“…un periodista alemán me dice que está preocupado por este viaje: ‘¿Qué pensarán de él los protestantes alemanes? ¿Usted cree –me pregunta- que la casa de Loreto es de veras la casa de la Virgen y que los ángeles la trajeron volando desde Palestina?’ No –le digo-, pero creo en cambio en la fe de los cientos de miles de hombres que lo han creído; creo en los cientos de miles de hombres sencillos que han ido a esa iglesia con amor; entre tantas toneladas de cariño tiene que haber forzosamente una presencia especial de la Madre; y nosotros creemos en el amor, no en unos ladrillos.”
José Luis Martín Descalzo
“Un periodista en el Concilio”
¿Cómo contárselo a un extranjero? Y me refiero al extranjero, tanto geográfica como existencialmente. ¿Cómo hablarle al que no le importa, al que no cree, al que desprecia? No lo sé. Pero haré un intento mínimo, y dejaré que hable mi corazón de hijo –tenga en cuenta esto último el crítico puntilloso-.
La última vez que participé de la Fiesta de la Virgen de Guadalupe –Patrona aquí en Santa Fe-, aún era seminarista. Fue en el año 2019. Corrió bastante agua debajo del puente de mi vida desde entonces. Primero me fui del Seminario. Al año siguiente, la Pandemia por Covid-19 nos marcó la cancha, y no pudimos participar físicamente, aunque sí lo hicimos fuertemente uniendo nuestros corazones, siguiendo las celebraciones de las misas que se transmitían por Facebook. Era época de cuarentena. Luego, en el 2021, si mal no recuerdo, solo se pudo participar parcialmente, porque pasábamos de ola en ola, y las vacunas aún no nos habían inmunizado a gran escala. Yo había realizado un viaje ese fin de semana, por lo cual no pude acercarme siquiera a escuchar desde afuera los cantos marianos. Entonces, este año, para todos fue un regalo poder participar sin restricciones de la Fiesta de nuestra Madre.
Guadalupe es muy fuerte en Santa Fe. Incluso muchos de los que no pisan una iglesia el resto del año, ese fin de semana hacen colas eternas para pasar por el camarín en que se encuentra la imagen histórica, y mirarla, arrodillarse, dejarle una flor, y rezar, también agradecer por favores concedidos. No solo los vecinos de la ciudad, sino que de todos los pueblos de alrededor se peregrina, en autos, motos, bicicletas, a caballo o a pie. El fin de semana entero –el segundo después del día de Pascua- hay mucho movimiento, y si bien la Fiesta es el sábado, el domingo se celebra la misa central. En este día, se ve cómo los abuelos llevan a sus nietos de la mano. Los papás portan sobre sus hombros a sus hijos, y les dicen “está por salir la Virgen”. Las mamás levantan –a veces dificultosamente- a sus hijos del suelo para que la vean pasar, y le indican cómo agitar el pañuelo. A hablar no se enseña, tampoco a gritar los “¡viva la Virgen!”. Todos los hemos aprendido, hemos sido contagiados por tanto amor.
Como el zorro del Principito, que decía que su corazón se va alegrando cada vez más mientras se acerca la hora del encuentro con el amigo, así mi corazón anduvo estas semanas previas. “Se viene Guadalupe, ¡qué alegría!”. Para entenderlo mejor, puedo decir que se sintió parecido a cuando retomamos nuestras reuniones familiares luego de la reclusión por el Covid. Sabía no solo que iba a encontrarme con ella, sino que también con tantos y tantos hermanos que me fueron regalados en el camino de ser Iglesia. Entonces, la alegría se acrecentaba día a día, hora a hora. Y llegó el día. Fue realmente conmocionante ver cómo después de dos años sin poder asistir, tantos fuimos los que nos acercamos a celebrarla. La alegría del reencuentro se respiraba. La emoción por verla salir después de 42 años -y nosotros nos quejamos de las cuarentenas que nos fueron impuestas- a recorrer las calles de la ciudad que cuida fue muy honda. Todos la miramos como niños que ven acercarse a su mamá.
Puede quizás preguntarse el lector si creo realmente en una especial protección hacia quienes nos acercamos devotamente a sus pies, en una intercesión que marque el rumbo de la Providencia Divina. La respuesta es no. Pero sí creo en la fe de los que me precedieron y de los cientos de hermanos con los que hoy peregrino en esta iglesia diocesana. Creo en los cientos de miles de personas sencillas que han llegado hasta la Basílica, y en el amor de todos ellos a María, a Jesús, y a su Iglesia. Creo también en el amor que sembraron los que ya no están, y en el que dan cotidianamente los que sí. “Entre tantas toneladas de cariño tiene que haber forzosamente una presencia especial de la Madre”, y yo creo en el amor...
Lautaro Nicolás Valli
(foto: Diario Uno Santa Fe)
