miércoles, 27 de diciembre de 2023

La obsesión de morir en Domingo




El Domingo 24 de diciembre del 2023 falleció el padre Luis María Tomatis, actual párroco de la querida Cuasi Parroquia María Junto a la Cruz, de Altos del Valle en Santa Fe. Este suceso generó un remolino dentro mío. Quienes me conocen, saben que no miento al decir que ponerme a escribir estas líneas fue más fuerte que yo. No pude no hacerlo. El tema es que ahora que estoy aquí, frente a la hoja en blanco, la cuestión es: ¿por dónde empezar? Dándole vueltas al asunto, llegué a pensar que todo lo que pueda decir del padre Tomatis habla más de mí que de él. Porque la realidad es una sola, pero cuanto podemos percibir de ella puede ser infinito. Estas percepciones son relativas a nuestro corazón, a nuestras pasiones, a nuestra historia y contexto… Por esto es que lo que dejo a continuación no es un estudio científico riguroso, sino algunos de los aspectos que de su persona más me han interpelado en el tiempo que pude conocerlo.

Una de las cosas en las que estuve pensando desde que supe de su muerte, es en algo que Monseñor Arancedo dijo del padre Elvio Alberga cuando este falleció. El obispo expresó: “hoy se da vuelta una página importante de la historia de la Iglesia en Santa Fe”. Coincidí con él entonces, pero creo que esa página se termina de dar vuelta hoy, con la partida del padre Tomatis. Lo digo porque Tomatis era el último miembro de un grupo muy amigo de sacerdotes, los cuales han fallecido todos. Posiblemente la cercanía con ellos se debió a que uno de sus miembros era su propio tío, el padre Celestino Bruna. Lo cierto es que estos curas, mayores a Tomatis todos, lo adoptaron e hicieron participante esencial. Además de los ya mencionados Bruna y Alberga, en el grupo estaban Trucco, Zanello, Aguirre, Vietti, Gasparotto, Blanchoud, Emmert, Espinosa, Carrón, Silvestri, entre otros. La mayor parte de ellos se había formado en el Seminario “Viejo”, antes de su cierre hacia fines de los 60. Tomatis era de la generación bisagra, que estudió mientras la Casa de formación diocesana estuvo cerrada, en los 70. En su caso, fue destinado por Monseñor Zazpe a la vecina Paraná. Al fallecer Tomatis se da vuelta, como dije más arriba, esa página esencial de nuestra historia como diócesis. Una página rica en experiencia, vida entregada y conocimiento de nuestro pasado.

Todo lo dicho en el párrafo anterior pude ir aprendiéndolo por mi cercanía con más de uno de los curas enumerados, principalmente Elvio y Severino. Estos lo amaban a Tomatis, y Tomatis los amaba a ellos. Hacia Elvio había algo de veneración y reverencia, quizás por la edad, quizás por la sabiduría, quizás por su ejemplo extremo de vida. Con Severino era distinto, eran casi un matrimonio. En los últimos años, luego de las cenas dominicales de este grupo de amigos, Tomatis se lo llevaba al “Seve” –como le decía él- a pasar la noche al barrio San Agustín, donde Luis María era párroco. Al día siguiente lo devolvía a Santo Tomé. Muchas veces los vi llegar e irse juntos de distintos eventos. Me acuerdo que la primera vez que los saludé a ambos fue cuando se estaban yendo de la misa exequial de Elvio, en noviembre del 16. Ese día empezó mi amistad con Severino. A Tomatis empecé a conocerlo un poco después. En la cuarentena del 2020 sufrieron mucho el aislamiento, pero hacían videollamada todas las noches para estar más cerca. Cuando en septiembre del 2020 falleció Severino, Tomatis llevó sus cenizas a la Casa del Clero, mientras esperaba el traslado definitivo de los restos del amigo. 

Cuando me empecé a vincular con Tomatis, este vivía en la parroquia San Agustín, en el barrio homónimo del oeste santafesino. Vivía ahí por elección. Cuando empecé a realizar entrevistas para escribir la biografía de Elvio, fui a tomar mates con él para hablar sobre eso. Ahí me contó, además del tema que nos reunía, cómo era vivir en el barrio, las dificultades, pero también las bondades. No era raro que golpeen su puerta a mitad de noche para llevar de urgencia al hospital a algún vecino descompuesto o accidentado. Ese día me llevó en auto de vuelta a mi casa. La segunda vez que lo visité ya no vivía en San Agustín, sino en la Casa del Clero. El motivo de nuestro encuentro fue una nueva entrevista, pero en esa ocasión sobre Los Algarrobos, la Casa que el Seminario de Santa Fe tiene en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba. Entre tantas cosas que hablamos, volvimos a charlar de algo que para mí fue capital: su vínculo con Zazpe. Este había sido muy amigo de la familia Tomatis, y como Luis María cumplía años el 25 de diciembre, el obispo solía visitarlos para esa fecha. Además de esos momentos, Tomatis gozó de acompañar a Zazpe en muchos de sus viajes por la diócesis mientras era seminarista en Paraná y volvía cada tanto a visitar a su familia.

En este último tiempo, Tomatis había sido designado párroco de María Junto a la Cruz, por lo que pude verlo más seguido que antes, dada la cercanía con mi casa paterna. La última vez que lo vi le dije que tenía ganas de ir a verlo para charlar y tomar unos mates. Se alegró y me dijo “dale, me gusta”, levantando su pulgar. Y creo que en ese gesto podría sintetizarse todo él: dulce, amable, simple, siempre disponible, dado hasta el extremo por los demás, en la misma proporción que despreocupado por él mismo y su salud…

Pareciera una obsesión la de él y varios de sus amigos de morir en Domingo. Elvio se fue el primero de Adviento. Luis María el cuarto, en la previa de Nochebuena y Navidad. Fueron antorchas con sus vidas, pero también con sus muertes. Gracias a Dios porque, entre tantos bienes recibidos al compartir con ellos, creo en Él gracias a sus vidas entregadas al extremo.




Lautaro Nicolás Valli