima, y que a las hormigas y caballos les encantaba-. Pero eso es lo de menos. Quería armar un cerco, para delimitar, y para cuidarlas de los animales. Así que pedí ayuda, y otro seminarista, más un cura joven, me ayudaron. Pequeño fue el corral, pero servía.

Piedras, elásticos de camas metálicas, estacas de sauce, caños, pedazos de rejas y ¡hasta la baranda de hierro de un balcón antiquísimo! Todo eso usamos. En el extremo derecho delantero, un frasco de mermelada vacío que custodiaba la imagen de quien sería, a partir de entonces, la patrona del lugar: María Auxiliadora -una estampa con una oración en italiano que encontré en la sacristía-. Contrastaba aquella pequeña edificación con la vecina montaña de desechos… Y hubo que sembrar, y, obvio, regar… Aunque el tiempo que estuvimos no nos alcanzó para llegar a ver nacer y crecer las plantas, no faltó oportunidad para visitar el rincón.

En una de esas, estábamos con el seminarista amigo que me había ayudado, y reflexionábamos en torno a la cuestión por la cual hoy me puse a escribir: ¡qué extraño poder hallar orden entre tanto despiole! Yo estaba convencido de que todo lo que se encontraba ahí, y había sido descartado, era valioso: sólo había que ubicarlo un poco mejor.

-Bueno –dijo  él- vamos a ponerle un nombre.

Y lo pensamos.

-¡Desorden encantador! -dictaminó, con sonrisa grande y mirada luminosa.

Yo, divertido, asentí.

 

¡Desorden! ¡Como si hubiera desorden! No… Sólo hay orden de aquí y de allá. Claro está, que sólo veremos orden si dentro llevamos orden; y desorden, si desorden albergamos, porque el hombre ve de lo que hay en su corazón.



Lautaro Nicolás


domingo, 1 de agosto de 2021

Resucitar mil veces

 

Betania siempre quedó a tres kilómetros de Jerusalén. Pero aquel día, al Nazareno le parecía tanto más cercana… Quizás la muerte del amigo le recordó que no faltaba mucho para la suya. Se acercaba el momento.

Marta, como de costumbre, iba y venía, porque “había que atender a los amigos” que se acercaron a despedir a su hermano. María, como de costumbre, eligiendo la mejor parte, estaba junto a Jesús, en silencio. Pero esta vez, le robó un gesto a su hermana, e increpó al Maestro:

-Jesús –Él levantó la mirada- Perdoname, pero, necesito decirte algo…

-¿Qué pasa?

-No por privilegio, ni por creernos tus favoritos, sé que no lo somos… Bah, que en realidad…

-Dale María, sin vueltas, tranquila- Y la tomó de la mano.

-Bueno… Pensé que quizás… Que quizás… -Y soltándose, llevó sus manos a la cara y empezó a llorar. Siguió, angustiada- No sé, como a la viuda de Naím le resucitaste el hijo… Con nosotros podías hacer algo parecido… Perdón…

Jesús la abrazó, hasta que fue calmándose de a poco. Marta pasó ligero y dejó un vaso con agua. María lo tomó y bebió, mientras secaba sus lágrimas. Ya no quedaba nadie más que ellos tres.

-María… No quiero sostener un discurso elegante pero muerto. No voy a decirte que sé lo que se siente perder a un hermano, porque nunca me pasó. Pero, no quiero dejar de mencionarte una cosa… -Ella lo miraba tranquila al fin- Si algo tenemos que ver mi Padre y yo con esto de la vida y la muerte, no significa que siempre obremos del mismo modo… O sea, a Lázaro, como a la gran mayoría de las personas, le tocó lo más hermoso, resucitar miles de veces. –Ella, extrañada, lo seguía escuchando- Creo que no hay nada peor que vivir sin vivir, es decir, simplemente sobrevivir: que los días pasen, o mejor, “se nos pasen”, y no hayamos podido elegir entregarnos a la apasionante aventura de amar, mucho y de prisa. Lo peor no es la enfermedad, no… ¡Ni la muerte! No… Como ya te dije, lo peor es simplemente sobrevivir, resignarnos al gris cotidiano, que se vuelve eterno… Resucitamos, resurgimos cada día para la vida, y, algunos más, otros menos, pero todos recibimos ese regalo… Lázaro resucitó mil veces, y sé que varios cientos de ellas, los vivió en serio. Yo ya empecé a vivir la mía - la definitiva -, con vos y tu hermana, que, aunque no cambien sus mañas, me hacen gozar de este oficio honroso que es el de ser hombre… -Acarició su rostro, y sonriente preguntó- ¿Resucitamos hoy?



Lautaro Nicolás