"La costa
tiene su encanto", oí una vez y me reí.
Porque, claro,
para mí la costa eran la arena, el calor y los mosquitos... Pero, ¡qué chica
perspectiva! Luego de un tiempo, la costa es tanto más para mis ojos y mi
corazón -que vendrían a ser lo mismo-.
La costa es
Alto Verde y su paisaje llano y a la vez profundo, sencillo, pesquero, arenoso.
Es la vista de la ciudad mediada por el agua, que capta atardeceres como
ninguna lente, y sobre ella las canoas con tantas almas buscando su jornal.
También en Alto Verde, en algún recodo, se consiguen las mejores tortas fritas
del mundo...
Pero la costa
es más y, si seguís por la ruta que va a San Javier, primero te topás con La
Guardia -¡oh, querida Guardia!-, tan parecida a Alto Verde, con su sencillez,
capilla blanca, arena y terraplén para que el agua siga siendo amiga.
Después viene
la larga zona de Colastiné Norte, a un costado y otro de la ruta. Amplísimo,
menos modesto, quizás, que los anteriores... Pero arena, siempre arena. Y si continuás,
la costa es Rincón, Arroyo Leyes, Santa Rosa de Calchines, Cayastá, Helvecia y
San Javier, sin contar algunos que no conozco. Allí las únicas torres que
existen y dan sombra, música y hospedaje tienen nombres de árboles: pinos,
eucaliptus, jacarandaes, timboes, lapachos, aguaribayes, chivatos... Son muchas
y centenarias. Imponentes.
La costa es
también -¿o principalmente?- Arancio entregado a la noble labor de documentar
con su lápiz y papel cada centímetro de tan particular cultura. El nene, el perro,
la jaula, el río, la canoa, el pescado, el yuyal... ¿Cómo los conocimos los de
lejos si no por el lápiz de Arancio?
Era cierto, y
yo que me reí: la costa tiene su encanto... ¡Y qué encanto!
Lautaro Nicolás Valli
Santa Fe, Argentina
