Un Domingo 27, una lucecita (otra más).
Primero fue el abrazo. No hacían falta las palabras: toda una vida escuchando de él, hablando de él, charlando con él… Aunque sería mentir decir que, con todo eso, no anhelaba sentarse a matear con su Señor. Pero algo lo mantenía en silencio… Luego del abrazo, la sonrisa, y después:
-Vení, seguime.
Entonces, atravesaron el jardín, entre los malvones en flor, llegando a la única puerta de madera que había en la antigua galería.
-Acá te están esperando- y luego de decir esto, abrió la puerta, para descubrir a un grupo de doce ancianos, reunidos en torno a una mesa larga. Hablaban y gesticulaban, alguno callaba. Y se hizo un gran silencio al ver que la puerta se abrió, y en el umbral, Jesús se encontraba con Severino.
-¡Llegaste tarde! -lo increpó impulsivo Gasparotto.
-¡Edelmiro! Aquí siempre es a buen tiempo, como dijo Zini. -exclamó con voz aflautada Zanello.
-¡Sí! -intervino el siempre episcopal Blanchoud- ¡Pero mejor si al guiso lo comemos caliente!
Todos rieron, un tanto naturalmente, y otro tanto para complacer al amigo obispo.
-¡Pasá, dale, pasá! –insistió Gasparotto, poniéndose de pie, abriendo sus brazos en cruz y sonriendo.
Severino miró a Jesús, con sus habituales ojos de niño (como preguntando “¿qué hago?”), y su Señor, también sonriendo, le dijo:- Entrá, te están esperando, y aunque acá siempre es un eterno Domingo, verás que algunos siguen fieles a sus esquemas.
Severino dejó escapar una risita nerviosa, como expresando que sabía a lo que se refería. Ambos sonrieron, y Jesús lo impulsó con una palmada en el hombro.
Entonces, empezando por Gasparotto, recorrió, uno por uno, la ronda de amigos, que lo estrechaban con un fuerte abrazo. A algunos hacía muchos años que no veía, a otros, un poco menos, pero algo dentro suyo le hacía sentir que el tiempo no había pasado, o mejor, que el tiempo pasó, pero no el amor que los unía, eso estaba, y acrecentado. La ronda iba terminando, y había saludado a Gasparotto, Zanello, Blanchoud, Emmert, Espinosa, Carrón, Vietti, Trucco, Aguirre y un par más. En el fondo quedaba uno, el único que no había hablado. Lo esperaba de pie, frotándose las manos, y abrazándolo con sus ojos luminosos, pronunció entre carraspeos:
-¡Bienvenido! -sonriente.
-¡Alberga! -prorrumpió Severino, ante quien había admirado, amado y extrañado. Y luego de una leve reverencia abrazó al amigo de camisa a cuadros y anteojos gruesos.
Todos se sentaron, y luego de la habitual bendición episcopal, comenzaron a comer, beber y hablar ¡había tanto que conversar!
Carraspeo previo, Alberga le dijo por lo bajo:
-Gracias Silvestri -y ante la mirada sorprendida del otro, siguió- por haber venido un Domingo 27… Así no seré el único evocado cuando allá abajo se junten cada 27 a rezar…
-¡Ah!- respondió Severino, risueño- veo que evidentemente hay cosas que no cambian -Elvio rió. Y luego de realizar un recorrido con la mirada por la reunión, un gran gozo se apoderó del recién llegado. Aunque había algo que lo tenía perplejo: Jesús estaba sentado entre ellos como uno más, comía, bebía, reía, escuchaba, intervenía.
-Alberga -susurró. Y este lo miró atento- ¿nuestro Señor siempre comparte así con ustedes?
-¡Sí! No se pierde ni una sola de nuestras cenas dominicales -cruzaron miradas cómplices, y Severino siguió observando complacidamente a su Señor. Este lo percibió, y le devolvió la sonrisa.
Lautaro Nicolás

