Si bien nada
me da tanto placer como escuchar reír a mi mamá, al menos existe algo que le
llega a los talones, y es oírla cantar tango. Esta mañana me tocó limpiar el
baño –sí, de vez en cuando ayudo en los quehaceres domésticos- y puse música en
mi celular. Lo escogido fue, primero Libertad Lamarque con su clásico “Madreselva”,
y luego María Graña, que nos deleitó con “Naranjo en flor”, “Caserón de tejas”,
“Canción desesperada”, entre otras. Mientras tanto, mamá planchaba en su pieza,
y cantaba apasionada. Entonces, al mejor estilo platónico, ese acontecimiento
despertó en mí el recuerdo de mis años infantiles, cuando nació mi historia con
el tango.
Mis padres, mi
hermana y yo nos levantábamos temprano, para el trabajo y la escuela,
respectivamente. Mientras los chicos intentábamos despegarnos de la modorra,
los grandes ya hacía rato estaban despiertos, y la radio era siempre infaltable
compañera. El programa habitual se llamaba “El despertador”, y si bien era de
noticias generales, había un momento especial, en el que pasaban un tango, un
solo tango. Ese era el instante en que mamá volaba y se unía a la canción con ganas.
Es de esos amaneceres que guardo el primer recuerdo con el tango. ¿Cómo no
querer aquello que mi madre apreciaba tanto y la hacía tan feliz?
Con todo, no
es el único motivo de mi amor por este género, sino que también era un clásico
de los domingos en la casa de mis abuelos maternos. Mientras íbamos llegando
los tíos y primos, mi abuela Mirta andaba de aquí para allá a fin de atender a
la visita y que no falte nada. En el fondo, dentro del quincho o bajo el fresno
magno –que algún inteligente arrancó de raíz, por lo cual hoy nos calcinamos en
los infiernos santafesinos- siempre mi abuelo Beto junto a una de las radios,
escuchando sus discos de tango, la cortina musical de su juventud.
Mis raíces son
tangueras –como “Tanguera” se llama la obra de Mariano Mores que escucho con la
piel de gallina mientras redacto estas líneas-, pero al árbol joven que soy
hubo que seguir alimentándolo. Así es que recuerdo que, estando yo en los
primeros años de la secundaria, fuimos con mi mamá a ver al gran maestro citado
al inició de este párrafo. Ese fue mi primer encuentro con una súper orquesta y
un exponente histórico de nuestra cultura nacional, pianista, director y autor
de los tan famosos “Taquito Militar”, “Uno”, “Cuartito Azul”, “Gricel”, y
demases. El abuelo no aceptó la invitación de mamá, y esta lloró más de una vez
en el concierto -de emoción por lo que allí disfrutamos, no por la negativa
paterna-.
Más luego, me
acerqué a la obra de Cacho Castaña. Escuché mucho de él y, luego de haber
comprado su CD “Más atorrante que nunca”, fuimos a verlo –nuevamente junto a mi
mamá- a la función que dio en Santa Fe, en la gira que llevaba el mismo nombre
que su disco. Recuerdo que me encontraba cursando segundo año de la secundaria
y presenté la canción que daba nombre al álbum para un trabajo de la materia
Música, y hasta me animé a cantar un poco frente a mis compañeros y profesora.
Cuando mi
adolescencia avanzó, mi gusto y cariño por el tango estuvieron bien vinculados
con mi abuelo Beto, ya que entre nosotros se forjó una gran amistad, y sus anécdotas
de juventud por los cien barrios porteños estaban empapadas de tango. Según él,
canto muy bien, y en muchas reuniones familiares me ha hecho cantar,
considerando que es un bien enorme poder realizarlo, no solo entre los míos,
sino en cualquier reunión social. Yo le escapo bastante, aunque no puedo negar
que me encanta hacerlo y más cuando lo que canto está cargado de sentido, para
mí, o para el que me escucha. A todo esto hay que sumarle que me regaló varios
CD’s, de tango instrumental, de Mores, del Negro Juárez, de Pugliese, entre
otros que escuché hasta el hartazgo.
Quizás estás
esperando, querido lector, el momento de la metáfora que se convierte en
intento de enseñanza, el cual me gusta dejar en mis esporádicos escritos. Esta
vez no lo hay, o al menos en primera instancia no es esa mi intención. Solo
quería compartirte mi historia con el tango, la que esta mañana recordé
estremecido al escuchar a mi mamá cantar, mientras ella planchaba en su pieza,
y yo fregaba los azulejos del baño.
Lautaro Nicolás