“Bailemos un blues, por todo aquel que el miedo le ha ganado,
¿a quién se le ocurrió que era pecado estar enamorado?”
"Bailemos un blues"
Kany
García
Hace unos días tuvimos la reunión quincenal del Centu, este grupo al que pertenezco,
caracterizado -entre otras cosas- por acompañar a todas las personas que
necesitan un otro con quien andar su camino de madurez en la sexualidad,
especialmente los pertenecientes a la diversidad sexual. Inevitablemente el
“mes del Orgullo LGBTQ+” fue tema de conversación, porque nos encontramos
transcurriéndolo. Y no vayan a creer que hay homogeneidad con respecto a lo
que pensamos y a cómo lo manifestamos. Pero en lo que sí hay unanimidad, es en
la certeza de que solo se sana lo que se
asume. Entienda el lector que aquí no me refiero a “sanar” como si ser
diverso sexualmente fuese una enfermedad, sino que hago alusión al trauma que
nos puede generar vivir reprimidos, no pudiendo abrazar todo lo que somos.
Esta vez, la
reflexión surgió del hecho –no fantasioso, sino real- de que somos tantos los
que tenemos que seguir reprimiéndonos… Porque no vayan a creer que los que ya
lo charlamos con nuestras familias y amigos llegamos a la meta. No. Siempre hay
un nuevo ámbito y nuevas personas con las que dejarlo en claro. Algunos y
algunas son fáciles. Otros no tanto. Existen algunos lugares que parecieran ser
esencialmente homofóbicos. Y otros a los que prejuzgamos, y en realidad estaban
esperándonos con los brazos abiertos, sin ningún juicio mezquino con el que
atacarnos. También los hay abiertos por naturaleza, y son los menos complicados
–al menos en este aspecto, porque en todos lados se cuecen habas-. Con todo,
retomo lo del dato concreto de la realidad:
¿Cómo puede
haber personas que con treinta, cuarenta, o hasta cincuenta años –si no más-
tengan que seguir reprimiéndose, y por lo tanto vivir a medias y generalmente
sufriendo, por el miedo al qué dirán, o porque trabajan o se desempeñan en
ambientes que parecieran incompatibles?
¿Cómo puede
ser que haya personas que solo puedan hablar parcialmente de sus vidas –y
seguir reprimiéndose, incluso luego de haberlo hecho público-, porque sus
padres, hermanos, amigos, o abuelos, no toleran ni quieren aceptarlos tal cual
son?
Aún peor,
¿cómo puede ser que en una época en la que los eslóganes rebosan una aparente
igualdad y se enarbola el respeto por los "derechos humanos",
pertenecer a la diversidad sexual siga siendo motivo de agresiones verbales y
físicas, logrando en algunos casos extremos heridas y a veces la muerte?
Y en lo que de
cerca me toca, ¿cómo puede ser que nos sintamos tan conflictuados como miembros
de la Iglesia Católica? Generalmente andamos con mucho miedo a ser juzgados y
rechazados, siendo que ella, como Madre y Maestra, está llamada a recibirnos
delicadamente sin importar nada, y a acompañarnos pacientemente para que cada
uno aprenda a discernir cuál es el mejor modo de andar el camino de su vida.
Así, me animo
a formular una hipótesis: Muy posiblemente, gran parte de las personas que
juzgan o no pueden entender, o incluso consideran que es antinatural y negativo
ser homosexual, bisexual o transexual, es porque todavía les falta conocer a
alguien que lo encarne. Apuesto lo poco que tengo, a que luego de compartir la
vida con una persona que pertenezca a la diversidad sexual, muy probablemente
sus perspectivas cambien, y se terminen dando cuenta de que no eran ni
pervertidos ni enfermos, sino personas comunes y corrientes que simplemente
eran distintas, que simplemente eran diversas.
Y no crea el
lector que soy un ferviente defensor del “Orgullo”, categoría que, como buen
rumiante que soy, no termina de cerrarme. No, no soy un embanderado arcoíris.
Pero lo que sí soy, es un embanderado de la persona humana, en la que la
orientación sexual o identidad de género es una dimensión más de las tantas que
integran la única vida que tiene. Reitero, solo se sana lo que se asume, y la
idea de que tantos tengamos que seguir reprimiéndonos por miedo -¿a qué o a
quién?- me enciende, e impulsa a escribir estas líneas. Frente a esto, me quedo
con la frase que la otra noche dijo uno de mis hermanos de grupo –que vendría a
ser el Néstor de los aqueos en la Ilíada, el sabio a quién el resto escucha y
busca-:
“Siempre que exista
una persona, institución o lugar que nos repela por nuestra sexualidad diversa,
ahí tenemos que estar nosotros exteriorizando con orgullo que nuestro amor es
tan bueno y válido como cualquier otro”.
Esto sí me
convence, y lo publico y difundo, por todo aquel al que el miedo –o lo que sea-
le ha ganado.
Lautaro Nicolás Valli
