domingo, 9 de marzo de 2025

Bendecidores

 


 No sé ya cuántas veces vi la película Los Coristas. Tengo muy presente su trama, por lo cual no me sorprendo cuando la vuelvo a ver. No me sorprendo pero algo se reenciende dentro mío. Y cuando esto pasa, recuerdo el porqué de mi cariño especial por ella.

Para quienes no la vieron, Los Coristas (2004) es una película francesa, cuyo argumento se desarrolla en el reformatorio "Fond de l'Étang" (Fondo del estanque), donde, luego de la renuncia del anterior prefecto, arribó uno nuevo, llamado Clément Mathieu. Este, desde el principio, mostró poseer una mirada sobre los chicos muy distinta a la del director de la institución. Sabía que no llegaba al Paraíso y así lo experimentó el primer tiempo con la conducta de los internados. Pero nunca perdió la esperanza de que ellos pudieran cambiar.

Clément, que era músico, percibió que a ellos les gustaba cantar. Y, si bien varios desafinaban, había buenas voces. Así, tuvo la idea de formar un coro. Para eso los probó a todos, dividiéndolos según el registro vocal de cada uno. Los chicos se empezaron a compenetrar y su conducta fue cambiando. El vínculo que generaron con su prefecto era muy distinto al que tenían con sus otros docentes y con el director, ya que estos en ningún momento eran amables en el trato ni se interesaban por relacionarse desde otro lado con ellos. Podríamos decir que el rol de esos adultos era básicamente controlar al grupo para que no se desordenara y castigarlos cuando así sucedía.

Creo que lo que más me interpela y conmueve profundamente es cómo Clément miraba y consideraba a sus alumnos. Él creía en la bondad que albergaba cada uno, incluso los más revoltosos (especialmente los más revoltosos). Creía en su bondad y veía cuánto potencial tenían. Su vida entre ellos fue un compromiso por hacer que saquen de dentro todo lo que tenían para ofrecer. Fue un verdadero educador, ya que, según una de sus etimologías, educar es “sacar de dentro”. Ayudar a sacar de dentro todo lo que está en potencia. Ayudar a germinar, crecer, florecer y fructificar todo lo que está en semilla en el interior de cada uno. ¿Será, quizás, que me moviliza tanto porque yo también me desempeño como docente y quiero ser un buen educador?

Al pensar en la mirada benévola de Clément viene a mi corazón una canción de Eduardo Meana que me resulta entrañable, hoja de ruta. No solo por mi vocación educadora dentro del aula, sino porque plasma lo que, creo, estamos llamados a hacer unos con otros. La canción se llama “Bendecidor”. Aquí un fragmento:

 

Te miraré, hijo del alma,

y aunque también hayas fallado

me enfocaré en el don que eres,

el don que en ti Dios nos ha dado.

 

Iré diciéndote lo bueno,

tu humilde y propia letanía

de sencilleces cotidianas

y de bondades y alegrías.

 

Queridos hijos, les diremos

todo lo bueno de sus vidas

y de su edad y de su tiempo

y de sus sueños y fatigas

y del amor que los enciende

y del valor de las heridas

y al ir diciendo el bien sabremos

que nuestra vida está bendita.

 

Qué poco bendecidores que somos los unos con los otros. Estamos más acostumbrados a señalar todo el tiempo lo negativo de las personas. ¡Qué injusto! Como si solo, o mayoritariamente, fuésemos los aspectos negativos de nuestras vidas. Recuerdo que en 2021 publiqué en este mismo blog un texto cuyo título rezaba: “¿Por qué nadie dice nada malo?”. Era la narración de un acontecimiento que tenía por protagonista a Alejandro, alumno de una escuela de Monte Vera en la que hice un reemplazo una vez. Él se sorprendió cuando sus compañeros, siguiendo la consigna que yo les había dado, enumeraron características suyas y ninguno había dicho nada malo, ninguno lo había criticado negativamente. Esos jóvenes fueron bendecidores, y me dieron entonces una lección.

Pero no solo nos cuesta ser bendecidores con los demás, sino que también, y muchas veces más, con nosotros mismos. Cómo nos ayuda que las personas que saben vernos con amplitud de corazón nos recuerden nuestras bondades. No somos tan malos. Incluso en medio de la maraña de malas hierbas que pueden haber crecido en nosotros, algo bueno siempre se puede rescatar.

Creo que está bueno poder preguntarnos hoy, ¿logro percibir la bondad de las personas? ¿Estoy acostumbrado a valorar positivamente a los otros? ¿Puedo decírselo? ¿Soy consciente del bien que puedo hacerles? Y con nosotros mismos, ¿logramos ser benévolos a la hora de la autocrítica? ¿O solemos flagelarnos?

Por mi parte debo admitir que habitualmente me cuesta recordar el bien de mi vida, pero siempre, siempre, vuelve a aparecer un bendecidor, un Clément Mathieu que ve lo bueno que hay en mí y me lo recuerda. Ojalá yo también pueda hacer lo mismo con el resto.




Lautaro Nicolás Valli