Amo esta época. Claro que no es la más buscada. Pero, con todo, cada vez
estoy más convencido que, de las cuatro estaciones, el otoño es el que más
enseña. Siempre que estemos atentos.
Perdí las hojas. No doy sombra ni oxígeno. No freno vientos.
Mis flores cayeron hace más tiempo aún. No decoro horizontes, ni perfumo
habitaciones. No embellezco el patio ni la vereda.
Mis frutos ya fueron tomados. Algunos sirvieron de alimento, otros pudrieron
la tierra e hicieron más fértiles mis raíces y las de los vecinos. A unos pocos
les sacaron semillas para una nueva siembra.
Estoy desnudo. No soy compañía de nadie. Ni siquiera parezco ser útil
como posada de los pájaros. Muy pocos frecuentan mis ramas vacías.
He vuelto a realizar las funciones básicas de todo ser vivo: respirar –cuanto
me permiten las raíces y la corteza- y nutrirme. Nada más. Son cosas que
siempre hago, pero en las que no pienso demasiado. Hoy, que solo puedo hacer
eso, tengo más tiempo para pensar…
Primero, en la importancia de una salud básica: hay tantos otros que ya
no pueden ni respirar ni nutrirse, o que lo hacen con mucha más dificultad que
yo en este momento.
Segundo, en cada una de las otras cosas que forman parte de mi vida, y en
el trabajo diario de hacer, hacer y hacer, no me detengo. ¿Soy consciente de lo
que me va pasando? ¿Percibo lo que va fluyendo por mis ramas? ¿Quiero hacer lo
que hago? Hay cosas a las que no puedo renunciar, ya que son parte de mi
naturaleza, parte de mi especie… Pero, ¿y todo lo accesorio que depende de una
opción mía? ¿Lo quiero en mis días? ¿Le estoy dando el valor que cada cosa se
merece?
De pronto se me cruzan un montón de pensamientos y me angustio un poco.
Está buena esta época, en que, como tengo menos cosas para hacer, la savia va
más lenta por dentro. Temprano oscurece y el silencio es mayor. Menos personas
rondan cerca. Y no puedo dejar de pensar en que le vine dando más importancia a
que cuelguen de mis ramas una hamaca paraguaya y se animen a hacer una casita
encima mío, a, por ejemplo, tener el agua suficiente para cuando las flores dan
paso a los frutos… Y como estas, varias imágenes van y vienen…
En esta maraña, agradezco a la naturaleza de la cual formo parte que sea
tan sabia y permita estos tiempos de quietud. A muchos no les gusta. Claro, en
primavera y en verano todos somos estrellas. Incluso yo brillo en esos días.
Pero no puedo tener ni una primavera florida ni un verano lleno de frutos, si
antes no paso por este despojo tan silente pero tan necesario.
Lautaro Nicolás Valli
