lunes, 6 de julio de 2020

Tornillo viejo








El 15 de agosto de 2015, fue día de fiesta en el Seminario. Como cada año, al celebrar la Asunción de María, se hizo un parate en las actividades acostumbradas, y nos reunimos en torno a la Eucaristía, para luego compartir el almuerzo, junto a los bienhechores. Pero ese 15 de agosto tuvo algo de particular: era la misa de despedida del que fuera por más de veinte años rector, el padre Ricardo Mauti. Traigo a colación este acontecimiento, porque de ese día guardo en mi corazón una expresión que quiero utilizar.

  Al finalizar la misa, el padre Mauti dirigió unas palabras a los presentes, de las cuales sólo transcribo un fragmento: "Yo me sentía como un tornillo viejo, oxidado... Doy gracias a monseñor Arancedo, que tuvo la delicadeza de sacarme sin romperme." Esta expresión hacía alusión al modo en que el Arzobispo había acompañado el último tiempo de su rectorado, discerniendo cómo y cuándo era el mejor momento para trasladarlo, y que otro sacerdote asumiera ese rol.

  Entonces, al recordar (volver a pasar por el corazón) mis años como seminarista, no puedo más que agradecer. En primer lugar a Dios, quien sabiendo cuándo era el mejor momento, me acompañó delicadamente, y "me sacó sin romperme". Pero Dios no es una cosa abstracta, sino que desde la Encarnación, se manifiesta en la carne.

  Es así que experimenté su presencia en cada una de las personas con quienes recorrí esos cinco años. Y aquí mi agradecimiento a ellos:

  A los obispos, Arancedo y Fenoy. A los rectores, Ricardo y Armando. A los prefectos, Andrés y Cristian. Al director espiritual, Gustavo. A los confesores ordinarios (y también a los extra-ordinarios). A los hermanos seminaristas, que me recibieron, también a los que me despidieron. Principalmente a mi amado curso. A los bienhechores. A las cocineras. A las secretarias, la bibliotecaria, el contador y el portero. A cada uno de los profesores. A los miembros de las comunidades que ayudaron en la formación pastoral: el Hospital Iturraspe, Ntra Sra de Belén, La Guardia, Barrancas, San Fabián, los dos Yrigoyen, Videla, San Agustín. Tantas historias, tanto amor recibido... El Seminario fue lo que debía ser: un tiempo dedicado al discernimiento. Y con palabras del padre Elvio Alberga (1924-2016) exclamo: "Doy sinceras gracias por el Seminario que he vivido y que he amado. Que sigo amando en aquellos que allí he conocido."

  Y como "la realidad es más importante que la idea"  (Evangelii gaudium 231), debo decir que la realidad del Seminario no fue color de rosas. Pero existía y existe una certeza, que es la del Dios-compañero, que nunca abandona. Él lo transforma todo. Y no sacó lo malo, sino que me ayudó, de múltiples maneras, a mirar de un modo distinto, y aprender a vivirlo con Él. Todo lo tomó para mi edificación, y por eso es que también le doy las gracias.

  Gracias a Dios por esto, y por todo lo que queda en lo profundo del corazón, que, aunque quisiera, no podría expresarlo, ¿cómo manifestar el misterio? Por eso resumo con un nuevo: gracias!


Lautaro Nicolás