-Lo que embellece al
desierto –dijo el principito-
es que esconde un pozo
en cualquier parte.
El Principito
ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY
De noche iremos, de
noche,
que para encontrar la
fuente
solo la sed nos
alumbra,
solo la sed nos
alumbra.
[…]
Qué bien se yo la fonte
que mana y corre,
aunque es de noche…
De noche iremos
TAIZÉ[1]
Cuando falleció Luis María Tomatis, hace ya casi un año, el amigo que
me avisó me dijo algo muy lindo, que siempre me da vueltas por el corazón: “Me
sentía más tranquilo sabiendo que andaba por ahí… En algún lugar de Santa Fe.
Le hacía bien a mucha gente”. Creo que yo podría haber dicho lo mismo. Por Luis
María y por tantos otros.
Cuántas personas a las que amamos pero por cuestiones de estado de vida
o de agenda no vemos nunca. Pero saber que están en algún lugar, a la distancia
de un mensaje o un colectivo, nos da alegría. Alegría y esperanza.
Me pasa cuando después de bastante tiempo me encuentro con familiares o
con amigos de otras provincias y caigo en la cuenta de que el reencuentro era
más fácil de lo que yo creía. Pero estas líneas no buscan el lamento, sino
reconocer la alegría de nuestros corazones cada vez que recordamos el amor.
Y no solo con personas, sino que también nos puede suceder con lugares.
Precisamente este pensamiento brota mientras estoy de retiro en Manucho, en Las
Mercedes, casa salesiana. Es un lugar sagrado para mí, ya que durante cinco
años vinimos de retiro con el seminario. Fueron verdaderos kairós, tiempos de gracia en que pude estrecharme con Aquel que me
llamó a discernir si mi vocación era a la vida consagrada. Cada vez que recordé
este lugar durante los años posteriores a mi salida del seminario, el corazón
se encendió. Y vuelve a encenderse en estos días acá, días de desconexión con
el afuera para reconectarme conmigo y con el que me creó.
Si tengo aprecio por este sitio, con sus mil especies de aves, que
colorean la vista y acompañan las rumias (especialmente las cotorras) y su
enorme arboleda heterogénea, mayor es mi sentimiento por Los Algarrobos, la
Casa que el Seminario tiene en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba. Allí
pasábamos un mes entero en el verano, lo que hizo que se vuelva un
constituyente esencial de mi ADN. Volví dos veces desde que salí del Seminario.
Cada retorno es un remanso, y cada recuerdo un respingo del corazón.
Otra casa que viene echando raíces en mi corazón es la que congrega a mi grupo de
vida de Centu, en Ascochinga, Córdoba. Gracias a la generosidad de Isabel, su
dueña, venimos reuniéndonos una o dos veces al año ahí desde el 2021. Los
miembros del grupo somos de distintas provincias: Buenos Aires, San Juan,
Mendoza, Tucumán, Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe. Y si bien durante el año
tenemos encuentros virtuales un par de veces al mes, y con algunos podemos ir
viéndonos individualmente, recién ahí, en lo de Isabel, nos reencontramos
grupalmente para seguir estrechando nuestros vínculos. Justo en estos días
tenemos nuestra cita anual allí.
Hablé de personas y de lugares. Pero no quiero dejar de hablar de Aquel
a quien considero el gran Autor. Desde hace un tiempo se me viene haciendo el
huidizo, como el amado del Cantar de los Cantares. Por eso la cita que evoca a
Juan de la Cruz del comienzo, porque lo único claro y esclarecedor del momento
actual es la sed. La sed me mueve, desde dentro y hacia adelante, buscando,
buscándolo.
Así, y en línea con el Principito, puedo concluir expresando que, en
parte, lo que hace tan bello el desierto de mi vida es saber que en algún lado
existen esos pozos de agua, esas personas, esos lugares y ese Dios esperándome.
Ojalá pueda, como el aviador extraviado del relato, seguir caminando y
encontrar el pozo al amanecer.
[1]
Canto en que están integrados fragmentos de los poemas "De cómo el hombre
que se pierde llega siempre a Belén", de José Luis Rosales y “La fonte” de
San Juan de la Cruz. Cf: https://padreeduardosanzdemiguel.blogspot.com/2021/10/de-noche-iremos-canto-de-taize.html
