Van cayendo
las últimas hojas del almanaque y urge una simple aunque sincera acción de
gracias. Esta vez no será nombrando uno por uno los motivos, sino dejando la
clave que me sirve para valorar los días pasados y proyectar los que vienen.
Puedo ver
cuánto bien he recibido y por eso estoy agradecido. Cada año se supera en
regalos de la vida, cada vez me experimento más amado, y con más razones, para
vivir, para la alegría, para la esperanza, para amar, para anhelar la otra orilla…
Y a estas razones y al amor no los recibí de forma ideal, es decir, como a mí
me hubiera gustado o esperaba y planeaba, sino que se me dieron como se pudo.
No todo salió según lo estipulado, pero no dejé de seguir siendo sorprendido,
generalmente para mejor. Qué lindo poder ver, en retrospectiva, que no había
que esperar a que esté todo acomodado para emprender nuevos proyectos,
amistades o amores. Así, como me permitió la realidad, inicié y mantuve
vínculos y planes, confiando en que permanezcan y sean fecundos. Asimismo otros
concluyeron y se debilitaron, y también está bien, ya que nada ni nadie está
llamado a ser eterno o a significar siempre del mismo modo. Solo tiene que
estar presente lo que nos impulse y haga multiplicar nuestra existencia, recordando
que saber soltar es signo de salud.
Entonces, en
esta línea va lo que anhelo del 2022, para mí y para vos, para todos: poder crecer donde y como se nos permita,
¡pero no dejar de crecer! ¡No esperemos tiempos propicios! Lo único cierto es
el hoy, y lo único propicio es que es real. En algún momento hay que dar el
primer paso. La vida es demasiado corta para pasárnosla esperando épocas
mejores o ideales, para lamentarnos por lo malo de nuestra realidad -sin
limpiar la mirada y descubrir que siempre abunda más lo bueno-, para dejar que
los días se nos escapen como agua entre los dedos. La vida corre prisa,
aventurémonos pues...
Hace un año me
admiró e interpeló una lechuga que nació en la grieta del cemento. Hoy,
nuevamente entre cemento, me maravilla la zinnia, que no necesitó tierra muy
fértil y preparada para brotar, sino que, incluso sin ser sembrada, le bastó lo
que encontró en un huequito junto a la puerta del galpón. Allí desplegó su
tallo verde y sus flores rosadas. Por lo tanto, reitero mi deseo, para hoy y
para el año que empieza: a imagen de la zinnia, dejar de esperar condiciones
ideales, y crecer donde se nos permita.
Lautaro Nicolás